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Busca un lugar donde nacer

Busca un lugar donde nacer
enero 07
00:32 2016

 

Cuando se bajó del bote que lo trajo a Cayo Hueso desde la isla de Cuba, aquel verano incandescente y plagado de mosquitos, un hombre alto con gafas de sol lo había tomado por el brazo al pisar tierra firme y lo había conducido a una enorme nave de placas metálicas donde le dejaron tomar una ducha y le dieron de comer. “No te preocupes –le había dicho el hombre alto con las gafas de sol–. Esto se parece tanto a Cuba que al poco rato de estar aquí vas a creer que nunca abandonaste la isla”.

Había estado en alta mar por más de quince días. Días que muy bien podía definir como la antesala del infierno. Durante el viaje, la muerte había utilizado los instrumentos de su oficio sobre el cuerpo agobiado de Agustín Soriano, su amigo pescador de muchos años. El viejo Soriano había hecho posible que él estuviera ahora sano y salvo en tierra americana.

Varios meses atrás, le había rogado al pescador para que lo llevara con él en su viaje al norte. Porque en realidad, llevaba años buscando una salida de la isla como fuera.   A él le gustaba ir a nadar todas las tardes a la costa. Por eso poco a poco se fue dando cuenta de que Agustín Soriano planeaba fugarse de Cuba en su bote de pesca para unirse en el Norte a su única hija y a sus dos nietos.

Una tarde se quedó observando al pescador por un rato debajo de una uva caleta. Este estaba recogiendo pacientemente las redes para salir al mar en la oscuridad de la noche. Se le acercó. “Sé que planeas irte, Agustín”, le dijo. “Me quiero ir contigo”.

Al oír el pedido, el viejo Soriano primero negó lo del viaje con una risa nerviosa. Él continuó con su rutina de todas las tardes de regresar a la costa y unos días más tarde entabló otra conversación con el pescador y éste le contestó que sí, que él se iba de aquel horror, pero que temía que el bote no tuviera suficiente espacio para ellos dos. “Te aseguro que si me dejas ir contigo, te llevo cargado hasta llegar. Y sin ningún problema”, había añadido con una sonrisa en los labios.

El viejo pescador no le contestó ese día. Movió la cabeza de un lado o otro y siguió colocando las redes dentro del bote. Aceptó su derrota. Regresó a su casa y no durmió en toda la noche. Sin embargo, dos días antes de la partida, el viejo Soriano lo había esperado bajo la uva caleta porque tenía que hablarle. El cielo sobre el mar se veía nublado y lleno de gaviotas revoloteando a diestra y siniestra. “He cambiado de idea”.

“Sólo sé que pasó por este mundo como una paloma fugitiva: / la olvidé sin quererlo, lentamente…”. Nicanor Parra.

Después le dijo que estaba muy viejo para andar por esos lugares del mar tan solitarios, por lo que estaba de acuerdo con que alguien lo acompañara. La decisión le había costado al pescador su propia vida. Habían tenido que compartirlo todo: desde el agua hasta las pesadillas. Él, más joven, sobrevivió la travesía. El viejo no pudo resistir los horrores descabellantes del océano. La noche en que murió él mismo había bajado su cuerpo muy despacio hasta verlo sumergido por las olas en un pedazo de mar turbio y sin otras esperanzas.

Hubo momentos en que ya sin rumbo alguno entre las oscuras noches del Estrecho de la Florida, pensó que también moriría. Sólo la muerte podría concluir la odisea de un hombre ordinario buscando un ripio de libertad elemental.

En los momentos más críticos del viaje, le dio por fantasear tirado a lo largo del bote. En la noche echaba la vista hacia un recodo fantasmal de la pantalla gigantesca que formaban las estrellas en el cielo y se ponía a tono con el resplandor acogedor. Entre sus memorias se veía vestido de blanco, como si estuviera entrando a una iglesia a tomar la primera comunión. Su madre le tomaba de una mano y le hacía que se arrodillara frente al sagrario. Acuérdate que la hostia no se mastica –le decía con los ojos enormemente abiertos. Otras veces, luchaba con acarrear su supervivencia entre un hato repleto de recuerdos mucho más tristes. Aquellos que se habían quedado apolismados junto a la máquina de coser de su madre o en un recodo polvoriento del patio de la escuela donde conoció de niño a su novia Lucila.

