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Ah… La dignidad

Ah… La dignidad

Ah… La dignidad
abril 09
19:44 2015

A raíz de la publicación en este mismo sitio, el pasado 5 de abril,  de mi artículo Aleida Guevara en Italia, he recibido un mensaje electrónico de un amigo, colega y compatriota residente en la Isla, que así reza:

“Amigo, aunque no acostumbro a comentar tus notas, creo oportuno en esta ocasión hacerlo. Muchas veces te has expresado sobre algunos amigos que no te reciprocan gestos amistosos que con ellos tienes; yo siempre te he dicho que en tu lenguaje agresivo contra el gobierno a veces se te va la mano y que esas afirmaciones rotundas, crudas, estigmatizadoras, tocaban a esas mismas personas. En tu artículo sobre lo que dijo Aleida Guevara en Italia afirmas lo siguiente: “los cubanos que han mostrado y muestran dignidad, ya lo sabemos, son aquellos que allá en su tierra, “son pocos, pero son”, se han rebelado contra la opresión y que hoy, unos, purgan condenas en las mazmorras castristas; otros, las han purgado y han vuelto a la lucha; otros, sin duda, habrán de purgarla por su persistencia de protestar contra la tiranía”. Realmente aprecio que esa falta de dignidad que denuncias, de la forma que lo haces, toca a muchos que ni son Aleida Guevara, ni son Yoany Sánchez y sí tienen dignidad, aunque no se enfrenten al gobierno”.

Primeramente, ofrezco disculpas si se sintieron ofendidos algunos escritores y otros intelectuales cubanos residentes en su tierra. Quizás fui muy radical al referirme, en el caso de la dignidad, a la corpulenta revolucionaria. Es decir, me fui hacia los paradigmas.

No dudo, no debo dudar, que en Cuba existen escritores miembros de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) que sí posean dignidad. Sin dudas.

Cuando mi amigo expresa en su mensaje: “Muchas veces te has expresado sobre algunos amigos que no te reciprocan gestos amistosos que con ellos tienes; yo siempre te he dicho que en tu lenguaje agresivo contra el gobierno a veces se te va la mano y que esas afirmaciones rotundas, crudas, estigmatizadoras, tocaban a esas mismas personas”, se refiere a ciertos comentarios míos, dichos en discreción, por el dolor que conllevan, acerca de ciertos colegas —y amigos y buenos conocidos— que viven en Cuba y en su oportunidad rechazaron la rama de olivo que les extendí.

Ejemplos. Les he enviado libros de mi autoría, autografiados con inscripciones tales como “A fulano, con el cariño de siempre”. Y jamás, siquiera, acusaron recibo.

A lo anterior se suman los que se sentaban a mi misma mesa, o yo en la de ellos, compartíamos la misma botella de ron, las mismas ansias confidenciales en ciertos momentos, y nunca respondieron a mis mensajes electrónicos o mis cartas. Sencillamente, me desaparecieron de sus vidas. Y me estoy refiriendo a acciones ocurridas hace 10, 12,  15 años atrás.

Agrego a los que, cuando yo me hallaba en Cuba, tuvieron conmigo la misma cercanía, y en todo este transcurso han visitado la ciudad de México, por mucho o por poco tiempo, y jamás me han dedicado, al menos, una llamada telefónica.

Sumo un ejemplo. Hace tal vez par de años, con una amiga mexicana que asistía a un evento literario en Cuba, envié saludos a varios de los colegas vinculados con la UNEAC.

lectura_UNEACEsta fue la respuesta que dio a mi amiga uno de los destinatarios de mis saludos:

“Recibir saludos de ese hombre es como si me saludaras de parte de uno de los narcotraficantes de tu país. Por favor, no me des saludos de esa persona”.

¿Odio? ¿Desprecio? Ambas condiciones. ¿Por qué habría de expresarse así alguien que, además de un cercano conocido, no había recibido de mi parte injuria alguna?

Podríamos asegurar que él, simpatizante fiel del régimen, o al menos eso demuestra, me odia por mi posición contraria a la dictadura existente en Cuba, expresada en numerosos artículos, sobre todo en los últimos años.

Pues se trata de una dictadura, una dictadura comunista, que como tal se caracteriza por sembrar el odio entrambos “bandos”. Dictadura comunista, aclaro, porque en esta, ya lo sabemos hace más de medio siglo, lo que prima, principalmente de parte de sus detentores y simpatizantes, es el resquemor para quienes no compartan su ideología. De eso se trata, de una “dictadura ideológica”, de ahí que resulte más trágica que otras.

Yo, al susodicho, no lo odio, ni lo desprecio, porque no hay quien me exija tal cosa, porque tengo mente propia, y esta no me convoca a abominar a quienes no piensen, desde el punto de vista político, como yo. Nunca habrá nada personal a partir de discrepancias en cuanto a los idearios.

