Neo Club Press Miami FL

211

211

211
abril 05
21:30 2014

El paciente de la dos once no come hace tres días. Amenaza, dientes afuera, y lanza golpes a todo el que se acerca con pastillas, bandeja de comida o camisa de fuerza. Con alaridos más animales que humanos, se lanza contra la puerta de hierro y no deja de fornicarse las dos almohadas que, pobres, soportan por turno los embates espérmicos del dos once. Ya no tiene nombre, sólo su número de celda, la libido y una fama que se acrecienta por momentos en los pasillos  de Baja Seguridad, donde las locas más jóvenes, junto con las maduras que añoran el sabor del placer, sueñan con el falo bestial de Dos Once, persiguiéndolas, metiéndose a la fuerza en sus gargantas, rompiendo telas y pijamas en un camino triunfante a la entrepierna.

Los médicos no se ponen de acuerdo. Sólo una cosa tienen clara: Dos Once debe alimentarse. No se puede estar mucho tiempo sin comida y con ese priapismo de susto que ya está poniendo tontas hasta a las enfermeras. Lo asombroso: no ha perdido el brío en la montada, ni el brillo en los ojos cuando la almohada lo recibe como hembra dócil. Sí está más delgado, es lógico, es de esperarse. Pero urge un plan, o de lo contrario va a morir de inanición.

Entre el deseo del hombre y su necesidad vital, los doctores eligen esta última: debe comer, y si para ello tiene que privársele del sexo, se hará lo conveniente. Pero nadie se atreve a ser el instrumento de cumplir. Después de una larga discusión en la que no logran ponerse de acuerdo, lo echan a suertes, escogen papelitos de una caja preparada sobre la mesa. Le toca el azar a la única enfermera religiosa del manicomio: una mujer sin hijos, trigueña y flaca, de senos de muchacho y ya casi en los cuarenta, a la que nadie le conoce amantes y que vive para orar y vestir unos faldones largos y asfixiantes, aún en los calores más duros del verano. Sabedora de que las esperanzas de salvar a Dos Once están en sus manos, la enfermera asume una actitud de mártir y parte al cubículo de Alta Seguridad, previamente vaciado de todos los demás inquilinos. Lleva en un bolso los instrumentos del deber: una jeringuilla con tranquilizante capaz de dormir a un caballo, y un escalpelo con el que debe, de un corte rápido y preciso, cercenar el nervio y acabar el priapismo en el acto. La beata es despedida con silencio solemne. A medida que se aproxima a Alta Seguridad, los alaridos de Dos Once se dejan oír, animales y locos, pero al acercarse más, cesan de repente. El silencio es en aquel lugar más extraño que los aullidos. Llega a la puerta la mujer, toma aire, destraba los cerrojos y entra con un impulso de coraje mentiroso.

Dos Once está de pie en medio de la celda. Del cuerpo, hecho harapos, cuelga lo que fuera un pijama de loco. Respira lentamente, y los ojos son agujeros febriles. Pero la mujer no está mirando los ojos, no está mirando la ropa hecho jirones, ni las paredes encostradas de salpicadura, sino aquel animal con vida propia que palpita entre las piernas de Dos Once, que parece respirar al mismo tiempo que su dueño. Ella nunca ha visto algo como aquello. Un único desliz hace más de doce años, eso es todo lo que sabe de los hombres, pero la tímida aventura del pasado nada tiene que ver con esa bestia que ahora levanta la testuz rítmicamente, latido por latido, y la observa con su ojo ciego. No puede mover las piernas, o no quiere intentarlo porque sabe que no obedecerán. Siente su boca salivando, y un calor en el encuentro de los muslos que no se atreve a controlar. Suelta la jeringuilla despacio, no quiere asustarlo. Lento, muy lento, logra arrastrar un pie, luego otro, hacia delante: Dos Once permanece de pie, la vista clavada en ella. No se mueve, pero no es necesario: es ella quien ahora viene y se para frente a él. Se arrodilla en el suelo de cemento pulido y toma, primero con timidez, luego con un hambre de años, el apéndice vivo. Frota el rostro con la maravilla palpitante, mide con ambas manos, besa, lame. Engulle, impaciente, con un quejido inaudible. Se asfixia casi, pero es feliz. Dos Once no hace otra cosa que reír a carcajadas.

