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Amigos que nos esperan

Amigos que nos esperan
agosto 08
22:27 2016

 

Como un buen amigo, llega, te proporciona bienestar para luego apartarse un tiempo, hasta que vuelves a él para reconfortarte con su enseñanza y la paz que siempre te da.

A solas con el mundo estamos cuando nos acompaña un buen libro. Nos informa, transforma y conforma una cultura, además de entretenimiento y alegría. Es acaso una puerta que se abre para deslumbrarnos: Detrás hay un pequeño/enorme sol esperando por nosotros para ofrecernos su calidez en medio de la ciudad, en nuestra habitación, en un banco del parque preferido.

Un nuevo libro, dijo por eso Martí, «es siempre un motivo de alegría, una verdad que nos sale al paso, un amigo que nos espera, la eternidad que se nos adelanta, una ráfaga divina que viene a posarse en nuestra frente».

Como los hombres

Con proverbial sabiduría, expresó, en Soliloquios y conversaciones, Miguel de Unamuno: «aborrezco a los hombres que hablan como libros, y amo los libros que hablan como hombres», con lo que quería subrayar el autor de La tía Tula, Niebla y Abel Sánchez —sus mejores «nivolas», según su propia definición— lo aportado con los libros en relación con lo poco que ¿aportan? algunos pedantes «librescos».

Dicho de otro modo, Unamuno expresaba que la gente lee para saber, gozar y aprovechar lo que dice el libro, no para andar por ahí diciendo lo que han leído y lucirse haciendo citas de él.

El también poeta y pensador español estimaba —y así lo escribió— que los literatos casi siempre escriben para sus colegas, mientras que él lo hacía, según lo reveló, para todo género de personas, dentro de sus conocimientos y sus propias facultades. Y pienso que es muy cierto: la mayoría de sus obras, incluso las filosóficas, gozan de esta virtud, pues se disfrutan con el placer de los buenos libros, los mejores, esa difícil sencillez tan buscada por los genuinos poetas y narradores.

El repudio de Azorín

José Martínez Ruiz, Azorín, quien integró la gran Generación del 98 (BAVUM) —junto con Machado, Pío Baroja, Valle Inclán y el propio Unamuno— y pulió como pocos la prosa española de finales de siglo, aherrojada hasta ellos con hojalatería y pompa huecas, quiso definir con lucidez cuando sentenció: «Los libros que me desplacen, los repudio en absoluto.»

El tiempo, pues —quería significar Azorín—, se emplea en lecturas que nos «agarran» y nos sirven, nos enriquecen de algún modo, si bien —también es cierto— a veces la lectura de inicio no es fácil (por cantidad de personajes, exceso de descripciones, estructuras no lineales…). Es entonces cuando debemos ser pacientes y un tanto esforzados, porque algo más allá hallaremos el «nudo», ese interés siempre buscado en lo que leemos. No hay por qué huir de lo complejo si posee honduras, esencias, en una palabra, algún provecho. Y toda buena lectura lo tiene.

¿Que Yo el supremo es la más difícil de las novelas del paraguayo Augusto Roa Bastos? Sí, pero qué excelente historia de un dictador nos ofrece esta estupenda obra, una de las más importantes escritas sobre el tema, junto a las de Carpentier y García Márquez, entre otras.

Bueno, magníficos, inolvidables libros resultan, igualmente, Los pasos perdidos y El reino de este mundo (Alejo Carpentier), Cien años de soledad (García Márquez), Adán Buenosaires (Leopoldo Marechal), La muerte de Artemio Cruz (Carlos Fuentes), Rayuela (Cortázar), Pedro Páramo (Rulfo) y El astillero (Juan Carlos Onetti), por apenas citar un grupo de las decenas de excelentes novelas escritas en nuestra América desde la década del 40 hasta finales de esa centuria, por solo referirnos al siglo pasado.

También lo nuestro, lo de acá

Por eso, buenos libros no sólo son el Quijote (Cervantes), Robinson Crusoe (Defoe), Los papeles póstumos del Club Pickwick (Dickens), Papá Goriot (Balzac), El rojo y el negro (Stendhal), Ulises (Joyce), El viejo y el mar (Hemingway) y Manhattan Transfer (Dos Passos), entre otros miles publicados en Europa y Estados Unidos.

Hay tanta buena narrativa —como poesía, ensayo y teatro— en «el continente mestizo» (tal lo definiera Benedetti, otro destacado autor), que sería difícil leer todas las obras a lo largo de una vida intensa de lecturas.

Sin embargo, siempre que se realizan encuestas sobre los mejores libros se suele responder con títulos europeos, con lo que no quiero quitar méritos al invaluable tesoro aportado por el Viejo Continente. Sólo que por hábito, comodidad o «quedar bien», los encuestados anteponen, ingenuamente, la visión eurocentrista, desdeñando sin querer lo nuestro, lo de acá, de igual valía —eso sí—, de mayor actualidad, pues —salvo, entre otros, los contados casos de novelistas como el italiano Umberto Eco o la francesa Margarite Yourcenar— la narrativa europea estuvo extenuada, exangüe sin nuevos temas, carente de búsquedas, tras el tedio proporcionado por la breve corriente del nouveau roman de los años 50, «nueva novela» que, liderada por estilistas, parecía iba a hacer claudicar el género —o «función», tal prefería el mexicano universal Alonso Reyes.

De los 60 acá, la narrativa latinoamericana ganaría tal prestigio y celebridad que libros de Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Isabel Allende y Alfredo Bryce Echenique, por sólo mencionar algunos, encabezaron las listas semanales de los más vendidos. Este hecho muestra el camino recorrido por las letras latinoamericanas desde aquella inicial edición de El reino de este mundo, en 1948.

Esos, pues, son también libros que hablan como los hombres: su calidad da fe de ello. A tales amigos fieles, que siempre nos esperan —tal decía Martí—, debemos acudir en busca de conocimientos y alegría, de verdades que nos salen al paso para alumbrarnos el sendero por andar.

Incluido en el amplio volumen La lectura, ese resplandor, selección de WGL, prólogo del destacado narrador y critico Iván Egües, Colección Luna de Papel, Campaña Nacional «Eugenio Espejo» por el Libro y la Lectura, Ecuador, 2009

Sobre el autor

Waldo González López

Waldo González López

Poeta, ensayista, crítico teatral y literario, periodista cultural, es graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios, 6 libros de ensayo y crítica literaria, diversas antologías de poesía, décima y teatro, desde su arribo a Miami (2011) ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor del 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012, colabora con las webs teatroenmiami.com (Miami), Encuentro de la Cultura Cubana (España), Palabra Abierta (California), el Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), el blog Gaspar El Lugareño, la revista bimestral y digital Otro Lunes y la digital y en formato de papel Baquiana, por cuyas Ediciones Baquiana publicó en 2015, y en su Colección Poesía, su antología “Trazo estos signos en la arena”.

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