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Aromaterapia

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junio 03
13:28 2014

El humo del cigarro quemándose entre sus labios se le antojó no solo sexy, sino lo más saludable que pudiera recetarle el doctor para una tarde de calor tropical.

Eran pasadas las tres, pero ya hacía un buen rato que había matado a su Lola, o más bien que su Lola había acabado matándolo a él. Los bríos de aquella carne joven le anunciaban una encarnizada batalla cuerpo a cuerpo cada vez que se cerraban las puertas del apartamento de esquina en el sexto piso. A Jesús le hubieran temblado las piernas de haber tenido tiempo para pensar antes de cada encuentro, pero salía a toda velocidad de la oficina, y ella lo esperaba frente al elevador envuelta en una bata de baño y lo arrastraba por el pasillo impregnándose desde ya en sus labios, deslizándose por su garganta, robándole escalofríos que nacían y morían entre tela y piel.

La imagen yerta de su cuerpo voluptuoso tirado en desorden sobre las sábanas de satín, complacía sus más exigentes fantasías eróticas, y Jesús la miraba desde lejos, refugiada ella en su burbuja de humo dulce, desvalijado él de todo placer reprimido, reticentes los dos a intentar un acercamiento que fuese capaz de encender la más mínima llama de deseo.

Los motivos eran diferentes aunque la reacción pareciera la misma. Lorena, o Lola como la llamaba Jesús, era una mujer fantasiosa y enajenada de la realidad, amante de su propio cuerpo y segura de su poder de seducción. Adoraba sentir la mirada lasciva de los hombres resbalar contra su carne. Sus montañas se crispaban, sus curvas se acentuaban, su cerebro emitía señales que sus órganos internos interpretaban con regocijo en una danza apasionada en la que terminaban sudándole mares de humedad.

Adoraba ser adorada con la vehemencia con la que lo hacía Jesús. Él la idolatraba como a una virgen, como a la santa que en otra vida a ella le gustaría ser. Se la comía con los ojos, las manos, las piernas, la elevaba más allá de las nubes con devoción. Luego la penetraba con fervor, ambos pecando deliciosa y deliberadamente, acariciando la idea de vivir por siempre consumidos en las llamas del infierno. Jesús la arrastraba de vuelta a la tierra donde se sentía morir y moría en una arrítmica secuencia de suspiros y espasmos inconclusos. Lorena disfrutaba entonces resucitar gradualmente sabiéndose observada con minuciosidad científica por un par de ojos desencajados de placer, en los que se sabía haciendo historia, ojos que la erotizaban con la humildad del que se siente inmerecidamente privilegiado.

Las razones de Jesús eran más terrenales y definitivamente menos egocéntricas. Era viernes. Día —noche, mejor dicho— de sexo en casa, sexo con Ileana, su mujer por más de veinte años. Era viernes y Jesús había enjugado sus ganas en la carne olorosa a rocío de Lorena. Se había desbordado en sus cuencas y aún brotaba de sus cavidades toda la virilidad que un rato antes acorralara su cuerpo. Jesús era, este viernes, un hombre satisfecho, de satisfacciones orgásmicas múltiples, y no se creía, no se sentía capaz de emprender el trayecto hacia la cama con Ileana al final del día. Con Lorena era un hombre vencedor, y ahora que pensaba en Ileana, era un hombre vencido.

Por los últimos diez años Ileana y Jesús se habían acostumbrado al sexo errático, breve, intrascendente. Finalmente lo habían desplazado poco a poco hasta el punto en que se encontraba, reducido a un día de la semana, los viernes. La decisión no había sido premeditada ni mucho menos. La noche del viernes se había transformado involuntariamente en la más tranquila de la semana. Los niños no tenían escuela el sábado, no había que ayudarlos con las tareas ni proyectos de último minuto. Por lo general no cocinaban, sino que ordenaban comida española de un restaurante cercano que hasta les traía el pedido a la casa. La madre de Ileana se iba a pasar el fin de semana para casa del hijo mayor. La oficina de Jesús programaba pocas citas para terminar el día más temprano. Ileana dejaba la tienda en manos de su sobrina, su mano derecha, y podía descansar tranquila al menos un día a la semana.

