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Camarón que se duerme…

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Mayo 26
17:58 2017

Lucian Freud nació en Berlín en 1922 (murió en Londres en julio del 2011), pero era inglés por carácter, nacionalización y formación. Británico por los cuatro costados.

Su padre Ernst Freud, hijo del famosísimo psiquiatra y neurólogo Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, decidió, en 1933, cuando Lucian tenía solo once años de edad, sacarlo de Alemania para ponerlo a salvo del por entonces naciente imperio nazi. Ernst, un tipo con visión de largo alcance ─no olvidemos que todos ellos eran judíos practicantes─, ayudaría al propio Sigmund Freud, a su mujer (la abuela Martha) y a la hija de ambos, su hermana Anna, a radicarse, justo a tiempo, en Inglaterra.

Todos ellos, de haberse quedado en la Alemania de Adolfo Hitler, hubieran sido carne de campos de concentración y crematorios.

Pero volvamos a Lucian.

Ser pintor era el destino del adolescente, y desde muy joven, casi un niño, comenzó a estudiar y a prepararse con una gran disciplina y perseverancia para lograrlo, aunque de una forma un poco arcaica. Se matriculó en varios colegios de alto nivel artístico ─La Cedric Morris’s East Anglian entre ellos─ y obtuvo muy buenas notas y reconocimientos en todos los centros docentes por donde pasó, pero su verdadera escuela y manantial creativo fue la calle, la vida diaria, el contacto humano y la realidad. Lucian Freud terminó siendo, sin la menor duda, un pintor del hombre común.

Es justo decir, y él lo reconoció también, que siempre estuvo en deuda con sus amigos pintores de la denominada Escuela de Londres: Mason, Michel Andrews, Francis Bacon (del que más se apropió en cuánto a estilo y temas, algo que el propio Lucian no dejó de señalar en diferentes entrevistas y publicaciones), Kitaj y algunos otros.

Después de tontear un tiempo con el surrealismo, entonces de moda, y sus variantes, escogió, con mucho tino, ser retratista.

Ese paso lo dio alrededor de 1950, cuando todavía era un pintor joven y su nombre decía muy poco, o nada, al mundo del arte promocional que preconizaban las galerías y casas de subastas. Y Londres, con el resto de Europa todavía anulada por la devastadora guerra que había terminado hacía solo cuatro años, era el lugar a conquistar para llegar a ser un artista reconocido.

Parecía una incongruencia, pues esa forma de hacer ─el retrato─ no estaba de moda, pero a diferencia de los pintores de personajes de copete, Lucian pintaba gente de verdad. No famosos de la jet set ni trabajos por encargo.

Fue una decisión arriesgada y valiente que pudo haber salido mal. Pero en lugar de fracasar, Lucian se convirtió, en un tiempo relativamente corto, en la primera figura del denominado arte (o escuela) neofigurativa inglesa. Una escuela que sigue estando en el candelero y una verdadera mina de oro, incluso hoy, cuando ya el arte abstracto cansa un poco.

Otro rasgo que se hizo característico de Lucian Freud es presentar al modelo, personas y animales ─le fascinaban los caballos, tanto para pintarlos como para jugarse los cuartos a sus patas en el hipódromo─ con su nombre y descarnadamente. Un estilo que ha levantado muchas ronchas por su crudeza. En una ocasión dijo: “Yo pinto gente, no por lo que quisieron ser, sino por lo que son”.

En el año 2001 rompió su regla de no pintar gente importante —lo hizo alguna que otra vez, sin demasiado éxito— y retrató a la reina Isabel II de Inglaterra. Fue un escándalo.

La reina, Isabel II, aparece en el cuadro tal y como Lucian la vio, muy vieja, ajada e insignificante. Sin retoques y con una visión artística bastante cruel. Pero así era Lucian Freud y, además, ya no se sentía obligado a ser de otra forma.

Probablemente no cobró nada por esta pintura, que además es de muy pequeño formato, pero las trifulcas y críticas que se generaron alrededor de ella, lejos de dañarlo, lo proyectaron aún más en el círculo del arte pictórico de las subastas, ahora sí, y las compras empresariales, e incrementaron su creciente relieve internacional.

Los cuadros de Lucian Freud se venden hoy en millones de dólares, pero su gran record económico de ventas ocurrió en el año 2008, cuando la casa Christie’s subastó su pintura titulada por él mismo Benefits Supervisor Sleeping por 33.6 millones de dólares, la cifra más alta alcanzada en ese entonces para una obra pictórica de un artista vivo.

Una obra de tremendo impacto visual, realista, cruda ─una especie de despiadado y quizás un poco burlón Botero─ aunque de ninguna manera bella.

¿Y a quién retrató en esta tela de gran formato?

Pues a su amiga, muy amiga, Sue Tilley, una supervisora de subsidios fiscales relativamente joven y de unos 200 kilos de peso.

¡Ah, y ella no ganó ni un solo centavo por posar… mientras dormía la siesta —parece que lo hacía frecuentemente— en el sofá del departamento londinense de Lucian!

¿Le habrá regalado él algo a ella de los 33 y medio millones?

No sabemos.

Pero lo cierto es que, y esto vale para todo el mundo, camarón que se duerme…

Del libro De Venus a Botero: Breve historia de la obesidad.

felixfojo@gmail.com

Sobre el autor

Félix J. Fojo

Félix J. Fojo

Félix J. Fojo (La Habana, 1946) es médico, investigador, divulgador científico, ensayista y novelista. Es coeditor de la revista Galenus. Ganador de premios literarios como 'La Edad de Oro' con libros de divulgación y biografías para niños y adolescentes, fue finalista del Premio Casa de las Américas 1983 en el género ensayo. Recibió el premio al mejor libro del año de la Academia de Ciencias de Cuba (1984) con una biografía sobre Carlos J. Finlay. Ha publicado, entre otros libros, 'Crónicas de la secesión' (Editorial Palibrio, 2014), 'No preguntes por ellos' (Editorial Palibrio, 2015), 'El Corso me decían' (Editorial UnosOtrosCulturalProject, 2016) y 'De Venus a Botero: Breve historia de la obesidad' (Editorial UnosOtrosCulturalProject, 2017).

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