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Antonio Benítez Rojo y la esferita fantástica

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Antonio Benítez Rojo y la esferita fantástica

marzo 04
23:59 2011

benitez-rojoCasi siempre que algún escritor o periodista me conoce, y que, de alguna manera, sale a relucir el hecho de que en una época trabajé en la Casa de las Américas, lo primero que me pregunta —antes de interesarse en saber qué yo hacía allí o cómo funcionaba el Centro de Investigaciones Literarias (CIL) y otras tantas cuestiones de índole política, literaria o extraliteraria— es el asunto de si conocí a Antonio Benítez Rojo.


Y, claro, confieso que me complace esta pregunta, porque modestia aparte, me da satisfacción y orgullo, tanto en lo humano como en lo profesional, decir que sí lo conocí personalmente. Fue cuando Benítez Rojo fungía, primero,  como director de la editorial de esa institución y, después, como director del Centro de Estudios del Caribe. Pero más que por su profesionalidad, le he admirado por su manera de ser sencilla, por su extraordinaria narrativa y por su decisión de irse de Cuba, esto último para no sentirse ligado, de alguna manera, a la situación de oprobio y horror que el gobierno había creado con sus turbas paramilitares contra las miles de personas que querían salir de la isla, primero mediante la embajada de Perú, y después por el puerto del Mariel.

Aunque sólo conversábamos de pasada, o cuando le consultaba acerca de alguna investigación del momento (porque Benítez Rojo contaba con una erudición asombrosa y una postura abierta a cualquier tipo de ayuda o apoyo intelectual), nunca dejé de sentir su amabilidad campechana y su sabiduría —si descubría errores o discrepaba de algún criterio en el trabajo o investigación presentada, él se las arreglaba para minimizarlas aun cuando daba su parecer, y con ello hacía que la consulta fluyera con la naturalidad que deben tener los buenos consejos.

Así las cosas, uno de los mejores recuerdos que tengo de él fue la tarde —de un día cualquiera de 1980, antes de los mencionados sucesos del Perú y del Mariel— en que llegó al CIL y se puso a charlar con los que estábamos allí de una manera amistosa y coloquial. Recuerdo que se sentó sobre un escritorio que no ocupaba nadie. Si mi memoria no me falla, la conversación comenzó versando sobre temas del momento, hablábamos de algún chisme o novedad literarios; supongo asimismo que de algún aspecto de investigación o asunto extraliterario que nos interesaba a todos. Al pasar un rato, sin darnos cuenta, el hilo de las palabras se fue corriendo hacia otros asuntos de la literatura latinoamericana, creo que más de gustos personales, y nos vimos de pronto resaltando figuras de la narrativa fantástica.

No dudo que aquella vez mencionáramos la diferencia entre “el realismo mágico” (con su modelo, que en aquel entonces, y siempre, ha sido Gabriel García Márquez) y “lo real maravilloso” de Alejo Carpentier, tema que me consta a él le fascinaba.  No dudo tampoco que hubiéramos estado hablando de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, de Virgilio Piñera y de Lezama Lima, y también posiblemente, claro, tengo la impresión de que nos detuvimos un buen rato en Felisberto Hernández, el cuentista uruguayo que nos encantaba a él y a todos, fundamentalmente por sus libros Nadie encendía las lámparas (relatos, 1947) y Las Hortensias (noveleta, 1949), y que a Benítez le atraían principalmente porque Felisberto, con un gran desenfado, le daba vida a los objetos y a los muebles (convirtiéndolos de naturaleza muerta, supuestamente extraña, en elementos vivos y bien humanizados), así como posturas y situaciones surrealistas y absurdas del discurso en las circunstancias de relatos que partían del drama real de la vida para el narrador uruguayo. Era, como habría dicho alguien, el perfecto equilibrio entre la memoria y la fantasía.

