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Adolfo Rivero Caro: Integridad y coraje

Adolfo Rivero Caro: Integridad y coraje

mayo 27
02:24 2011

1-Adolfo_RiveroEsta madrugada falleció mi amigo Adolfo Rivero Caro, a los 75 años de edad. Lo conocí en el local de la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Comercio de La Habana en 1956, en aquel momento hervidero de revolucionarios en contra de la dictadura de Batista.

De aquel local recuerdo a Guillermo Merino, Ricardo Alarcón, Ramón Vázquez y César Gómez, y entre todos destacaba Adolfo Rivero (Félix en la clandestinidad), el único de nosotros con auto, un VW escarabajo negro en el que recorría La Habana metido en una camisa de corduroy de manga larga, que no se quitaba ni en verano.


Ya en esa época Adofo era de izquierdas a pesar de proceder de una familia acomodada y anticomunista que lo llegó a matricular en la católica Universidad de Villanueva.  Sus muchas lecturas y su análisis de la situación cubana lo convencieron de que había que luchar por cambiarla. Su honestidad intelectual y valor personal hicieron que actuara como pensaba. Téngase en cuenta cuánto repudio podía recibir en el ambiente en que se desenvolvía.

Se robusta personalidad y sólida formación intelectual le permitieron convencer a muchos de la necesidad de cambios en Cuba. Puedo asegurar que Adolfo influyó decisivamente en el pensamiento político de aquella juventud estudiantil revoltosa.

En parte por su influencia, y sin estar plenamente de acuerdo con todas sus proposiciones, ingresé en la Juventud Socialista después que los comunistas cubanos comenzaron a apoyar plenamente la lucha armada. Lo hice nada menos que en los Estados Unidos, hecho que por su rareza merece contarse. Después de la fracasada huelga de abril y siendo todavía miembro del 26 de Julio, salí a los Estados Unidos en mi primer exilio. Allí fue a buscarme Adolfo, a quien, después de muchas discusiones y de prometerme que podía continuar siendo católico y comunista, como millones de polacos, decidí “darle el sí” nada menos que en la esquina de Collins Avenue y Lincoln Road. Convencido, le prometí que regresaría a Cuba clandestinamente, vía México.  Y así lo hice.  

Al triunfo de la revolución continúe viéndolo esporádicamente. Todos estábamos inmersos en un ciclón de actividades, a las que ahora llamábamos “tareas”, creyendo que  llevaríamos  al pueblo cubano, por un atajo, a la felicidad.

El azogue de ese espejismo fue perdiendo brillo con el tiempo. Muchos de nosotros, sin abandonar las ideas marxistas, renegábamos de la falta de democracia y del autoritarismo dentro de la juventud y el partido comunista, el gobierno y la sociedad, adelantándonos al pensamiento disidente que después nos llegaría desde Polonia. Ayudó a que despertáramos la arrogancia con que nos trataron a los insumisos. Cada cual descendió del carro peldaño a peldaño, a su manera, en larga y penosa evolución. Me fui al ejército en 1963 repugnado por la corrupción, desigualdad y jactancia de las esferas del poder, para descubrir que en las Fuerzas Armadas sucedía lo mismo. En un nivel más intelectual, Adolfo transitó el mismo camino.

Después de un tiempo sin verlo, sin ataduras políticas y dedicados a nuestras profesiones, me visitó en 1968 para darme a leer un documento mecanografiado de más de cien páginas que redactaron él y otros amigos, y entregaron oficialmente al Partido Comunista de Cuba, en el que se criticaba prácticamente todo del proceso revolucionario, desde la proyectada zafra del 70 hasta la falta de democracia en la sociedad. Creo que fue la primera crítica general de toda la línea del Partido desde  sus propias filas. Se necesitaba mucho valor moral para aquel paso suicida.

Le dije que podía repartir unas cuantas copias entre mis amigos. Lo hice y me costó sesenta y dos días de interrogatorios en Villa Marista y un año de reclusión en una granja de trabajo en Isla de Pinos. Salí hermanado con Adolfo como ciudadano de tercera categoría, a quien enviaron a trabajar como ayudante de mecánica para que se reeducara en medio de la clase obrera. Pero lo que aprendió en ese medio fue que ya entonces eran muchos más los obreros que criticaban la revolución que aquellos que la defendían.  

Adolfo, debido a su integridad y coraje, fue a parar a la cárcel. Allí se une a Ricardo Bofill como uno de los fundadores del movimiento disidente en la década del setenta. A principios de los años ochenta salió a la calle después de un par de condenas y siguió activo en el movimiento disidente. Su madre y su hermano Emilio Adolfo, que había cumplido 19 años en el presidio político cubano como plantado, hicieron gestiones desde los Estados Unidos con el gobierno francés para que intercediera por Adolfo, y se le concediera la salida de Cuba.

La gestión fructificó y pudo salir a Francia. Desde allá nos regaló a los cubanos que escuchábamos Radio Martí los más demoledores argumentos contra el totalitarismo cubano que se oyeran jamás, con el valor añadido de que venían de un excomunista, por definición, los peores anticomunistas.

Ya en Estados Unidos, y gracias a su conocimiento profundo del inglés, asimiló con voracidad el pensamiento conservador y lo llevó a Cuba en forma didáctica también a través de las ondas de Radio Martí, sus columna  de opinión en El Nuevo Herald y la página web que creó: www.neoliberalismo.com. En este sitio, que ha tenido un éxito mayor, se han publicado cientos de traducciones al español hechas por Adolfo  de obras y artículos de pensadores conservadores  norteamericanos. Neoliberalismo ha ayudado a decenas de miles de latinoamericanos a conocer y entender “el otro lado de la política” que esconde buena parte de la prensa, el cine y la televisión de Estados Unidos.

Descansa en paz, amigo.

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