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Annika desnuda (fragmento)

Annika desnuda (fragmento)

Annika desnuda (fragmento)
enero 25
22:43 2015

Nos encontramos en Stureplan, en la intersección de Kungsgatan con Birger Jarlsgatan. Annika llevaba el pelo suelto sobre los hombros y vestía un pantalón de cuero, muy ceñido al cuerpo, y una chaqueta oscura encima de una blusa de colorines que contrastaba con el azul tranquilo de sus ojos. Cuando la abracé para saludarla no pude dejar de sentirme excitado por el contacto con su cuerpo. Ella sonrió satisfecha y yo busqué sus labios y la besé en la boca. Sería porque había pasado varios días sin verla, pero me pareció mucho más hermosa que la noche en que la conocí, en casa de su madre. Creí notarle, incluso, la piel del rostro un poco más dorada, y se lo hice saber.

—Sí —reconoció— estos días tomando el sol en el jardín de mi madre me han venido bien. Yo me doro muy rápido.

—Estás preciosa —le dije sonriendo, sin ocultarle lo mucho que me seguía gustando.

—Tú también te ves bien —replicó ella, poniéndome el índice en el pecho—. Te asienta esa camisa azul.

Cuando se separó, me comunicó que había reservado una mesa en el Spy Bar, muy cerca de allí. No fue fácil, dijo, y agregó que en los últimos tiempos había bajado mucho el nivel en algunos bares de la zona. Muchos de ellos estaban llenos de muchachitos y muchachitas en edad casi escolar, gente mal educada que se dedicaba a emborracharse y armar bulla. En fin, ya sabes, concluyó. Le respondí que no importaba, que con ella yo podía ir a cualquier parte, y Annika sonrió y me dijo que el Spy era buen sitio y que allí podríamos divertirnos y pasarla bien. Y con una enigmática sonrisa, me invitó a seguir andando por la acera. Pronto llegamos a la puerta del local, y ella dio su nombre al portero, que sacó una carpeta con una lista, la revisó y se hizo a un lado, dejándonos pasar. Dentro había bastante bulla, poca luz y mucha música, aunque por el momento esta era grabada, mientras se esperaba por los músicos de carne y hueso, que pronto vendrían, afirmó Annika. Nos sentamos y yo levanté la mano para pedir un par de tragos; pero el camarero pasó sin verme, y entonces decidí ir hasta el bar y traer yo mismo algo de beber. Atravesé la pista entre gente que bailaba o alternaba en medio de la sala, junto a la barra o alrededor de las mesas, siempre con algún vaso o copa en la mano. El público estaba compuesto mayormente por jóvenes, igual que los camareros y los bármanes. No me considero ningún viejo, pero me dio la impresión de que yo era la persona de mayor edad en el recinto. Las muchachas eran casi todas rubias y estaban vestidas como Annika, algunas incluso con atuendos muy provocadores. Muchas de ellas se habían quitado las chaquetas, dejando al descubierto brazos, hombros y alguna cosa más. En general, todas chillaban y reían y se veían alegres y felices. Entre el gentío descubrí a un fotógrafo que se dedicaba a hacer instantáneas de chicas y chicos en parejas o en grupos, jovencitos y jovencitas que posaban levantando sonrientes las copas y mostrando sus ganas de comerse el mundo, pasarlo bien y divertirse en grande. A mi retorno Annika me explicó que se trataba del reportero de una conocida revista del corazón, y que a cualquiera de aquellas chicas le habría encantado ver su foto en sus páginas. Viendo tanta piel dorada expuesta, tanto seno desbordando los escotes y tantas melenas rubias cayendo sobre las espaldas desnudas u ondulando en la luz ámbar del local, sentí que se me subía la libido hasta niveles difíciles de sobrellevar. Estaba vivo, fuerte y lleno de vigor, y eso me alegraba aún más el ánimo. Al poco rato cogí la mano de Annika y la saqué a bailar. En medio de la pista, confundido entre decenas de muchachos y muchachas que se retorcían solos o en pareja —algunas chicas bailaban con otras chicas— la estreché entre mis brazos y me dije a mí mismo que no tenía absolutamente nada que envidiarle a nadie allí. Recordé entonces lo de la sorpresa, pero me contuve, pues no quería ser pesado o parecer ansioso. La música era ahora suave y cadenciosa; pero Annika, cosa rara, no parecía tan desinhibida como solía estar, y ofrecía cierta resistencia a mis caricias. En casa, me dijo en un susurro, y se limitó a bailar y dar vueltas como todos en la pista. Pronto, es un decir, llegaron los músicos y comenzaron a actuar. La solista era una muchacha joven, de pelo negro y vestimenta ordinaria que entonaba canciones de música “pop” del repertorio internacional, siempre en inglés. A