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Alberto Lauro, el oro de la palabra

Alberto Lauro, el oro de la palabra

Alberto Lauro, el oro de la palabra
febrero 19
18:40 2011

 

Con_la_misma_furiaLa feliz publicación en Palabra Abierta (www.palabrabierta.com), en su número 11 de enero de 2011, de los poemas de los que voy a hablar, en lo personal fue (y es) un gran acontecimiento.

No sólo se presentaron a modo de selección 14 poemas de un buen amigo, sino que, asimismo, este conjunto constituye la introducción al gran poeta que es Alberto Lauro (Holguín, Cuba, 1959).  Lauro es autor de un bello libro que los mecanismos y decretos de una dictadura pretendieron desaparecer, pero que hoy resalta con todo el esplendor y solidez del fuego que brota Con la misma furia de la primavera.

Aparte de su connotación estética y su importancia en la cultura cubana contemporánea, este libro ha padecido, al igual que muchos otros en la historia de la literatura, esa impronta de los absurdos políticos que es la censura y la represión, y de los castrenses castristas, que siempre le han tenido miedo a la palabra.

De modo que este poemario, además de contener buena poesía, ha alcanzado una connotación política en la que se puede percibir el rótulo de “desviación ideológica” activada por los censores, que son los que en realidad convierten en enemigos a todos los que no piensan como ellos, cuando más a un escritor. Pero con esto lo único que lograron aquella vez —al vetar el libro, en el Premio Literatura-86 de la ciudad de Holguín— fue negarse ellos mismos. Desde el momento en que sintieron la palabra del poeta los atenazó el temor, si es que no el pánico. Y es que el terror de todo dictador, de sus lacayos y sus instituciones, es la creación imaginativa, porque entre los más importantes principios del arte y de la literatura se encuentra la libertad. Cuando la palabra suena, viva y auténtica, es tácitamente como la imagen de la paloma que echa a volar, o el cervatillo que corre hacia el bosque; y es también lo insondable de la noche que da paso al amanecer. Es por eso que después de tamaña represión el tirano queda a merced de su propia soledad.

El libro

Este libro, de donde extraje 14 perdurables poemas (porque, naturalmente, por un asunto de espacio no podía escoger todos los textos), es un conjunto que me atrevo a creer símbolo de universos paralelos, donde se pueden conjugar la infinitud estética de un aleph borgiano con la sensibilidad de una palabra mágica que convierte las imágenes en ternura y los sueños en metáforas. Así, los rincones del niño, del adolescente y del joven se hacen sugerencias múltiples, dignas para cualquier lector; y todo junto a la dimensión de una fuerza germinal que se alza en las manos de un iniciado de la esperanza, desde aquel año de 1986 en que ganara su merecido premio de literatura hasta ahora, que es ya un poeta de la imaginación reconocido dentro y fuera de la Isla, y a quien me atrevo a describir mediante una metáfora que habla no del aletear de un Ícaro, sino de un fénix.

En estos versos —desde que salieron por primera vez, desde este momento en que incluyo estas palabras sobre ellos en mi libro La razón de la mentira poética, y, por supuesto, desde el futuro que tendrán esos y todos los poemas de Lauro—, aun cuando en ocasiones se sientan desgarramientos y dolores, siempre se podrá encontrar las posibilidades de la esperanza, repito, porque es la primavera como una nueva aventura en ángulo abierto hacia cielos y abismos humanos: profundos en sus azarosas tardes, con sus crepúsculos cuajados de tenues luces y de oscuras incertidumbres; poemas siempre inagotables en el reflejo del ser que queremos ser y somos, dándonos al otro, al que siempre espera en el camino con el espacio de los brazos  vacíos.

