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Caminando sobre los idiomas

Caminando sobre los idiomas

enero 10
04:23 2012

1-11_Carnaval-de-BahiaEn estos últimos meses he dedicado la mayor parte de mi tiempo –cuánta arrogancia adueñarme del reloj– a hacer traducciones. Fundamentalmente de novelas del portugués al español, y de literatura de “Cordel” –un tipo de poesía tradicional brasileña, muy parecida a la que hacen nuestros repentistas, con la diferencia de no ser oral–. Un gran desafío. Ese acercamiento a la lengua patria como otro oficio de la escritura –más bien de la reescritura–  me permitió descubrir particularidades más allá del cotidiano de los dos idiomas.

Siempre me sentí un híbrido bicéfalo que piensa insistentemente en la orilla que lo expulsó,  a pesar de estar compartiendo muchos atardeceres en una mesa de bar con nuevos amigos y con sus ya no tan nuevas jergas. Fue una interpretación diferente de la oralidad cotidiana a partir de los textos foráneos lo que me ayudó a reescribir los sueños ajenos como si fuesen míos, pues la traducción no es más que la apropiación de un argumento no tuyo llevado a la realidad de tu idioma –que es el único país que no te abandona.  

Me ha dado mucho placer este trabajo, por eso no quiero hablar de las tristezas del exilio, de las cuales ya he escrito demasiado. Hoy quiero contar la parte buena, y muchas veces escondida por la tozudez, de no aceptar la vida que me tocó o que el acaso destinó a gran parte de mi generación, los parias de una revolución que radicalizó el amor en la justificativa del bien común.

En Brasil aprendí otro idioma, tan o más musical que el mío;  un arma de doble filo que desde el primer minuto después de bajar del avión ya me cobraba su similitud. Recuerdo que al salir de aquel artefacto soviético –ya saben lo que eso significa– llamado IL-62,  que más parecía un cacharro, lo primero que busqué fue uno de aquellos carritos para colocar la maleta –en singular, pues sólo traía una llena de libros– que en cualquier aeropuerto del mundo son gratuitos, excepto en Cuba. Divisé una fila de ellos y corrí con aquel desespero de los que salen de un lugar donde todo se acabó ayer, y si sobró algo será para el anunciado futuro mejor que cada vez está más lejano. Al llegar a la hilera, el más cerca de mis manos tenía un visible cartel de propaganda escrito: “Beba Pinga 51”. ¡Horror! Pensé en la hora, y recordé las películas donde se reflejaba la libertad sexual del brasileño, pero nunca había imaginado que llegase a ser anunciada como bienvenida a los turistas. Miré disimuladamente para mi portañuela, y comparé con la tristeza de los vencidos mi diminuto ser con el salvaje 51, asaltado por las dudas y la inevitable pregunta: ¿serán los brasileños seres privilegiados o descendientes directos de un burro? Esa preocupación me atormentó hasta mi primera visita a un bar.

Si no lo saben, el bar es la mejor escuela de idioma que conozco. Si después de unos cuantos tragos justo en el instante donde se te empieza a enredar la lengua consigues entender a los amigos que ya ves en número mayor a los que inicialmente te acompañaron, todos gemelos en tu etílica mirada, y consigues ser entendido por los ya multiplicados, puedes recoger tu diploma de curso superior en lengua extranjera. Allí descubrí que “pinga” significa “aguardiente”, y reí aliviado pensando en mi cremallera y en la frustración  de mi querido amigo Marín con las lenguas –aquí se incluyen todas literalmente–, justo él que siempre cantaba en aquellos años de la Casa del Joven Creador “Eu sei que vou te amar”, el Ivan Lins caribeño.

No niego que fue traumático en sus inicios encontrar un habla tan semejante y por eso creer que ya sabía más de la mitad. Ese es el mayor error de los que también intentan aprender nuestro idioma. Tengo muchos ejemplos que hoy me dan risa, pero que me causaron leves problemas de interpretación. Un día estaba dando una clase de español a niños y paré de momento para advertirle a uno de mis alumnos” “Tienes el cordón zafado”. Todos rieron menos él. Al día siguiente al llegar al colegio el director quiso hablar conmigo, pues la madre del pequeño estudiante se había quejado porque llamé  a su hijo “zafado que usaba cordón”. Aquí “zafado” tiene una connotación más peyorativa que en la lengua de Cervantes, es usado para compulsión sexual, y “cordón” es el nombre que se le da al “preservativo”. La confusión estaba armada.

En otra ocasión una amiga me invitó a almorzar a casa de su madre, fue un delicioso almuerzo. Le di a su mamá las gracias y le hice saber que su comida estaba “exquisita”. Al escucharme, la amable señora desfiguró su rostro y yo no entendí nada. Después supe que ese sustantivo significa pésima, horrible, etc.    

La primera vez que fui a comprar un saco que combinase con un pantalón nuevo para una ocasión especial –no sean curiosos, la ocasión es un secreto– me atendió una linda muchacha con un: “que deseja?”. A lo que respondí “un saco”, ella se horrorizó y llamó a un colega del sexo opuesto que me gritó: Qual é a tua meu irmão?  “Saco” significa “testículos”, ¿para qué los querría yo si ya bastan con los míos? Salí corriendo de la tienda y compre el “paletó” en otra.

Pero nada es más cómico que la situación de unos amigos colombianos en el carnaval de Bahía –el mejor del país. Después de varios días de juergas, decidieron ir a dormir. En una parada de guagua preguntaron a una de las típicas santeras baianas, tan parecidas a las nuestras:  ¿dónde puedo coger una buseta para el hotel Bahía? La mujer que estaba acompañada de una niña de más o menos ocho años, empezó  a gritar improperios a los colombianos y a llamar a la policía pidiendo socorro. Ante esa reacción mis amigos salieron corriendo del local. Sólo al llegar al hotel descubrieron que “buseta” es el nombre dado al “órgano reproductor femenino”. Rieron y dijeron que mismo así querían coger una –yo también.

Son infinitas las anécdotas de un idioma tan cadencioso y que algunos hasta llaman portuñol. La mejor definición, en mi modesto punto de vista, es del escritor español Miguel de Unamuno, quien vivió gran parte de su vida en Portugal y que dijo: “el portugués es el español sin hueso”. ¿Saben por qué? -no se desesperen ya les explicaré. Es algo bien sencillo. Ya prestaron atención a que en nuestro idioma casi no abrimos la boca para hablar y la lengua –que no tiene hueso– se queda presa atrás de las vocales. En portugués es todo lo contrario: ella baila en su frente. Quizás solamente viviendo en un país que use el idioma de Camões se pueda comprender literalmente esa genial definición de un escritor que conoció profundamente la lengua lusitana. Ya los brasileños –tan jodedores como nosotros– tienen la siguiente definición: “el español es el portugués mal hablado”.

Poco importan las definiciones y hoy agradezco a esa música convertida en idioma que me permite transitar por el camino de las palabras tan inconscientemente que muchas veces tarareo un bolero en portugués y una samba con el más auténtico acento habanero. “Si no me crees asere, problema teu meu caro”.

http://escombroshablaneros.blogspot.com/

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