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Baquero: La poesía como metáfora de Dios

Baquero: La poesía como metáfora de Dios

Baquero: La poesía como metáfora de Dios
mayo 08
18:45 2014

Celebramos el centenario de Gastón Baquero. Una celebración menor, pequeña comparada con la inmensidad de su poesía. Pero allá donde esté, estará seguramente sentado en sus amadas estrellas, como suplicaba en su poema Retrato (“solo quiere una cosa, solo una:/ descubrir el sendero que lo lleve/ a hundirse para siempre en las estrellas”). Allí quería estar, y allí estará, en su augusta soledad, tal y como advirtiera en su Soneto para no morirme: “De súbito comprendo que ni ahora ni luego/ arrancaré mi nombre al merecido olvido/ ya no podré librarle de las garras del fuego/ no podré levantarlo del polvo en que ha caído./ No he de ser otra cosa que un sofocado ruego,/ un soneto inservible y un muro destruido”.

No Poeta, no mereces olvido. Y aquí estamos, como unos pocos han estado en otras partes, recordándote en tu centenario. Para que no mueras. Para que tu poesía viva. Para que podamos ayudarnos a vivir con ella. Porque tu poesía nos conmueve y esa conmoción nos salva. Nos enriquece. Nos reconcilia con nosotros mismos, en nuestra soledad y abandono de significados, y con Dios. Nos reconcilia con el niño de siempre que somos y con nuestro propio destino. No otro es el sentido último de la Poesía. De la poesía de Gastón Baquero.

Texto publicado en 1999 y revisado para el centenario del poeta, leído el viernes 9 de mayo de 2014 en la tertulia La Otra Esquina de las Palabras.

Gastón Baquero concibe la poesía como búsqueda de lo trascendente salvador. Refiriéndose a Verlaine nos dice: “La creciente reaparición de la poesía como forma de salvación requería ante todo, y es una de sus características, la purificación de las palabras, la adanización de ellas, a fin de que el hombre volviera a descubrir la gloria de nombrar las cosas, de fundar el mundo con la palabra”. Esta concepción del poetizar como acto de fundación y salvación va a emparentar al poeta con Dios, porque obviamente fundar y salvar por el verbo son funciones divinas, en este caso trasladadas, delegadas, según el entender de Baquero, al poeta. Honda convicción que va a marcar nítidamente el arte de Gastón.

Pero nuestro poeta asumirá su quehacer con una gran humildad, porque él se sabe no Dios. Él se sabe no más –y no menos– que un niño inocente. Humildad e inocencia que, desconociendo la perniciosa petulancia de la cultura moderna, cientista e industrial, constituyen las condiciones para la manifestación continua del asombro, para el sentido de la maravilla cotidiana, para el disfrute de la aventura que Dios nos ha regalado, para angustiarnos ante cualquier aparente abandono, ante la nada reflejada en el espejo, y el reclamo, secreto o no, de ir siempre de Su mano. No se trata de una postura antimoderna, sino de conciliar, equilibrar la modernidad –la ciencia, la tecnología– con la espiritualidad. El marxismo, el positivismo y otros ismos han hiper-racionalizado, han hiperbolizado ciencia y razón contraponiéndolas a la espiritualidad, con terribles consecuencias. La ciencia, la técnica, la industria, no tienen que ser excluyentes con la espiritualidad.

Pero volviendo a la poesía baqueriana, Baquero busca esa espiritualidad. En ella nos descubre que los niños, en su inocencia, en su capacidad imaginativa, en su poder de metaforizar, asumen profundamente cualidades de Dios. Éste es, creo yo, el sentido profundo de “Palabras escritas en la arena por un inocente” y de toda la poesía de Gastón. Veamos los majestuosos versos:

 

 

Dejemos vivo para siempre a ese inocente niño.

Porque garabatea insensatamente versos en la arena.

Y no sabe si sabe o si no sabe.

Y asiste al espectáculo de la belleza como al vivo cuerpo de Dios.

Y dice las palabras que lee sobre los cielos, las palabras que se le ocurren, a

sabiendas de que en Dios tienen sentido.

Y porque asiste al espectáculo de su vida afligidamente.

Porque está en las manos de Dios y no conoce sino el pecado.

Y porque sabe que Dios vendrá a recogerle un día detrás del laberinto.

Buscando al más pequeño de sus hijos perdido olvidado en el parque.

Y porque sabe que Dios es también el horror y el vacío del mundo.

Y la plenitud cristalina del mundo

Y porque Dios está erguido en el cuerpo luminoso de la verdad como

en el cuerpo sombrío de la mentira.

