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Apocalipsis: La Resurrección, una visión existencial de la modernidad

Apocalipsis: La Resurrección, una visión existencial de la modernidad

marzo 27
00:31 2012

 

Apocalipsis: La resurrección, de Armando Añel (Neo Club Ediciones, 2011), es una novela que narra los sucesos que preceden al fin de un mundo degradado, que se autodestruye, y el renacimiento a un estado nuevo de percepción de la realidad desde la inocencia y la gestación de la esperanza para alcanzar la felicidad, único y verdadero sentido de la vida del ser humano en la Tierra.

La intertextualidad con el libro del Apocalipsis determina la estructura de la novela. Y, a su vez, el discurso que denuncia las mentiras oficiales, que enjuicia a los personajes, símbolos de la decadencia social y ética, y que define las formas de alienación de un mundo superfluo y sin sentido, para luego dar paso a la esperanza del renacimiento en un cambio de valores y un retorno al paraíso perdido como fin del exilio interior.

En la Introducción se coloca la figura fresca e inocente del Niño por sobre la de la falsedad del Personaje, representación de una persona o máscara social. Este es el punto de partida que plantea la visión escéptica del narrador, quien ve al mundo como un teatro predecible y por ello repetido de falsos valores inamovibles, un mundo en el cual no se puede creer, del cual nadie se debe fiar, hecho de encubrimientos y mentiras; un mundo de ambiciones personales, manipulado por la producción, el poder y el dinero, donde las reglas niegan la creatividad y la inocencia de la felicidad.

“Todos, o casi todos, andamos con el personaje a cuestas. Pero el personaje pesa demasiado, es un lastre que nos impide volar. Y todas las culturas, históricas y contemporáneas, prácticamente todas, nos han inculcado el personaje desde la niñez, imponiéndolo a través de la tradición, de la educación, de los medios informativos, incluso de una expresión artística tan fresca y sensorial como la música”. (p.11).

La inocencia perdida, cuyo símbolo es el paraíso perdido, hace necesario un suceso definitivo que termine con el orden establecido y cree un punto de partida o génesis, donde la palabra como ente generador de realidad, en tanto significante, esté unida a la verdad, a un nuevo significado, a un discurso coherente y comprensible. El secreto está en el verbo, en la palabra que recupere el sentido humano y la nueva ética en un cosmos que se debe reescribir, redefinir como se plantea en el Preludio: “Puedo ver el pasado como un libro abierto… Pero el libro está en blanco. Vuelvo una a una las páginas y todas están en blanco. Soy la niña que aún no ha aprendido a leer, pero respiro el libro. Soy la noticia. Puedo escribir el libro. El Apocalipsis como resurrección” (p. 81). Las connotaciones históricas, sociales y políticas son evidentes, el hombre ha sido sometido a un error de percepción que le ha alejado del sentido de su existencia. En el ejercicio crítico del narrador- testigo del fin- escritor, hay un volver a contar para entender, que es igual a decir un volver a ser para existir. Es un ejercicio racional y existencial, desmitificador y lúdico.

“¿Qué era el Apocalipsis? La tiranía del pensamiento de unos pocos sobre unos muchos. Unos pocos que no habían entendido nada. Que insistían en no querer entender nada, negados a abrirse a la verdad interior que urgentemente necesitaban unos muchos…”. (p.80).

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El trasfondo histórico de la novela son los hechos aparentemente cataclísmicos: los temblores, la muerte masiva de pájaros y peces, el maremoto, la catástrofe nuclear, que fueron noticia en el 2011. El narrador se burla de las explicaciones que como formas de justificación y encubrimiento sólo dejaban en claro la incapacidad para determinar una realidad que se les iba de las manos y que para muchos era el cumplimiento de las catástrofes de las Siete Trompetas del Apocalipsis. En esta re-visión de los sucesos reales en sitios reales –cuyos nombres se cambian porque al final son más un símbolo de un problema universal que se sale de los mismos lineamientos y límites geográficos (Deede – Beebe, Washington D.C. o Miami, Sodoma o Gomorra)– hay una intención de dirigirse a un lector colectivo que ha sido engañado de forma arbitraria por los medios de comunicación que le desinforman; que ha sido manipulado por el discurso oficial de un presidente que cumple su papel demagógico ante la nación que se desmorona; que ha sido alienado por el enfoque superfluo del espectáculo en que a se convierte la misma realidad: “Retengo una frase de J.K. en “Una huella destartalada”, diario que terminé hace pocos días (ahora mismo, cosa rarísima, escribo a mano alzada): ‘la muerte social del mundo la inventaron los americanos: su nombre es entertainment’”. (p.35).

La ciudad vacía representa el exilio o éxodo. Este a su vez es la carencia absoluta de lugar, un estado constante de pérdida ante la inminencia del acabamiento y el desgaste, del maremoto y el fin de un mundo que ya no se sostiene a sí mismo. Hay una incapacidad de encontrar vínculos reales marcados por el amor y la comunidad de valores donde sea posible tener una verdadera identidad.  Sodoma y Gomorra son las ciudades que simbolizan el poder que domina al mundo a través del espectáculo de la degradación y de la Internet como nueva idolatría que suscita la superficialidad, el desenfreno y la perversión en las masas idiotizadas por la expresión de una modernidad que sólo afecta la forma de presentar o ver las cosas, pero no trasciende a la esencia de las mismas.