Algunos de sus poemas cuentan una historia, digamos, no sólo porque reviven los espacios de nuestra niñez, sino además porque remueven o cambian el destino de los soñadores, y se hacen, por ejemplo, con la tristeza de un fracaso circense; una tristeza afectiva que irradia nuestra nostalgia infantil de candilejas y trapecios, y de aquellos personajes que nos encendían la imaginación de ternura, de sueños, risas y canciones, aunque después desaparecieran en sus propias vidas, como sucede en “Puesta en escena”:

Lo demás ya se sabe.
Los monos escaparon a la madrugada.
La rumbera se fue con un borracho,
dejando tras su paso huellas
de tules y alcanfor.
Los elefantes aplastaron el campo de       
rosas.
El circo se incendió.

Hay una añoranza en los seres fracasados que habitan estos poemas; un encuentro con el abandono humano al que fueron relegados; es la dolencia sensible de cantarle a la frustración repartida entre las cosas, las personas y el poeta. El creador aquí encarna al humillado, al que se va errante porque no le queda otro camino que marcharse y dejarlo todo; sólo permanecen los recuerdos. Es una poesía para la memoria en los desastres dejados atrás, pero también para todo lo querido. Ya en la actualidad, en la perspectiva del tiempo que sobrevuela otras ciudades, otros mundos, se hacen vigentes para el poeta —para el lector que soy de este poeta— aquellos espacios y momentos donde todavía hoy:

dormitas en la estación
sin intentar otra visita a la casa de tu madre,
besar por última vez a los que te amaron,
sentarte a la mesa del abuelo.

Porque tú y nosotros “urgente [hicimos] las maletas para el viaje”./ y “no [echamos] en ella memorias”/ “([sino] harapos, ceniza, proyectos inútiles:/ “deja [entonces] que los recuerdos entierren a los recuerdos)./ “No lleves contigo fotos de nadie/ “(la distancia borrará/ los nombres de las caras enmudecidas)/ “ni direcciones para enviar a fin de año”/ “tarjetas con pedazos de espejos y luces”/ “del árbol talado de la Navidad” [“Poema de la extranjera”].

Somos entonces, muchas veces, como el ciego Tiresias, que mediamos entre el día y la noche con nuestra agonía de ser o no ser. Somos un profeta por el destino de nuestras experiencias. Ya entendemos que “lo cotidiano, lo sobrenatural tienen el mismo sentido”. Ya para mí “no existen señales en [las] calles.”/ “Ausentes los astros estallan en su cielo.”/ “Huésped de sí mismo en la tiniebla”/ “es digno de los dioses su milagro.” [“Pupilas de Tiresias”].

Apegado a su ternura, la delicada remembranza de una piel, por el tacto de su historia (particular en cada uno), se develan en estos poemas la sensación sufriente de las almas perdidas, del desarraigo, del apresamiento de la intimidad humana. Pero a esta suave pasión de reclamo existencial la envuelve toda una atmósfera de grandiosidad, sutil, pero magnifica de color, de naturaleza, fuerza y melancolía recorren el libro, como si fuéramos fantasmas de entristecida felicidad que arrastramos nuestras cadenas de palabras. Las palabras andan con nosotros, se acumulan y brotan en los sueños. Pero nuestros sueños son de vigilia porque queremos vivir, aunque sea nuestra vida errante. Y todo ello, en un glamur de textura de selva, de añoranza y contacto real con nuestro doble que es el alma, centelleante, que estalla, explota en flores y fragancias, por la necesidad de vivir que padecemos:

Un flamboyán/ de fuego/ arde solo en la luz de la mañana./ Bandadas de garzas blancas vuelan/ sobre palmas y manglares,/ destellan bajo la luz del mediodía./ Tú estás sentada, ausente/ entre la sombra y la brisa/ que aguarda tu rostro,/ la furia desnuda de las ramas,/ pálida viajera, amiga,/ en la indefensa espesura:/ detrás la hierba se quema/ hasta que la hoguera toma/ un sitio en tu cuerpo. [“Óleo del último otoño”].