Jesús había olvidado que era viernes en cuanto escuchó la voz de su belleza criolla al otro lado del auricular, pronosticándole una tarde lujuriosa en el apartamento de esquina del sexto piso. Descomposición de cuerpos, emanar de corrientes, descargas eléctricas y aromas y murmullos y sabores. Lorena le pronosticaba un despilfarro humano y Lorena… bueno… Lorena siempre cumplía sus promesas.

Ahora Jesús se preguntaba cómo enfrentar a Ileana cuando Lorena le había chupado los jugos y no le quedaba ni una gota de erotismo exiguo para regalarle al cuerpo de una Ileana que esperaba, que sabía que era viernes, y que interpretaría la carencia como un indicador de exceso consumado fuera de sus sábanas. Y lo último que Jesús deseaba en aquel momento era despertar el celo animal en Ileana, la mujer que había elegido para su vida.

Encuentros deliberadamente casuales en moteles y oficinas en desuso no era precisamente algo de lo que Jesús carecía. El motel Paradise era su preferido, y allí escogía siempre una habitación en el segundo piso, donde un jacuzzi en forma de corazón adornaba con burbujas las nalgas de un buen número de sus conquistas. Nalgas siempre firmes; senos disímiles. Más redondos, menos, separados, juntos, grandes, perdidos, caídos, semicaídos, apetecibles, simples, arrogantes. Los senos no eran una prioridad para Jesús. Las nalgas… eso ya era otra cosa. Los culos redondos y consistentes lo “mataban”, como solía describir a sus amigos mientras su mente volaba hacia la más reciente aventura en la que un par de nalgas bien cargadas de carne se le regalaran para ser acariciadas, castigadas o manoseadas hasta la saciedad.

Le gustaba penetrarlas de espalda, de pie él, agazapadas o en cuatro ellas, mientras una mano viajaba desde el vientre a los senos y la otra se regocijaba al tacto de unas nalgas de piedra que formarían parte por siempre de su álbum de fotografías mentales. Pero aún no había terminado de vestirse, ni de secarse los restos de eyaculación en una servilleta olvidada en el baño, cuando ya su mente se había recuperado del trance, y volvía a la vida real, a la casa, al trabajo, a los niños, a Ileana.

De la mujer que por poco le cambia el rumbo a su vida, paradójicamente, lo que más recordaba Jesús eran los senos. Tamaño medio, elevación media, medianamente separados, aureola color nuez moscada, pezón puntiagudo medio tamaño también. Unos senos perfectos que le hacían agua la boca y de los que no se cansaba de beber. Esa mujer lo había disociado, sacándolo de su rutina y fascinación trasera, y adentrándolo en un espacio diferente, dactilar y apacible que terminó rompiéndose en pedazos cuando Ileana lo devolvió a sus sentidos con un bofetón en pleno rostro, en el parqueo donde lo esperó y lo vio despedirse de la mujer de los senos perfectos por última vez. Ileana no tenía pechos perfectos ni nalgas macizas, pero había tenido lo suyo, veinte primaveras y veranos y otoños atrás cuando la había conocido, y aún conservaba en parte su gloria pasada.

•••

A Ileana comenzó a sonarle el teléfono celular al mismo tiempo que el corazón empezaba a salírsele de revoluciones. Su ritmo cardíaco se elevaba y su cuerpo se agitaba en espasmos incontrolables que poco o nada tenían que ver con el teléfono y su música inoportuna. La cabeza de pelo castaño claro prendida entre sus piernas no pareció inmutarse con la distracción, al contrario, quizás temiendo que el sonido usurpador robara la concentración de su dama, se adentró en los laberintos de su sexo tibio libando con su lengua el néctar de aquella flor que se le regalaba húmeda, dulce, perfumada.

