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El mediodía que lloré con Mario Vargas Llosa

El mediodía que lloré con Mario Vargas Llosa

El mediodía que lloré con Mario Vargas Llosa
septiembre 13
15:19 2013

Según medios de prensa españoles, Mario Vargas Llosa ha comenzado a promocionar una nueva novela titulada El héroe discreto. Quienes reseñan la obra aseguran que resulta amena, divertida, y también sostienen que con este libro Mario retoma incluso personajes de sus primeras historias.

Ya me estoy preparando, aquí en New Jersey, para el disfrute de leer a Vargas Llosa. Y no creo que salga defraudado.

El peruano es uno de esos novelistas, todos lo sabemos, que te atrapan desde el primer párrafo. Sabe usar muy bien los trucos del oficio para mantener interesado al lector, domina el arte de narrar. De sus muchas novelas la que siempre releo con gusto es La Tía Julia y el Escribidor. Probablemente resulte la más simpática de sus primeras obras y un ejemplo de lo que este autor siempre aduce que deberían ser las buenas novelas: una mentira tan bien contada, narrada con tanto realismo que uno llega a creérselo todo y termina riendo y llorando con los personajes.

Pero desde luego, lo que más aprecio de él es su permanente defensa de la verdad y la justicia. Para Vargas Llosa no hay doble moral a la hora de analizar los hechos ni tampoco existen dictadores justificables. En este detalle diría que está a años luz de la mayoría de sus colegas. Los escritores y los llamados “intelectuales” por lo general no son personas equilibradas. Casi siempre tienen una rara inclinación, una enfermiza simpatía por los autócratas, especialmente si militan en la izquierda.

¿Por qué escritores y artistas actúan de esa manera? Resulta difícil explicarlo. Nadie puede encontrar coherente o lógico que una persona con sensibilidad y talento creativo simpatice con déspotas como Fidel Castro o payasos al estilo de Nicolás Maduro. El problema, tal vez, es que seguimos teniendo una visión demasiado romántica de los escritores y de los artistas en general. Craso error: son seres humanos comunes y corrientes con la única diferencia que saben escribir un cuento entretenido, actuar en una película o bailar como nadie.

La única vez que he podido estar cerca de Mario Vargas Llosa sucedió en Caracas, Venezuela, y no fue nada exitoso el encuentro. Resultó un desastre. Estábamos en junio de 1994 y el novelista, acaso porque ya en esa época presagiaba de alguna manera lo que podía ocurrirle a la tierra del joropo si tomaba el poder Hugo Chávez, arribó a la capital venezolana para hablar acerca de la libertad de mercado y sobre los peligros del estatismo. Algunos intelectuales y políticos locales, era de esperar, la emprendieron a insultos contra el visitante tan pronto puso el primer pie en el aeropuerto.

Como escribía para un par de publicaciones quise entrevistar a Mario en las afueras del edificio donde había ofrecido su charla. Quien me acompañó en la misión fue Ramón Grandal, un famoso fotógrafo cubano que por esos años intentaba buscarse los frijoles en Caracas. Grandal, un hombre de más de seis pies de estatura, barbas a lo Ernest Hemingway y rostro de castigado pugilista, tan pronto avistó al narrador se lanzó hacia él haciendo fotos con su cámara Leica. También corrí en dirección del peruano e intenté formularle algunas preguntas.

“Enhorabuena, Don Mario Vargas Llosa, por su nueva novela El héroe discreto. Quienes saboreamos la literatura, pero en especial aquellos que amamos la libertad, estamos de plácemes”. Rodolfo González Almaguer

A Varga Llosa seguramente le debimos parecer dos locos con intenciones de agredirlo porque enseguida apresuró su marcha hasta el carro y se lanzó de cabeza hacia el interior del vehículo.

Una vez dentro, más aliviado, nos sonrió y tuvo tiempo de decir:

–Otro día, señores, otro día con las preguntas y las fotos, adiós.

Pocas semanas después viviría allí mismo, en Caracas, un segundo incidente relacionado con Mario Vargas Llosa, aunque esta vez sin ningún matiz humorístico. El gobierno castrista acababa de hundir una embarcación repleta de mujeres y niños –el transbordador 13 de Marzo– cuando intentaban escapar de Cuba. La noticia, el genocidio, había sido casi ignorado por la prensa venezolana. Vagaba rabioso y triste por la avenida Libertador, considerada entre las principales arterias de la ciudad, cuando de pronto noté que en los estanquillos de periódicos mostraban diarios con una gran foto del autor de Pantaleón y las visitadoras. La gráfica, lo sabría minutos después, era para destacar la columna periodística del escritor que esa semana estaba dedicada a comentar sobre la masacre ocurrida en Cuba. No pude esperar y empecé a leer en medio de la acera, interrumpiendo la marcha de los peatones, y a medida que leía mi emoción se multiplicaba más y más. En su estilo elegante de siempre Vargas Llosa contaba los detalles de la matanza, denunciaba el horrendo crimen cometido contra seres indefensos y, de paso, se preguntaba dónde estaban ahora las organizaciones de derechos humanos, las Naciones Unidas, los religiosos, y toda la fauna del planeta dedicada a denunciar las injusticias. No me da pena decir que lloré ese mediodía ante las atónitas miradas de los caraqueños que cruzaban a mi lado. Aunque rara vez suelo exteriorizar los sufrimientos, lloré de verdad. Tengo desde niño un arraigado “espíritu samurái” o de “machismo guajiro” que, por instinto, me inhibe dar rienda suelta a los sentimientos. Pero ese día en Caracas las firmes y emotivas palabras del artista y su solidaridad con las víctimas del transbordador 13 de Marzo me conmovieron hasta lo más hondo.

Nunca voy a olvidar el valiente y oportuno artículo de Vargas Llosa. Eternamente lo voy a agradecer. En un mundo donde a tan pocos les interesa el sufrimiento de los cubanos el gesto del ahora Premio Nobel de literatura siempre será un bálsamo de esperanza. Enhorabuena, Don Mario, por su nueva novela El héroe discreto. Quienes saboreamos la literatura, pero en especial aquellos que amamos la libertad, estamos de plácemes.

Sobre el autor

Rodolfo González Almaguer

Rodolfo González Almaguer

Rodolfo González Almaguer es un periodista independiente que reside en Estados Unidos. Ha trabajado como escritor de noticias en Univisión, Telemundo y en el popular canal por cable neoyorquino NY 1 Noticias. Es además columnista de La Voz, una publicación en español que desde hace más de 40 años se distribuye en la mayoría de los condados de New Jersey.

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