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Boleto al paraíso, una película cubana para no olvidar

Boleto al paraíso, una película cubana para no olvidar

Boleto al paraíso, una película cubana para no olvidar
julio 23
14:30 2014

Impulsado por los lazos afectivos, no por los de un espectador crítico, me introduzco nuevamente en la trama del filme cubano Boleto al Paraíso y, tras superar la emoción familiar, aprecio que la película me resulta una vez más superficial y poco convincente. Pero a pesar de ello me será muy difícil olvidar los cuadros de la temática que en ella se aborda. Y sé que a muchos les sucederá lo mismo que a mí.

Persisto: Creo que el experimentado director Gerardo Chijona se ha quedado corto en su intento de llevar a la pantalla grande una etapa tan terrible para la sociedad cubana, y en especial para los jóvenes, como fue el bienio 1993-1994.

No podemos estar conformes con el contenido del discurso narrativo del filme los protagonistas directos –y no los espectadores pasivos de este absurdo capítulo de la historia contemporánea de Cuba, bautizado por los políticos con el edulcorado nombre de “Periodo Especial en Tiempo de Paz”. Es muy cierto que, tanto para un director de cine como para un artista o un escritor en Cuba, sujeto a la censura escolástica y asfixiante del Partido Comunista y del Ministerio del interior, es muy difícil, por no decir imposible, abordar con realismo crítico las problemáticas de  la sociedad cubana actual y, por ello, se ven todos obligados a transitar el manido sendero del consabido humorismo costumbrista característico de los cubanos, llamado por muchos “choteo”, para tratar de re-crear al público y de enmascarar así la realidad.

La película Boleto al Paraíso, en apretada síntesis, se propone de una manera muy discreta –y por supuesto que no lo logra– denunciar, o mejor dicho, poner al descubierto del espectador, el estado de marginalidad y de desesperación de la joven generación de cubanos de principios de la década del 90. Juventud engañada y manipulada hasta lo imposible con un añejo discurso futurista en el cual no se vislumbraba la certeza de un mañana. Juventud obligada a buscar, a cualquier precio, vías de escape a sus miserias.

Según la trama del filme Boleto al Paraíso, un grupo de jóvenes, inconformes con todo, decide romper con sus lazos familiares habituales y dar un cambio radical a sus vidas miserables. Después de delinquir, escapan del micromedio social, su pequeño pueblo rural, hacia la gran ciudad capital, para disfrutar de la tan ansiada libertad personal y de la música rock, género musical foráneo al que son adictos y que sirve al director como telón de fondo para justificar actitudes contestatarias y apolíticas.

Este fenómeno de culpar como enajenante al arte proveniente de Norteamérica, en este caso a la música rock, es un viejo diseño represivo en Cuba. Muchos de nuestra generación fuimos expulsados de clases y privados de algunas de las bondades del sistema por amar la música rock, dejarnos el cabello largo o tararear alguna balada de los Beatles. En aquel entonces se nos acusaba de ser víctimas y promotores a la vez de algo incomprensible para nosotros llamado “Diversionismo Ideológico”, y con esta culpa a cuestas nos cerraron las puertas de planteles escolares y escenarios recreativos, abiertas solo para los revolucionarios o para sus familiares.

Volvemos al filme Boleto al Paraíso y vemos a jóvenes inmersos en una crisis de la que no se sienten culpables. Ellos toman la errática decisión de viajar hacia La Habana con la presunción de que en la capital encontrarán oportunidades para labrarse un futuro. Pero la triste realidad es otra: la fría, contaminada e insensible gran ciudad, inmersa en la agonía de sus problemas propios, brinda lo único disponible: vicios, drogas, alcohol, prostitución, yumas, y un nuevo tipo de marginalidad de magnitudes desconocidas para ellos.

