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Armando de Armas: Soy tolerante porque soy de derechas

Armando de Armas: Soy tolerante porque soy de derechas

marzo 05
15:36 2011

Armandodearmas2A propósito de la presentación del escritor y periodista Armando de Armas en la tertulia La Otra Esquina de las Palabras, el pasado año, surgió esta batería de preguntas y respuestas.

El tema de la identidad del individuo frente al colectivismo prima en ella, como no podía ser de otra manera tratándose del autor de Mitos del Antiexilio.

Joaquín Gálvez. El tema de la identidad del individuo frente a las fuerzas del espíritu colectivista es recurrente en tu obra. ¿Por qué?

Armando de Armas. Porque el individuo, llegar a ser un individuo, constituye una categoría superior en el devenir del hombre frente a la manada. Carlos Gustavo Jung, por ejemplo, veía en el proceso de individuación algo similar a lo que los budistas definen como la iluminación. Date cuenta que en las edades primordiales no hay una identidad individual propiamente dicha, sino tribal, y que aún en la Edad Media los hombres tomaban el apellido de la toponimia de donde provenían o habitaban.

Luego los regímenes totalitarios, esos socialismos de nazis y comunistas, van a procurar hacer prevalecer al espíritu gregario sobre el individuo, aplastan al individuo mediante la fría y eficaz maquinaria racionalista e imponen la esclavitud del colectivo. El individuo es un lujo libertario que nazis y comunistas no pueden permitirse. La libertad nace y se sostiene en el individuo. Todo socialismo, aún los benignos, van a medrar a costa del individuo en nombre de un supuesto bien común. El individuo es lo que vale y por eso los antiguos griegos, tan sabios, exaltaban y veneraban el ego mediante el areté del guerrero o el ciudadano. Para los guerreros helenos de hace más de tres mil años el único camino era hinchar el areté mediante las hazañas en batalla, el ejemplo clásico es Aquiles. Pero luego se extendió a toda actividad humana donde el individuo podía y debía alcanzar la excelencia. A ello debemos la civilización que disfrutamos hoy, a pesar del retroceso que significó el dominio de la manada durante buena parte de la Edad Media y bajo los preceptos judeocristianos, es decir, el predominio de la herencia de las tribus del desierto allá por el Oriente Medio, más la herencia de las tribus bárbaras que asolaron Roma (aun cuando el cristianismo significó una apuesta por la individualidad si lo comparamos con los tiempos antiguos testamentarios), hasta que llegó el Renacimiento con su vuelta a Grecia y Roma, al individuo.

Habiendo vivido la mayor parte de mi existencia bajo un sistema de esclavitud colectivista, mi obra no podía menos que tratar de la lucha del individuo por mantener su identidad frente a las fuerzas amorfas del pedestre colectivismo. En las sociedades comunistas el individuo sólo puede manifestarse en la marginalidad, en el subsuelo de la base social. Y allí, claro, me zambullí de cabeza para encontrar mis ambientes y personajes, para ser yo mismo. El individuo debe prevalecer, no ya frente a la sociedad, sino frente a la familia misma.

JG. ¿Puede entonces la identidad de ciertos individuos con el poder ser un alegato para justificar personalidades como la del mismo Fidel Castro,  que terminan imponiendo una dictadura?

AA. Los tipos como Castro sólo se hacen con el poder en sociedades donde predomina el espíritu de manada. El día que la isla evolucioné hacia una sociedad de individuos, Castro, o los tipos como él, perderán el poder. Y no es que haya que esperar tanto, pues pudiera surgir alguien que, en aras de su realización individual, “destinal”, le vuele la tapa de los sesos de un disparo providencial. Aunque, claro, ello no garantiza que mañana no aparezca en el horizonte un Mesías montado en su tanque. Luego siempre la solución final, ideal, sería una sociedad integrada por individuos.

JG. Tu novela La Tabla transcurre en un medio marginal, por donde transitan el proxeneta, la prostituta o jinetera, el guapo de barrio, el santero y hasta el Testigo de Jehová, etcétera. ¿Cuál es la relación de Armando de Armas con estos personajes?

AA. Bueno, la relación es mejor que con cualquier funcionario de la UNEAC.

