Neo Club Press Miami FL

Fernando Ortiz y los decretos de Fidel Castro

Fernando Ortiz y los decretos de Fidel Castro

septiembre 13
10:49 2013

A partir de 1959, Cuba se convirtió en un campo de experimentación en todos los sentidos –y no voy a hacer un recordatorio pormenorizado, mucho menos extenso, de cada renglón y aspecto que ha rodeado la vida del cubano, porque esto es harto conocido: Se ha publicado en libros, por noticias, a través de la literatura y el arte, y se ha sufrido socialmente. Por lo que solo voy a hacer un breve recuento.

En la economía, Fidel Castro (FC) se deshizo mayormente de todo tipo de coherencia, de lo razonable y justo que caracteriza a las necesidades y estímulos humanos: violó las leyes del comercio, las enredó, las menospreció y hasta las desechó, porque en su interpretación antes Cuba era simplemente un lugar “injusto” (ahora es justamente un lugar miserable), y la mayoría no dijo nada. En efecto, F (al igual que Ernesto Guevara de la Serna, quien fue ministro de Industria y presidente del Banco Nacional de Cuba en la década del 60 antes de marcharse a formar su guerrilla en Bolivia) intentó hacer creer que las leyes económicas no eran objetivas e independientes y se podían cambiar, y muchos, aun los que podían conocer de estos errores, no dijeron nada.

Más importantes para F (o FC, como se prefiera) venían a ser las leyes políticas e ideológicas (por la conveniencia de los decretos para sus caprichos). Asimismo, F con sus acólitos destruyó la agricultura y la ganadería, la propiedad privada, las costumbres y tradiciones; había que ser ateo porque la religión era “el opio de los pueblos”; destruyó la moral cuando ayudó a que imperara el machismo más obtuso y ganara terreno la tendencia contra el homosexualismo; rompió la unidad familiar y la amistad al enfrentar a padres contra hijos, hermanos contra hermanos, ciudadanos contra ciudadanos; al imponer el odio ideológico contra cualquiera que fuera disidente. Y en verdad, los que sabían no pudieron decir nada porque hubieran sido destruidos. F y su Gobierno eliminaron las libertades de expresión y de movimiento, acabaron con la ética de decir las verdades. Instituyeron el chisme con los Comités de Defensa de la Revolución, permitiendo que los vecinos se metieran en la privacidad e interioridad de los otros vecinos y se espiaran y denunciaran unos a otros.

En fin, han sido tantas y tantas cosas, tantos problemas que este Big Brother (BB), con su régimen, ocasionó en la existencia de cada uno de nosotros, que muy bien se ha dicho que —en gran medida— atentó contra el alma del pueblo cubano. Y digo “atentó” porque aspiro aún a que, incluso a estas alturas, después de todo lo que hemos tenido que pasar y también lo que hemos permitido que pase (que esto es lo más difícil y esencial de reconocer), no se haya podido extirpar la esencia auténtica de nuestra Nación (con mayúscula porque me refiero al alma cubana, que supongo aún está escondida —ojalá que no me equivoque— en lo más remoto de la nobleza, esperando el momento de volver a salir. Así sea). Esencia que viene desde los primeros trazos de nuestra historia (de los orígenes fatalistas de nuestra historia: de conquistados, colonizados, esclavizados y neocolonizados hasta llegar a ser totalizados en estos 54 años); historia que habrá de hacerse diferente alguna vez, cuando el cubano recupere su evolución, la que fue interrumpida en 1959,  pero que se logrará rehacer si realmente acabamos de entender el pasado para convencernos de que lo que vale es el presente con el propósito de hacer un futuro mejor… Entonces su actuar incansable (el de FC) ha conllevado el menosprecio —oculto quizás— contra el prójimo. Un sentimiento que no puede traducirse sino en un “odio” injustificado contra su propio pueblo.