En un esfuerzo sobrehumano de coordinación, Ileana estiró el brazo hasta la cartera, y alcanzando el teléfono con la punta de los dedos logró ponerlo en vibrador. Y así, olvidándose del ruido y del bolso, pero con el brazo aún estirado sobre su cabeza, Ileana se dejó hacer, se dejó invadir, como cueva que recibe gustosa a su explorador, y se tornó cuenca para darle de beber de sus intrincados manantiales. Sus aguas subterráneas, respondiendo al desasosiego creciente, brotaban de sitios donde ni las piedras sabían que eran piedras y empezaron a trepar, desafiando el poder de la gravedad, por las superficies irregulares de su interior desembocando en la cabeza del hombre sometido a sus entrepiernas.

En otro momento Ileana no hubiese permitido, ni se hubiese permitido a sí misma, esta entrega derrochadora e insensata, pero había algo en aquel hombre, en el leve contacto con aquel hombre que evocaba insondables reacciones en las inmediaciones de su pelvis. Sus manos, insolentes, expertas en trasgredir espacios, sin pedir permiso y sin dudarlo dos veces, producían un efecto electrizante en cada parte de su cuerpo. Sus dedos ahora se hincaban en la piel pálida al final de sus muslos, presionándolos en direcciones opuestas, abriendo espacio a su lengua inquieta y buscona, dejándole una marca rosa producto de la presión del contacto. Ileana volviéndosele agua entre la boca. Ileana quejándose por cada poro del cuerpo, deleitándose en cada gemido sordo, estremeciéndose de adentro hacia afuera. Ileana regalando su salvia poseedora de vida que le sabía a gloria eterna en esta hora de muerte súbitamente lenta.

En otro momento Ileana hubiera seguido de largo, dejando atrás ese par de ojos que parecían querer comérsela viva. Ese día, sin embargo, sintió el desorden creciendo en sus caderas, la ebullición en la piel y una agitación en su respirar que se tradujo casi instantáneamente en transpiración olorosa a hembra deseada. Y luego sintió que se derretía cuando el joven de no más de 30 años la saludó desde la puerta de la pequeña oficina, escondida detrás de la sección de las frutas en el supermercado. El saludo, que más parecía sonrisa tibia, atrevida, sugerente, fue un abrazo delicioso que se le pegó en el cuerpo como un sudor frío, calándole profundo, ahogándose en sus cavidades y sudándole a través de su dermis ardiente.

Ileana se vio aturdida pero aún así contestó a medias la sonrisa, y siguió caminando sin mirar atrás, moviendo las caderas con una sensualidad que le sentaba natural. Era como si su cuerpo respondiera gustoso y por sí solo al deseo ajeno. Y no había terminado de recuperarse del ajetreo cuando volvió a encontrarse aquellos ojos inquisitivos y labios carnosos al final de la línea de refrigerados, donde un empleado reponía el surtido. Una vez más a la salida del supermercado, frente a la línea de las registradoras, asegurándose de que las cajeras saludaran y despidieran a los clientes. “Un administrador que se preocupa por hacer bien su trabajo”, pensó Ileana complacida. Y a partir de ese día se convirtió en una clienta no solo asidua sino, además, satisfecha.

No tomó mucho tiempo para que el administrador se decidiera a entrevistarla en calidad de estudio de mercado, y sus opiniones fueron tan valiosas que no solo se limitaron a aplicarlas en el plano comercial —para ofrecer un mejor servicio al consumidor— sino que lo llevaron al plano personal, entregándose ilimitadamente por una causa mayor: la satisfacción plena.

El pequeño cuarto detrás de la sección de las frutas abrió sus puertas a una Ileana ardiente y activa; una Ileana expresiva, generosa, que se deshacía en un sexo auténtico, dado a complacer y ser complacida, sin presiones, conflictos o planes de trasfondo. Era un sexo simplificado, de orgasmos infinitos que llenaban el aire de un erotismo palpable que se confundía a ratos con el olor afrodisíaco de las frutas, antesala al mismo tiempo de la saciedad y el hambre.

Esa noche Jesús retardó lo más que pudo el irse a la cama. Le resultó relativamente fácil; Ileana no paraba de trajinar por toda la casa, recogiendo, limpiando la cocina, los muebles, enfrascada en una suerte de limpieza general que Jesús no entendía ni encontraba necesaria pero a la que ella se dedicaba con concentración de atleta. En otro momento hubiera puesto mala cara o le hubiera dicho algo para que se diera cuenta que su masculinidad exigía preferencia, pero esta noche se hizo el distraído y actuó como si no se diera cuenta de que el tiempo estaba pasando.

