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Cánticos por una carga universal

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Cánticos por una carga universal

Cánticos por una carga universal
Noviembre 03
15:34 2016

 

Pasados varios años de ver la luz, recibo, casi por el azar de la amistad, el libro de relatos, o navajazos a la cara sucia de la realidad, como sentencia la nota de contracubierta, Carga de la caballería (Editorial El Almendro, 2006), del escritor cubano, radicado en Miami, Armando de Armas. Y digo casi por azar ya que, debido a la ceguera de muchos de los políticos de turno que no quieren dejar caer el antifaz, sin tener en cuenta del lado del mar en que nos encontramos nos vemos privados del intercambio y el conocimiento de una buena parte de la literatura que en los momentos actuales hacen los llamados escritores de la diáspora.

Como testifica un viejo refrán, muy popular de este lado del mar donde resido, el vino mientras más añejado mejor. Tal es el caso de Carga de la caballería, estructurado por ochos relatos que lindan, con un discurso incisivo y desprejuiciado, el testimonio y la crónica, sin abandonar una imaginación que se desborda frente al devenir acucioso de sus personajes.

Cada relato aparece en presente. Cada uno responde a un espacio/tiempo psíquico del narrador y mantiene su independencia frente a los demás, pero lo más importante es que logran un acercamiento reflexivo a la realidad. A cada uno corresponde una forma de sensibilidad, una forma de conciencia que traduce el sentimiento de continuidad anímica que define el contorno del narrador y donde, sin tiempo a reacciones adversas, nos vemos atrapados en el singular destino de sus personajes.

Armando de Armas comparte con el realismo moderno la importancia de las percepciones concretas y materiales en la constitución de lo real, pero concibe la percepción de una objetividad y de una subjetividad. Por lo tanto estas percepciones se acompañan necesariamente de las reflexiones que ellas propician. Tal es el caso del relato Dedos, página 57, donde dice: “El tiempo lo mataba. Un tiempo que pasaba como sin pasar. No veía la luz del día. Su existencia en aquella época era una sucesión de noches largas. No tenía sentido del tiempo, del paso del tiempo”.

Las máquinas y su ruido ensordecedor, la posible amistad con Mister Vudú, a hora de entrada al trabajo, las Torres Gemelas, el Avión de Alá y hasta Dios, todo es motivo de reflexión, y estas reflexiones sobre cuantos objetos lo rodean le dan una forma. Un ejemplo de esto es la secuencia final del relato, donde se descubre la suma de las experiencias vividas: “…hasta que las torres desaparecían… cada día. Equipos de rescate en laboreo de hormigas; un mar, una gelatina de sangraza quemada entre los escombros. El hallazgo de un dedo. ¿El dedo de quién?”.

Desde el inicio del primer relato, Lo relativo (prólogo en la prehistoria), página 13, (“Era el Hombre del Neolítico, y caminaba errante por aquella planicie de polvo barrida por el viento”), el narrador acepta reconocer su pasado, por el que no se siente rechazado. Y es que logra entonces hilvanar una serie de historias donde el centro es el hombre, su entorno, vivencias y nostalgias. Cada historia resulta el trayecto circular hecho del vaivén entre pasado y presente, lo que es decir, entre Cuba y Miami. La naturaleza de esta experiencia queda explicita a lo largo del relato Carga de la caballería, página 85: “Era una pareja de sobrevivientes. Había sobrevivido durante los primeros tiempos de la relación a las presiones de la Seguridad del Estado en la isla…”. Pero las vueltas pueden resultar infinitas en la espera de una respuesta que no será nunca definitiva hasta tanto no se llegue al final de la lectura, ya que las múltiples secuencias que se identifican a lo largo de los ocho relatos presentan una escritura exacerbada frente al problema de la conciencia humana.

Reseña perteneciente al libro ‘Estos silencios. Estas palabras’, en proceso de publicación por Neo Club Ediciones.

En Carga de la caballería el narrador avanza con pasos progresivos, otras retrocede y, con un trazo firme sobre el espacio y el tiempo, como si los violentara, se desvía y regresa al punto de partida para mostrarnos la lucidez de toda la experiencia acumulada en su condición de individuo en los límites de la vida: “…yo era el hombre del Neolítico, y había caminado ahora por el sendero de polvo barrido por el viento y permanecido tres días bajo aquel cobertizo de zinc”, dictamina en El fugitivo (epílogo en la postmodernidad), página 117, relato que pone fin al libro.

Sin duda, a través de estas historias grotescas, diría yo atroces, de una retórica tumultuosa que desconcierta hasta al más hábil lector, se encuentra lo universal y lo contemporáneo. A medida que el lector penetre en ellas se dará cuenta de que sus fronteras rebasan el mar y la caducidad de quienes no quieren dejar caer el antifaz, para al final, como toda obra auténtica, imponerse, permanecer en este pequeño reino amenazado no sólo por el salitre que corroe sus orillas, sino también por la ignorancia.

Sobre el autor

Luis Pérez de Castro

Luis Pérez de Castro

Pérez de Castro (Pinar del Río, 1966) es historiador, abogado, narrador y poeta. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos 'Nostalgia del cíclope' (Ed. Libre Idea 2004), 'Mientras arde en silencio mi voz' (Ed. Capiro, 2006) y 'Epístolas de un loco' (Ed. Mecenas, 2007), y los poemarios 'Confesiones del Abad' (Ed. Matanzas, 2005) y 'Testimonio del Pagano' (Ed. Unicornio, 2007). Ha obtenido, entre otros, los premios Mercedes Matamoros, 2003; Félix Pita Rodríguez, 2006; Farraluque, 2007, y el Primer Accésit certamen de relato breve LGTBI, Premios Lorca, España, 2013. Reside en Cuba.

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