En esa conversación empecé a percatarme de que lo fantástico resultaba ser algo bien importante en Antonio Benítez Rojo, que le maravillaba (valga la redundancia) lo maravilloso carpenteriano, el Caribe, los piratas, la historia de la conquista. Todos estos aspectos los acababa de desarrollar de una manera crucial para la literatura latinoamericana en su reciente novela para aquel entonces de El mar de las lentejas (1979)); una novela que comenzaba el ciclo de una saga por acercarse en profundidad al Caribe desde una visión del mundo de un grupo cultural muy particular como lo fueron no sólo Carpentier y García Márquez, sino también Alvaro Mutis, Guillermo Cabrera Infante y el mismo Lezama Lima, entre otros. Pero además, lo fantástico, el deslumbramiento, lo histórico no se sentían como ajenos, sino que formaban parte de la naturaleza de Benítez Rojo, de su contexto diario; de modo que la erudición en su plática era un resorte importante de su forma de ser afable y jovial, pero con la genialidad de lo mágico; cualquier idea, recuerdo, hecho real o inventado, se transformaba en él en un encantamiento de narrativa oral muy sui generis que, de hecho esa vez, también lo pudo constatar. Por ello, el  centro de mi anécdota, sin irme más por las ramas, es que esa tarde Benítez empezó a contarnos una historia “real”, según nos aseguró: “Muy real”, repitió, y que le había acontecido en su casa, una breve historia que nos sorprendió a todos por el carácter confesional y serio que le imprimió.

En fin. Repentinamente puso cara de asombro ante todos los que allí estábamos, abrió mucho más sus grandes ojos, y comenzó a hablar sobre una esferita de cristal con la que él ya vivía en su casa; una bolita pequeña, bien cristalina, que ahora no recuerdo si tenía colores o era transparente, según dijera, pero que sí se le apareció un día en la sala, rodando por el piso, para que él la descubriera como un objeto-fenómeno (quizás de ilusión óptica) muy nuevo, jamás visto.

Creo que nos dijo que la esferita pasó rodando por entre sus piernas y producía un zumbido fino de cristal que se friccionaba en el mosaico sin molestar en los oídos; después se acercaba por delante para retirarse hasta perderse entre unos muebles. Lo primero que él hizo fue buscar por la casa a ver si alguien la había traído y echado a rodar. Pero no, estaba solo. “Nadie podía haberlo hecho… bueno…”, dijo. Y yo pienso que, al decir eso, se acordó del relato de Felisberto, en el que nadie encendía las lámparas. Además, el movimiento que realizaba la canica era explícitamente autónomo, como que la fuerza que la impulsaba y dirigía venía de algo o de alguien invisible. De modo que no la buscó más porque tenía el presentimiento, dijo, de que volvería a aparecer por sí misma.

Cuando menos lo esperaba, en la tarde de ese día, más o menos una hora después, la esferita surgió por detrás de él para darle la vuelta; y ahora traía una especie de luminosidad mínima pero intensa, y con la característica de que iba dejando una breve estela que en unos segundos se deshacía y rehacía.

La esferita, bolita o canica luminosa estuvo girando a su alrededor en círculos perfectos, y él estaba ya tan atónito que ni siquiera se movía. Aquello duró unos tres minutos en los que sus ojos se iban de un lado a otro (y nos hizo el gesto para que supiéramos cuán impresionado estaba), hasta que cayó en cuenta de que la luminosidad lo iba envolviendo y le producía una paz y una seguridad como nunca había sentido.

Al fin, la bolita se fue hacia una pared y rebotó y volvió a chocar, siempre dejando su estela, y como si empezara una danza se puso a dar salticos y a rebotar  contra las paredes, aparentemente para llamarle la atención.

Entonces a Benítez se le ocurrió pensar, más allá de lo que podría decirle un relato de Felisberto, en que aquella esferita tenía su vida propia y muy particular, que simplemente era el medio de comunicación de un ser de otra naturaleza. Y aquí, en el silencio de nuestra atención, él nos fue mirando a todos y cada uno con la fijeza de su verdad, transmitiéndonos un convencimiento que parecía ser mental, como telepático, de algo muy sensible que de seguro tuvimos que sentir todos, y que yo aún no puedo explicar. Sólo decir que en aquellos momentos y ahora siempre le creí.

