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Adiós Miami

Adiós Miami

Adiós Miami
julio 23
14:15 2014

Miami se extraña cuando uno vive lejos de ella. Aun cuando se partió por no soportar a la sarta de ignorantes, bandoleros y farsantes que suelen prevalecer, y por hallar mejores oportunidades profesionales y dinero en otras partes, se extraña esa patria que nos hemos inventado en un pedacito de la Florida. Uno viene de visita y se dice: “Ay, ojalá un día, cuando me retire, pueda regresar aquí”.

Y el día llega inevitablemente. Tras años de bregar en sitios como Nueva York, Tampa y Fort Myers, de acumular pensiones y ahorros, uno carga con su bártulos y emprende esta vez el viaje que cree definitivo hacia esa Cuba exterior que un día tuvimos que dejar atrás, y en la que pensamos retomar el hilo de nuestras vidas exactamente donde las dejamos, abrazados a los mismos amigos que antes nos acompañaron.

¿Y qué pasa?

Que la añorada Miami se ha colmado de morralla en estos últimos 15 años. Gente desmoralizada que no bien pone un pie en la Calle Ocho pregunta ya cuándo puede volver al sitio donde transcurrió su humillada existencia de esclavo, y cómo puede acogerse a la nómina del Welfare para empezar a mandar dólares a la tiranía que tanto le oprimió, bajo el subterfugio de “ayudar a su familia”.

Que la ciudad que tanto idealizamos mientras estábamos ausentes ha sufrido una transformación radical, de pujante emporio de exiliados laboriosos e infatigables defensores de la libertad de sus compatriotas a envilecido villorrio repleto de nostálgicos del comunismo, capaces de endeudarse con tal de aplaudir a artistas que no ocultan sus nexos y simpatías con la dictadura cubana, o de acudir, llenos de admiración, a escuchar las sandeces que vienen a propagar los emisarios culturales del castrismo, disfrazados de académicos, novelistas, poetas y actores invitados con los mismos dólares que pagamos en impuestos.

Que quienes no han renegado de sus principios y mantienen su fe en un futuro de libertad para nuestros hermanos son tildados continuamente de intolerantes, terroristas, decrépitos y punto menos que antropófagos, y se les cierra el paso a todo medio en nuestro entorno, mientras se le abre a cualquier artistucho o portavoz de la tiranía que ande de paso por la ciudad, sobre todo en unos canales de TV que parecen sucursales de la radiodifusión castrista.

Que muchos de quienes consideramos en un tiempo amigos se hallan demasiado “ocupados” como para volver a compartir con nosotros, temerosos de que nuestra “intransigencia” pueda deslucir sus nuevas vidas, forjadas al amparo de esta nueva sombrilla ecuménica donde sólo caben los castrados, los dóciles, los mediocres y los amanuenses del nuevo estilo.

Alguien me dijo que desde que el niño Elián González fue devuelto a las garras de Fidel Castro el exilio que conocimos se convirtió en un hatajo de zombis, obsesionados con mostrar una faz adocenada al resto de la nación, y con adaptarse a las expectativas traumatizantes del liberalismo. Otros, por su parte, me aseguran que las sucesivas oleadas de “hombres nuevos” han diluido las virtudes del destierro, reduciéndolo a la triste condición de emigrados sin otra ambición que vivir del erario público, si no de robar a manos llenas de cualquier manera posible.

Lo más probable es que tengan razón. Y por eso, a pesar de que nos honra todavía la amistad de algunos de los pocos seres morales y fraternos que quedan en este lugar, y de que hemos dado ya demasiadas vueltas en nuestras largas vidas, nos parece que ya es casi la hora de armar las maletas otra vez, para poner distancia con Miami, y volver a vivir en un medio más decente y amable donde uno no sienta asco hasta de respirar. Dios mediante, nos iremos con la música a otra parte.

Esta vez, esperamos, para siempre.

Sobre el autor

Manuel Ballagas

Manuel Ballagas

Periodista, crítico y escritor, Manuel Ballagas (La Habana, 1948) formó parte del Consejo de Redacción del grupo El Puente, en 1964. En Cuba su libro “Con temor” fue destruido por el castrismo, que envió al autor a la cárcel en 1973 por “diversionismo ideológico”. En 1980 se exilió en Estados Unidos y desempeñó cargos ejecutivos en publicaciones como The Wall Street Journal, The Miami Herald y The Tampa Tribute. Es fundador de la revista literaria Término, de la cual fue codirector durante cinco años. Es autor de las novelas “Descansa cuando te mueras” y “Pájaro de cuenta”, y del libro de memorias "Newcomer".

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