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Canto y ofrenda de los muertos

Canto y ofrenda de los muertos

Canto y ofrenda de los muertos
agosto 12
15:15 2014

 

                    “Ven bajo la sombra de esta roca gris

                      entra bajo la sombra de esta roca gris,

                     y te mostraré algo distinto, lo mismo de

                     tu sombra extendiéndose sobre la arena

                     al alba..”

 

T. S. Eliot (La muerte de San Narciso)

 

 

 

 

 

 

1

Quiere la luz en su exterminio
dar de beber la noche de sus desvalidos pechos
su hambre de sueño interior para cada pesadilla
de rota figura
pero no puede la noche respirar ese aire de
misericordia
que la nada le abasteciera.
¿Puede el fuego desintegrar cada átomo del
infecundo poderío para preñar la parda luz
que sin nacer en su abandono el perfecto vacío
nos recuerda?
Si la luz a sí misma enemiga se mira
a su torpe espejo frío y mudo nos invita.
Oscuros fuegos que resplandecen,
otorgan una indescifrable ausencia
para cada muerte del dia,
desvalida forma de los tiempos
donde la noche acontecía, disgregación,
el símbolo mínimo
que no es luz en su propia expansión
para el temido silencio donde las  horas
es tiempo infecundo de la espera,
ha de ser  la luz para cada canto fúnebre
donde celebran la tosca esperanza
o cada puerta que inmortaliza ese espacio desolado
de su transparente presencia
esas bellas y amorfas manías
de ofrecer la humedad del infértil pecho
los oscuros deseos con que tocante al amor
el silencio como ostia en tu boca se deshace,
y podrido el cielo cae
para que sean apuntalados sus recuerdos
en el más famélico desasosiego.
Quiere el cielo caer sobre la muda luz
de sombra acariciada y en su agua
transparente donar su sed a los desposeídos
que no pueden para sí un reino encontrar
y volver a repartir las pérdidas más codiciadas
por quien del vacío su tiempo con sordidez celebra.
Cartas del Tarot para el rumbo a ningún sitio
el hallazgo ausente y esos deseos de conquista
que son vestigios  de barco hundido
las aguas hermosas de cenizas y desafueros.
Nada que no sea un espacio diminuto
un vínculo disgregado,
una ciudad sin luto que su muerte auspicie
como la agria fruta que del beso
el cántico de los adioses celebra
para aspirar el infalible gusto de la boca
que la pronuncia.

2

Nada quedará solo una tierra menos árida
su manto de inútil carencia
para todo valle de hojas secas que un poderío
de la nada nos recuerda.
Nada para abastecer los espejos más hirientes quedará:
animales invisibles que pastan en los sueños
y regresan peinados de luz para la más absurda trampa
donde se sienten distinguidos,
y los árboles que no han nacido y esperan menos verdes
su tenue savia para fecundar
la inmensidad de quien siendo parte
de todo el poderío su conquista deshace
en pedazos de agua y luz herida.
Tierra que los signos más antiguos nos confieren
dejad el manto y los sucios frutos que os invitan,
el cordero degollado para la blanca sabana
donde ocultar los escarnios de toda sombra
hemos merecido
y en los castillos de la nada una fulguración
y esa maravillosa manía de adorar lo que no existe
como dios indisoluble su reino está pletórico de muerte.
Tierra de mis huesos, hecha con cal del cuerpo,
con la sed que sembré en la memoria
y en un lago de peces creció despavorida.
Es la señal del fin
el obstáculo que la tarde en su ingravidez confiere
una tierra que calcina los frutos del oscuro fuego
para esos animales que mansamente
su muerte prefieren,
como sueño del juglar y graznidos del cuervo
en su guarida,
para nadie que se aproxime
y nos deje un tiempo de extinguidas ofrendas
sobre la mesa del olvido,
donde los pájaros en la ceniza de la tarde
su plumaje al fuego con reverencia ofrecen.

3

Muere tu aliento que no bastó para ser
que no pudo condecorarnos como héroes
para cada batalla sangrienta
con el que nunca hemos sido.
Muere toda esperanza
y la muchacha que danzaba desnuda
sobre la cuerda de la noche en llave de humo
para cada puerta de tus días se ha convertido.
Se ha convertido su memoria en un pez
en una piedra que labrarán los orfebres del silencio
hasta darle forma a toda inconclusa sombra
a la casa que no han construido
y solo los pájaros que regresan
desde los más diminutos sueños
el paisaje con agua del tiempo
infecundo construyen.