Ileana se dio a la tarea de lucir ocupada y darle un incuestionable sentido de urgencia a su labor, como si fregar unos cacharros sucios, desempolvar los ventiladores de techo y sacar ropa vieja de los armarios no pudiera esperar al día siguiente.

Cerca de las once y media de la noche, sin poder disimular más, por miedo a liberar una reacción en cadena que terminara destapando la olla de agua hirviendo que resultaba ser la infidelidad mutua, se fueron a la cama. Ileana fue la última en meterse debajo de las sábanas, con la piel impregnada de un penetrante olor a Mango-Passion Fruit, un nuevo jabón de baño que había comprado en el supermercado a falta de otra cosa que adquirir. “¿Te bañaste con agua o con batido?”, le preguntó Jesús en tono de burla. Pero Ileana, turbada por el olor a frutas que le recordaba la pequeña oficina al fondo del supermercado, no captó la ironía. “Ese jabón, Ili, ¡que parece que me estoy acostando con una frutera!”.

Ileana se echó a reír, nerviosa, no sabiendo si la alusión a la frutera algo tenía que ver con sus encuentros extramatrimoniales. ¿Y si Jesús se había enterado? Peor aún, ¿y si la había visto y estaba esperando el momento preciso para restregárselo en la cara? A Ileana se le enfrió el corazón. El olor a frutas se congeló en el aire como paleta de helado y dejó de reír, y de pensar, y optó por buscar la verdad, cualquiera que ésta fuera en los ojos de Jesús. Imaginar su vida sin él era algo que no podía ni quería hacer. En 20 y tantos años de relación, Jesús era su mano derecha, su todo, ya no tanto su amante, pero lo había sido, y bueno, eso mantenía la continuidad de sus sentimientos. El recuerdo de los labios carnosos del hombre joven que la seducía con la mirada y le hidrataba la piel de solo rozarla se le antojó de repente un simple alucinógeno, el sabor de su boca una distracción afrodisíaca, y la curiosidad de sus dedos una descarga electrizante. Pero ni esos ojos, ni esos labios, ni esas manos llevaban su piel tatuada en ellos.

Un alivio cálido empezó a correr por sus venas al encontrar los ojos de Jesús en la semipenumbra del cuarto. Un vapor contenido fue irrigándola por dentro, descongelando sus miembros acalambrados por los segundos o siglos de temor, quebrando la tensión, despedazando la risa nerviosa, suavizándola, liberándola… Y abrazada una vez más por el olor húmedo a frutas condensando en el aire del cuarto, Ileana se sintió fuerte, atrevida, y en un arranque de pasión se sentó a horcajadas sobre el abdomen de Jesús y arrastrándose sobre su pecho desnudo, asió su cara entre sus manos, buscó sus labios, y comenzó a recorrerlos con lentitud provocadora. Ileana cerró los ojos y se derritió en el recuerdo afrutado de unos labios carnosos recorriéndole el cuerpo, y prendida aún al beso que cobraba vida por segundo, abrió de nuevo los ojos para regalarse a Jesús, y verse empapada en sus ojos por una lluvia que le llovía desde adentro sobre lo ya mojado.

A Jesús lo sorprendió el asalto para el que su virilidad no estaba preparada, pero su orgullo de macho latino le recordó que este no era el momento de congelarse, sino de satisfacer la interrogante viva que era el cuerpo de su mujer reclamando el suyo, friccionándole su carne dormida debajo de la sábana. Y entonces fue Jesús quien cerró los ojos y se remontó al recuerdo de una Lorena desnuda y ultrajada después del sexo, su única tabla de salvación posible en aquel momento… y de nuevo se sintió acariciado por el humo del cigarro, la voluptuosidad de la carne joven, el expandirse de sus ansias en anticipación y lujuria. Y Jesús sintió revivir su libido agotado en una sola mujer en aquella tarde de viernes. Sintió su masculinidad toda amanecer entre sus piernas, víctima del contacto agonizante con una piel tersa primero y unas manos diligentes luego y, más tarde, la humedad deliciosa de una boca acogedora y sagaz. Y Jesús abrió los ojos a una cabeza de pelo teñido color castaño muy claro perdida al sur de su humanidad y sonrío al entrever unas raíces oscuras en aquel cabello revuelto de Ileana, su Ileana, y se ahogó en un suspiro agónico y placentero que se elevó sobre sus cuerpos y quedó enredado en el olor a Mango-Passion Fruit que servía de burbuja a tanta pasión contenida. Y agradeció saberse absorbido por ella. Y ya no quedó espacio que no ocupase Ileana, desvanecido como por arte de magia el espectro de Lorena.

