Neo Club Press Miami FL

Ante la ley

 Lo último
  • Brahmán de La Habana No pude salvar al mundo con el comunismo. Tampoco pude salvar a mi familia de las consecuencias que me trajo haber querido salvar al mundo con el comunismo. Entonces me...
  • Los peces no bailan rumba Imperceptible, el tenedor choca de regreso contra los dientes, luego la boca de Berenice García, que disimuladamente evita atraer la atención de los otros comensales con los sonidos de sus...
  • El dulce del frasco ¡Qué susto! Tres de la madrugada y aquel teléfono timbra que timbra. En un segundo pensé diez mil cosas y ninguna buena, por cierto. Un sí, seco y adormilado del...
  • Jim Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim,...
  • Se acabaron Basta un instante para hacer un héroe, y una vida entera para hacer un hombre. Pierre Brulat Esa mañana en la que él la despertó sin suavidad tuvo un sobresalto,...

Ante la ley

Ante la ley
Abril 15
01:45 2017

Hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

—Tal vez —dice el centinela—, pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente, siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

—Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

—¿Qué quieres saber ahora? —pregunta el guardián—. Eres insaciable.

—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir y, para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

—Nadie ha querido entrar por aquí, porque a ti solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla.

Ante la ley es un relato que Franz Kafka incluyó en El proceso, dentro de un capítulo que tituló “En la catedral”. En una anotación de su Diario (diciembre 13 de 1914), Kafka confiesa estar orgulloso de haber escrito este cuento. Una confesión muy singular y rara, tratándose de Kafka. Muchos lectores (reales o ilusorios) de Kafka piensan que su literatura es aburrida, densa, excéntrica, extraña, en fin, ‘kafkiana’, pero entre las características sobresalientes de casi todo lo que escribió Kafka alinea un muy agudo y fino sentido del humor”. José Hugo Fernández

Sobre el autor

Franz Kafka

Franz Kafka

Franz Kafka nació en julio de 1883 en Praga, Bohemia (hoy República Checa) y falleció en junio de 1924. Se le considera uno de los narradores más importantes e influyentes de la literatura del siglo XX. Entre sus obras más célebres figuran 'El proceso', 'El castillo' y 'La metamorfosis'.

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Trump y Cuba. El análisis de Montaner:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  José Hugo Fernández

Los animales políticos de Reinaldo Arenas

José Hugo Fernández

Se cuenta que Pitágoras rechazaba comer carne porque veía en los animales posibles reencarnaciones de sus amigos muertos. Es un escrúpulo encomiable siempre que uno esté convencido de que en

0 comentario Leer más
  José Gabriel Barrenechea

Una contraproducente política cultural

José Gabriel Barrenechea

Hace unos meses el filme “Santa y Andrés”, que anteriormente había sido censurado en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano habanero, fue excluido de la competencia en la 18ª edición

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

La reina rota (I)

Nilo Julián González

                  tengamos compasión que la reina está rota pocos saben es decir se demoran comprender compartir cercenar es difícil caer como caen

0 comentario Leer más

Capitolio de La Habana – Daphne Rosas (2011)

Festival Vista Miami