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Armando de Armas, marginalidad y literatura

Armando de Armas, marginalidad y literatura

Armando de Armas, marginalidad y literatura
agosto 18
15:44 2011

He advertido, en la blogosfera, que el autor de Mitos del antiexilio se ha vuelto un personaje controvertido y ha despertado todo tipo de criterios, lo mismo favorables que en contra, lo que a su vez ha provocado un movimiento inusitado en aquellos espacios en los que aparecen sus trabajos, lo que pudiera traducirse en un alto porcentaje de clics. Esa fue una de las principales motivaciones de esta entrevista al escritor y periodista Armando de Armas, nacido en 1958 en Santa Clara y residente en Miami.

Denis Fortún: ¿Cómo es que alguien nacido en un contexto puramente campesino, y sin referentes en cuanto al arte en general, se decide a estudiar una carrera de letras y finalmente se convierte en escritor?

Aarmas1rmando de Armas: La verdad es que no decidí nada. Ese ambiente está entre los dos elementos fundamentales para hacerme escritor. Una localidad atemporal en las cercanías de la ciudad de Santa Clara en la que los duelos a machete, los incestos y los amoríos se cantaban en décimas. Además de la épica del bandolerismo perteneciente a un pasado no muy lejano. Crecí oyendo historias de aparecidos y tesoros escondidos contadas a la luz de una lámpara chismosa. Historias a las que se daba tanta credibilidad como a las otras pertenecientes a una realidad dura y escabrosa.

Había en casa una escopeta de 16 milímetros con dos cañones, perteneció a uno de mis antepasados desde la Guerra de Independencia. Mi abuelo había estado en la guerra y en ella perdió ocho hermanos. Había también un machete paraguayo que era el arma blanca predilecta de los insurrectos. La gente cree que el machete de las cargas es el mismo machete con que se chapea un patio. Nada de eso, es un arma formidable, ya le faltaba un pedazo por el uso y el abuso y era de mi tamaño con trece años, y ni pensar que pudiera levantarlo, con una cruz plateada en la empuñadura pesaba una enormidad. Eso explica que esa arma se llevara las enemigas cabezas de un tajo y que en la primera carga al machete, la de Máximo Gómez, quedasen en el campo las carabinas españolas con el cañón trozado limpiamente de un machetazo.

Conocí a otro veterano de la independencia, que hizo la invasión a las órdenes de Gómez con el grado de sargento. Él me curó el asma, un infierno el asma, la medicina no pudo y aquel hombre, blanco y de ojos azules, que se había iniciado en Palo Monte con los congos insurrectos, me curó. En mi casa no había libros, es más, leer era una actividad sospechosa.

Mi abuela materna había sobrevivido la reconcentración de Weyler e integrado más tarde las células de acción y sabotaje del ABC contra el general Gerardo Machado (esto te lo digo sin orgullo alguno, pues lo cierto es que el desbarajuste sin solución para los problemas nacionales se inicia, precisamente, con la revolución del 33 y la caída de Machado, para incrementarse luego durante los llamados “gobiernos auténticos” y desencadenar la catástrofe del infinito descenso con la toma del poder en 1952 por el general Fulgencio Batista y su posterior fuga en 1959, dando lugar así a la tiranía de los Castro). De ella escuché las historias de Genoveva de Brabante, Tirante el Blanco, Amadís de Gaula y el Cid Campeador, que para ella eran todas verídicas. Es curioso, ya hombre observé a dos presidiarios que, retándose a muerte, escupían parrafadas enteras de La Iliada de Homero, uno en el papel de Aquiles y el otro en el de Agamenón, ambos analfabetos totales.

Es como si yo, en plena mitad del siglo XX, tuviera el privilegio excepcional de experimentar lo que sería el origen mismo de la literatura, su oralidad. Ver que la vida no sólo influía en la literatura, sino que la literatura de insospechadas maneras influía también en la vida, y más extraño aún, el privilegio de ver cómo lo hacía en las vidas de los seres más elementales y alejados del intelecto, mucho más inclusive que en la vida de la gente que se tiene por culta, puesto que para ellos la literatura era una realidad histórica, no ficción.

También, muy niño, fui testigo de la rebelión campesina contra el comunismo que aceleradamente implantaba Castro. Tráfago de hombres y de armas durante las madrugadas en la cocina de mi casa, incendio de cañaverales en la noche, disparos, rumores, represión… Luego estaba la soledad, perderme durante días en el monte sin que nadie supiera de mí, en largos soliloquios, armado de un arco y unas flechas que fabricaba del gajo de un árbol de güama y varillas de güin con una puntilla de acero insertada en la punta, un tirapiedras, un cuchillo y, cuando pude, con una escopeta de aire comprimido.