JG. Amadís es un personaje que aparece en tus cuentos y también en tu novela La Tabla: aventurero y pícaro, antihéroe existencialista y, a su vez, con inquietudes políticas y religiosas, o al menos esotéricas, lo cual se trasluce en una gama de influencias. Háblanos de la impronta en tu obra de la novela de caballería, así como de otras corrientes, ya sean literarias o filosóficas.

AA. Mi obra no tiene nada que ver con la novelística de lo bucólico pastoril, sino con la novelística urbana, y, más que nada, ancla sus raíces en los géneros de la caballería y la picaresca, entrelazados por igual. Amadís de Gaula, como sabes, es el dechado de las novelas y virtudes caballerescas por antonomasia. El pícaro y el caballero, como todos los pares de opuestos, están íntimamente relacionados. En el mismo Amadís hay elementos de la picaresca, al ser hijo del amor ilegítimo entre el rey Perion y la reina Elisena. Y un escudero, por lo regular un pícaro, podía terminar jurando armas y convertido en caballero si mostraba suficiente valentía en batalla. Cuando los caballeros regresaban arruinados de las guerras, a muchos no les quedaba otra que situarse en un puente con lanza y armadura y cobrar peaje a los infelices transeúntes, sin dudas un acto bastante pícaro. Un mafioso y un aristócrata tienen más que ver uno con el otro que cualquiera de ellos con un obrero o un burgués.

Luego, con la caballería y la picaresca estamos ante las dos más largas novelísticas de la historia de la literatura iberoamericana, un acerbo nada despreciable para un autor interesado en la interrelación entre la fábula y la realidad como medio de acceder a una realidad otra. Y, si no fuera suficiente, está también el hecho tremendo, para mí que soy un obsesionado con el individualismo (al punto de que uno de mis mayores orgullos a estas alturas es una mancha en mi expediente escolar, en octavo grado, que me marcaba como una personalidad individualista, alienada y desinteresada de los problemas del colectivo escolar), el hecho de que tanto el pícaro como el caballero vinieron a representar la más acabada expresión literaria del individualismo en el Renacimiento, nadie más ferozmente individualista que un pícaro y un caballero. Esta mentalidad, la mentalidad que propició esta literatura está detrás de lo que después ocurrió con la gran hazaña del Descubrimiento, Conquista y Colonización del Nuevo Mundo. De mi abuela escuché las historias de Genoveva de Brabante, Tirante el Blanco, Amadís de Gaula y el Cid Campeador, historias que para ella eran todas verídicas. Es curioso, ya hombre tuve el privilegio de ver a dos presidiarios que, retándose a muerte, escupían parrafadas enteras de La Iliada de Homero, uno en el papel de Aquiles y el otro en el de Agamenón, ambos analfabetos totales. Es como si yo, en plena mitad del XX, tuviera el privilegio de experimentar lo que sería el origen mismo de la literatura, su oralidad; ver que la vida no sólo influía en la literatura, sino que la literatura de insospechadas maneras influía también en la vida, y más extraño aún, el privilegio de ver cómo determinaba en las vidas de los seres más alejados del intelecto mucho más que en las vidas de la gente que se tiene por culta, puesto que para ellos la literatura era realidad histórica, no ficción.

Por otra parte, en una sociedad regimentada como la comunista (regimentación, hay que decir, que cada vez más sufre la sociedad moderna en general), es en los ambientes enrarecidos que escapan al ojo orweliano donde se puede encontrar cierta originalidad y clase; es ahí donde, por ejemplo, encontré reminiscencias vivas de los códigos de honor del caballero medieval. Un comunista, como sabes, no tiene honor ni mucho menos código, se debe al Partido, es una pieza, no es un individuo, por tanto no es libre, es lo menos interesante que puedas imaginar para convertirlo en personaje literario, lo más aburrido del mundo, de ahí el fracaso del realismo socialista que le quisieron imponer a los escribas de los regímenes marxistas. Mira, los presidiarios que te contaba más arriba están más cerca del mundo de la creación que cualquiera de los funcionarios uneacos que padece nuestro país, más cerca de la cultura quizá que el mismo ministro del ramo, de las ramas más bien, el inefable Abel Prieto.

JG. Como es sabido, la literatura cubana de la era postrevolucionaria está lastrada por el dirigismo político del régimen comunista, que impuso la llamada estética del realismo socialista. ¿Crees que existe un punto de encuentro entre la literatura y la política que permita realizar una obra que no sea propensa al panfleto?

