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Cabeza de toro

Cabeza de toro
septiembre 03
14:55 2015

 

El minotauro
en su laberinto acecha.

Hay señales
que ni los griegos descifran,

y las de la mente

tienen mejor ubicados

la cabeza del toro que llevamos

el destino y contorno de vivir
en la silueta de esa humedad
que siempre nos entierra.

Otras señales son:
velas blancas en el horizonte.

Minos: no llevo la cuenta,
¿cuántos jóvenes deben sacrificarse,
de siete en siete
sin importar
si son macho o hembra?

Sólo si  perdemos el hábito
domesticados sin rumbo
en  esta puñalada
certera donde nos cose el abismo.
Sólo
si nos aferra
como Teseo al ovillo de hilo,
puede
que el Minotauro de adentro
no sobreviva.
A veces el odio se ocupa
en la pérdida de orientarnos;
él pastará en nuestro jardín
como Freda y Ariadna
ajenas a esta  historia
y aunque de verdad no tengan
la idea de nuestras bocas
amargas
en la maldición del agua
o sobre un fuego lento.

En esto siempre el engaño
de la belleza que asoma
nos disimula en falso
por donde ellas paseaban.

Puede que Ariadna regrese
convertida en el amor
que no nos tenemos
a nosotros mismos.
Diosa que nos deje visible
después que el rayo caiga
y los vientos calmados
sean el signo de la inmortalidad.
Otro sendero definitivo es imposible
sólo es cuestión de salir
de esos días largos
cuando
en la cabeza de un toro
nos vemos a merced
de sus trazos.

Otro sendero no es posible
sin importar
si es la mente que lo condiciona.
El hilo de Ariadna también
es el fruto de lo imaginado
debe expulsarnos fuera,
porque no tenemos aún
ese héroe Teseo
porque en el mal parto del tiempo
desde donde el toro embiste
la bandera es una de nuestras caras
y uno se desdibuja en la angustia
de no saber cuál hilo
es de verdad la conclusión
de no quedarse amarrado.

Puede que Dédalo nos ayude
un día de luto.
pero es difícil escapar
del ser híbrido: más que un vientre
es el mástil que a media asta
nos representa
y es a no dudarlo nuestro tono.

La cabeza  pende de aquel hilo
ese susto por lo que hemos visto.
El  minotauro lo sabe;
y algunos, antes de ser lanzados
quedan  muertos como idiotas
de un raro encanto.
¿Será que podremos entrar y salir
de nuestro propio laberinto?

Duele
cuando uno sabe
que a veces en la familia
hay como un hilo de sangre
del instinto y la sed de venganza
de  otro animal rastrero
que lleva nuestra cabeza
y nos exhibe.

Sólo el hilo de Ariadna
tal vez
nos saque mejor
que si nos empinamos
la borrachera de vivir
como en un globo
por las geografías aquellas
donde en las guardarrayas
algunos laberintos
nos echaban a correr
y en la mente
un héroe oculto
y la cabeza de un toro eran la misma cosa.

 

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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