De esa manera estuvo callado alrededor de un minuto, y ninguno de nosotros habló. De momento continuó con su seriedad natural. Y preguntó: “¿Eres un espíritu?”, y levantó los brazos como para que nosotros supiéramos que él afirmaba lo que le había preguntado a la esferita… Y ésta se puso a rebotar en las paredes, y llegó a dar saltos más grandes hasta que de pronto se detuvo y quedó totalmente estática. Entonces Benítez nos explicó que ese fue el momento en que sintió un fuerte estremecimiento, a modo de una corriente en su estómago y espalda… No obstante, superó el temor, y gracias a la velocidad de su imaginación, en segundos discurrió un método para comunicarse con el espíritu: “Yo te voy a hacer preguntas en forma de respuestas”, le ofreció a la canica. “Y tú me contestas, con un salto para la negación y con dos saltos, o varios, según sea en intensidad, para la afirmación, ¿aceptas?”… Y ella, la bolita, la esferita o el espíritu de la canica, no sé, dio varios saltos, como que le había gustado el juego del sí y el no… “Y yo también me puse contento —recuerdo que nos dijo Benítez—, y me pasé buena parte de la noche preguntándole a la esferita y respondiéndome yo mismo”, afirmó.

“¿Esferita mágica, tú crees que yo pueda…?… Bueno…”. Aquí se detuvo, nos volvió a mirar a todos a los ojos, y en dos segundos más nos espetó: “Esto quedará para alguna vez, en el futuro… Por ahora, las cosas que le pregunté son un secreto. Quién sabe en otro momento pueda decirles algo…”, y lo declaró así, de una manera rotunda, con una media sonrisa, cierto, pero también con sus ojos mucho más agrandados que antes y mirando fijo hacia un punto distante de nosotros. Su rostro ahora era la señal de un serio asombro. De este modo, rompió su postura de yoga, se bajó del escritorio sobre el que había estado sentado y nos dijo de una forma jovial: “Bien, nos vemos mañana, amigos”, y se marchó.

Todos quedamos perplejos (bueno, al menos yo), posiblemente igual que le sucedió a él cuando se le apareció la esferita. Nos miramos con el desconcierto en los rostros que impone el hecho de una interrupción que no nos permite conocer el final, si acaso imaginarlo. En Cuba muchas cosas hay que imaginarlas. Pero yo, como todos, quedé con deseos de pedirle que, por favor, continuara. No obstante, por encima de cualquier otro sentimiento, supongo que los demás y yo mismo tuvimos, a pesar del suspenso, un profundo sentido de agradecimiento.

Al poco tiempo hizo un viaje a Francia y desapareció. Fue en los días posteriores a los sucesos de la embajada del Perú en La Habana, donde alrededor de diez mil o más personas se hacinaron en el patio de la sede diplomática para intentar salir de la isla mediante ese país sudamericano; y creo que su viaje a Francia lo llevó a cabo en los días en que ya se daba el éxodo del Mariel, cuando las turbas oficialistas tomaban las calles para aterrorizar a los que se iban.

De acuerdo con versiones (chismes o bolas de otro tipo) que corrieron, él se había ido de París solo en un tren hacia Alemania, donde se hubo de adentrar en la Selva Negra, y al cabo de un tiempo se supo que había pasado a Estados Unidos.

Antonio Benítez Rojo nació en La Habana, en 1931, y murió en Northampton, Massachusetts, en 2005. Narrador, guionista de cine, ensayista, profesor universitario, investigador literario, Benítez Rojo obtuvo el Premio Casa de las Américas en 1967, con su colección de cuentos Tute de Reyes, y el Premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1969, con su segunda colección de cuentos, El escudo de hojas secas. Fue el autor (guionista) de la película Los sobrevivientes, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea. Además, antes de su salida de Cuba en 1980, trabajó en Casa de las Américas por doce años, donde fue sucesivamente investigador literario, jefe de prensa, director de la editorial y director del Centro de Estudios del Caribe. Fue asimismo catedrático de Literatura Latinoamericana en Amherst College, en Massachusetts, y profesor visitante en las universidades de Harvard, Emory, Brown, Yale, Pittsburgh y Miami.

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Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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