Horas después, y ya con el remordimiento de quien hizo lo que no debía, el personal decide enviar a dos cuidadores en rescate de la beata. Los gigantones, emblemáticos abusadores de colegio en su niñez, creen poder desquitarse de estos tres días de temor. La ausencia de gritos los mantiene en alerta, esperan lo peor, y al llegar a la puerta del cubículo abren la celda con miedo. Casi mueren del susto: la mujer insignificante que partió encomendándose a Jehová, ahora está en posición de perra en celo, rostro y espalda llenos de néctar blanco, mientras Dos Once la monta con una alegría demencial y sin dar señales de cansancio. Intentan zafar a la beata, y ella defiende la cópula con gritos y uñas. Para romper la unión se ven obligados a golpear a los dos. Dejan al incansable Dos Once dando saltos y aullidos de lobo, y se llevan a la heroína, vencida, pero radiante y repleta de semen.

Después de tan abrumadora experiencia, el personal se reúne otra vez.  Ya no deben participar solamente médicos y enfermeras: es necesario un grupo más “físico”, capaz de alguna proeza muscular. Nadie habla, pero todos los ojos dicen que una nueva estrategia es necesaria. No puede ir ahora una mujer, joven o vieja, sino un hombre que pueda defenderse. Vuelven a sortear, esta vez con menos alarde de bravura. Todos llevan el susto metido en medio del pecho y cuando le cae en suerte ─mala suerte en realidad─ al más bestial de los cuidadores, un silbido de presión aliviada recorre el salón. El cuidador, hombre de dos metros y cien kilos de puro músculo, castigado más veces de la cuenta por brutalidad con los pacientes, es el indicado para someter al rebelde. Después de los consejos de rigor, las indicaciones sobre cómo manejar la jeringuilla, dónde hallar y cortar el nervio, reduciendo al priápico Dos Once a un ente inofensivo, el cuidador parte sin darle importancia a la despedida de mártir inmolado que le hacen. Es primera vez que le permiten divertirse con estos animales babeantes sin la sombra de un reproche en el expediente, y no piensa desaprovecharlo. Canturrea por los pasillos, antes de llegar al silencio frío de Alta Seguridad. La puerta de la celda está abierta y el enemigo ─ese guiñapo al que le han dicho que se enfrenta, con la verga erecta a punto de estallar─ no parece estar allí. Desconfiado, el cuidador se aproxima al cubículo, se asoma y no ve a nadie, pero no tiene tiempo de alegrarse: un bulto salido de no sabe dónde le cae encima por sorpresa, y lo derriba. La jeringuilla y el bisturí han caído lejos, demasiado para alcanzarlos a rastras con este forcejeo mientras rueda por el suelo, confundido con una maraña de jirones de tela, sudor y músculos tensos, sin poder levantarse. Aún atontado por la caída y la sorpresa, el cíclope siente unas garras febriles que le arrancan el cinto, el pantalón, el calzoncillo. Despertando al fin del congelamiento de nervios, el gigante hace un esfuerzo por salir de la trampa, pero Dos Once ─y quién más podía ser─, tiene una rodilla afincada en su espalda y está en completo dominio de la situación, porque los locos suelen tener esa fuerza sobrenatural y extraña, como si fueran un apéndice perdido de algún dios.