Quisiera que alguien me señalara en mis artículos, publicados en varios sitios, si yo he atacado personalmente a algunos de los tantos escritores que en Cuba, callan; no disienten, pero tampoco van por el mundo mintiendo, descaradamente, ganancias personales de por medio, acerca de las “bondades” de la dictadura castrista. Eso sí es abominable. Y a estos sí he denunciado en mis textos. Y lo seguiré haciendo; aún más porque estoy seguro de eso, de que mienten, porque sé categóricamente que lo que afirman es todo lo contrario de lo que piensan. Por canallas.

Por otra parte, como la creación no debe o no debería mezclarse con determinada posición política, he escrito en diarios extranjeros reseñas sobre obras literarias justamente de algunos de aquellos escritores cubanos que viven en Cuba y han dejado de estimarme. Y lo seguiré haciendo.

O sea, al leer el comentario enviado por mi amigo, podríamos ratificar que la dignidad, como todo, es relativo.

Hay etapas en que el menor o mayor cupo de la dignidad individual —individual, enfatizo, aunque suene redundante—resulta decisivo.

Claro, no hay por qué exigirle a cada hombre, a cada cubano, en este caso a cada escritor que habita en la Isla, que llegue el estadio del Apóstol: “Contemplar un crimen en silencio, es cometerlo”, o “Quien esconde por miedo su opinión,  y como un crimen la oculta en el fondo de su pecho, y con su ocultación favorece a los tiranos, es tan cobarde como el que en lo recio de la batalla vuelve grupas y abandona la lanza al enemigo”, o “La libertad es el derecho que tienen las personas de actuar libremente, pensar y hablar sin hipocresía”. Avisó el Maestro.

Y sentenció además: “Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado”.

No voy a comentar las frases de José Martí antes citadas. Ahí las dejo.

Como decíamos, al parecer debemos entender que la dignidad es relativa, tal vez no debería ser así, pero así, según vemos, es.

De todos es sabido que desde inicio del presente siglo, la dictadura castrista arreció la represión. Ahí tenemos los 75 escritores y periodistas condenados, en 2003, a largas penas de prisión solo por disentir de la tiranía e intentar dar a conocer al mundo la triste situación de la Isla. En ese mismo año, fueron ejecutados mediante juicio sumarísimo, en menos de 72 horas, tres jóvenes cuyo único delito fuera tratar de secuestrar una lancha para huir del país. En la acción no hubo ninguna persona lesionada. Las madres de los tres fusilados fueron avisadas luego de sus muertes, para que fueran a reconocer a sus hijos, que yacían en burdos ataúdes cerrados.

En el último decenio, la cantidad de opositores —que en total no son muchos— que han ido a parar a las celdas castristas, ha aumentado considerablemente. Como igual la detención de hombres y mujeres que han protestado de manera pacífica, en muchos casos golpeados salvajemente por los adeptos —y adictos— al sistema. Cualquier organización protestante que haya intentado ir adelante en la Isla, ha sufrido el asalto a sus sedes  y las golpizas de rigor. Y mucho, mucho más de este tenor.

Es decir, la dignidad individual, como decía antes, debería subir su cuota en correlación con la etapa de que se trate. Y el intelectual, que debe ser una de las voces fundamentales de determinada sociedad, debería estar ahí, aunque no necesariamente para “enfrentarse al gobierno”, como dice el mensaje que he recibido del amigo y colega residente en Cuba.

Dejaré sin respuestas las siguientes preguntas:

angel-santiesteban_correodiplomatico1-300x255¿Algún escritor cubano que habita en su tierra ha, siquiera, preguntado a sus directivos en las asambleas, reuniones, congresos si lo antes relatado acerca de los desmanes del régimen, es cierto? ¿Alguno se ha interesado por esta tragedia?

¿Alguno de ellos se ha interesado por saber si es verdad que uno de sus colegas, el novelista Ángel Santiesteban, ha sido víctima de un juicio amañado y cumple una condena, por rachas, en condiciones inhumanas?

¿Algún escritor cubano residente en su tierra, a la hora de recibir determinado premio, ha expresado: “sí, lo acepto, pero además lo merecen varios de mis colegas y compatriotas exiliados, que también son cubanos y deberían tener derecho a optar por esta distinción”?

Entonces, ¿quiénes son los que se hacen fuertes en su “bando”; los que crean en mayor grado una división que no debería existir?

¿En Cuba existe o no una tiranía?

Ah… La dignidad… La dignidad… Algo muy relativo al parecer… muy relativo…

¿Y entonces?

Sobre el autor

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera nació en Santa Clara en 1945. Ha publicado seis poemarios, tres libros de cuentos y cuatro novelas, más la noveleta “Inglaterra Hernández”. Su libro de cuentos “Las llamas en el cielo” es considerado por muchos un clásico del género en su país. En Cuba, recibió en dos ocasiones el Premio de la Crítica. Su novela “Un ciervo herido” —traducida al italiano en 2005— ha recibido una notable acogida de público y crítica. Su más reciente novela, “El corazón del rey”, incursiona en la década de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista. Su poemario “La patria es una naranja” fue merecedor en 2013, en Italia, de uno de los premios “Latina en Versos”. Comenzó su carrera literaria con el poemario “Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia”, Premio David de Poesía en 1976. Desde 1995 reside en la ciudad de México.

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