 

Para Baquero Dios existe, es el gran fundador y salvador, aunque el hombre –su creación suprema– haya usado de sus facultades delegadas en el arrogante intento de sustituirle. La poesía de Baquero, de firme raíz humana y terrenal, con firmes goznes existenciales, está al mismo tiempo permeada de un genuino misticismo esencial. Leamos este fragmento de “Palabras de Paolo al Hechicero”:

 

No hay un himno nupcial para nosotros: somos el espejo de la nada.

Pero yo escucho entorno nuestro toda la música del cielo,

Y cuando estamos tú y yo ofrecidos en nuestra miseria a Dios,

Cuando interrogamos con nuestro sufrimiento al creador de toda herida,

A la luz de todo misterio, a la clave de todo jeroglífico,

Nos bendice desde las últimas estrellas la música celeste,

Y comprendo que sólo Él puede perdonarnos, porque sólo Él nos ama

Y nos comprende, ya que nos ha creado como abismo y misterio, también para Su gloria.

 

Pero al poeta, aún cuando busca denodadamente el encuentro con Dios, la soledad y la angustia existencial no le abandonan.  En “Silente compañero” nos dice:

 

Y nadie sabe por dónde anda ahora Dios, a esta hora del día o de la noche,

Ni en cuál estrella se encuentra renovando su curioso experimento,

Ni por qué no deja que veamos la clave de esta trampa,

La salida de este espejo sin marco,

Donde de tarde en tarde parece que va a reflejarse la imagen de Dios

Y cuando nos acercamos trémulos, reconocemos el nítido rostro de la nada

 

El misticismo de Baquero, su intuición de lo absoluto, su religiosidad, son auténticos, aunque a veces se nos muestre un tanto mundana su poesía. En definitiva, todo lo mundano es también divino, ya que todo es obra de Dios. Asimismo, para nuestro poeta todos los acercamientos a Dios son válidos, aunque el hueso de su creer será siempre cristiano. Por otra parte, hay en su poesía como un acto de rebeldía frente al deicismo de la Modernidad, con todas las quiebras que el mismo ha acarreado. Baquero busca con su poesía la reconstrucción de Dios, contribuir a su gran metáfora. Participa de la idea de que la Modernidad puede definirse, precisamente, como la época deicida en la historia del hombre.

 

A fuerza de creernos dioses, de hacer valer nuestra condición de “imagen y semejanza”, de desvelar algunos de Sus misterios, e incluso de ser capaces de destruir parte de Su obra creadora, molestos en el fondo por Su competencia y envidiando Su poder, nos hemos ido deshaciendo de Dios. Al cabo estamos desorientados, confundidos, muy solos. Nos pasa lo que a los niños del poema baqueriano:

 

Cuando los niños hacen un muñeco de nieve

Ellos no saben que juegan a Dios,

Autorizados por Dios.

 

Octavio Paz ha señalado que “la Modernidad comienza como una crítica de la religión, la filosofía, la moral, el derecho, la historia, la economía y la política”, para concluir más adelante que “hoy asistimos al crepúsculo de la estética del cambio (…). No es el fin del arte (…) es el fin de la estética fundada en el culto al cambio y la ruptura” (La Otra Voz). Como todos los cultos que el hombre se ha inventado sustituyendo al de Dios, este del arte del cambio y la ruptura ha devenido, más de una vez, en puro engolamiento imaginero. Un arte que ha pretendido sintonizar y aún adelantársele a un mundo en permanente paritorio –con frecuencia fórceps– y de recurrente iconoclastia.

Un mundo que el hombre hace cada día distinto y un arte que cada día quiere ser distinto. Mundo y arte que no pocas veces se nos presentan irreconocibles. Un marchar compulsivo hacia adelante, borrados puntos de partida y de destino. Querer ser dejando de ser. Conseguir perdiendo. Así, la máquina del mundo y la excesiva humanidad y escasa humildad del hombre lastimaron al poeta, difuminando el hálito sagrado de la poesía. Baquero conmina a su rescate. Y este rescate tendrá que referirse a los temas, al tono, al color, a todo el arte de la construcción poética.