Lejos, en la tranquilidad tensa de las oficinas que tomaron como cuartel general, está el equipo médico, que ahora no espera demasiado. Tras el primer alarido parten todos en un impulso de rescate que se ve retrasado por barricadas de muebles y mesas metálicas puestas de través, obstáculos que ellos mismos han puesto para evitar una incursión desagradable del desorden en los terrenos de la cordura. Tardan unos veinte minutos en abrirse paso y no saben ciertamente a quién rescatarán, si al cuidador violento o al ya famoso demente de la libido explosiva ─curiosamente, con el paso de las horas afuera se reúnen personas, mujeres jóvenes con carteles de Te Amo 211, Cásate Conmigo 211, unas viejitas temblorosas que disimulan la curiosidad sin atreverse a sacar los carteles que traen, y se relamen imaginando una vuelta a sus años de juventud desperdiciada, y hasta un grupo de travestis con una enorme pancarta hecha a lápiz labial, que reza Dos Once, Somos Tuyas─. Pero los que van al rescate no ven sino la monotonía del pasillo de Alta Seguridad. Nada podía anunciarles lo que encuentran en la celda: golpeados, sangrantes, en un confuso amasijo de sangre y sudor se adivinan, más que verse, dos hombres que se practican una rabiosa felación mutua.

Ya es demasiado, incluso para los menos victorianos de la institución. Hay que hacer algo. Tras horas de debate, se deciden por fin. El exorcismo comienza asignando a la exbeata y al cuidador ─que desde sus respectivos “accidentes” han perdido toda humana cordura y dan berridos y se frotan el sexo con insistencia animal─ las celdas contiguas a la 211. Es necesario aislar el mal,  tenerlo controlado y sin libertades para evitar un contagio ─nadie, a estas alturas, duda que este desafuero pueda contagiarse─. Mientras tanto, afuera aumenta el número y también la variedad de personas con carteles. Ahora hay muchos más jóvenes que se proclaman anarquistas ─211 Tu Lucha Es La Nuestra, Libre Elección Para El Sexo, Si No Es Ahora Cuándo Será─, más personas de edades medianas con telas escritas ─Basta De Hipocresía, El Sexo No Es Pecado─. Varios militares tiesos y viriles marchan en  orden frente a una pared donde ellos mismos han pintado el letrero Don’t Ask, Don’t Tell-También Tenemos Derecho*, e incluso un discreto pero numeroso grupo de hombres bien vestidos, con trajes de color azul oscuro o negro, piden Libertad para Dos Once, Valor Valor, Salgamos Ya Del Closet. Si se mira bien, pueden verse en las esquinas a disimulados agentes de orden público, vestidos de civil y hablando por sus walkies, signo de que al Sistema comienza a serle incómoda la situación desatada en el hasta hoy respetable centro de salud. Poco a poco van llegando autos policiales, se dejan escuchar las sirenas y los policías, menos disimulados ya, se reúnen y comentan la novedad, que esta ciudad ya está harta de balazos y drogas y violencia y pandillas y escándalo político, está bien de vez en cuando algo distinto que ponga de cabeza la sociedad. Aunque luego tengamos que venir y enderezarla, para eso nos pagan. Los agentes se limitan a observar a cierta distancia, mientras los travestis se desesperan, dejan a un lado las pancartas y comienzan a acercarse a las ventanas para ver y escuchar mejor lo que dicen.

Dentro se ultiman los detalles para un asalto final. Irán todos, armados de escalpelos y jeringuillas con morfina, porque basta ya de que un sólo rebelde morboso se burle de la moral y la seguridad de una institución insigne. Ya saben, esto debe parar aquí, ni un escandalito más, el que sienta que no puede hacerlo se queda detrás y por lo menos no sale herido, es un problema menos. Si Dos Once no se tranquiliza, se muere hoy. Y parten otra vez, en el intento que suponen definitivo, de nuevo retrasados por las barricadas que han seguido poniendo para evitar sorpresas.

Los travestis tardan unos minutos en reaccionar, pero al comprender el verdadero alcance de la incursión lanzan griticos histéricos y se vuelven trastabillando a la manifestación, Ay, nos lo matan, lo quieren matar, por Dios hay que hacer algo.

Y ese algo, después de los primeros instantes de confusión, es decidido casi al unísono por los hombres vestidos de azul y de negro, las viejitas, los militares, las muchachas y los jóvenes anarquistas: Hay que sacarlo de ahí, vamos a entrar a rescatarlo. Todos juntos, ahora.

