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Brasil más allá del fútbol

Brasil más allá del fútbol

julio 07
22:07 2013

He dejado pasar bastante tiempo antes de escribir sobre las ya cotidianas manifestaciones que asolan Brasil,  ese país que también me pertenece. Este distanciamiento intencional fue provocado por el dolor que siento al ver y leer sobre esos sucesos, en los que de seguro estaría involucrado si no fuese porque la ausencia física me imposibilita pisar esas calles. Esta combinación de factores me permitió conocer las respuestas que han dado los Poderes Ejecutivos – incluso el Federal – a sus impopulares medidas.

El hecho de que todos las hayan revocado no ha impedido la continuación de las mismas en este invierno Tupiniquim contrapuesto a la Primavera Árabe, pero con objetivos muy similares.

Para entender lo que está sucediendo en Brasil, es necesario antes de cualquier análisis aclarar que su pueblo es uno de los más nobles y generosos que existen. No deben dejarse engañar por lo que muestran las trasmisiones televisivas, que enfatizan las depredaciones y violencias perpetradas tanto por la población civil como por la policía. Esas imágenes no son representativas de la idiosincrasia nacional. Puedo afirmarles esto con absoluta certeza, ya que viví 18 años en ese país, que hoy es mucho más mío que aquella Isla que me abortó.

Las escenas de protestas demuestran que la insatisfacción popular ha llegado a límites inimaginables para una nación que siempre se ha caracterizado por su tradición pacifista. Si observamos la reciente historia brasileña, veremos que las dos últimas grandes protestas que enfrentó el país ocurrieron en la histórica transición de la dictadura a la democracia entre los años 1983 y 1984, conocidas con “Diretas Já”, las cuales pedían el derecho a votar directamente para presidente. De esas manifestaciones salieron Fernando Henrique Cardoso y Luiz Ignacio Lula da Silva, futuros presidentes de la nación, entre muchos otros políticos que hoy dominan la escena nacional. La otra gran manifestación fue en 1992, organizada y dirigida por Luiz Ignacio Lula da Silva y su deshonesto Partido de los Trabajadores (PT) pidiendo el Impeachment del presidente Fernando Collor de Mello por cometer un crimen de corrupción mucho menor al que años después él y su partido practicarían. Tan es así que hoy Collor de Mello es Senador de la República y aliado del gobierno petista, después que Lula le pidiera disculpas públicamente por su casación.

La subida del precio del transporte público fue solamente la gota de agua que desbordó el vaso de una población cansada de pagar los mayores impuestos del mundo, sin ver ninguna mejoría en los servicios públicos que supuestamente deberían beneficiarse de esa alta carga tributaria. El Estado fue/es incapaz de perfeccionarlos, y los ejemplos más representativos de esa inhabilidad son el Sistema Único de Salud (SUS) y el transporte público, imprescindibles para gran parte de la población.

A lo ya escrito debemos sumar los elevados niveles de corrupción política y social que siempre han existido en esa tierra tan querida, pero que los menos favorecidos pensaban tendrían una solución cuando votaron casi masivamente por Lula para ocupar la Presidencia de la República. Esa tan deseada limpieza ética y moral pregonada por él y su Partido cuando eran oposición, y que usaron como paradigma de la campaña electoral que lo llevó a ocupar el más alto cargo del Gobierno, nunca sucedió. Por lo que es lógico pensar que una considerable parte de sus votantes derramaron sus frustraciones en este llanto callejero que hoy nos deja perplejos.

El gobierno de la presidente Dilma Rousseff está pagando merecidamente las cuentas dejadas por su partido y en especial por su antecesor. Lula idealizó y puso en funcionamiento con la ayuda de José Dirceu –el todo poderoso e intocable Ministro de su Gobierno– el mayor escándalo de corrupción que el país haya conocido, llamado de “Mensalão”, y que consistía en una jugosa cantidad de dinero público robado al erario por el Ejecutivo encabezado por él con el objetivo de pagar una mensualidad a los parlamentarios para que votasen siempre a favor de su gobierno y no de los intereses del país.

