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Antonio Abreu, mi padre (1917-1999)

Antonio Abreu, mi padre (1917-1999)

Antonio Abreu, mi padre (1917-1999)
junio 15
03:20 2014

Pipo, esto es para ti por el Día de los Padres.

Mi padre decía que nunca le celebraron un cumpleaños. Tampoco tuvo jamás regalos por el Día de Reyes. No era una queja, lo mencionaba como algo curioso, y quizás para justificar un poco su manía por atesorar cuanto juguetico se encontraba. Nació, al igual que sus cuatro hermanos, en Alquízar, un pueblo a 42 km al suroeste de La Habana. Era el más pequeño de una familia campesina que vivía en un bohío de piso de tierra y techo de guano. Uno de los hermanos murió antes de cumplir el año. Mi padre, que entonces apenas aprendía a caminar, lo recuerda. Contaba que era un muchacho muy hermoso, que todo el mundo lo celebraba y que murió de un “mal de ojo”. Poco después mi abuelo abandonó a la familia, se fue sin decir adiós, y a mi abuela no le quedó más remedio que cargar con los cuatro hijos que le quedaban y mudarse para La Habana, donde había más posibilidades de sobrevivir.

Corrían los primeros años veinte del siglo pasado. Mi abuela puso a pupilo, como se decía entonces, a todos los niños en distintos colegios. Los domingos, no todos, hacía un recorrido por los recintos donde estaban las hembras y los varones. El resto de la semana cosía como una mula para las monjas de un convento. Mi padre estuvo primero en el Preventorio Martí de Cojímar para niños tuberculosos y cuando por la edad no lo pudieron tener más allí, lo pusieron en María Jaé1.-1926,9años-1 (2)n, en Marianao. Como era el más pequeño, recordaba muy vagamente el rostro de su padre. No le gustaba hablar de ese tiempo. Tenía nueve años cuando el ciclón del 26, que pasó en María Jaén, y recuerda las avionetas amarillas del cercano Columbia, los zines de los techos de las barracas, desprendiéndose, y volando los burros del Monte Barreto.

Cuando tenía catorce años logró con una hermana, que se carteaba con el padre, conseguir su dirección y le escribió una carta pidiéndole que lo sacara de allí. Un día estaba con un amigo, todavía no los habían acostado, por lo que asegura que no fue un sueño, vio a un hombre alto, de pelo y bigote muy negros, parado del otro lado de la puerta. Era una de esas puertas de dos hojas que no llegan arriba ni abajo, como se ven a la entrada de los bares en las películas del oeste, por lo que sólo podía distinguir los pies y del pecho hacia la cara. Lo miraba sin hablarle, se lo señaló a su amigo pero éste no vio a nadie. El domingo siguiente el hombre que los cuidaba vino a avisarle que tenía visita. Él acudió temeroso pues, excepto su madre, nadie lo visitaba. Y allí estaba aquel hombre, que se le había aparecido como un fantasma. El hombre le preguntó si sabía quién era. Y él respondió: “usted es mi padre, yo lo vi la otra vez que vino”. El hombre negó con la cabeza, era su primera visita. Le dijo que había recibido su carta, que había hablado con su madre y que estuvo de acuerdo en que se fuera con él.

Mi abuelo empezaba entonces un negocio vendiendo miel de abeja que el mismo envasaba, y mi padre lo ayudaba, pero todas las noches caminaba más de dos kilómetros para ir a dormir a casa de su madre. Estuvo trabajando con el padre muchos años. El negocio prosperó y ya tenían hasta dos camiones que transportaban la mercancía y la repartían por toda La Habana. Vendían miel de abeja pura, vainilla “melao” de caña y un mojo isleño que prepara personalmente mi abuelo.

A principio de los años cuarenta conoció a mi madre, que no había tenido lo que se dice “una infancia feliz”. Huérfana de madre desde los cuatro años fue criada por una madrastra muy dura. Esta sequedad la compensaba el cariño de su abuela materna. La abuela, una isleña de armas tomar, convivía (su marido y padre de sus hijos había muerto en Ceuta) en una cuartería de Marqués de la Torre, Jesús del Monte, con un negro bonachón que coleccionaba cajitas de fósforos y que trabajaba en los tranvías. Pronto mis padres se fueron a vivir juntos y tuvieron cuatro hijos. Salvo pequeños períodos que intentó independizarse, siempre trabajó con el padre hasta que después del triunfo de la revolución le intervinieron el negocio. Mi abuelo murió esperando una autorización para salir del país que nunca le llegó. Era masón y Caballero de la Luz  y yo recuerdo los ritos que se hicieron en la funeraria.

Antonio Abreu 1994Con el comunismo destruyendo sistemática y minuciosamente todo vestigio de libertad y progreso, mi padre siguió luchando como pudo por sostener a la familia. Trabajó de dependiente en bares, cafeterías y pizzerías. Fue basurero y limpiabotas. En 1980, con el éxodo del Mariel, la familia empezó a desbandarse. Dos años después, con 65 años, se fue con mi madre al exilio. A España. Allí recogió cartones y chatarra (de paso reinventó el carretón, pero esa es otra historia) hasta que pudo reunirse en Miami con sus hijos. Sus últimos años los vivió feliz, haciendo lo que le gustaba. La buena comida, el dominó y su cerveza de vez en cuando. En Miami le celebraron todos los cumpleaños y siguió con su manía de coleccionar juguetes. Gran jodedor, nunca perdió el sentido del humor. Confiaba en llegar al año 2000 y ver a Cuba libre de ese cáncer que es el comunismo. Y regresar. No pudo ser. Está enterrado en Miami.

Sobre el autor

José Abreu Felippe

José Abreu Felippe

José Abreu Felippe (La Habana, 1947), poeta, narrador y dramaturgo cubano, se exilió en 1983 y reside actualmente en Miami. Ha publicado, entre otros libros, los poemarios “Orestes de noche”, “Cantos y elegías” y “El tiempo afuera” (Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero, 2000), así como las novelas “Barrio Azul”, “Siempre la lluvia” (finalista en el concurso Letras de Oro, 1993) y “Dile adiós a la Virgen”. En 2012 recibió el Premio Baco de Teatro otorgado por TEMFest (Teatro Miami Festival).

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