Creo que todo eso que te cuento me llevó primero a la reflexión, y mucho más tarde a la escritura. Agrégale que era muy malo para el deporte, aparte que no tenía oportunidad alguna de practicarlo, y era y sigo siendo extremadamente vago para el trabajo físico. Viéndolo desde la distancia creo que no tenía otra alternativa que el nefando vicio de la escritura. Esto que te he dicho no quiere decir que añore ese mundo en ningún sentido, y de hecho en cuanto pude, aún niño, escapé de ese lugar para nunca más volver. Mi obra no tiene nada que ver con la novelística de lo bucólico pastoril, sino con la novelística urbana. Más que nada ancla sus raíces entrelazando los géneros de la caballería y la picaresca.

DF. De joven en Cuba te movías en un submundo peligroso, donde quebrar la ley era cosa de todos los días. ¿Esta marginalidad te ha servido a la hora de contar tus historias?

AA. No me gusta hablar mucho de ese pasado, no porque reniegue de lo que viví, Dios me libre, sino porque, como muy bien ha observado el ensayista Emilio Ichikawa, parecería ahora que todos los cubanos provienen de ambientes marginales, moda marginal, y ya no se alardea de ser de El Vedado sino del Fanguito, de ser graduado de una universidad sino del presidio, de ser católico sino mayombero. Los intelectuales, poetas y pintores, y hasta los académicos, arriban de la isla escupiendo por el colmillo el asere y el monina y el ecobio y otros términos más iniciáticos aún. Y no tienen ni la más puta idea de lo que quieren decir, simbólicamente me refiero, aunque a veces ni siquiera literalmente. “Generación asere” creo que le llaman a eso, y lo más cómico del asunto es que la mayoría de ellos, la verdad, se gasta una cara de monaguillo o bitongo o cogegalletacón o vaya usted a saber qué. Gente que si le suenas un siquitraque al lado está corriendo hasta que se acuerde, y que en una celda haría las delicias de las auténticas y viciosas ratas de presidio.

Pero, volviendo a tu pregunta, sí, ese ambiente peligroso es el segundo elemento fundamental para que me haya convertido en escritor, junto a todo lo demás que te cuento en la anterior respuesta y, como en el caso del primer elemento, no siento nostalgia alguna por el mismo. Ambos sencillamente constituyen el sedimento, la oscura materia prima con la que elaboro mi obra, un material ciertamente escabroso, sucio y mal oliente en muchos casos, como salido de las alcantarillas de esos sueños de los cuales uno despierta un tanto avergonzado, de la índole de la sustancia que le habita allá en lo más íntimo, pero eso fue lo que me tocó, lo que me otorgaron. Uno no escoge un material. Uno tiene un material y luego trabaja, trata de hacer lo mejor con lo que tiene.

AA. Te refieres a mi buena amiga Vicky Ruiz de Zárate. Bueno, ella es una mujer inteligente y atrevida, sus razones tendría… Pero, sí, un escritor puede ser un caballero en sus transacciones diarias y frente a la cuartilla en blanco transmutarse en un chismoso de altura. Claro, para guardar la honrilla ha de cambiar nombres, situaciones, ambientes. Así y todo, un grupo de los más patibularios personajes de mi libro Mala jugada me citaron un día a un hotel de Miami Beach para celebrarme juicio. Uno de ellos, particularmente enojado, alegaba que yo falseaba las historias, que él no había matado a su enemigo porque lo hubiese perdonado o porque hubiese envejecido, o se hubiese reblandecido, como yo contaba en el relato, sino que, simplemente, no lo había matado porque no había tenido oportunidad o no se lo había topado en el camino.

DF. ¿Y cómo resolviste un asunto tan espinoso? ¿Y cómo además no aprendiste la lección y sigues escribiendo sobre lo cotidiano y lo que le sucede a gentes que te rodean y lo que menos quieren es que se sepan sus historias, aun cuando cambias sus nombres?

AA. Les dije a los muchachos que en vez de enjuiciarme debían homenajearme, pues gracias a mí, y con un poco de suerte, ellos seguirían viviendo en mis libros después de muertos. Vaya, que les ofrecí la inmortalidad a cambio de la no manifestación de mi inmediata mortalidad. Terminamos ese día bebiendo Heineken en cantidades industriales, riendo, llorando, recordando la época en que éramos tan jóvenes y tan locos y nada nos importaba, y la muerte era una cosa lejana que podía sucederle a otros y no a nosotros.

