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A propósito de ‘Nieblas’, de Jorge Luis Llopiz

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A propósito de ‘Nieblas’, de Jorge Luis Llopiz

Denis Fortún y Jorge Luis Llopiz durante la presentación del libro en la tercera edición del Festival VISTA

A propósito de ‘Nieblas’, de Jorge Luis Llopiz
diciembre 16
00:37 2015

 

Estoy convencido, un par de años atrás mi elección habría sido diferente. Sin embargo, hoy, si me pidieran un listado sobre las posesiones más significativas que debemos mantener a como dé lugar a lo largo de nuestras vidas, señalaría sin titubeo alguno a la memoria como el patrimonio de mayor retribución.

Nieblas comienza con un exergo de Marcel Proust, y dice: “Durante un tiempo existió en mí un yo que deploró perder esas riquezas, y pronto me di cuenta de que la memoria, al retirarse, se llevaba también aquel yo”.

Leer Nieblas (Editorial Nosotros, 2015), de Jorge Luis Llopiz, por momentos se me antojaba complicado, pero ha terminado siendo una experiencia gratificante. Hablo de una historia conmovedora, que del mismo modo me corresponde pugnar y que, como toda historia con zonas sobradamente intensas, duele; que como toda historia que se somete a escudriñar la vida misma, también nos roba una sonrisa y nos invita a la compasión; implícito el acto de reflexionar, molestarnos y hasta estremecernos.

Para mí, leer esta novela fue una suerte de desafío debido a una realidad desgarradora con la que tuve que lidiar durante casi dos años, drama que no es una prerrogativa únicamente mía: son muchos los que han padecido este calvario; demasiados los que quedan por desafiarlo. Y confieso, hubo un momento en que estuve a punto de cerrar mi laptop (leía la versión en PDF) y decirle a Llopiz que no quería presentar su libro. Habita en mi memoria, y de manera permanente, la imagen del deterioro de una mujer imprescindible en mi vida, irremplazable, sufriendo ella la “enfermedad del olvido” y todos a su alrededor sin saber qué hacer, qué figurarse, para redimir su alienación, recuperar su buen humor y su sonrisa. Nada más desgastante, atestado de resentimientos, que la impotencia que te corroe al ver la angustia de quien uno adora.

Cuán doloroso es no acordarse de un nombre, de un amor, el rostro de un hijo, dejar de reconocerse uno mismo; no saber nombrar las cosas; olvidar un minuto, sea de felicidad —el más socorrido— o de tristeza, por el que transitamos una vez o más. Y lo peor, cuán punzante es estar inhabilitado para incorporar nuevos recuerdos y que prime esa predisposición a aislarnos; que la mirada ocupe una franja que otros ojos jamás lograrán descifrar dónde se ubica; perder la noción del tiempo y el espacio.

Y es que la memoria, de naturaleza intangible a pesar de sustentarse en hechos perceptibles, experimentados —que reitero, es de los tesoros a los que se le ha de rendir mayor tributo—, aun cuando hay pasajes de nuestras vidas que escogeríamos dejar a un lado, no hay dudas que viene a ser la certeza de que hemos existido no ya como quisiéramos, pero sí como parte de algo que finalmente valió la pena: trascendental.

Haciendo mía la reflexión del protagonista, si Dante al escribir su Divina Comedia, en el primer cántico, Inferno, hubiese agregado un círculo, el décimo, describiendo el castigo que representa la pérdida total de la retentiva epistémica y emocional, sería este el más terrible de los tormentos. Sólo con narrar la enfermedad del olvido, horrorizaría a los perversos, miserables y lujuriosos.

Sin embargo, la trama de esta novela, aunque me lacera aún, conquista. No podía quedarme conforme. El neurólogo Andrés Romero —hijo de cubanos exiliados—pretende encontrar la cura de una enfermedad que se estima padecen, sólo en este país, más de cinco millones de personas. Se calcula que para el año 2050 el número en los Estados Unidos alcanzará los dieciséis millones.