mí no me gustaba demasiado; pero no me quedó más remedio que oírla y bailar con ella, que para eso me encontraba allí. Finalmente regresé con Annika a la mesa, donde habíamos dejado las copas con los tragos. Y aún no nos habíamos acomodado en los asientos cuando se nos acercó una pareja de chicas que saludaron a Annika con gran efusión. Ella les respondió del mismo modo. Comprendí que eran las amigas de quien me había hablado por teléfono. Y era evidente que se conocían bien, pues de otro modo no hubiera podido explicarse el alboroto. No estaba seguro de haberlas visto antes, pero lo que sí me quedó claro fue que ellas ya habían estado bebiendo en otra parte. Luego de saludarlas, Annika me las presentó. Entonces al grupo se acercó un tipo alto que sí me parecía conocer de algún lugar. Cuando lo miré mejor vi que se trataba del periodista que me habían presentado en la exposición de Jonas Sandberg. Sí, el mismo Patrick de la televisión. Estaba ataviado con un pantalón negro, también muy estrecho, y llevaba puesta una camisa de cuello abierto que dejaba a la vista su pecho fuerte y depilado. Sobre su cabeza esa vez reinaba un artístico desorden, fruto, seguramente, de un gran trabajo de elaboración. Estaba claro que le gustaba lucirse. Me di cuenta de que los tres habían venido para quedarse, y que, a falta de algún otro que llegara, este era el grupo de amigos al que se había referido Annika. Tendría que compartir con ellos. Y eso, como era natural, no me gustaba nada. Algo me hacía presentir que a la noche se le había torcido el rumbo. Y lo peor no fue eso. Lo más desagradable de todo fue ver cómo el tal Patrick concentraba su atención en Annika, sin el menor disimulo y con una curiosidad rayana en el descaro. ¿Sería posible? ¿O eran ideas mías, reminiscencias de machismo cubano que me llegaban desde mis ancestros de la Isla? Sí, probablemente me equivocaba y estaba juzgando a la ligera. Sé bien que todavía conservo lastres y atavismos de mi pasado en aquel mundo. Pero, aun así, me molestaba la arrogancia de aquel tipo, su aire de gran señor. Además, me fastidiaba que llegara y, sin más, se dedicara a mirar de esa manera a la mujer que andaba conmigo. Sentí que la sangre me inflamaba la vena del cuello; aunque comprendía que no había sucedido nada, que tal vez la mirara sencillamente porque Annika era digna de ser mirada, porque era la más bella en aquel grupo de mujeres bellas. En fin, que traté de frenar mi ánimo guerrero. Me costó hacerlo; pero al final lo logré, ignoré el agravio —supuesto o real— y evité la confrontación. Pero me molestaba su insolencia. Y más que eso, su frescura. Sí, frescura, pues el sujeto seguía incordiando como si nada. En cierto momento y sin importarle mi presencia, se dirigió a Annika con una sonrisa y una frase corta que no llegué a comprender del todo. ¿Sería que estaba bebido, o que no sabía que era mi chica? No podía ser, me dije, pensando en que alguien tenía que haberle explicado quién era quien allí. ¿O no? Con todo, lo que más me incomodaba era la actitud de Annika. Sí, su actitud, porque, ¿qué hacía ella? Le sonreía, simple y llanamente le sonreía las gracias al tipejo. En lugar de ponerse roja y buscar mi apoyo con los ojos, sonreía y hasta respondía a las frases y galanteos del insolente aquel. No me gustaba nada lo que veía y se lo hice saber a Annika con una mirada severa, de recriminación, que ella me respondió arqueando las cejas en un gesto de extrañamiento, como si la defensa de mi territorio fuera a sus ojos una especie de agravio, como si el agraviado no hubiera sido yo. “Sí, me dije, ya se jodió la noche del reencuentro, ya tenemos asegurado un buen motivo de riña y discusión para después”. Ella, sin embargo, pareció entender el mensaje, pues a partir de aquel momento la noté más moderada en sus respuestas a las insinuaciones del tal Patrick. No más fría, pues seguía contestando sonriente a sus palabras. No, no más fría; pero sí menos entusiasmada que antes. Viendo el cambio, el tipo también contuvo un tanto sus impulsos, y ahora charlaba con todos a la vez, incluso conmigo. Pese a que todos estábamos algo bebidos, no se me escapaba la deferencia con la que las tres muchachas distinguían a Patrick, el modo en que lo escuchaban, sin interrumpirlo apenas. A mí, francamente, me parecía una rata inmunda, un ser despreciable y baboso, de esos que hablan sin mirar de frente a su interlocutor. Y eso pude comprobarlo muy bien cada vez que me dirigía a él y buscaba sus ojos, sin encontrar nunca su mirada, que desviaba con disimulo a un lado.