Todo el que me rodea ha de saber que corre ese riesgo, padezco el vicio del escriba, vicio que para colmo he elevado a categoría de virtud y por el que he pagado el precio de la persecución primero y del ostracismo después. Creo por otro lado que un personaje literario no es más que eso, un personaje literario, por mucho que se parezca a un personaje de la vida real.

DF. Tu último libro publicado, Carga de la caballería, tiene un cuento que narra la historia de un personaje que se conecta con el mundo de los muertos, y con el pasado. ¿Estas narraciones son pura ficción o es verdad que has tenido experiencias extra-sensoriales?

AA. Sí, he tenido ese tipo de experiencias. Cuando alguna vez me he definido como un escritor realista es en el sentido de que para mí, acorde con lo vivido, la realidad es tanto la realidad per se como las aberturas, grietas, hendijas y fisuras por donde asoma esa, digamos, realidad rara, de un orden otro, mundo de lo inasible que no por inasible deja de mostrarse y determinar con unas, para la mayoría, insospechadas fuerzas. Definir eso, explicarlo, entra ya en el terreno de la charlatanería. Ahora, estar incapacitado para explicar un fenómeno dado no me libera del deber de dejar constancia del mismo, de ser notario de sus manifestaciones. Hablo, en definitiva, de la experiencia, cualquiera que sea su índole.

DF. En un reciente trabajo tuyo publicado en varios espacios de la Red sobre Obama, hablas de la religión Yoruba. Lo que para muchos delata a un practicante, por el conocimiento de la religión afro que manifiestas. ¿Es Armando de Armas uno de los tantos cubanos que dicen ser sincréticos y creen en Dios y Obbatalá?

AA. Mira, yo me considero un entusiasta del estudio de las religiones comparadas. Me fascina la similitud de los símbolos fundacionales en el dogma de las grandes religiones monoteístas y politeístas, y aun la similitud de estos con los de las pequeñas religiones de pueblos perdidos en la inmensidad de la historia y la geografía. Se trata de la equivalencia del arquetipo de la divinidad manifestándose en el tiempo y las distancias. La equivalencia, ciertamente arriesga pero equivalencia al fin, del hueso de un santo en el anillo de un obispo católico con la kiyumba, cráneo, de un muerto capataz de caldero en la ganga de un tata palero.

Luego, faltaría a la sinceridad si no te hablo de mi personal y complicada historia religiosa, de mi experiencia, que es lo que al final cuenta. Bautizado católico, en un hogar con esa laxitud propia de la religiosidad existente en la mayoría de los hogares cubanos. No obstante, la mayoría de mis numerosos tíos, y mis abuelos por parte de madre, se habían convertido a la tremebunda secta de los Testigos de Jehová y pasado por las cárceles castristas por motivo de ese culto. Mi tío Alberto García protagonizó un sonado caso por propaganda enemiga debido a un mimeógrafo que le ocuparon junto a literatura de la secta, revistas Atalaya y otros panfletos, y aparecía en la muy pendeja prensa de la isla en fotos tomadas al lado del aparato, desde unos ángulos que le otorgaban el aspecto de un asesino en serie o un salteador de camino. Un hombre que era una especie de santo de lo bueno o lo bobo que era, y sigue siendo.

Con siete u ocho años integré las pertinaces huestes de los Testigos de Jehová, pero enseguida me expulsaron por motivo de que andaba enredado en peleas constantes y no ponía la otra mejilla. Esta sería la primera expulsión de una serie de numerosas expulsiones a lo largo de mi vida, premonitoria la cosa. Entonces, a medida que fui creciendo y envolviéndome en ambientes disolutos, ambientes de rompe y rasga, me alejé de toda religiosidad y dejé de tener, de percibir las experiencias pneumáticas de la niñez.

Después, una noche, atrapado en una redada y con todas las posibilidades en mi contra -es decir, de que me dejaran a la sombra por años-, fervorosa oración y promesa de por medio, ocurrió una suerte de milagro en que los papeles se trastocaron, los testigos se confundieron, el fiscal tartamudeó y los guardias se ablandaron, y nuevamente me vi en la calle, limpio de polvo y paja.