Su madre había enviudado de joven. Cosía para afuera. Ella sola mantuvo a la familia hasta que él, a la edad de diecisiete años, comenzó a trabajar como cartero. Sin embargo, lo que más le gustaba de su madre era verla dando puntadas apresuradas para hacerle los dobladillos a los tantísimos vestidos de las mujeres del pueblo que siempre tenían una razón para estar apuradas. La hija de Adela necesita una blusa para esta misma noche. Su madre había repetido aquellas palabras una y otra vez para que él pudiera guardarlas para siempre en un hueco ovalado de su conciencia.

Los dedos de su madre parecían nadar entre la tela. Con una delicadeza única se confundían con las fibras del tejido como si hubiesen sido hilos en la textura del lienzo.

Su madre estaría ahora recostada a la máquina de coser pensando en él. No le había contando los detalles de la fuga, pero sí le había dejado saber su decisión.   La mujer lo escuchó en silencio sin derramar una sola lágrima. La noche antes de su partida, la sintió sollozando junto a la máquina de coser. Sin embargo, ella comprendía que el mundo de Cuba se había ido cerrando poco a poco sobre la anatomía de su único hijo al extremo de que no le quedaba un espacio legítimo donde recostar su realidad.

Era cierto. Las vicisitudes diarias de la isla lo estaban ahogando. Aquel lugar que para él había sido un día el principio y la secuencia de sus más indefinibles deseos, se había tornado convulso y careado por el miedo. Las calles de su pueblo se ahogaban en una suerte de sobresalto sin límites. Las voces de la gente se perdían bajo el silencio de un espanto existencial. Hasta el color del mar se había vuelto martirizante como la ponzoña de un alacrán. En un lugar del Norte, le había oído decir a mucha gente, se encontraba aquel lugar perfecto que él amamantaba en su conciencia.

Su otro recuerdo provenía de Lucila, su novia. Lucila había sido su compañera de escuela desde niños.   Fue en sexto grado cuando comprendió por primera vez que no habría en todo el mundo otra mujer para él. Lucila lo miraba desde una esquina del patio de la escuela durante el recreo mientras mordía con lentitud ecuánime un pedazo de matahambre que guardaba siempre en su cartera. La cara de Lucila destellaba un viso delicadamente pálido y para él todo lo incoloro era sinónimo de fragancia. La última noche que habló con Lucila se dio cuenta que estaba temblando de pies a cabeza. Desde un punto atolondrado de su corazón la sangre no le quería fluir a la garganta. Lucila le preguntó si sentía mal, pero él nunca le había mentido a la muchacha y prefirió quedarse callado. Pensó que era lo mejor. Se despidió de ella con un beso simple y con los ojos cerrados. Le pareció que en ese mismo instante una puerta divina se estaba cerrando para siempre a sus espaldas. Algo le decía que nunca más la volvería a ver.

Pero había llegado al Norte. Estaba vivo. Le habían dicho que era un hombre libre. También le habían asegurado que aquel paraíso donde ahora yacía medio moribundo era una réplica de la isla abandonada. Él depositó una sonrisa corta en la cara del oficial militar americano que le hizo varias preguntas en un castellano antiguo. Contó lo del bote, lo del viejo Agustín Soriano, su muerte. Todo.

 Segunda parte

Había llegado a Hialeah un viernes en la tarde y en menos de una semana ya estaba trabajando de camarero en un restaurante.   Por las tardes, cuando salía del trabajo, caminaba por horas por las calles caprichosas de la ciudad. Buscaba esa esperanza de su tierra natal que le había anticipado tanta gente, pero comprendía a diario, al final del día al regresar a su apartamento, que allí no estaba Cuba.   No veía ni tan siquiera la orilla del mar. No se sentía atraído por el olor piloso del aire floridano. Hasta la vegetación era translúcida y espigada por una lozanía blanca como los detergentes.

En el restaurante conoció a un turista cubano de Nueva Jersey. Tenía una cara muy triste, pero le pareció tener cierta expansión idealista y un poco más de esa visión terrenal que exuda el que anda buscando la tierra perdida. En Nueva Jersey –le había dicho el turista cubano– te vas a sentir como si vivieras en un pueblo del interior de Cuba. Tomó un ómnibus un siete de septiembre. Se dio cuenta de que ya había estado viviendo en el Norte por casi tres años. Por primera vez en su vida contempló desde la ventanilla del vehículo la opresión de las distancias. Al cabo de las veintitantas horas largas de viaje arribó a Union City. Esa misma noche, sentado en la butaca del cuarto de la sacristía de la iglesia donde lo habían alojado, tomó una cuartilla de papel y comenzó a escribir:

Mamá, estoy en otro lugar; otra distancia mucho más larga se tiende entre tu vida y la mía, pero no temo. Algún día estaré en el lugar donde debo estar. Y ese mismo día, sea como sea, iré por ti y te traeré conmigo para siempre. ¿Has sabido algo de Lucía?

