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Capablanca, un cubano famoso por jugar ajedrez

Capablanca, un cubano famoso por jugar ajedrez

mayo 13
22:13 2012

Es una tarde cálida en La Habana, 28 de abril del año 1921. El alemán Emanuel Lasker, campeón mundial de ajedrez, mira intensamente al tablero, pero con ojos llenos de preocupación. De repente se levanta, habiendo llegado a la conclusión de que seguir la partida es inútil, y se da por vencido. Esta decisión le otorga a su oponente, el cubano José Raúl Capablanca, una ventaja en el match de cuatro partidas ganadas contra cero perdidas, con un máximo de diez pendientes de jugar. Lo que convence a Lasker de que, además de conceder esta derrota, debe también conceder su corona, y así lo hace.

En ese momento, Cuba logra uno de los momentos cumbres en su historia cultural, cuando José Raúl Capablanca y Graupera se corona tercer campeón mundial de ajedrez, un título que permaneció en su poder hasta 1927. Durante esos seis años, expertos en ajedrez de ese período, y también los actuales, consideran que el cubano ejecuta el mejor ajedrez jugado por nadie en la historia.

Capablanca nació en La Habana el 18 de noviembre de 1888. Aprendió las movidas básicas simplemente mirando a su padre, un oficial del ejército, jugar diariamente con sus compañeros de armas. Más tarde alcanzó el título de semi-leyenda en la capital cubana cuando, en 1901, a la edad de 12 años, enfrentó a Juan Corzo, el campeón nacional. Increíblemente, se alzó con el triunfo con 4 victorias, 3 derrotas y 6 empates. Aun más inverosímil: su única preparación para este reto fue el haber leído un libro sobre “cierres del ajedrez” que le regaló un amigo de su padre.

Considerado casi unánimemente como el campeón de mayor talento natural en la historia del juego, Capablanca ingresa en la Universidad de Columbia, en Nueva York, en 1906. Casi inmediatamente, se convierte en figura en el mundo del ajedrez estadounidense, cuando a la edad de 20 años, entre diciembre de 1908 y febrero de 1909, juega una serie de exhibiciones por todos los Estados Unidos, ganando 168 juegos seguidos antes de su primera derrota en Minneapolis. Al año siguiente, en un torneo frente al campeón americano Frank Marshall, gana ocho juegos y pierde uno, con 14 empates. Esta hazaña da la vuelta el mundo del ajedrez, ya que no solamente era Marshall el campeón estadounidense sino que, además, apenas dos años atrás había retado al propio Lasker por el campeonato mundial.

Marshall se convierte en un admirador de Capablanca y, a sugerencia e insistencia suya, el campeón cubano participa en un torneo en San Sebastián, España, en 1911. Era un torneo de categoría mundial, donde jugaron todas las figuras cumbres del ajedrez, como Aron Nimzowitsch, Ossip Bernstein y Akiba Rubinstein, entre otros. Bernstein  y Nimzowitsch formulan una protesta a los organizadores del torneo, alegando que un jugador como Capablanca, que aún no tenía una reputación sólida, no debería ser admitido en un torneo de esa índole. Negada la protesta, toca a Bernstein enfrentar a Capablanca en el primer juego del torneo. Éste lo derrota fácilmente y fuerza al ruso a admitir que el cubano estaba entre los grandes del ajedrez.

Más adelante, Capablanca juega con Nimzowitsch y también lo derrota fácilmente. Eventualmente, gana el torneo con 6 triunfos, 7 empates y solamente una derrota. En la historia del ajedrez, hasta ese momento, solamente el norteamericano Harry Pillsbury había ganado un torneo internacional siendo novato.

Entre 1914 y 1924, Capablanca sólo pierde dos partidas. Muchos lo consideran invencible. Durante esta época, juega en Europa contra los mejores campeones. En Berlín, le gana a los alemanes Jacques Mieses y Richard Teichmann. En Moscú, derrota a su futuro archienemigo Alexander Alekhine y al ruso Eugene Znosko-Borovsky, el cual, en aquel momento, era considerado como uno de los mejores 50 jugadores del mundo. Más adelante, en Viena, gana al húngaro Richard Reti y al austriaco Savielly Tartakower. Finalmente, termina esa etapa de gloria en Moscú, donde de nuevo le gana a Bernstein en una partida que muchos libros de ajedrez destacan.

Así, el cubano se convierte en la figura principal del juego y es responsable de las normas que rigen los campeonatos mundiales de la época. Por ejemplo, a insistencia de Capablanca, se acuerda en 1922 que aquel que desee retar al campeón mundial tiene que garantizar $10,000 (en oro) para el premio. En los años que siguen, Rubinstein y Nimzowitsch quieren retar a Capablanca, pero no recaudan los $10,000 necesarios. Finalmente Alekhine lo logra, respaldado por un grupo de hombres de negocios argentinos, entre los cuales se encontraba el propio presidente de La República, pero Capablanca (al que no le caía nada bien Alekhine, y lo consideraba un retador sin mérito) impone otra condición a última hora, demandando que el ruso tenía que ganar o quedar en segundo lugar en un torneo que había organizado en Nueva York, cuyo propósito era simplemente identificar al próximo retador de Capablanca.