Fue ahí que empecé a regresar a los orígenes, a religarme, que es lo que significaría el vocablo religión, que viene del latín religare, volver a ligarse con la deidad o las deidades. Pero lo hice por el camino iniciático, en las logias masónicas y teosóficas y del cristianismo esotérico. Me conectaba en definitiva con la gran corriente del gnosticismo occidental, la de Valentin, Marcion, Bardesanes, Isidoro, el hijo de Basílides, y Carpócrates, pasando por Juan El Bautista, y terminando con Johann Wolfgang von Goethe, Herman Hesse y Carl Gustav Jung, por mencionar sólo algunos de los que en la historia han tomado la vía del conocimiento, de la experimentación, para relacionarse con el difuso mundo de lo divino, que es lo que más o menos viene a ser el gnosticismo, el pulir la obra de los alquimistas, el manos frescas para trabajar la de los yorubá.

Con Jung aprendí que dentro de la gran tradición cristiana y politeísta occidental uno debe trabajar espiritualmente, o psicológicamente si quieres un término moderno al uso, desde su contexto cultural más inmediato y telúrico. Que los dioses y demonios son o pudieran ser muy locales y domésticos y que, por ejemplo, un alemán, que cuenta con el acervo del dios Wotan y los poderosos espíritus de la Selva Negra, más lo cristiano, convertido al islamismo puede resultar además de absolutamente ridículo, absolutamente ineficaz y hasta perjudicial. Que un cubano, que cuenta con el acervo del dios Obbatala y los poderosos espíritus del Monte, más lo cristiano, convertido al budismo y la contemplación puede resultar además de absolutamente ridículo, absolutamente ineficaz y hasta perjudicial.

Un hipotético cubano budista pudiera decirle a otro paisano: ¡Oye, asere, te salvaste que lo mío es contemplación y nirvana y eso, que yo si no estoy en ninguna sonsera de esas de la guapería, si no te iba a reventar la cara dura esa a ver si aprendes a buscar la iluminación!

DF. Algunos de tus detractores te acusan de ser un extremista de derecha, un encantador de serpientes… hasta aseguran que los hay temerosos de contradecirte en tus posturas políticas y que, además, eres una mala influencia que transpira sólo radicalismo. ¿Acaso estoy delante de una especie de fundamentalista del neocon?

AA. Desconocía que yo provocara tan fuertes reacciones. Mira, no soy extremista de derecha ni de nada, lo que pasa es que nuestros moderados son como el ejemplo del budista cubano con que termino la otra respuesta, y no están dispuestos a abrirse a los puntos de vista que desmonten las bobadas en las que ingenua o interesadamente creen.

Pero, vamos a ver, si ser de extrema derecha es defender la libertad del individuo, la propiedad privada, el libre comercio como primer elemento civilizador en la historia de la humanidad, y sobre todo no estar peleado con el ser, con el orden natural de las cosas, apostar por los valores tradicionales de Occidente y además creer que todo eso debe defenderse con las armas si preciso fuera; que la guerra a veces es un mal necesario, que Estados Unidos es en el tiempo presente la cabeza de lo que conocemos por Occidente y que, por otro lado, encarna como ninguna otra nación en el mundo la democracia, la libertad y el progreso; que el Estado de Israel es un enclave occidental allá en el Oriente Medio que debe ser defendido a como dé lugar… si eso es ser de extrema derecha, bueno, pues lo siento, soy entonces de extrema derecha, fundamentalista neocon y todo lo que quieras.

DF. Mitos del antiexilio ha dado mucho que hablar y algunos que se denominan tanques pensantes no entienden todavía cómo un sujeto como tú, a quien para nada respalda una impronta de pensador, venga a aparecerse con un análisis tan novedoso y concluyente en cuanto al exilio cubano y sus posturas ideológicas. Dime lo que piensas en cuanto a esto.

AA. Lo cierto es que no me considero un pensador, no sé siquiera qué cosa es un pensador, los hombres somos presuntuosos al pretender que pensamos algo. Más bien tiendo a creer que algo o alguien nos piensa, o a lo sumo que los más lúcidos de la especie captan unos pensamientos, unas ideas inmanentes que pueden ir en contra o a favor del Espíritu de la Época. En mi caso las ideas y pensamientos de los que me he apropiado van contra el Espíritu de la Época, pero quizá ocurra en un tiempo bisagra en que el Espíritu de la Época pudiera estar cambiando. Esto último explicaría el relativo éxito de un libro como Mitos del antiexilio, un texto que años atrás hubiera estado condenado al ostracismo (quiero decir al ninguneo al que son tan dados nuestros progres y sociatas, representantes, claro, del espíritu epocal, ese que pareciera que, al fin, se va haciendo otoñal).

DF. De todos es conocida tu amistad con el congresista Lincoln Díaz-Balart. ¿Tienes aspiraciones políticas en una Cuba poscastrista? ¿Alcalde por Cienfuegos o senador por Las Villas?