Pero independientemente de que F y su grupo no hayan podido acabar con el sentimiento de luz y de imaginación que subyace en el alma recóndita de ese cubano esencial que aún nos queda, sí lograron desdibujar las características económicas, sociales, morales y espirituales que nos habían estado haciendo evolucionar hasta el año de 1959, y con ello consiguieron que salieran a relucir y se impusieran en la Isla los peores defectos de los cubanos. Nos estancaron y, por tanto, nos atrasaron.

Para entender entonces, un poco siquiera, lo que sucedió, al menos lo que de nuestra existencia tenía que ver con aspectos genéticos, psicológicos, sociales y antropológicos que apuntaban o nos llevaban a un acercamiento de cómo eran nuestras potencialidades físicas y anímicas, y por qué razón FC pudo trasvasar las fronteras de ese mundo corpóreo-imaginativo del cubano e imponer su espejismo, es imprescindible —a mi juicio— retomar el análisis, aunque positivista, no menos cierto en un grado histórico, de nuestro siempre socorrido sabio don Fernando Ortiz, cuando en fecha tan temprana de la “República”, a principios de la década de 1910, hurgó incisivamente en “la interioridad nuestra”. Para ello están sus escritos recopilados en su libro El pueblo cubano, y dentro de este específicamente el capítulo sobre “El alma cubana”.

En efecto, Ortiz en sus observaciones nos dejó saber muchas cosas que nos duelen, porque las dijo sin tapujos. Quizás debido a su implacable escalpelo positivista de aquellos tiempos, en que aún andaba por los caminos del italiano Cesare Lombroso; pero que al menos —aunque superado por él mismo un tiempo después— la imagen interior del cubano que nos daba Ortiz no tenía por qué quedar en la tragedia de lo irremediable, sino en la instigación de lo que podíamos salvar y lo que podíamos cambiar.

Entre tantas cosas que señaló el sabio cubano, voy a citar algunos  terribles defectos que ya históricamente nos desgajaban y empobrecían, y que muy bien pudieron prevalecer hasta 1959, puesto que los veníamos arrastrando desde siempre y que con posterioridad a ese Año Cero (léase 1959) que tantas veces he mencionado, se tuvieron que desarrollar en grado sumo hasta el momento actual. No obstante, quiero hacer la salvedad de que a la par de esos defectos, incluso me atrevo a decir que por encima de sus observaciones positivistas, y en aparente contradicción con sus propios criterios, él sí reconocía que habíamos tenido virtudes que nos hacían avanzar, con lentitud, pero nos hacían avanzar, como también ya advertí en otro momento. En este caso aclaro que no interesa ahora hablar de las virtudes, sino de los mencionados defectos, porque pienso y siento que hay que acabar de reconocerlos para poder establecer alguna vez el punto de partida de nuestro necesario mejoramiento humano.

Dice Ortiz: “Nuestra sintética característica intelectual es la ignorancia. Somos un pueblo de ignorantes, dicho sea sin eufemismo ni rodeos” (Ob. cit., p. 36). En esta época, años de la década de 1910, es innegable que la ignorancia pululaba. Además, venía desde antes, desde la colonia, por supuesto, por lo que el antropólogo cubano precisaba:

“No nos faltan latentes energías intelectuales, que despertadas podrían darnos días de consuelo y de gloria. Y si esto es así, ¿a qué achacar ese triste y bochornoso estado de incultura? Miremos hacia atrás. A poco que quiera profundizar nuestra mirada, encontrará las impenetrables tinieblas de la esclavitud mental, agravada aun en su densidad por la esclavitud política. España no quiso instruir a Cuba. Enseñanza significaba rebeldía, intelectualidad equivalía a separatismo, instrucción era libertad. El analfabetismo que padecemos es un estigma del coloniaje” (Idem; pp. 38-9).