La orgía que por unos minutos formaron los cuatro cuerpos conjurados por la realidad y la memoria se fue disipando, y era ya orgía de dos Jesús y dos Ileana llenando todos los espacios, devorando a su paso la materia y el deseo. Y hubiera podido apostarse a la levedad de sus cuerpos, a lo etéreo de su interactuar de haber sido posible darle nombre a aquel desmembramiento exquisito, a aquel intercambio de partes, jugos y vapores en combustión sobre las sábanas blancas. Jesús se perdía en una Ileana ávida de intrusión, gustosamente receptiva, lista para explotar y arrastrar a su hombre consigo en la explosión.

Pudo haber tomado toda la noche o quizás la noche se redujo a un puñado de minutos, pero Ileana y Jesús la consumieron deliciosamente, recorriendo con habilidad aplazada tantas brechas, tantos rincones, tantas humedades. Poseerse de una manera tan carnal y tangible, los sorprendió a ambos. Se usaron hasta el cansancio. Se abusaron hasta un límite nunca antes explorado en el que no eran Jesús e Ileana, la pareja consagrada al sexo con significados idílicos, sino un simple hombre y una simple mujer sin otro plan entre piernas que el de enjugarse las ansias y beber las aguas que emanaban de sus cavidades. Se agotaron sin la intención de protegerse, de salvarse, de cuidarse… todo lo contrario… se echaron a morir en una muerte lenta de invasiones, batallas, torturas y decapitaciones. Y convulsionaron juntos, y por separado hasta quedar visiblemente incapacitados para actuar o pensar.

Sin darse cuenta habían tenido el mejor sexo de sus vidas.

Al día siguiente ninguno de los dos retomó su rutina. No se atrevían a mirarse a los ojos. Temían que ellos delataran las infidelidades mutuas, que la intensidad desacostumbrada del amor recién consumado los pusiera sobre aviso. Era mejor no levantar sospechas en los próximos días.

Jesús no asistió a su cita con Lorena. Tuvo una reunión imprevista.

Ileana no pasó por el supermercado aun cuando sabía que no había frutas ni ensalada para la comida. Esa noche los niños no quisieron comer. “No hay colores en la mesa, mamá”.

Se fueron todos a la cama temprano con una sensación de hambre insatisfecha clavada en el estómago. No era realmente hambre, sino deseos de comer. Inquietos y sin sueño aún, Ileana y Jesús miraron el techo del cuarto desde sus mitades de la cama, casi sin pestañear, concentrados en sus silencios y al mismo tiempo pendientes del silencio ajeno. No supieron muy bien qué pie rozó qué muslo, ni qué mano empezó a franquear la trinchera invisible que los dividía. Pudo haber sido el pie, o el muslo, o la mano propia que por frío o aburrimiento o ansiedad o hambre de comer y dejarse comer, de ajusticiar o inmolarse confundieron los reflejos individuales y sucumbieron ante el flujo espontáneo que los unió un día, hacía ya más de veinte años.

Sobre el autor

Zahylis Ferro

Zahylis Ferro

Zahylis Ferro (Pinar del Río, 1983). Graduada de Periodismo y Comunicación Social del Emerson College, en Boston, Massachusetts. Edita el blog kontARTE (kontARTE.wordpress.com) y obtuvo mención en el I Concurso Internacional de Poesía Lincoln-Martí. Recientemente, uno de sus cuentos resultó finalista del concurso internacional y publicado en la antología “Los cuerpos del deseo”, de narrativa erótica hispanoamericana. Reside en Miami.

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