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Armando Añel: El problema del huevo frito

Armando Añel: El problema del huevo frito

Marzo 13
05:00 2013

1 ANNELA diferencia de la tradición anglosajona, más pragmática y concisa –en la que sólo si desembocan en hechos las palabras justifican su valor de uso–, en la cultura latinoamericana el culto al lenguaje es también el culto a la metáfora, a los malabarismos de la imaginación, desde los que con frecuencia se arriba a lo estrambótico o a lo irreal. De ahí que en la actualidad hispana el discurso oficial relativice sus propias causas y consecuencias. En este sentido, prácticamente hablando, puede decirse que las estructuras políticas latinoamericanas son prematuras (pre-maduras): si lo político es algo más que discurso, entonces la política regional no ha alcanzado la mayoría de edad.

 

Si en el campo de las artes o de la literatura la tendencia cultural esbozada arriba ha generado obras y momentos extraordinarios, en el campo de la política ha engendrado un infantilismo con ínfulas letalmente transgresoras. Pero, ¿letalmente por qué? ¿Acaso no defendemos desde estas páginas la inocencia del niño como actitud productiva, la conciencia lúdica de la fiesta de vivir? El detalle radica en la incapacidad de la cultura latinoamericana para plasmar prácticamente su espíritu lúdico. Esa cultura se entrega al juego falsamente. Se miente a sí misma. En la dicotomía entre lo lúdico y lo solemne, partida en dos como un huevo sin polluelo, se desgasta y autodestruye.

La tradición anglosajona, por el contrario, asume lo lúdico incluso en lo trascendente, en lo “serio”. La formalidad rebasa el ámbito de la rigidez. Esto se traduce en calidad de vida, en desarrollo. Por lo general se disfruta el trabajo, incluso la política (¿quién no ha oído eso del “infantilismo político norteamericano”?), como una suerte de juego en el que, aunque es preciso ganar, o producir, no nos estresamos inútilmente aspirando a la trascendencia, ingresando a la solemnidad. En Londres los parlamentarios se ríen los unos de los otros ―en lugar de irse a las manos―, y la reina se lanza en paracaídas.

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