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Arte y drama

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noviembre 20
08:37 2014

Los orígenes de la habilidad musical constituyen uno de los misterios más impenetrables de nuestra naturaleza. Desconocemos el porqué disponemos del poder intuitivo para expresar sonidos musicales creados por nuestra imaginación, que transcienden el uso normal de nuestros sentidos y parecen no tener fronteras, significado racional o contraparte material en la vida real.

En sus ensayos Arte y Revolución, Opera y Drama, etcétera, Richard Wagner lucha por una coherencia en las artes, y trata de inventar una figuración que integre los instrumentos musicales y la canción–letra en una nueva modalidad de arte.

El ideal de una singular y conjugada creación de todas las artes puramente humanas como la poesía, la música y la danza, con la arquitectura, la pintura y la escultura, solo tenía antecedentes en el drama griego; por eso las representaciones modernas del teatro griego están cercenadas, pues en ellas faltan la música instrumental, la danza de los intérpretes, el canto coral, la escenografía de pinturas, las estatuas. En su El anillo de los nibelungos, Wagner fracasa en la forja de este aparatoso propósito. La ópera moderna también personifica este empeño de una manera muy primaria y mecánica.

A partir de Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven, hasta Igor Stravinski el prodigio musical del siglo XX, la música occidental escapa a su prisión monacal, eclesiástica y cortesana y se transfigura en la más admirada, seductora y asombrosa manifestación de las artes existentes.

Lo apolíneo y lo dionisiaco son como potencias artísticas que brotan de la naturaleza misma sin mediación humana. El ser humano no es ya un artista sino que se ha convertido él mismo en una obra de arte. Aquí Nietzsche reconoce un arte dado como natural hegeliano en el cual se presenta la expresión mayéutica en todos los organismos vivientes, donde el humano es uno más.

En la música nacionalista se mantenía fuerte la presencia romántica por todo el Viejo Continente, en torno a las figuras de Richard Wagner, Giuseppe Verdi y Nikolái Rimski–Kórsakov. En 1850, cuando la música de Schumann estaba en su apogeo, y el húngaro Franz Liszt estrenaba en Weimar el Lohengrin de Richard Wagner, no se presagiaba el fin del romanticismo.

Wagner se hallaba enfrascado en su proyecto de crear una ópera alemana para sacudirse de la estructura formal de la ópera francesa, que resulta evidente en sus óperas: El buque fantasma, Tannhäuser e incluso Lohengrin, con el ciclo de El anillo del nibelungo.

La fuerza épica le ofrece la leyenda en la construcción de la música engarzada con el ideal de la nación, donde el concepto de redención adquirió plena significación política. El ciclo operático mitológico llevó a Wagner del optimismo de Ludwig Feuerbach al pesimismo schopenhaueriano contenido en Tristán e Isolda. Wagner descubrió la función sinfónica de la voz anticipada por Beethoven. Pero sería Verdi, al otro lado de los Alpes, quien agotaría el lenguaje musical con la introducción de la atonalidad.

En Verdi, la cumbre de la ópera italiana, el romanticismo de sus antecesores se elevó por encima de los temas legendarios, al encarnar el ideal nacional frente a la opresión austriaca en la fuerza de sus coros, como ocurre en Nabucco o en I Lombardi, convertidos en himnos del Risorgimiento. Frente a los heroicos personajes de Wagner, Verdi opuso la realidad de la vida, haciendo uso del tratamiento vocal y el melodrama. En sus dos últimas óperas, Otello y Falstaff, aparecieron las últimas formas tradicionales, dando paso al naturalismo vocal.

Los rusos y checos buscaban una música culta propia con los elementos procedentes de la música tradicional autóctona. Bedrich Smetana fundaría la música nacional checa, junto a su discípulo Antón Dvorák, y al moravo Leos Janácek.

Fue el caso en Rusia de Mijaíl Glinka, que funde el motivo popular en la estructura musical italiana, corriente que se consolida con la aparición de Modest Mussorgsky, Alexander Borodin, César Cui y Rimski–Kórsakov, impulsados por Mily Balakirev, sin olvidar la figura de Alexander Dargomichski. Al lado de ellos figuró Piotor IlichoTchaikovsky, llevando a sus extremos la fantasía sinfónica romántica beethoviana.

Con el compositor alemán Johannes Brahms nace el eclecticismo que trataba de enlazarse con las grandes creaciones sinfónicas clásicas, en especial los cuartetos de Beethoven, frente a la liviandad de la música romántica. La confrontación entre el sinfonismo dramático de Wagner y el puro de Brahms polarizó toda la creación musical alemana hasta la destrucción de la tonalidad por parte de Arnold Schönberg.

Brahms recuperó la tradición sinfónica de Beethoven y Franz Schubert, pero huyendo de la carga dramática del romanticismo. El realismo halló continuidad en el exacerbado naturalismo de la Carmen de Georges Bizet, en la ópera cómica, en el verismo italiano y en las zarzuelas.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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