En medio de esta decepción es que algunos del grupo se enteran de que el tan añorado paraíso terrenal sí existe en la gran ciudad, un sitio de ensueño donde pueden vivir decentemente y un ambiente sano, en el que podrán disfrutar de los bienes y de los servicios tantas veces anhelados y solo vistos en las escenas de las diversionistas películas extranjeras norteñas, escenas donde se muestra alimentación abundante, ocio, televisión sin censuras y la mejor música rock del mundo. Es así como conocen que en las afueras de la ciudad de La Habana existe un reservorio, o mejor dicho un sanatorio, llamado Villa Los Cocos, que cuenta con unas condiciones de vida paradisiacas, donde todos los inquilinos disfrutan de forma totalmente gratuita de lo que para ellos representa la buena vida: platos exquisitos y abundantes, higiene personal, climatización en los locales y en los dormitorios, agua corriente y caliente en los servicios de aseo, y mucho tiempo libre para dedicar sin censuras al sexo promiscuo y a la estridencia musical. La única condición que se exige para residir en este oasis increíble y disfrutar de esta verdadera utopía comunista, es llevar en la sangre el virus del terrible VIH o SIDA.

boleto-al-paraiso-cartelEn el filme uno de ellos, llamado Alejandro, no ve otra forma de acceder a este paraíso que autocontagiándose con el VIH, y mediante la práctica del sexo indiscriminado y orgiástico lo logra, ganándose de buena gana el boleto de entrada al sanatorio forzoso para enfermos de SIDA en Cuba. El filme muestra la triste decepción que sufrirá nuestro joven amigo Alejandro, ya enfermo, el que descubre muy pronto que dentro del perímetro de las bien cerradas tapias del recinto hospitalario nada es idílico, que la vida discurre con los mismos matices y las mismas normas de convivencia que en el mundo exterior. Conoce y sufre entonces el comportamiento agresivo e inhumano de los obligados huéspedes, quienes ante la certeza de una muerte inminente no sienten el más mínimo pudor en exteriorizar sus inconformidades y sus miserias. El filme aborda de forma muy tímida los conflictos dentro del recinto hospitalario, aunque nos permite entrever con una fina y esmerada discreción que las relaciones humanas que imperan dentro del sanatorio Los Cocos se aferran a las mismas leyes que se manifiestan en la jungla pestilente y peligrosa que conforman los sórdidos arrabales de la capital cubana, a los que algunos artistas o funcionarios de buena fe llaman barrios periféricos o marginales.

Por último, la trama de la película recurre a la ya manoseada solución de los conflictos humanos mediante la desaparición física de uno de los causantes. Como dice el viejo refrán, muerto el perro se acabó la rabia, y para salvar un poco la honrilla y enviar de alguna forma un mensaje noble a los espectadores, deja un final abierto, con la joven amante enferma también e internada en el sanatorio-paraíso, pero anidando en su vientre un nuevo cubano (sin futuro como ella misma).

Insisto en que se obvia en el filme Boleto al Paraíso, por parte de Gerardo Chijona, los episodios más transcendentes en la capital cubana en ese año 1994, como lo fueron El Maleconazo y La Crisis de los Balseros. Pienso que el viejo director, consciente del poder de la censura en la Isla, lo hace a propósito, como tampoco se interesa en profundizar en las causales de los males de siempre: el alcoholismo, la drogadicción, y la prostitución de niñas y adolescentes. Sería quimérico pensar que hubiera podido extender el concepto de libertad esgrimida por los jóvenes en el filme a las libertades políticas.

Según el guión de la película, es la familia cubana la causante de todos los males que se manifiestan en los protagonistas. Se presenta a la familia como una institución social quebrantada y se deja intacta de cualquier valoración crítica la responsabilidad del gobierno o del partido gobernante ante estas deformaciones conductuales. Es más, se presenta a instituciones estatales como la escuela y la policía como las contrapartes buenas del conflicto, incluso se proyecta la imagen de una policía buena, constructiva y hasta torpe en algunas ocasiones.