La puerta no resiste la oleada de personas que, enardecidas, empujan hasta romper. Invaden el vestíbulo del Instituto, ya perdido el prestigio que gozó en viejas épocas, cuando decir “manicomio” era como pronunciar la caróntica frase “abandonad toda esperanza, oh vosotros los que aquí llegáis”. La multitud anda y desanda los pasillos  y da, luego de una que otra vuelta desorientada, con el pasillo de Alta Seguridad, donde durante ese tiempo se ha estado produciendo una campal barahúnda: Dos Once parece multiplicado, y más libidinoso que nunca corre por las paredes, inatrapable, burlándose de los tajos de escalpelo que luce en las extremidades y la espalda ─cordura no es lo que les sobra a los cazadores─. El hombre, convertido ahora en presa, da locas volteretas en una suerte de danza fálica y aterroriza a las pocas mujeres que han venido ─más por sentido del deber que por coraje─. Pero fuera ya el terror, o la curiosidad, o una especie de placer morboso, las mujeres no son capaces de apartar los ojos del baile sátiro. En cambio los hombres están envueltos en un frenesí violento, cada vez los tajos de escalpelo son más fuertes y menos cuidadosos con las partes vitales. Es entonces cuando, más por seguir al sonido de pelea que por orientación,  llega el tumulto callejero al pasillo donde se desarrolla el combate. Dos Once es el primero en verlos y lanza un alarido animal a la vez que refuerza los movimientos pélvicos de la danza, como invitando a los recién llegados a unirse. Pero descuida sus flancos en el alarde, y sin dar tiempo a nada, aún con el grito retumbando sobre la escena, un desesperado doctor de ojos enrojecidos y vidriosos por la furia lanza un tajo demasiado atrevido al cuello y corta, de una vez, la arteria vital.

Nadie hubiera imaginado que Dos Once guardara, aún después del debilitamiento y los días de hambre, tanta sangre en las venas. Pero no es derrotado fácilmente, se convierte en una fuente roja esparciendo sus líquidos, cada chorro haciéndolo más débil. Luego es la orgía de escalpelos y carteles y bocas besando bocas y jeringuillas clavadas y trajes rotos y cuerpos copulando, en un desenfreno que se lleva a Dos Once con cada latido de la arteria cortada. Y  después todo son lamentaciones, una procesión enorme que sale del manicomio llevando el cuerpo sin vida de Dos Once, como un mártir, y el falo erecto como sólo lo llevan los héroes.

Sobre el autor

Daykel Angulo Aguilera

Daykel Angulo Aguilera

Daykel Angulo Aguilera nació en Gibara, Holguín en 1979. Es poeta, narrador y realizador audiovisual. Ha recibido varios galardones y reconocimientos literarios, entre ellos “El Árbol que silba y canta” en 2007 y el premio “La Casa por la Ventana” de poesía, en 2013. Mención de Honor en el II Certamen de Narrativa de la revista argentina Artesanías Literarias, en 2008. Tiene publicado el poemario “Nuestra Señora de los perros” (Ediciones La Luz, Holguín, 2007). Reside en La Habana, Cuba.

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Video destacado:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  Kiko Arocha

Las deudas

Kiko Arocha

  Miró a su hermano menor con penetración, como miran los felinos, para decirle: —Te veo nervioso, suelta la botella que no va a pasar na. —Mira mi hermano, estoy

0 comentario Leer más
  Manuel Gayol Mecías

Fidel ha muerto

Manuel Gayol Mecías

  Las palabras y los muertos (Premio Internacional Mario Vargas Llosa, Universidad de Murcia, España, Seix Barral, 2007), del escritor cubano Amir Valle, trata sobre la muerte de Fidel Castro y los

0 comentario Leer más
  Jorge Olivera Castillo

Pan (de yeso) y circo

Jorge Olivera Castillo

                El circo no es el pasatiempo donde lavamos las llagas del hambre con sonrisas espontáneas y puras. Tampoco es el lugar para

0 comentario Leer más

Festival Vista Miami