El poeta puede ya preguntarse si la Isla sin su real luz intentaría siquiera ser estas nuevas tierras en que estamos. Pero la luz de los poemas está en cada uno, ha sido traída del origen y se vierte en las palabras. Origen y luz del corazón, espacios de armonía que se crean en la memoria y la Isla dejada revive en su  poesía. Triste y adolorida, pero diáfana, insomne, las imágenes buscan la armonía de los espacios, como si todo se midiera con la óptica del viejo Medioevo; juglar de páginas blancas que nos alerta y reafirma, que nos refugia, que nos guarda y, a veces, nos deja inmolarnos ante el excrementoso señor feudal. Pero estos son poemas que hablan, quizás, del sentido del ojo y la luz medievales, que al expandirse prometieron; o mejor, podrían haber creado otro tipo de racionalismo, más apegado a la sensibilidad de la poesía, de las esencias de la imaginación. Sin embargo, se expandieron en este otro “renacer” que nos ha traído a una edad moderna que aún adolece de tiranos, de guerras y de fanatismos religiosos, superando —como en una competencia de luces y sombras— ese sentido de la luz y del espacio, que en la Edad Media incitaba a la búsqueda festiva, hasta teatral, de unas nuevas relaciones humanas, pero que hoy sólo se han convertido en una modernidad engañosa, aun cuando es una edad moderna ilimitada que nos alivia en un ensayo de libertad, más allá de las cuatro paredes de la Isla.

El libro, en esencia, de su furia se abre a la primavera; su fuerza radica en eso, en el sentido último de la esperanza y la libertad. Es la experiencia del poeta que como irreverente oprimido conoció de su propia belleza y la echó al mundo, incluso anticipándolo ya en su adolescencia:

Finalmente las muchachas se marcharon./ Y a los amigos cientos de fronteras nos separan./ Pronto cumpliremos la última edad de Cristo./ Arduo será el andar/ por largas avenidas y pueblos diferentes/ aguardando la tarde y el amor,/ pero entre las heridas del miedo y la esperanza.

cantemos con la misma/ furia de la primavera.   
(“Adolescencia”)

Siempre los poetas recurren a las fronteras del mundo para resarcir su nostalgia. Y es esta nostalgia la energía que puntualiza cualquier tipo de indefensión contra el tiempo, el espacio y la luz perdida. Cristo aquí es un símbolo no de paz, sino de resistencia y de proyección por lo que se avecina en la nueva peregrinación, cuando vendrán tiempos felices pero también truncados por “las heridas del miedo y la esperanza/… cantemos [entonces] con la misma furia de la primavera”.

Oh, Dios, el poema es revelador de las verdades ocultas; inermes momentos que pasamos en las tinieblas de la memoria. Los espacios físicos se reducen, en este nuevo mundo tan moderno; pero la distancia, corpórea y moral, hasta mi Isla se aleja, cada día se aleja y nos deja como náufragos de una pesadilla anquilosada en los recuerdos de los tiempos perdidos, los sueños que pudieron ser y no fueron. Por eso “ya no tendrá piedad la primavera si las luces ocres del otoño/ se deslizan por tu piel/ las aguas del estanque, del jardín de la casa solitaria/ donde las rosas entregan su perfume al aire, al árbol/ a la ropa tendida que como recuerdos en su mansedumbre nos apenan,/ inerme ante los puños el viento”. (“Ya no tendrá piedad la primavera”).

Si algún consuelo pudiera encontrarse a la hora de resistir una dictadura es la de que ésta provoca que se descubran grandes poetas, grandes cosas del otro lado de los egos. Esto quizás pudiera explicar un tanto la enorme fuerza desplegada por los escritores y artistas cubanos que han tenido que marcharse al exilio, entre tantos ejemplos, algunos nombres emblemáticos como Reinaldo Arenas, Manuel Díaz Martínez, Heberto Padilla, Raúl Rivero, y otros y otros que conformarían una legión merecedora siempre del elogio de la libertad. Alberto Lauro es un ejemplo de ello. El poeta aquí mantiene una lucha perenne contra el tiempo presente que le rodea; indaga constantemente en el pasado para no perder la memoria. Su lucha es contra el olvido, para cincelar en la Historia la traición vivida. Aun cuando intenta reponerse en los nuevos espacios y la nueva luz, le queda un enorme abismo de años oscuros que lo acechan siempre. Y en su propio espejo busca a otros poetas que le sirvan de guía para poder cruzar y ascender de ese infierno de la nueva Comedia.