Esta exigencia enfurece a Alekhine, no solamente porque la considera una maniobra de Capablanca para evitar su reto, sino también porque el respaldo de los negociantes argentinos potencialmente se pondría en peligro durante la espera. Al fin Alekhine accede y queda en segundo lugar en el torneo de Nueva York, el cual gana Capablanca. De esa forma, el ruso queda identificado como retador oficial.

El campeonato mundial entre Capablanca y Alekhine empieza en Buenos Aires en 1927, con la condición de que el primero en ganar seis juegos se declararía Campeón Mundial. Durante 34 partidas y 73 días, Capablanca y Alekhine juegan lo que todos los expertos de esos tiempos consideraron el mejor ajedrez jamás jugado durante un campeonato mundial, pero donde, eventualmente, Capablanca pierde su título.

Después del triunfo de Alekhine, éste rehúsa darle la revancha al cubano, aunque era una de las condiciones originales estipuladas por Capablanca. Pero el ruso insistió en que las condiciones que el cubano había demandado en 1922 (que el retador garantizara $10,000 como parte del premio por el campeonato mundial) tenían que ser validadas. El cubano nunca pudo recaudar esa cantidad y nunca tuvo lugar la revancha. Alekhine, todavía enfurecido con Capablanca por muchas razones, rehúsa jugar en torneos donde Capablanca aparece registrado. Eventualmente en 1936, en Nottingham, Capablanca y Alekhine se enfrentan sobre el tablero de ajedrez, pero sin dirigirse la palabra y sin sentarse el uno frente al otro, de modo que, cuando uno hacía su jugada, se levantaba y entonces se sentaba el otro.

Éste fue el primer encuentro entre el cubano y el ruso desde el campeonato mundial, y es así que Capablanca no pierde la oportunidad de redimir su derrota. El cubano empata en el primer lugar en este torneo con el ruso Mikhail Botvinnik.

La enemistad entre los dos viejos adversarios continuó  hasta la muerte de Capablanca en 1942, por una embolia cerebral en el Mount Sinai Hospital, en Nueva York, curiosamente el mismo hospital donde había muerto Lasker el año anterior. Tristemente, la muerte de Capablanca también le otorga al cubano el título del campeón mundial más joven al morir, con solamente 53 años de edad. Su muerte causa sensación en La Habana, ya que fácilmente Capablanca era el ciudadano cubano más famoso en la historia de la isla. Fulgencio Batista, presidente de la República, se encarga personalmente de su sepelio.

¡Quién hubiera podido pronosticar que, entre los papeles personales de Alekhine, fallecido cuatro años después de Capablanca, se iba a descubrir un manuscrito para un libro en el cual el ruso había estado trabajando, basado en las mejores partidas de Capablanca! En la introducción, Alekhine escribió lo siguiente: “Con la muerte de Capablanca, hemos  perdido a un gran genio del ajedrez, un genio cuyo igual jamás volveremos a ver”.

Pero lo más fascinante de Capablanca es su legado. Jugó en 700 torneos, ganando 491 de ellos. Jugó más de 1,200 partidas oficiales, perdiendo sólo en 36 oportunidades. En la historia del ajedrez, sólo 48 jugadores han alcanzado un nivel de ELO (el actual sistema de “rating” de la Federación Internacional de Ajedrez) de más de 2,700 puntos. El nivel de Capablanca fue calculado en 2,725, lo que lo califica como Super Grand Master.

Quizá lo que fue el gran Capablanca se pueda apreciar mejor en las palabras escritas por Harry Golombek, el Grand Master británico: “Siempre supe que los otros seis campeones mundiales con los que he jugado eran mucho mejores que yo. Pero, cuando jugué con ellos, siempre tuve la ilusión de que tendría una infinitesimal oportunidad de quizás empatar. Pero no con Capablanca. Con él, siempre pensé que, desde mi primera jugada, estaba condenado a la derrota. Su secreto era en parte su elegancia, su gracia extraordinaria y la imposibilidad de que otros entendiéramos su manera de jugar”.

Aunque Capablanca no fundó un estilo de jugar ajedrez como lo han hecho otros campeones mundiales, su influencia fue enorme. Por ejemplo, grandes campeones mundiales (como el americano Bobby Fischer y los rusos Anatoly Karpov y Mikhail Botvinnik) admiten haber sido sumamente influidos por Capablanca. Aún más: Botvinnik opina que el mejor libro de ajedrez jamás publicado fue “Fundamentos del ajedrez”, escrito por el campeón cubano. Botvinnik afirma que en ese libro, por primera vez en la historia, alguien explica que, aunque el alfil es normalmente una pieza más poderosa que el caballo, la combinación de dama+caballo es más fuerte que la de dama+alfil, ya que el alfil simplemente imita la misma movida diagonal que puede hacer la dama, mientras que el caballo puede inmediatamente tomar escaques a los que la dama no puede llegar.

Genio, sí. Grand Master, por supuesto. Campeón Mundial, sin duda. Orgullo de Cuba, indiscutiblemente. ¿El mejor de todos? Tal vez.

Cortesía Herencia Cultural Cubana

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