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Alfonso Reyes, la profundidad de la sencillez

Alfonso Reyes, la profundidad de la sencillez

marzo 02
21:17 2013

alfonso reyesEs suficiente con pensar en Alfonso Reyes físicamente visto, o leer una página suya, clara siempre como el aguafresca, para reaccionar con una sonrisa, con una sensación de lo amable, lo fino, lo inteligente luminoso.

 

Contadísimos son los idos a quienes conocimos físicamente que nos dan este reflejo pavloviano de simpatía, de serena convivencia y vitalidad vibrante, a pesar de la ominosa barrera que la muerte levanta entre los ya partidos y los que estamos todavía a la espera del tren.

Hay muertos que dan tristeza; los hay que dan rabia por lo injusto que nos pareció verlos borrados de la Lista de Amigos de Habla y de Silencio que nos ayuda como nada a olvidarnos de lo sombrío y de lo maligno; y hay  muertos que nos dejan  indiferentes, o porque pesaron muy poco sobre la tierra o porque no tuvieron nada profundo que ver con nosotros, ni nosotros con ellos (en las relaciones con humanos hay que distinguir muy bien entre saludados –una legión siempre–; conocidos –ya un poco menos–; amigos con minúscula, que dan número parco, y Amigos con  Mayúscula, a los que llamo digitales porque siempre son menos que los dedos).

Alfonso Reyes es uno de esos muertos que pensamos como ausentes, pero no como desaparecidos. Una persona como esa no desaparece, por larga que sea su ausencia. Como él diría, este muerto no tiene cara de muerto. Sacó tanto material de la mina de la luz con su pluma, que acumuló y repartió iluminación, sonrisa, serenidad, ironía de experiencia, no de malicia, por todas partes.
 
Usted lo ve hablar con Hernán Cortés, con el Cid Campeador, con Alarcón, con los griegos y los latinos, y siente que se puede entender tan bien con todos porque se les mete dentro con la música de la cortesía, de la voluntad amistosa. En su obra no hay imprecaciones, no hay injurias, ni ese deslenguamiento primo de la procacidad que es casi inseparable de cuantos hispanoamericanos empleamos en ocasiones la pluma como si fuera una macana.  Usted puede hallar en mi difunto amigo don José Vasconcelos trallazos como el que le arreara al pobre hijito de Isabel la Católica; en Alfonso Reyes no se puede localizar, ni con candil de Celestina, una voz más alta que otra, un improperio, una diatriba. En la montaña de su obra no hay vetas de carbón, ni de pus.

Esto es grande, y más en hombre de tanto saber. No tenía ese otro defecto de los sabichosos nuestros y de los españoles, que se acampanan, se endiosan y miran a todo el mundo como se imagina uno que la Venus de Milo miraba a las tuertas picadas de viruela. Ortega y Gasset estaba siempre en Emperador, en Mandarín Supremo; Unamuno perdía con él sólo por centímetros. Alfonso Reyes les recordó sutil pero inútilmente a los intelectuales y profesores españoles, e hispanoamericanos, la reflexión hecha por un campesino castellano ante Francisco Giner de los Ríos: “Señor don Francisco”, le dijo, “todo lo sabemos entre todos”.

El saber de Alfonso Reyes era tan profundo, estaba tan disuelto en su sangre, llegó a ser algo tan connatural suyo, que a la gente de poca pupila le daba una sensación de ligereza y aun de frivolidad. Le faltaba pedantería. En él teníamos al alcance de la mano el modelo del hombre verdaderamente culto. Como el aristócrata de vieja cepa, que jamás habla de los títulos de la familia, el hombre ciertamente culto, avisado por su saber sobre lo mucho que le falta por saber, no alardea jamás, no hace el pavo real ni el dómine.

La sencillez con que Alfonso Reyes trata los temas más difíciles de entender le quita autoridad ante los tontos, quienes miden la sabiduría por lo inextricable de un texto. Mientras menos se entienda, más profundo les parece el autor. La sencillez tiene el peligro de que un Kafka parezca menos  profundo que un Kierkegaard, pero esto solo le ocurrirá al lector poco ejercitado en el supremo arte de la lectura, que es separar la paja del grano, quedarse con la nuez y tirar la cáscara. En un texto de Reyes como “Visión de Anahuac”, por ejemplo, hay más sólida filosofía de la historia que en muchas páginas de Toynbee. De él puede decirse siempre lo que de los griegos decía Nietzsche: parecen frívolos, pero lo serio está  detrás.

Este mexicanazo es de lo mejor que hemos dado. Por su falta de énfasis y de engolamiento podrá  parecer más un escritor francés de la gran escuela que un escritor verdaderamente hispanoamericano. Pero esta impresión sólo pueden tenerla ciertos hijos de un continente donde se sigue llamando gran escritor a Vargas Vila, gran poeta a Santos Chocano y gran filósofo a José Ingenieros.

Reyes, Alfonso Reyes, sigue tan campante.

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Una primera versión de este artículo apareció en 1989. Cortesía El Blog de Montaner

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