Volcaremos el amor en nosotros mismos, pero de alguna manera también lo proyectaremos a los otros. Andaremos nuevas callejuelas, como si fueran las mismas que cuando estábamos en la Isla nos esperaban en nuestros destinos, bajo la sombra bien oscura de una ceiba. Seremos el que fuimos aun cuando ahora hayamos cambiado y tengamos la experiencia de un ser sufrido. Seremos nuestra propia paradoja, como si fuéramos el joven de Holguín o de Las Tunas y al mismo tiempo el ser de Madrid o de Los Ángeles.

“Sola arderá tu sombra/ en la ceniza del tiempo,/ más allá de tu propio corazón/ y de tu paso breve,/ en el camino que vimos/ perderse detrás de los lejanos árboles”. (“Viajera”).

Cuán necesaria es la distancia, medir la distancia, donde quedan los árboles de la memoria y de los sueños. La sombra que fui será otra sombra hoy, pero el alma es la misma. ¿Habrá sentido entonces para la estrategia de lo político, después de haber sufrido tanta añoranza? Al poeta y a todos los que guardan los sueños del poeta no le importa, ni le dice nada, la vacuidad de un nacionalista, o de alguien que dice ser soberano cuando no tiene libertad individual; alguien que sólo puede estar enfermo de la soledad más vulgar. ¿Es posible, todavía en estos tiempos, aferrarse a las consignas del feudo, de los cancerberos que no dejan pensar la vida? Claro que la sombra ha cambiado, como ha cambiado el concepto de patria, como se ha hecho distinta la palabra del poeta. Pero la esencia es la de aquellos lares y la de aquellos años; es la esencia del ser y su origen y no del hombre; es el meollo del alma a la que no le preocupan las nuevas apariencias del ego. Los árboles lejanos y los amigos, la familia y el sentimiento del creador están indemnes, libres. Siempre lo fueron. Fue esa fuerza interior de libertad, de alas al viento, aquello que nos convirtió en peregrinos, en emigrantes y exiliados. Fue esa ansia que renace cada día, incluso, a pesar de nosotros mismos… Aun cuando la noche no quiera terminar nunca, yo le doy creencia al día de mi palabra.

La paloma volvió, se agrandó como el fénix. Su vida es la luz/ que inunda esta isla mágica,/ sol que nace/ de la espuma del mar,/ al horizonte de las playas. (“Sombra de las ceibas”). Y regreso a ti, en el destino de mi único sueño, que es el lugar de Imago que percibo, vibrante, esclarecedor, limpio en corazón y limpio en sangre, y limpio en la ternura que aprendí bajo el cielo del mundo.

Bajo las ceibas:/ ramas, piel de ébano, garras,/ polvo y agua de los cuatro ríos del Paraíso/ contra las ávidas manos de la muerte”. (“Sombras de las ceibas”). Regreso bajo la sombra de mi madre, como un ciego que crea su propio cielo, bajo la raíz paterna de mi Dios, mi soleado Dios sin condiciones, bajo la nieve, cayendo sobre mi cabello; la nieve tibia de cuando éramos niños; la nieve del errante que acaricia al tigre. Tú, madre, amiga, el poeta y yo… “Silencio. Noche de Cuba,/ cómo lenta y apacible/ te ciernes sobre mí!. (“Sombra de las ceibas”).

Y dentro de mí queda este libro eterno en el que he podido hurgar, como si descendiera a una mina de imágenes y encontrara en las blancas paredes del tiempo el oro de su palabra… el oro de la primavera.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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