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El 4 de julio, los masones y Luis XVI

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El 4 de julio, los masones y Luis XVI

Benjamín Franklin

El 4 de julio, los masones y Luis XVI
julio 01
02:50 2016

 

En 1776, las Trece Colonias de la Corona inglesa en América del Norte constituían ya, moral e ideológicamente, una nación. Lo inútil de la petición de derechos a la Metrópoli, no quitaba valor a la reclamación constante. Ya habían tomado conciencia aquellos “colonos”, y por boca de George Mason decían en 1770: “We owe our Mother Country the duty of subjects; we will not pay her the submission of slaves”.

Hasta el 70, las cabezas visibles del descontento americano abrigaban la idea, y el ferviente deseo, de entenderse con la corona. Desde 1754 venía postulando una suerte de Federación con Londres un brillantísimo sabio llamado Benjamín Franklin. La idea, nueva y hasta revolucionaria para la época, coincidió con el nacimiento en Francia de un príncipe que apenas cumplidos los veinte años sería coronado  en Notre Dame de Reims como Luis XVI.

En 1775, agotados los esfuerzos por un entendimiento con la corona, Franklin, anciano ya, vuelve a Filadelfia y ocupa muy activamente su sitio entre los patriotas. Es el filósofo, el inventor famoso, el patriarca. La guerra ha estallado, y los jefes e ideólogos se disponen a darle fundamento filosófico y jurídico a la lucha armada por arrancar la independencia total y sin matices de las manos de una corona inflexible y ciega.

Hay que redactar la Declaración de Independencia, y se piensa en Franklin, pero acaban por dejar el trabajo a un jurista inmensamente culto y de carácter menos humorístico que el del sabio: Thomas Jefferson, de solo 33 años de edad, quien en 1774 había publicado un folleto titulado A summary View of the Rights of British America. Muy conocedor de los filósofos de su siglo, casi exclusivamente de los ingleses, como Locke y Hobbes, vertió las doctrinas de estos en la Declaración.

Parece demostrado que ese año Jefferson no conocía aún El contrato social, publicado en 1762, hallándose sin embargo gran influencia del pensamiento de Fenelon, solo que paradójicamente presentado por el místico escocés Ramsay, que llegó a aliar sólidamente las ideas católicas de Fenelon, su maestro, con los ritos y creencias masónicas del “Rito Escocés Antiguo y Aceptado”.

Decir masonería era decir tolerancia, anticolonialismo y libertad. Lo religioso en sí tenía muy poco que ver. La simbología, bastante simplista, debíase más a la necesidad de secreto para las conspiraciones que a ocultaciones del pensamiento. Los hombres de una misma tendencia política y social tendían a sentirse “hermanos”. Washington, Franklin, Jefferson, Adams y otros de la primera línea conspirativa, eran hermanos. Procuraban siempre armonizar las ideas de cada uno. Jefferson no dio por terminado el texto de la Declaración sin consultarlo con Franklin y con John Adams.

Pero los vínculos entre el 4 de julio de 1776 y el 14 de julio de 1789 se desarrollaron vigorosamente a partir de la segunda presencia de Franklin en París, diciembre de 1776, para cumplir, en unión de Sila Deane y Arthur Lee, la encomienda de obtener en Francia y en España ayuda para la guerra. Rápidamente Franklin se convierte en el personaje más conocido y admirado en la corte de Luis XVI. Crea en secreto relaciones estrechas con Vergennes, el ministro de Exteriores, sucesor de Choiseul. Se entiende de maravilla con Caron de Beaumarchais, el listísimo autor de Las bodas de Fígaro, quien era además un hábil vendedor de armas, con organización que le permitía entregarlas en Norteamérica a través de La Habana. Franklin se hace íntimo de Turgot, de Madame du Deffand, de La Fayette y de cuantos tienen voz en París. Oficialmente no estaba allí sino en busca de salud y de educación  para sus dos nietos. A los niños se los llevó un día al viejísimo Voltaire para que los bendijese.

Es curioso constatar, como lo ha hecho Jacques De Launay, la presencia del número 13 en todo este proceso franco-americano. 13  son las colonias, 13 son los años que separan al 4 de julio de 1776 del 14 de julio de 1789; 13 son las letras de Estados Unidos, 13 también las letras de la frase “El pluribus unum”, como del medio verso de Virgilio que adorna los billetes: “Annuit Coeptis”; 13 las estrellas de cinco puntas (el mágico pentacle) sobre la cabeza del águila, y 13 las hojas de olivo, signo de paz, que apresa el águila en la garra derecha, con 13 flechas en la izquierda.

Son tantas las señales, los signos cabalísticos que los partidarios de los misterios, como el que suscribe, los vemos por todas partes. La Constitución se aprueba en 1787, pero entra en vigor con el primer Congreso, en 1789, el año en que se abre en Francia la Nueva Era. La simpatía de Luis XVI por la Revolución Americana explica en gran medida la llamada debilidad de un rey que era partidario de la tolerancia y enemigo de los antiguos métodos de represión. Llevaba Luis XVI tiempo queriendo echar abajo la Bastilla, y con talento suficiente sabía negociar con “los americanos” sin irritar demasiado a los ingleses. El espionaje británico era tal que Franklin tuvo siempre pegado a sus talones, sin enterarse, al traidor Bancroft, espía a sueldo del Foreing Office, como estaba a sueldo de Inglaterra el señor Danton.

Luis XVI jugó limpio con los norteamericanos, y Washington le pagó con gratitud eterna: ahora mismo entramos en el comedor de la residencia de Washington en Mount Vernon y vemos allí, reinando, el retrato de Luis XVI, el hombre que el 14 de julio de 1789 se sintió muy feliz porque creía que en Francia iba a comenzar una era como la inaugurada por los Estados Unidos de Norteamérica el 4 de julio de 1776, 13 años antes casi día por día.

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Cortesía El Blog de Montaner

Sobre el autor

Gastón Baquero

Gastón Baquero

Gastón Baquero (Banes 1914 – Madrid 1997). Poeta y periodista, considerado un clásico de la literatura cubana con poemarios como "Memorial de un testigo" y "Saúl sobre su espada", autor de las revistas Orígenes y Espuela de Plata, se exilió en España en la primavera de 1959, tras el ascenso al poder del castrismo.

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