4

No den de beber al árbol un cuerpo como amargo cáliz.
Que toda hambre sea prolongación del vacío
de la pregunta que sin hacerle a la estatua
su ingravidez comprende.
Oscuro fuego del cual escapando
somos parte de su encierro,
si no han de beber del agua  la sombra que
todo aliento teme.
Untad las manos con  sucias aguas de todo abandono,
cada nombre que no le han dado al sueño
sea valle en su propia parquedad que su tierra digiere,
el día en su abstraccionismo
como  cruz de tálamo y esos cuerpos
que se pudren en la sal más agria de todo advenimiento.
Untad tus ojos para que el suicida
ponga en su cóncava mirada dos monedas
donde el ahorcado lustrará sus ingrávidos deseos
de ser muerte y lucidez nunca vistas,
y sean contra noche los desmentidos pechos
ese ardid de contemplar de nuevo la nada en su
vasto imperio de luz baldía.
Sentado entre dos pálidas bestias nuestros cuerpos
como el más dócil amo que sus anhelos de perderse
entre  excelsos difuntos desobedecía.
Sentado entre la sombra de la más blanca noche
cada estrella su punta quiebra en esa luz desdibujada
en los regazos del ensueño.
Untad tu tiempo, tu pan y saliva
como mástil de los días del hambre
donde eras un estandarte de tu perdido misterio
y esos espejos que doliendo la ausencia
a su pobre desfiguración quebrados regresan.
Untad la noche en tu memoria como el mejor acertijo.

5

Un canto para los muertos más distinguidos
que regresan,
la cuidad abre sus puertas y celebra.
Regresan cansados los ausentes
sus agrias muecas de nunca volver
es turbio espejo a nuestros ojos.
Las manos encorvadas y el corazón  de la estatua
como  pájaro atravesado en pleno vuelo.
Regresan los que nunca se fueron
los más hermosos muertos que quieren volver
pero no hay paz en el llanto que cese
ni agua para la sed del triste coro insular
cuando se hunden los deseos y la luna besa
el mar en su enlutada frente.
Vuelven los muertos
y no hay memoria ni deseos de despertar
en la ciudad esta antigua hambre de soledades
con la que nunca podrán revelarse cada uno de sus sueños.

6

Las puertas más oscuras son luz de todo deseo
pero cada tiempo que no sea inconcluso permanece
para sí como una predestinación de quienes
la oculta luz en su propia nulidad comprenden.
Y el hastío que nos dieron
y esos silenciosos ruegos del indolente poderío
para un alma que  no puede doblegar su enjuto reino.
¿Quién, que pudiendo adorar el corazón de la
bestia hará con los sucias mantas que cubrieron su
sombra un nuevo cielo?
y los días que corren y la vida misma que se antoja
prisionera para todo afán de ajeno reino.
Entre dos muertos un canto:
Dos sombras como la agria cerveza de la tarde devorada
para la espera y los rezos lúgubres
como torrente de nulidad y desaciertos.
¿No veis cada pregunta escrita en el séptimo círculo
donde la luz es amorfamente bella y se desliza
trepidante sobre tu destierro?
La cripta de luz, su tenue y húmeda piel
donde los turbios ojos cristalinos
para la sombra  domar su imperio quieren
pero no pueden abastecer de noche cada tiempo.
Entre dos muertos la mano transparente
y esa danza enfermiza de los mismos insignificantes fuegos.
Purificad tu luz y dejad cada pregunta
en su espacio deshabitado para toda
oscuridad  de los lamentos.
Como una sombra la blanca noche del animal
degollado que duerme y no pude recordar los
indomables giros de sus más carniceros secretos.
Las puertas del cielo que caen y no circula la luz
porque ha vomitado su inválido cuerpo
que desterrado de la memoria como barco
hundido sobre las aguas que no la sostienen pesa.
Pesa el deseo y el gran vacío del inigualable  tiempo
no llegará porque ya ha existido.
Tiempo que pasó y no está por venir:
Lenta espera que evapora  las aguas
sobre un cielo que el pánico segrega
y toda inexistencia de lo que nunca morirá,
su reino de deshumana  luz sin proponérselo
contra los muertos niega.

Sobre el autor

Claudio Lahaba

Claudio Lahaba

Claudio Lahaba (Manzanillo, 1970). Creó en su ciudad natal, en 1993, el grupo literario Da Capo. En 1995 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna por el libro “Tentación de la transparencia”, y en 2000 por “Del silencio y otros corderos”, publicado después de trece años de haber sido escrito en su país de origen. Sus poemas han aparecido en publicaciones de diversos países. La revista mexicana Alforja publicó una selección de su poesía en su edición de abril de 1997. Recientemente publicó el poemario “Torpeza de amante”, disponible en Amazon. Reside en El Paso, Texas.

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