AA. Ningún problema con la política, la política es una materia prima tan valiosa como el sexo para elaborar literatura y, por supuesto, una actividad humana tan apasionante como el sexo. De hecho, el deseo de dominio que expresa toda política no está exento de la libido. El problema es cuando al escritor le imponen la política, cuando tiene que vérselas con esos héroes impolutos del realismo socialista. Digamos, si un autor va a escribir una novela que aborde el tema, por ejemplo, de las incursiones armadas llevadas a cabo en el pasado para desestabilizar al régimen de Cuba, sería una novela política, o relacionada con la política, sin dudas, pero no sería necesariamente una mala novela, sobre todo si el autor sabe plasmar el miedo de esos hombre a la hora de enfrentar al enemigo, a la muerte, si sabe recoger la traición o la posibilidad de la traición entre esos hombres y, sobre todo, si sabe captar el hecho de que en el fondo muchos de esos hombres van al combate no por temas tan abstractos como la libertad y los derechos humanos, sino por cuestiones más elementales y humanas, como huir de una mujer dominante o llamar la atención de la madre que en la niñez no supo, o no pudo, dar la atención y el amor adecuados.

Sobre todo también si el autor entiende, como lo hizo Alejo Carpentier en muchos de sus textos más trascendentes, que los hombres no acometen las grandes hazañas por motivos altruistas, imbuidos de los grandes ideales, sino por motivos muchísimos más mezquinos y egoístas, y a veces por pulsiones puramente hormonales que, independientemente de las razones personales, terminan redundando en beneficio de la civilización, de la libertad de la isla en el caso de la hipotética novela que nos ocupa.

JG. ¿Te consideras un escritor político, o ambas cosas por separado?

AA. Un escritor que tiene, además, unas ideas políticas.

JG. Nunca has vacilado en plantear tu posición política. Una muestra de esto es tu libro de ensayos Mitos del antiexilio, donde abogas por una derecha intelectual cubana, o al menos por el surgimiento de una derecha política apenas existente en la historia de Cuba. ¿Se puede ser escritor de derechas, conservador y, a su vez, tolerante y abierto a la diversidad, contrario a lo que piensa al respecto la inmensa mayoría de la intelectualidad de izquierdas?

AA. Es probablemente al revés, soy tolerante y abierto a la diversidad porque soy un escritor de derechas, conservador. Pues lo cierto parece ser que la intolerancia mayor proviene de la izquierda, no olvides que los más de cien millones de muertos del comunismo, sumados a los seis o doce millones del nazismo, se lo debemos a socialismos concentracionarios, ambos reinos utópicos, clasista el uno, racial el otro, de izquierda internacionalista el uno, de izquierda nacionalista el otro. Y no sólo, como se esperaría, esa intolerancia es patrimonio de las izquierdas carnívoras que te he mencionado, es patrimonio también, en otra medida y otro orden, de esas izquierdas vegetarianas que serían la socialdemocracia y la intelectualidad que mencionas porque, fíjate, tu pregunta existe, tiene lugar, porque esas izquierdas supuestamente tolerantes son en realidad tan intolerantes, se creen tan dueñas de la verdad, tan especiales y superiores, que comienzan por propagar la infundada idea de que nadie que sea de derecha puede ser a su vez dueño de una mentalidad abierta y desprejuiciada, y a tanto se atreven, que se atreven a proclamar que fuera de la izquierda, es decir de ellos, no hay literatura ni pensamiento.

Por otro lado, su tolerancia es de índole tal que aseguran, sin sonrojarse, que todas las culturas son iguales, todas menos la occidental, que sería lo peor, al punto que algunos no parecen desear otra cosa que su pronta desaparición. Por cierto que esas peregrinas ideas ni siquiera son originales de ellos, sino que fueron cuidadosamente elaboradas en los departamentos de propaganda del KGB en la felizmente desaparecida Unión Soviética.

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Sobre el autor

Joaquín Gálvez

Joaquín Gálvez

Joaquín Gálvez (La Habana, 1965). Poeta, ensayista y periodista. Se licenció en Humanidades en la Universidad Barry y obtuvo una Maestría en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad del Sur de la Florida. Ha publicado los poemarios "Alguien canta en la resaca", "El viaje de los elegidos", "Trilogía del paria" y "Hábitat", este último con Neo Club Ediciones. Coordina el blog y la tertulia La Otra Esquina de las Palabras. Reside en los Estados Unidos desde 1989.

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