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Cada cosa tiene su belleza

Entrada principal del barrio chino de La Habana

Cada cosa tiene su belleza
junio 25
19:01 2016

 

Francis Ford Coppola le rindió tributo al incluir a uno de sus personajes en la segunda parte de El Padrino. Súper divas como Ava Gardner gozaron con sus espectáculos o se vieron tocando las nubes bajo el poderoso “empuje” de alguno de sus protagonistas. Cabrera Infante convocó a no olvidarlo en más de una deliciosa página. Pero nada de eso ha impedido que el teatro Shanghai sea menos que un punto muerto en la memoria de las últimas generaciones de habaneros.

En la calle Zanja, entre Campanario y Manrique, en el barrio chino, yace tan inadvertido para el visitante como para la mayoría de los vecinos de esa zona, el antiguo enclave del teatro Shanghai. Durante decenios fue un descampado, una franja de terreno baldío sin la menor utilidad. Hoy digamos que la suerte ha querido que pasara a manos de una de las sociedades chinas del barrio, que lo limpió y cercó para convertirlo en una especie de parque con candado en la puerta, dedicado a Confucio, con una estatua suya presidiendo el centro del área.

Sin embargo, en otros tiempos vibró allí el glamour, la euforia y la disipación, condimentados con el atractivo extra que siempre se desprende de lo prohibido, de lo no apto para según qué personas, lo no aconsejable por los patrones del buen gusto que en todas partes y en todas épocas imparten señorones y señoronas sin sentido de la realidad, ni del humor, ni del buen gusto.

Al Shanghai vinieron a fusionarse los efluvios del célebre Moulin Rouge de París con las perlas del teatro vernáculo cubano, mediante sketches sabrosos y picantes, con desnudos tan ruidosos para aquellos días como inocentones para los actuales, y con personajes de nuestro real maravilloso, como el llamado Supermán, que inspiró a Coppola, y aún más a Ava Gardner, mediante la potencia de sus treinta centímetros de miembro viril, todo un torpedo para aguas profundas que terminaría enviando a la Gardner para la sala de emergencias de un hospital, desgarrada y sangrando pero feliz y finalmente ahíta. O al menos así lo cuenta la historia, lo que es decir la leyenda de aquel cíclope.

Los antecedentes del teatro datan de finales del siglo XIX. Los chinos del barrio lo construyeron con la intención de exhibir espectáculos basados en la ópera cantonesa. Más tarde, el local pasaría a manos de un cubano, y ahí fue donde se tornó movida la función, a golpes de bufo, burlesco, erotismo y aun de cuasi ruborosa pornografía, todo envuelto en nuestra rica música popular, no más faltara.

Entre los años 30 y los 60, del siglo XX, la del Shanghai pasó a ser la sala de espectáculos más visitada por los habaneros y por los turistas internacionales. Su fama se hizo proverbial. Se convirtió en leyenda (en leyenda maldita, que son las más tentadoras). Por un peso y centavos, era posible disfrutar de uno de aquellos delirantes espectáculos y luego, además, quedarse hasta la alta madrugada en el local mirando varias películas calificadas entonces como pornográficas.

La actriz Yolanda Farr, nieta de José Orozco, quien era dueño del Shanghai en aquellos tiempos, ha contado en su blog (http://yolandafarr.blogspot.com) que en los años 50, cuando el tercer piso del teatro -el llamado gallinero- estaba cerrado al público, su abuela, la alemana Jenny Jeck de Orozco, que era sacerdotisa en la santería cubana, realizaba allí misas espirituales para comunicarse con los muertos. También cuenta que otro salón del local se convertía por las noches en una especie de círculo infantil donde eran cuidados los niños de las trabajadoras. En fin, qué Macondo ni qué Casa Verde ni qué mansión de Aura la vampiresa. En nuestra calle Zanja se prodigó el realismo mágico mucho antes de que famosos novelistas latinoamericanos lo pusieran de moda.

Hoy, detrás de la estatua de Confucio que domina el aburrido enclave, está inscrita una frase del célebre filósofo chino que se me antoja una lección para señorones y señoronas: “Cada cosa tiene su belleza, aunque no todos pueden verla”.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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