AA. Mi amistad con Lincoln Díaz-Balart está sustentada en la afinidad de ideales respecto a Cuba y su libertad, y en que, por otro lado, es un hombre con una gran cultura y sentido del humor, alguien con quien puedes hablar de política y de los entresijos de la política, de historia, arte y literatura, alguien que de niño contó con un maestro excepcional, nada menos que el poeta Gastón Baquero. Digamos que, congresista aparte, Lincoln resulta más intelectual, y sobre todo más inteligente, que muchos de nuestros atildados intelectuales al uso.

En cuanto a mis aspiraciones políticas, la verdad es que no las tengo. La política sólo me interesa desde el punto de vista de la escritura política y, por supuesto, siempre estaré orgulloso de haber sido un opositor a la más feroz tiranía padecida en el Hemisferio Occidental. Pero ello, demás está decirlo, no me hace un político, sino alguien que tuvo y supo defender sus ideas políticas.

DF. La tabla fue tu primera novela, escrita de manera clandestina en Cuba con medios muy rudimentarios, es decir, bolígrafos y papel, por lo que asumo le tienes un especial afecto. Sin embargo, aún no se publica. ¿Está signada por algún sino maléfico o es que todavía no estás listo para que sea consumida por los lectores? ¿O se trata de pudor debido a lo cruda que resulta y al hecho de que los personajes que la componen viven todavía y bien pueden verse retratados de alguna forma?

AA. Empiezo a contestar la pregunta por lo último. No tengo pudor alguno, a un escritor que se respete le está vedado tener pudor, si lo tiene que se dedique a otra cosa. Creo que el problema fundamental para que La tabla (dieciocho años después de haber sido escrita y de ser una de esas obras del ambiente underground de las cuales muchos hablan y pocos conocen) no haya sido publicada es el Espíritu de la Época de que te hablaba. Pero felizmente ese espíritu, iniciado probablemente con la Reforma Protestante, incrementado notablemente en el siglo XIX, apoteósico y avasallador en el XX con el triunfo del nacionalsocialismo por un lado y el internacionalsocialismo por el otro, con su legado de estatismos, gregarismos, hombres nuevos, campos de concentración, gaseamientos y fusilamientos, resultado en definitiva del racionalismo extremo, de la oscura superstición de la razón pura y dura, felizmente, decía, ese espíritu pudiera estar dando muestras de ir hacia el ocaso, y La tabla quizá pudiera tener finalmente su lugar bajo el sol, o al menos bajo las prensas.

DF. Termino con lo que pudiesen ser dos preguntas en una. ¿Cómo es que pueden convivir en una misma persona el escritor hasta cierto punto agnóstico, que por un lado es practicante de la religión Yoruba, con fe en lo supremo y respetuoso de lo etéreo, y por el otro el irreverente en cuanto a maneras de conducirse y hasta de vestir, lo que te hace ver muy lejos de los clichés que asumen los intelectuales cubanos sin importar orillas? Una gorrita bolchevique, por ejemplo, o unos espejuelos montados al aire, tú sabes.

AA. Bueno, no son dos preguntas, me has disparado sin piedad una ráfaga de preguntas. Veamos. La literatura, el arte y el pensamiento, si son, son paradojales. La vida misma es paradojal, y no hay mayor paradoja que la paradoja divina, nada más hay que estudiar desprejuiciadamente el Libro de Job para entenderlo. Entonces, creo, cualquiera que apueste seriamente por captar y transmitir algo de la literatura, el arte o el pensamiento inmanentes, de la vida misma, que pretenda religarse mínimamente con la divinidad, ha de ser, por fuerza, una persona paradójica, no hay manera de escapar de eso, sólo asumirlo, asumirlo y punto. Respecto a las gorritas bolcheviques, me dan escozores testiculares, y en cuanto a los espejuelos, a Dios gracias aún no los necesito.

Sobre el autor

Denis Fortún

Denis Fortún

Denis Fortún (La Habana, 1963). Poeta y narrador. Artículos y crónicas de su autoría, con un toque humorístico sobre la cotidianeidad en Cuba y su exilio, aparecen con regularidad en bitácoras de otros autores, y en diversos ciberportales y revistas. Textos suyos han sido incluidos en antologías de narrativa y poesía en Cuba, México y Estados Unidos. En Miami, donde reside actualmente, edita el blog Fernandina de Jagua. Ha publicado el poemario “Zona desconocida”, “El libro de los Cocozapatos” (narrativa) y “Diles que no me devuelvan” (crónicas).

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