Quien narra es el mecanógrafo de un juzgado que estudia abogacía y hace las veces de secretario de Sala; documenta un supuesto crimen con un desmerecido castigo. Sujeto aparentemente dispuesto al desacato por salvar esta historia, y otras, todas condenadas por ley a un incinerador: Ninguna debería ser borrada —asegura sabiendo que iría a prisión de incumplir—. La nacida merece la eternidad aunque sea truculenta y aborrecible. En cada una de ellas, estamos presentes…

Estar, ese dilema ancestral de Ser y luego No, va ligado fuertemente a la evocación. Cada segundo, que de inmediato nos deja, se funde en el pasado. Y la regresión sólo podemos conseguirla por medio de la remembranza. Llámese de diferentes formas, etimología aparte, se reduce al evento de volver sobre nuestros pasos mentalmente, que no queda de otra. Y el Dr. Romero se propone encontrar la cura, el modo de revertir el miserable proceso y disfrutar esa jornada, la época que, con los años y la piedad que desarrolla la memoria cuando envejecemos, llegamos a dulcificar —quién no ha dicho alguna vez “todo tiempo pasado fue mejor”—. Su empeño, su enérgica obstinación, contagia al lector y uno siente que va a alcanzar su objetivo; de hecho lo hace, y los resultados son alentadores en un inicio.

Su terapia se fundamenta en el uso de una de las más sublimes manifestaciones del arte: la música. Su temor, no conseguir materializar este plausible proyecto y rescindir, atrapado en su sufrimiento, al capricho de su propia omisión.

Llopiz recrea una mente privilegiada, con sus atajos relucidos y trochas herméticas, y lo hace con una prosa sin ademanes, pero contundente; cimiento del drama que bien se describe. Cuenta el autor sobre la capacidad de un médico que se sabe al borde del abismo, porque vienen señales que él reconoce como alertas de que igual irá a perderse en esa madeja de bruma y misterio. Hombre que padece ese vértigo impulsado por la testarudez, la falta de tiempo y la deuda de una promesa hecha a su padre.

Llopiz se solaza en un viaje interior onírico y casi cinematográfico a intervalos, cargado de referencias universales y una innegable naturaleza poética. Llopiz permite que su personaje convide a varios alucinados a que compartan su entelequia. Comparecen ante el Dr. Romero, entre otros, el Marqués de Sade; Nietzsche; Nicolás II de Rusia; hasta una novia de Lee Harvey Oswald que sabe quién disparó a Kennedy. Y por supuesto, aparece Castro —dije al inicio, no por gusto, el Dr. Andrés Romero es hijo de exiliados cubanos— y unos le aconsejan, otros le advierten, y profetizan; uno en especial le irrita, lo odia y piensa en sus padres. Isabel, la esposa, al tanto, cuidando que regrese de su viaje con un disco de Los Beatles como puente; huida que presupone rematar sin importarle los riesgos, ganando elementos suficientes que puedan revelar una calzada confiable hacia el remedio.

Nieblas es eso, la transferencia involuntaria del Yo; la deserción inconsciente que no permite rescate; el cuerpo —léase templo— que se devasta paulatinamente. Es además la complicidad del lector porque el médico pertinaz consiga el triunfo en medio del enfrentamiento que presentan los parcos, aquellos que temen lo novedoso, que sospechan y además sacan cuentan y consideran mermas; un entorno controvertido que oprime la voluntad más férrea.

Nieblas, estructurada en cuatro partes, de practicable repaso, muestra el oficio de su autor y ofrece un juego que no voy a adelantar. Un juego que complace, atrapa y que resulta además vivificante por la exploración que propone, posible quizás. Entonces, mi recomendación: léanse esta novela de punta a cabo.

http://www.amazon.com/Nieblas-Spanish-Jorge-Llopiz-Cudel-ebook/dp/B019689476/

Sobre el autor

Denis Fortún

Denis Fortún

Denis Fortún (La Habana, 1963). Poeta y narrador. Artículos y crónicas de su autoría, con un toque humorístico sobre la cotidianeidad en Cuba y su exilio, aparecen con regularidad en bitácoras de otros autores, y en diversos ciberportales y revistas. Textos suyos han sido incluidos en antologías de narrativa y poesía en Cuba, México y Estados Unidos. En Miami, donde reside actualmente, edita el blog Fernandina de Jagua. Ha publicado el poemario “Zona desconocida”, “El libro de los Cocozapatos” (narrativa) y “Diles que no me devuelvan” (crónicas).

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1 comentario

  1. Rebeca Esther Ulloa
    Rebeca Esther Ulloa diciembre 16, 00:51

    Buena presentacion de Fotun… yo no pude estar en ese momento en vista, asi que me alegro mucho que se publicara este texto… y me ha despertado la curiosidad por leerme la novela, asi que la voy a buscar… Gracias Denis… firma: tu arma secreta…. jejejejejejeje

    Reply to this comment

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