Se quedó dormido con la cabeza a medio lado en la butaca.

No tuvo queja alguna de los cubanos del área. Lo alojaron en una iglesia católica de la calle Park. Le brindaron almuerzo y comida. En general, lo trataron bien. A los pocos días volvió a la rutina de buscar empleo. Esta vez, comenzó a trabajar en una gasolinera. El lugar quedaba frente al río Hudson, con una impresionante vista de los rascacielos de Nueva York. El espectáculo de los altos edificios apilados unos junto a otros le hacía nudos en el estómago.   Cuando al fin se atrevió a cruzar el Lincoln Túnel para visitar la ciudad sintió muchísima pena al notar el aturdimiento malsano que ofrecía una metrópoli que parecía haber perdido rumbo y definición. Si de algo estuvo seguro en los dos largos años que vivió en Nueva Jersey era de que aquel lugar no podía jamás parecerse a nada, absolutamente nada. Además, había sido allí donde recibió la última carta de su madre, corta, escueta, simple:

Hijo: no te preocupes por mí. Tú sigue tu camino, sigue esa luz, la misma que despliega ante tus ojos. Eso es lo único que vale en toda la vida. No la dejes ni un instante ir, porque tal vez no la encontrarás de nuevo. De Lucía, me da lástima tenerte que informarte que murió de su primer parto. No te lo había mencionado nunca, pero se casó unos meses después de tu ida.   Ya, la pobre, es solo historia.

Paseándose un día de otoño por el Madison Square Garden, conoció a una muchacha joven. Era húngara. Trabajaba en un circo extranjero que estaba de gira por la ciudad. Se enamoró no tanto de ella como persona, sino de su extraordinario equilibrio. Era una contorsionista acrobática increíble. Hacía con su cuerpo todo lo que le daba la gana. Comenzó a visitarla en su hotel de la octava avenida todas las noches.

Él le había dicho después de una función del circo que andaba buscando el lugar donde nació, pero que no podía encontrarlo en lugar alguno. “Entonces, tienes que venirte con nosotros. En algún paraje de este mundo lo encontrarás”, le había dicho ella sonriente. En el circo necesitaban un payaso que hiciera el papel de un ángel para un acto muy popular con los niños. Aceptó enseguida. Unos días después partían para California.

Tercera parte

En realidad no se dio cuenta del desconcierto alucinante que posee el tiempo. Anduvo de puerto en puerto y de tierra en tierra desposeído de toda dimensión circunstancial para lograr darle entrada a un montón de memorias añejas que habían desaparecido de los límites de sus recuerdos. La contorsionista húngara lo había abandonado por un marinero griego en la isla de Samos. No sin antes decirle cara a cara que era un hombre perdido del mundo. “Mejor para ti es estar muerto, y yo con muertos no me acuesto”.

El siguió con la tropa del circo haciendo el papel de ángel con la única esperanza de toparse un día con el final del mundo. Tal vez allí encontraría a Cuba. Una noche, después de la función, caminando a solas por una calle de Praga, vio a una muchacha que salía de un cine. Creyó que era Lucila. Es más, tenía las mismas facciones y hacía los mismos gestos con las manos. Como esas muchachas nacidas en una tierra ideal, como su novia.

Se acercó a ella y la llamó por su nombre. Lucía, Lucía… La muchacha sonrió y le murmuró un grupo de palabras que él nunca logró descifrar. Después el circo viajó por Alemania y Francia hasta llegar a Barcelona. Fue en esta ciudad donde se sintió más desolado que nunca, porque aunque la gente hablaba su mismo idioma, las palabras se le iban trocando en un remolino de cosas disímiles y sombrías. Esa noche, se sentó a la mesa y escribió una larga carta a su madre:

Mamá, nada parece ser lo que era. No quise nunca decirte nada porque temía a algo que no tiene en mí una definición. Te sigo extrañando como el primer día. Pero me duele que no haya podido volver a soñar contigo. Sin embargo, a Lucía la veo en todas partes, como si fuera un fantasma que no deja de perseguirme…

En Portugal, en el puerto de Setúbal, después de una función, deambuló por el muelle para escuchar el ruido del mar rozando con su lengua los relieves de la costa. ¡Cuánto le gustaba el mar! Cerró los ojos y trató de imaginarse un mundo nuevo, un costado de realidad que pudiera ofrecerle la falta de aquella otra existencia sin nombre. Pero el mar estaba tan silencioso que sintió pavor. Salió corriendo por una calle vacía del puerto.