“Un entertainment como Internet, y dentro de él un entertainment como “Sodoma online”, representa otra clase de entertainment. Entertainment combatiendo el entertainment a través de la superposición de miles y miles de perfiles anhelantes, solitarios, febriles (…) en su afán de dinamitar la muerte social que les acecha en sus pisos, en sus burós, al volante de sus automóviles”. (p.36).

En el capítulo del Apocalipsis se usa la connotación simbólica de las ciudades descritas en el Antiguo Testamento, Sodoma y Gomorra, para establecer el espacio inhóspito, superfluo y cerrado como una isla que domina el entorno del narrador que da testimonio del fin. En este mismo escenario se mueven los personajes en medio del miedo,  la incertidumbre y la frustración de un erotismo sado-masoquista carente de amor o sentido humano en la búsqueda y el encuentro del otro. Los personajes tienen mundos solitarios y no se comunican entre sí, se juzgan, se usan, se denigran o se matan. El encuentro sexual entre el presidente y la prostituta es una lucha fingida y sin sentido donde se compra la representación de un encuentro desesperado.

El presidente –quien es el reflejo de los demonios de su propio pueblo– representa un doble papel; por un lado su cargo político, el cual carece de la verdadera dimensión como cabeza de una nación y en el que es incapaz de mantener un discurso coherente con los hechos y, por otro, el de amante fortuito a quien se le “descubre” encerrado en un cuarto, junto a la prostituta, sumido en su total impotencia como hombre, como ser humano y como dirigente. Su figura política, su falta de ética y su aberración sexual están relacionadas y son manipuladas como el espectáculo que los medios de comunicación explotan.

“Castañas del presidente, que alguna vez fue un buen hombre. ¿Pero quién se acuerda de eso? Sacarle las castañas del fuego al presidente. Discurso del presidente: Rosa náutica de todos los vientos escondida en su perplejidad. Cuántos pájaros morirán, han muerto ya, no se sabe. Cuántos peces han muerto ya, y morirán, no se sabe. ¿Y cuántos orgasmos incumplidos cuando amanezca? ¿Cuántos orgasmos muertos? ¿Cuántas señoras infelices? ¿Eyaculará el presidente antes de desaparecer? ¿Un discurso de esos, puede ser asumido en tanto remedo, o metáfora, de su eyaculación? Eyaculación precoz y estruendosa. Como un edificio que se viene abajo”. ( p.71).

Al discurso del apocalipsis se contrapone el contra-discurso de la resurrección; con el hundimiento de las islas del individualismo y el poder, de la tecnología y la sobreproducción, el chamán japonés predice el renacimiento de un “nuevo espíritu de generosidad y entrega” (p.28). El agua limpiará todo, incluyendo la Historia, para dar paso al nuevo orden en contra del caos y del atiborramiento de los discursos vacíos, de la racionalización que se vuelca sobre sí misma sin llevar a ninguna parte.

El narrador, que en la Introducción forma parte del colectivo sometido a un mundo degradado (“Todos, o casi todos, andamos con el personaje a cuestas”, p.11), en el Apocalipsis se convierte en el yo racional pero también degradado que se contrapone a los otros, los personajes a quienes juzga, salva, usa o condena. La perspectiva del Preludio cambia a la voz de un narrador omnisciente que explica el sentido del nuevo apocalipsis y describe lo que ve. En la Resurrección, por el contrario, el autor-profeta escribe los siete libros que componen el nuevo génesis, y en ellos la palabra se acomoda a un nuevo orden donde Idamanda es la madre-mujer-creadora; los amantes son la expresión del amor verdadero y humano; el niño, el resurgimiento de la inocencia y la capacidad de ser feliz en un mundo hedónico: “Y en la séptima noche contempló Idamanda la felicidad de los amantes, y la risa del niño, y a la madre en medio del Salto, y reposó en el Hecho de la Entrega”. (p.97).

La recuperación del paraíso es la solución para el yo escéptico que se niega a hundirse en el tsunami de la idiotez de la modernidad vacía de sentido y que quiere recuperar su existencia a través de una nueva sensibilidad, más inocente y, por lo mismo, más honesta y humana, para dar comienzo a una relación de amor en una verdadera comunidad de valores. El narrador es un viajero, un forastero en constante búsqueda del sentido humano perdido.

Sobre el autor

Constanza Reverend

Constanza Reverend

Constanza Reverend, crítica y profesora de origen colombiano, reside en el sur de la Florida. Ha trabajado como traductora en The Palm Beach Post y como editora en el diario La Opinión, de Los Ángeles. También fue profesora de español en la Washington University de St. Louis. Es Master en literatura latinoamericana por la Universidad Javeriama.

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