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Canarias y el perfil antillano

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Canarias y el perfil antillano

Canarias y el perfil antillano
febrero 24
15:18 2016

 

¿Existe el hombre antillano? A pesar de que padezco de un horror insuperable a las abstracciones, a las entelequias de pura consistencia verbal, debo suponer que el antillano, en primer término, es un ente de textura lingüística.

El carnet de identidad viene acuñado por peculiaridades fonéticas. Esto, que es lo menos importante, resulta, sin embargo, lo más evidente.

Henríquez Ureña trazó, en su momento, varias zonas lingüísticas hispanoamericanas, una de cuyas parcelas era el Caribe. Integran este «modo de hablar» Panamá, las zonas costeras de Colombia y Venezuela, parcialmente la península de Yucatán, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. Este capote lingüístico, esta área de entonación –porque las grandes diferencias entre las zonas lingüísticas de español de América son básicamente de entonación; a los oídos de cada uno los demás «cantan»–, nos obliga a la primera discriminación: el habla antillano no hace al hombre antillano. No lo define. El costeño de Venezuela o Colombia no tiene vela en este entierro. Un antillano, por lo pronto, no es una criatura que habla de tal o más cual modo. Este matiz del idioma –el habla antillana– es el unigénito lingüístico de Islas Canarias, reforzado con genes andaluces.

España, tan propensa a llamar a los territorios de América con los nombres de la Península –Nueva Granada, Nueva España, Nueva Castilla, Nueva Córdoba, Nueva Gerona, Nueva Zamora y cien otras– pasó por alto la más evidente «nueva»: Las Antillas debieron ser llamadas Nuevas Canarias. No ocurrió así porque estas islas africanas eran casi tan desconocidas para el español de la Conquista como las que descubriera Colón. Canarias pasa a formar parte de España en el Siglo XV. La conquista y la colonización del archipiélago canario constituyen el primer capítulo de la conquista y colonización de América. El «criollo» –el español nacido en posesiones de ultramar– es un invento canario. El mestizo extrapeninsular tampoco nació por vez primera en América. Los «guanches» y sus conquistadores hispanos se adelantaron en varios años, con el imperdonable olvido de no contar con un notario como el Inca Garcilaso.

En 1496 los Reyes Católicos incorporaban Canarias al reino de Castilla. La decisión, en parte, se debía a la posición de las islas. Con el descubrimiento de América el archipiélago canario pasaba de ser la extremidad del mundo a ser su ombligo. La postrera visión española que tuvo Colón en su primer viaje fue la fundación canaria de La Gomera. A reserva de comentar en otra ocasión este hecho, anotemos que la incorporación de Canarias a España no surge del reconocimiento de una identidad nacional común, sino del valor estratégico que alcanzan las islas en un momento dado. Las Canarias son algo así como la llave de las Indias. Un territorio que se define y «existe» en función de otro distinto. Una encrucijada que, como todas, sólo sirve para elegir caminos definitivos.

El desarrollo paralelo de las Antillas y las Canarias es total. Ambos archipiélagos vivieron la sicosis del asedio pirata. Drake –el «Draque», una especie de «coco» diabólico en el folklore rural puertorriqueño– visitó ambos grupos de islas. La escuadra inglesa arrebató Jamaica, tomó La Habana y fracasó en Canarias. Nelson pasó a la historia como «el manco de Tenerife». Los isleños de América y África paliaron los efectos restrictivos de los monopolios creados durante el mercantilismo con la práctica del contrabando. Ambos archipiélagos fueron nidos de contrabandistas. En ambos la Corona española era vista como algo remoto y distinto. Si el desarrollo gemelo de ambas porciones se presta a reflexiones que no me detendré a hacer, valga anotar que hay un aporte canario «objetivo» al perfil antillano, que va desde los hábitos alimenticios hasta el folklore, pero además hay un aporte «subjetivo» de enorme importancia. Por ejemplo, en la valija del canario viajó a América la «imagen» popular del antillano. Esto es, la imagen que tiene el español promedio del antillano.

Me explico: pídasele a un castellano o a un catalán una rápida descripción de un canario. Pintará un ser vago y algo torpe, entregado a la molicie y oscuramente culpable de poseer un clima ideal. A continuación ruéguesele que describa a un cubano, dominicano o puertorriqueño. Dirá más o menos lo mismo. La misma criatura indolente, víctima de los mismos prejuicios, saldrá a flote. El canario –junto con el gofio– llevó su marchamo vidrioso. Donó su imagen de incuria, tan falsa en Las Palmas como en Santo Domingo, pero inevitablemente sostenida por el hombre medio de la Península.

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Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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