Y en ese juego de risas, sonrisas y tensiones se fue la primera parte de la noche. En cierto momento, sin embargo, ocurrió algo que yo no había pensado que podía ocurrir: Patrick llamó al camarero y pidió más tragos para todos. Él pagaba la ronda, dijo. Yo aprecié el gesto, y hasta lo celebré para mis adentros, pues me recordaba la cultura de mi país de origen y el modo de ser de mis paisanos. ¿Quizás el hombre no fuera tan infame como me había parecido al principio? Ya se vería, me dije, mientras tiraba yo también de la billetera para ir a la mitad con él. Sin embargo, un ademán de su mano deteniendo la mía me hizo desistir. Y cuando el camarero volvió, fue Patrick quien pagó o, mejor dicho, quien se hizo anotar la suma en una cuenta que tenía en aquel sitio, según me pareció. La mesa se llenó de nuevos vasos y la noche y la fiesta continuaron a toda vela. Sofocada en parte la aversión, las cosas prometían marchar por un mejor camino, al menos para mí. Todo parecía haber vuelto al orden, y todo el mundo disfrutaba, se divertía y reía. Yo hice un esfuerzo por olvidarme de cualquier pasada afrenta y me sumé a la alegría colectiva. Y en eso estaba, bebiendo, charlando y sintiéndome bien, cuando de repente noté que me pisaban el pie, y dando un respingo lo cambié de sitio. Pero enseguida un nuevo pisotón me hizo comprender que el primero había sido intencional. Levanté la vista y observé a todos en el grupo. Cuando me topé con la mirada de la amiga de Annika que estaba sentada a mi derecha, vi que me sonreía disimuladamente, con un puntito de complicidad. Bebí un trago y me dije que, después de todo, en la compañía de estas muchachas las cosas podían resultar muy imprevisibles.