Gaston BaqueroErnesto Sábato escribe: “La soledad, el absurdo y la muerte, la esperanza y desesperación, son temas perennes de toda gran literatura…Pero es evidente que se ha necesitado esta crisis general de la civilización para que adquieran su terrible vigencia, del mismo modo que cuando un barco se hunde los pasajeros dejan sus juegos y frivolidades para enfrentar los grandes problemas finales de la existencia, que sin embargo estaban latentes en su vida normal” (El Escritor y sus fantasmas, pág.93). Y, ¿cuál es la crisis general de la civilización que percibe Sábato y que perciben tantos intelectuales y artistas? Nunca antes el hombre ha tenido mayor poder que ahora en el control de su entorno –discutibles costes aparte–. No puede legítimamente alzarse sobre la presente ninguna otra de las épocas pasadas, a pesar de los problemas muy duros que enfrentamos. ¿Por qué entonces hay mayor angustia? ¿Qué nos falta hoy más que antes? Estos son también los grandes temas de Baquero y cree que la poesía nos puede ayudar.

“El carácter sagrado del poeta ha regresado –afirma Baquero–. (…) El angustiado y maliciosamente desorientado hombre de la calle pide en el fondo, acaso sin saberlo, más poesía, más vaticinio, más profecías sobre su inmediato destino”. Lo sagrado y lo trascendente que habitan tanto en esas cosas pequeñas y despreciadas, en esas trivialidades supremas que se ocultan a nuestra tonta vanidad, como en la intuición de lo más complejo y universal. El conjunto infinito de lo inefable que la palabra del poeta nos va a regalar, a descubrir, nuevo y reluciente. Por eso, en medio de la sensación de desastre, el poeta nos invita a vivir en “Tristeza”:

 

Oyes decir que eres triste y te miras

el zapato deslustrado, saltado el botón

de la camisa, el plato de sopa

lleno de amargura.

Te extraña aparecer en el espejo

porque te sabes muerto. ¿Eres el tú

de ayer, el de mañana, el que nunca

fue, el sin destino?

Córtate el amarrado sufrimiento,

pásate la mano por la frente,

hazle una mueca al muerto del espejo.

Mira: en la ventana está

vestida de rojo, sonreída,

la paloma de todos los días. Te mira

fijamente, llena de compasión,

y te dice:

ponle en el pico al sinsonte otro granito de anís.

 

Baquero va a construir su personal sentido de lo trascendente; intuye nuestros vínculos con el todo, con el cosmos, con Dios. Así, en su entrevista con Susana Asenjo, nos confiesa:

“(…) También me seduce el macrocosmos, el universo. (…) Yo creo que una de las grandes desgracias que tenemos en el mundo es haber perdido la conexión con el cosmos”.

Sufre el poeta la desgarradura que nos supone la disolución de nuestras relaciones con Dios, y verso a verso nos avisa que nuestra salvación reside en la reconciliación. Su poesía es una lección iluminadora de genuino y, si cabe, de actualizado misticismo, teñido de variopinto colorido pagano. Ahora bien, el misterio, el vaticinio, la metáfora de Dios son por principio inefables, y el poeta lo siente y se procura como puede las formas, necesariamente no convencionales, para expresarlos. Por eso, tratar de entender su poesía –la poesía– empleando los métodos con los cuales entendemos lo no poético, es un intento viciado de origen, mucho más acentuado en la poesía moderna, que presenta como uno de sus rasgos más comunes la oscuridad. De ahí lo baldío de tantos esfuerzos hermenéuticos que buscan infructuosamente su desentrañamiento por medio de la lógica y la retórica: al final nos quedamos sin poema.

En el caso de Baquero, su instinto poético, el tamaño de su impulso y de su propósito, le plantean el necesario hallazgo de nuevos senderos estilísticos. El poeta no se propone entonces deslumbrarnos y aturdirnos con códigos oscuros y casi impenetrables, aunque tampoco puede desnaturalizar sus perlas.

Con justicia se ha observado cómo la poesía baqueriana es maestra de equilibrios entre los más aparentemente dispares lenguajes poéticos; cómo en él no hay locuras ni ortodoxias sintácticas y encuentra el camino exacto entre la oscuridad y el mediodía, porque el suyo es un lenguaje de amanecer. Sabe ir con elegancia, sin rupturas estridentes o viscosos amaneramientos, de la nota de más refinado cultismo a la tierna tonadilla popular. En sus mejores momentos estira el verso inusitadamente y su ritmo es el apropiado a la respiración y la emoción, suave y pudorosa. Es largo y cadencioso su verso como largas y cadenciosas son las constelaciones estelares, porque de allí vienen. Escoge las palabras como joyas que son, de los arcanos cofres olvidados y de las frescas minas. Juega con las palabras, con las imágenes, con las metáforas, y tiene su juego la fascinación y espontaneidad del párvulo que lo va descubriendo todo, que ante todo se asombra con fruición. Mas su juego nada estropea, sino que construye.