Conozco personalmente el escenario que sirve de colofón a la película y no constituye ningún paraíso terrenal. Villa Los Cocos, una antigua finca de recreo perteneciente a una de las familias de abolengo de la época republicana, es un acogedor sitio al margen de la carretera hacia el Santuario del Rincón, a las afueras del pueblo de Santiago de Las Vegas, en los límites de La Habana. Pasé una temporada en este lugar cuando, a principios de los 80, la centenaria instalación servía como sala de recuperación del hospital militar naval. Es un lugar muy pintoresco y, por lo apartado del bullicio urbano, muy tranquilo, con una vetusta casona de dos plantas en el centro de la finca, construida con un refinado buen gusto y un gran sentido estético, que conserva intactas las finas decoraciones de alegorías mozárabes en la que abundan los vitrales y los azulejos cromáticos importados. A pesar de la cruzada destructiva de las décadas revolucionarias, la instalación ha logrado conservarse en el tiempo, con sus alegres fuentes de ninfas surtidoras, los amplios portales de arcadas y los pisos de mármol blanquísimo. Son admirables también en el sitio los bellos y cuidados jardines, floridos en todas las estaciones, y los parques interiores sombreados con inmensos árboles centenarios. El lugar, con un manto freático abundante y saludable, disfruta todo el año de un microclima refrescante. En resumen, es el marco apropiado para una vida paradisiaca.

Por desgracia, los inquilinos de hoy de la Villa Los Cocos no pueden disfrutar a plenitud de las maravillas que les brindan la naturaleza y el sistema sanitario cubano. Convertida desde hace algún tiempo en sanatorio para enfermos con el VIH o SIDA, alberga una población condenada a sufrir en silencio las secuelas de su mala suerte. Es cierto que han tratado de crear un ambiente distinto al mayoritario fuera de sus muros, y es como un oasis florido en medio de un vasto desierto de arena salada, pero los que adentro viven no conocen ni un momento de felicidad, ya que están sujetos a una reclusión forzosa y a un exigente y estricto control sanitario. Hasta este sitio de la geografía cubana llegaron los jóvenes del filme, después de auto-contagiarse con la enfermedad, en el afán de encontrar y de disfrutar de los placeres de este paraíso terrenal.

El filme Boleto al Paraíso no quiere abordar el asunto de frente, quiere que un espectador inteligente sea capaz de discernir el mensaje que cada escena de la trama lleva implícita y, al mismo tiempo, hacerlo cómplice involuntario de una obra aparentemente apolítica. Algo que, creo, al final el filme no logra. Faltó solidez argumental en los diálogos y, además, la crudeza del símil realista en las escenas filmadas dentro del sanatorio.

No debemos olvidar que el cine, como arte popular y masivo, puede incluso, si es de buena factura, trazar patrones de conducta paradigmáticos, por lo que pienso que el filme fue poco crítico con la decisión adoptada por los jóvenes, los que ven como única salida de su vida miserable el auto-contagio. Pero mientras la hipotética historia de Boleto al Paraíso acontecía, más de 25 mil jóvenes cubanos tomaban las playas como punto de partida y se lanzaban al mar en busca de sus paraísos personales, poniendo también en riesgo sus vidas, es cierto, pero con posibilidades más ciertas de lograrlo. Creo que infería de antemano el experimentado director Gerardo Chijona que, manejar o sugerir esta vía alterna como un boleto a este otro paraíso cercano hubiera sido la condena definitiva del filme a uno de los húmedos rincones de las bóvedas del edificio de la censura.

Como era de esperar, Boleto al Paraíso originó un gran debate desde su puesta en escena. Como sucede siempre en Cuba, la obra contó con un gran número de detractores pero también con el visto bueno de la crítica especializada interna, en especial del público y principalmente de los jóvenes, quienes la aplaudieron hasta la saciedad. No obstante todo lo que podamos criticar a Chijona, expresamos nuestro respeto por su larga y digna trayectoria como cineasta, perdonamos las limitaciones y aplaudimos su encomiable esfuerzo.

Sobre el autor

Gregorio A. Cejas

Gregorio A. Cejas

Gregorio A. Cejas nació en La Habana en 1959. Es Licenciado en Historia desde 1993 y en Derecho desde 2008. Ha colaborado en publicaciones hispanas como Cubanet, Prensa Libre, Letras y Voces News, Hola Miami News y La Voz de la Calle. Colabora con la Asociación de Educadores de La Florida y con la Asociación Internacional de Poetas y Escritores Hispanos de Miami. En Amazon pueden hallarse sus libros “El semientierro de mi abuelita” y “Santos Clon”, entre otros.

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