No por gusto el mismo José Martí había dicho, aunque desde una perspectiva universal, que “la ignorancia mata a los pueblos”. Indiscutiblemente estas palabras se enlazaban y enlazan aún con las de Fernando Ortiz. La ignorancia, a nivel popular, fue uno de nuestros talones de Aquiles, porque gracias a esa ignorancia nuestra imaginación se fue debilitando —nuestra inteligencia, sí, era práctica y estaba por encima de nuestra ninguna instrucción, pero por la falta de instrucción no pudimos darnos cuenta de que nos iban a cambiar la imaginación, nos iban a lavar el cerebro, nos iban a adoctrinar mediante un lenguaje aparentemente revolucionario, y por ello la visión mental se nos estrecharía más—, y llegó un momento en que no tuvimos el necesario poder imaginativo para responder a un mar de otras imágenes falsas que se nos echaba encima. Por ejemplo, “la Revolución es tan verde como nuestras palmas”, cuando en realidad se iba volviendo roja; “Cuba, territorio libre de América”, cuando en realidad se estaban llenando las cárceles del país; “Armas, ¿para qué?”, cuando en realidad se entrenaba a uno de los ejércitos más poderosos del continente.

Nuestra ignorancia no supo medir la imagen de la Alfabetización, en la que sí se enseñó a leer y a escribir a muchos cubanos, pero ¿a leer y a escribir qué?… El que aprendía a leer  se veía sumergido en un estanque de ideología revolucionaria: Fidel (con mayúsculas) se escribe con F, I, D, E, L; y la palabra revolución (también con mayúsculas) se pronuncia RE-VO-LU-CIÓN (¡Cuba, Estudio, Trabajo, Fusil; Lápiz, Cartilla, Manual; Alfabetizar, Alfabetizar, Venceremos!). Se proponía lo que era malo y lo que era bueno, según el criterio del Gobierno. Se le daba a la gente lo que tenía que leer y poco a poco se fue creando la lista negra de los autores prohibidos, aunque en realidad esto fue ya después de la Alfabetización, pero en la misma se habían sentado las bases para coartar la libertad de pensamiento y de expresión. Toda lectura que no acoplara con los intereses del nuevo poder sería tachada de contrarrevolucionaria.

Se aprovechó “la apatía que caracteriza de manera genérica nuestra psicología [la cual] se muestra asimismo en nuestras manifestaciones mentales; somos intelectualmente perezosos. Nos gusta muy poco el trabajo mental; estamos como adormecidos y gozamos de nuestra somnolencia. Baste a demostrarlo nuestra muy escasa producción librera” (Fernando Ortiz; ídem; p.39). Ello fue en los primeros tiempos de la “República”, en que el sabio cubano detectó estos grandes males que acarreábamos. Y es justo se reconozca que después del triunfo de la Revolución empezó una enorme producción y distribución de libros, y las campañas de lectura para tratar de masificar la instrucción y la cultura. El semanario “Lunes” del periódico Revolución llegó a crear una expectativa cultural sorprendente, pero por sorprendente en su libre expresión lo eliminaron… Porque tuvo que ser la instrucción y cultura de lo que le interesaba al Gobierno, con su marxismo, su ateísmo, su realismo socialista. Es cierto que se podían leer algunas obras universales, pero eran las que se consideraban no dañinas al nuevo sistema.

En realidad, con los libros de textos, literatura y publicaciones periódicas no se estaba enseñando a pensar, y mucho menos a desarrollar un espíritu de libertad, sino a encerrarse en las nuevas directrices mentales, hablando de libertad sin permitir leer lo que se quisiera; hablando de patria, nación y democracia, cuando lo que ya se había ido formando era un país dependiente y la diversidad política y de ideas se había conculcado.

https://www.facebook.com/manuel.gayol

Compartir

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Armando de Armas en el Festival VISTA:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más
  Baltasar Santiago Martín

¿Suicidio?

Baltasar Santiago Martín

  En memoria de Juan O’Gorman             No entres al río con los bolsillos llenos de piedras como hizo Virginia; antes que suicidarte, arrójale las

0 comentario Leer más