Antes de seguir analizando la situación actual, no podemos ignorar que Dirceu vivió un exilio de terciopelo entre Varadero y La Habana, donde incluso se le hizo una operación plástica para cambiarle el rostro y devolverlo clandestinamente al país con una nueva identidad. A quien aún dudaba del verdadero sentido del Internacionalismo Proletario, espero que después de esta notica no le quede ninguna duda de que ese sustantivo no es más que una máscara usada por la izquierda universal para ocultar su verdadero objetivo, la intromisión en los asuntos internos de cualquier país, cosa en la que dictadura castrista se especializó. Por eso es natural imaginar que esas técnicas de corrupción las aprendió en su placentero exilio cubano.

Habría estado en lo cierto si Pepe (Zé) no se hubiese olvidado que en Brasil todavía existe la independencia de poderes. Quizás el exceso de confianza en el corrupto esquema que montó, y el hecho de sentirse –hasta hoy lo cree– por encima de cualquier ley, le impidió visualizar la que ahora es su realidad. El Supremo Tribunal Federal, la última instancia del Poder Judiciario Nacional, se encargó de juzgar y condenar a todos los involucrados en la mayor vergüenza que ha conocido la nación, incluso a la histórica y fundadora cúpula petista –incluyéndolo a él– creadora de toda esa aberración.

Otro punto importante y posiblemente desconocido o ignorado por la prensa internacional con la sutil intención de no molestar a los poderosos, es que la mayoría de las empresas de transporte público pertenecen a políticos que ganaron licitaciones muchas veces fraudulentas, recibiendo del Estado una cantidad inmensamente desproporcionada en relación a la pésima calidad de los servicios prestados. Esa práctica se repite en los medios de comunicación que solamente denuncian las podredumbres provocada por los adversarios de sus dueños, y al parecer es aceptada por toda la prensa internacional.

Volviendo a las manifestaciones, los que ostentan el poder desde hace 11 años declaran públicamente a través de Gilberto Carvalho, Ministro de la Secretaría General de la Presidencia de la República Federativa de Brasil, cargo que ocupa desde el gobierno anterior, que el actual Ejecutivo no ha podido entender las protestas populares que han representado una pérdida  de 27% en la popularidad de la actual presidenta, llevándola al más bajo nivel de aceptación popular, algo que no sucedía desde el mandato del expresidente Collor de Mello. El señor ministro dice que no hay un líder para negociar el fin de las protestas. En realidad lo que deseaban era un líder para corromper, como han hecho en todo el país.

Para ellos es difícil entender que las redes sociales se han convertido en el mayor fiscalizador de todos los gobiernos, sin importar la ideología que profesen. Brasil puede y debe ser ejemplo por su tamaño y por su importancia político/económica/geográfica para el continente americano, que en los últimos años ha tenido un retroceso democrático contrario a cualquier desarrollo individual o colectivo. Creo que ese despertar puede ser el fin de los gobiernos populistas latinoamericanos que se han robado el verdadero sentido de la palabra democracia. Ojalá no me equivoque.

http://escombroshablaneros.blogspot.com/

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Sobre el autor

Javier Iglesias

Javier Iglesias

Javier Iglesias (La Habana, 1963). Poeta, traductor, guionista. Ha publicado el poemario “Mapa de soledad” y en Brasil obtuvo el 1º Premio “Filma Brasilia” con el guión cinematográfico “O Comendador”, filmado en 2001. Coordina el blog Escombros Hablaneros, seleccionado entre los 100 mejores de Brasil. Es miembro de la Comisión Organizadora de la Bienal Internacional de Poesía de Brasilia y del Sindicato de Escritores de esa ciudad. Actualmente vive en Miami.

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