De regreso al circo, se topó con un viejo rodeado de un grupo de gente. Este vendía botellas de un líquido blanquecino que, según él, devolvía los mejores recuerdos. Compró dos botellas; a peso cada una. Se las tomó en varios buches. Esperó unos minutos. No recordó nada de todo lo que ya había olvidado en la rutina de su vida. Volvió al grupo y se acercó al viejo sigilosamente. “Esto es basura, amigo”, le dijo lanzando la botellas vacías al suelo. El viejo se echó a reír. Guardó todas las botellas en una maleta de cuero y caminó junto a él hablándole en un español corroído por la antigüedad. Aquí tienes tu dinero. El viejo le devolvió los billetes que él aceptó. Después estuvieron conversando juntos por un buen rato hasta llegar a la bahía.

“Llévame a América contigo”, le suplicó el viejo vendedor. En ese mismo instante, con el olor a mar sobre su cara, recordó la figura consumida del viejo Soriano echado sobre el bote, muerto, mientras navegaban las solitarias aguas del estrecho de Florida. A alguien le debo esta promesa. Por eso te llevo conmigo. “¿Ves? Ya sabía yo que te traería el líquido mágico los mejores recuerdos”, respondió el viejo con una sonrisa gorda en los labios. Lo ayudó a esconderse entre los cajones del circo y lo trajo de polizón a los Estados Unidos. Llegaron al puerto de Galveston, en Texas, un veinticinco de marzo.

Epílogo

El circo estuvo de gira por dos años por el suroeste de Estados Unidos. Las aguas adustas del Golfo de Méjico lo hicieron soñar con telarañas gigantes por varias noches seguidas. Comprendió que había caído, con el paso del tiempo, en un letargo sin dirección absoluta. El circo se le hacía torpe y pesado como una carga que no posee definición en su rutina por los lugares más olvidados del mundo.

Un mediodía, después de la función de la matinée y sin removerse aún su disfraz de ángel, salió a caminar por los alrededores de la ciudad. Notó un letrero en la vidriera de una tienda que decía “Cafetería Cayo Hueso”. Inmediatamente preguntó al primer transeúnte que vio en su vía en dónde estaba, y éste le había contestado que en Cayo Hueso, el último cayo de la península de Florida. No supo por qué el mundo le pareció en ese momento tan relativamente pequeño. Y no sólo pequeño, sino quebrado y algo difícil de recomponer. Anduvo por un buen rato hasta llegar al mar. Se dio cuenta que era la misma costa que él había pisado un tiempo atrás. ¿Cuánto tiempo?   Ya no lo sabía. No valía mucho recordar.   Alguien vendía boletos de la lotería estatal. Compró uno con el fin de saber en qué fecha estaban. Al leer el papel comprendió que hacía más de quince años que había llegado a aquel mismo lugar.

Observó a lo lejos la intensidad perpetua del mar y no pudo sentir otros deseos que los de llorar mucho, por siglos, si era posible, hasta ahogarse en un maremágnum de esos líquidos insalubres que sentía fluir a chorros desde su interior. Oyó un careo de voces cercanas. Disminuyó la marcha para poder asimilar la escena que tenía frente a él. Un joven malnutrido y quemado por el sol se lanzaba desde una balsa hasta pisar tierra firme. En la arena, un hombre alto y con gafas de sol le extendía una mano y lo guiaba despacio hasta una nave de placas de metal cerca de allí. “Verás que esto es como si fuera Cuba”. Eso le había dicho el hombre alto con las gafas de sol al joven malnutrido. Él bajo la cabeza y siguió rumbo por la orilla del mar, serpenteando la costa. De vez en cuando, el viento del mar golpeaba sus alas de ángel con tal fuerza que pensaba que en cualquier momento saldría volando.

Sobre el autor

Félix Rizo

Félix Rizo

Félix Rizo Morgan nació en Matanzas, Cuba, y reside en los Estados Unidos desde 1967. Curso estudios de Ciencia y Magisterio y obtuvo una Maestría en Educación en St. Peter's College. En 1989 ganó el premio Dos Ríos por su ensayo "Cuando cabalgan los tigres", un estudio sobre las dictaduras latinoamericanas. Ha publicado el libro de cuentos "De mujeres y perros" y la novela "El mundo sin Clara". Cuentos, poemas y ensayos suyos han aparecido en diferentes publicaciones de Estados Unidos y América Latina. Cuenta también con una obra dramatúrgica inédita.

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