A juzgar por las carcajadas que no paraban de soltar las dos chiquillas, era evidente que ya estaban bastante borrachitas. Sería por eso que en otra ocasión volví a mirar de soslayo a mi vecina y la sorprendí observándome como un ratón a un trozo de queso. No podía ser, me reproché muy en serio. Pero mi mente ya había empezado a arder y a consumirse en las llamas de la puñetera libido que me agobiaba aquella noche. Por sí o por no, cuando pensé que había que variar el programa, saqué a bailar a la otra chica, a la que apenas había reparado en mí. Bailé algún número con ella, y entonces me enteré de que tanto esta como su amiga eran actrices de teatro, y que habían conocido a Annika no hacía tanto tiempo. Había sido en una actividad reciente, me dijo, un perfomance de cierto pintor famoso, en donde ellas habían interpretado un diálogo como parte del programa cultural de la velada. Interesante, pensé, mientras regresábamos a la mesa para seguir departiendo todos juntos allí. Patrick no estaba, aunque yo no sabía adónde habría ido. Los demás hablamos y bebimos, bebimos y hablamos y volvimos a beber, hasta que, de repente, comenzó a sonar un rock and roll que sacudió de arriba abajo el local, y la primera de las amigas de Annika —la que había bailado conmigo— sacó a bailar a la segunda. Y en el momento más álgido del baile la rodeó con sus brazos por el torso y la levantó en el aire. La muchacha se abrió en tijeras y se sentó en la cintura de su compañera, agarrada de su cuello y con las piernas cruzadas tras su espalda, a manera de lazo o candado. Así bailaron un rato, hasta que, súbitamente, la que estaba en el aire abrió los brazos y se dejó caer hacia atrás, tanto, que pareció que se iría de espaldas contra el piso. Y estuvo a punto de desprenderse y caer, pero su amiga la agarró firmemente por la cintura y la mantuvo suspendida ante sí. Tras dar varias vueltas en esta posición, la primera se inclinó sobre la otra y, buscando su pecho con la boca, sacó la lengua y le dio varios lamidos sobre la parte expuesta de sus senos. Ambas reían a carcajadas. Yo miré a Annika, interrogándola con la vista, y ella se encogió de hombros. ¿Lesbi?, pregunté. No lo sé, respondió; pero sólo están bailando un rock and roll, ¿o no? Sí, sonreí, ya veo, y bailan bien, igual que mucha gente en este país. Y en voz alta, añadí para mí: parece que aquí, la que no corre, vuela. ¿Cómo?, preguntó Annika, no te entiendo bien. No me hagas caso, dije yo, era un dicho cubano. Y me llevé la copa a la boca y di un trago largo, hasta agotar el contenido. ¿Pedimos otro? Claro, dijo Annika, pero dale suave, que aquí la noche puede ser muy larga. Sí, dije yo, larga y divertida y, además, llena de sorpresas. ¿Lo dices por ellas? Sí, aunque no sólo… Sí, claro, dijo Annika, pero todo a su tiempo. Además, continuó, señalando con la barbilla hacia la pista, ellas no han hecho nada raro, así que no fastidies. Tienes razón, le dije, y para mí agregué: es cierto, aquí cada cual se divierte a su manera, y no pasa nada; así que adelante, por qué no voy a divertirme yo también. Y como no vi al camarero, salí a buscar los tragos, para después sacar a Annika a bailar. Tardé, parece, demasiado, y cuando estaba atravesando la pista de retorno, me encontré con que Patrick estaba bailando con mi novia. Sí, bailando y conversando. Y mientras giraba abrazado a ella, le susurraba algo que debía de ser muy divertido, a juzgar por la cara y la sonrisa de Annika, que parecía disfrutar y estar pasándola de maravilla en aquel sitio.

http://www.verbumeditorial.com/es/libreria/Catalog/show/annika-desnuda

Sobre el autor

Antonio Álvarez Gil

Antonio Álvarez Gil

Antonio Álvarez Gil (Melena del Sur, La Habana, 1947). Entre sus libros publicados figuran “Fin del capítulo ruso” (Ediciones Vintén, 1998), “Las largas horas de la noche” (Editorial Universidad de San José, 2000; Editorial Plaza Mayor, 2003), “Después de Cuba” (Ediciones Baile del Sol, 2009) y “Callejones de Arbat” (Terranova Editores, 2012). Su obra ha aparecido en varias antologías de diversos países y ha sido premiada en Cuba, España y Puerto Rico. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo.

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2 comentarios

  1. Teresa Dovalpage
    Teresa Dovalpage febrero 01, 01:15

    ¡Quiero leer más!! ¿Dónde se encuentra el libro? Muy bueno…me encanta el brete del machismo cubano en los confiens nórdicos.

  2. Armando Añel
    Armando Añel febrero 02, 05:33

    Sin duda nos deja con ganas de continuar la lectura! Estupendo.

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