Las saetas de su mensaje sin falta centran la diana, siempre que esa diana sea el corazón del hombre. Sobre el sabroso trote de su verso suéltanse las bridas del espíritu, y nos dejamos conducir embrujados, casi a ciegas, vislumbrando, qué digo vislumbrando, viviendo el éxtasis de la belleza, que es también el de la verdad y el del misterio de Dios. Confirmación y enigma, en fin, relámpago iniciático: religioso. Pocos son los que han navegado tan majestuosamente por estas alturas. Pareciera que Dios no diera abasto y necesitara de la ayuda del poeta para la realización de su gran metáfora; para, ahora, cambiadas las circunstancias, ser nosotros –por intermedio del poeta– quienes hiciéramos la gran metáfora de Dios.

Construye el poeta lo más elevado que puede porque allí quiere dejar señales de su presencia. No es que fantasee preceptivas o mandos, es que conoce el camino que ha ido leyendo en los hitos y se ha propuesto, no sin rubor, dejar los suyos. No puede entonces dejarlos en cualquier sitio ni erigirlos de modo semejante a lo hallado. Necesariamente han de ser distintos. Su juego nos deslumbra y nos desarma, porque este niño que él es usa de sus juguetes como si fueran de su personal hechura, y creación de todos los tiempos, de un tiempo intemporal, el prodigioso tiempo baqueriano. Su arte se muestra a nuestra displicencia lectora, a nuestra dormilona crítica, a ratos barroco, a ratos hermético, a ratos cultista, o narrativo o prosaico. Da, a veces, la impresión de una atildada y soberana ola que ascendiera muy alto, cercana a las estrellas, y descendiera a ras del horizonte para continuar su vaivén hacia el infinito. Será sin brusquedades, en primoroso juego armónico que contendrá en sí todas las inarmonías. La sensación es única en su ambivalencia: de sencillez y grandeza. Es la inundación del ser por la poesía.

Baquero, arrollado existencialmente por lo que vendrían a ser los flecos de las colosales y grotescas rupturas de la civilización, que él intuye tempranamente y que no le sorprenden ni le enrollan, a pesar de la aureola iridiscente que traen, se aleja. Carga su estro y toma distancia. Es consciente nuestro poeta de cuánto le costará su refugio en la luz, pero él ha de acomodar su retina, ha de afinar su oído y ha de dar continuidad al vaticinio. Y lo hará desde la soledad, o mejor, desde lo que es la soledad para quienes no saben mirar sino desde el barro, pero que es en realidad su pletórica compañía: esa metáfora de Dios que es la poesía. No se desborda. Parece callado el orfebre durante años, mientras burila su gran metáfora, aquella que comenzara con “Palabras escritas en la arena…”, sin duda a considerar entre los más sabios y hermosos poemas escritos en nuestra lengua. Allí, como en Memorial de un testigo, como en sus Poemas invisibles, nos toparemos con el tímido temblor, el candor que enamora, la ternura suavemente escanciada y la prometeica fundación por un niño que es muy sabio en su inocencia, que es un hombre que percibe con sabia inocencia, porque es un elegido, las metáforas de Dios. Y las percibe con despacioso gusto, sin apuros, con el sosiego y la paz de quien sabe –humilde y confiado– que una vez alcanzada la revelación deberá comunicar la buena nueva, y deberá hacerlo con una palabra y una musicalidad nuevas que a la vez son ancestrales. Las de siempre y para siempre.

La poesía cubana y en lengua española tiene en Gastón Baquero a uno de sus Grandes Señores. Sería una pena –y una vergüenza– que no lo descubriéramos.

Terminemos con estos versos concluyentes:

 

Y siento que todo está escrito desde hace milenios y para milenios,

y yo dentro de ello:

escrita la desesperación de los desesperados y la conformidad de los

conformes,

y echo a andar sin más, y me encojo de hombros, sin risa y sin

llantos, sin lo inútil,

llevando de la mano a este niño, silente compañero,

o soñándole a Dios el sueño de llevar de la mano a un niño,

antes de que deje de ser ángel,

para que pueda con el arcano de sus ojos

iluminarnos el jardín de la muerte.

Sobre el autor

Orlando Fondevila

Orlando Fondevila

Orlando Fondevila (La Habana, 1942). Poeta y periodista. Opositor en Cuba y fuera de ella. Durante años ha trabajado como editor en la Revista Hispano Cubana, en Madrid. Ha publicado, entre otros libros, "Poesía desde el paraíso", "De cosas sagradas", "Resaca de nadas y silencios" y "El mundo aproximado", una compilación de su obra poética.

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1 comentario

  1. Excelente artículo
    Excelente artículo mayo 12, 23:18

    Mi felicitaciones a Fondevila.

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