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Capítulo después del final o la casa de locos

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Capítulo después del final o la casa de locos

Capítulo después del final o la casa de locos
abril 02
12:23 2016

 

—Jamás le pude dar una pedrada a una garza, ni a un cagale­che.

—Corre, corre, apaga el fogón que se bota la leche y después no hay Dios que lo vuelva a encender.

—Qué cansada estoy, qué cansada estoy de esta miseria.

—Oye, no se te olvide decirle a los muchachos por ahí, que estamos vendiendo durofríos a dos por un medio.

—La gandinga frita es lo mejor del puerco.

—Gandinga con cerveza, uhh qué rico.

—Por favor, que no vaya a llover hoy, basta ya: nos vamos a convertir en ranas, en renacuajos.

—Si llueve hoy, me doy un tiro, ese fanguero por todos lados no lo resisto. No se puede ni salir a la esquina con estos aguaceros: doy lo que sea por un paraguas. Para colmo este ani­mal, que no cuida nada, que vive por vivir, botó el último nailon que quedaba para uno taparse. Es una bestia, debería vivir en un potrero.

—A ese perro hay que sacarlo de aquí, mordió al niño, y cuando se bestializa, si no parte la cadena, sale con la casa a rastro por todo el pasillo hasta la calle, un día va a matar a alguien.

—Se murió Sofía.

En la loma encontrábamos unos hongos rarísimos que nacían donde cagaba una tiñosa. Yo los miraba, pero jamás me atreví a tocar ninguno. Mi padre me había dicho que eran venenosos, porque al que le caía una cagada de tiñosa en la cabeza, le daba tiña y luego no le salía más el pelo.

—Patica pa que te quiero.

Yo metía la cáscara de la piña en un pomo, lo tapaba con una tela blanca y lo ponía a fermentar, por una semana, para hacer garapiña.

—Ay, mi hijita, no creas que yo siempre fui esta vieja, no quieras saber tú cómo tenía los titis yo atrás, para escoger. Buenos partidos, no baquetas como éste que no sabe ni clavar un clavo.

Mi barrio está aleteando en el techo de la casa, como si le hubieran retorcido el pescuezo. Patea las tejas, sus plumas más pequeñas revolotean a su alrededor como la guata de una almohada rota.­

Hace unos días, de madrugada, alguien que lo estaba ve­lando, se robó el racimo cuando todos dormíamos. Pipo dice que fue El Jabao de la calle H.

—Para qué cortaste ese racimo de plátanos, todavía no están hechos.

—¿Qué tú quieres, que siga trabajando para el Inglés?

—Es preferible antes de que lo tengas que botar pasmado.

—Pícale arriba una cebolla y échale un poco de manteca caliente.

Por gandido mi padre me hizo comer un cartucho de galletas que mandó a buscar a la bodega.

—¿No querías galletas? Come galleta, reviéntate ahí comien­do galletas.

Galletas de sal, Gilda. Grandes como un plato de dulce.

Mi madre en la cocina friega, mete y saca del agua las manos llenas de jabón. Me parece que tararea alguna canción, toda la blusa la tiene mojada, se arquea y con la mano rastrea el fondo del fregadero en busca de alguna cuchara extraviada.

—¡Ay!, mira qué largo tengo el rabo y no fui al veteri­nario. Tengo también telarañas en la boca, me sirven de filtro cuando respiro.

—A ver, respira.

—No respiro.

—Habla.

—No hablo.

—Vomita.

—No puedo vomitar, no he comido, si quieres te echo las bilis.

Juan Tanque se estaba desangrando en el baño y Felina la Gaga vino a buscar a pipo para que ayudara a sacarlo. Todo porque al sentarse la taza cogió aire y explotó. Tuvieron que quitar la puerta para sacarlo. No fue nada grave pero le dieron como trescientos puntos en las nalgas. Pipo después nos hizo el cuento muerto de la risa.

—Pancho Carrancho mató a su mujer con cuatro palitos y un alfiler.

—Qué maravilla, dónde habrá podido encontrar el alfiler.

—¿Qué?

—El queque lo vendían hace mucho tiempo en el puesto de Narcisa.

—A la mata de frutabomba mi padre le clavó una puntilla bien abajo para que dé frutas. Pipo dice que es una frutabomba macho.

Por la tarde las nubes lo cubrieron todo y el frío llegó. ­­

—Yo no le veo forma de invierno, dónde están las tetas, digo los senos.

—Yo no le veo forma de nada, dónde está el fondillo, digo el culo.

—Parece abril, parece mayo, que cante un gallo.

—Esta lluvia ha traído sólo frío, nada de camisas de corduroy, ni camisetas enguatadas, ni abrigos para taparnos. Y para qué hablar de chocolate caliente y churros. Es un fantasma este invierno.

—No imbécil, fantasma fue el hombre que vio Rolo en la oscuridad de la cocina, sentado en una silla. Mima dijo que era fulano o mengano, o ciclano o zutano, o esperancejo.

—Nunca más volvió ni en las noches oscuras, ni calurosas.

—Qué paquetero. Eso no se lo cree nadie.

—Cuando llueve de noche me cago todo.

—Basta de hablar mierda, c’est fini.

—No sé de dónde viene, Noelia no, sino esta porquería. Imbécil me estoy poniendo, me estoy volviendo.

—Él una vez se cagó en los pantalones en la escuela, la maestra no lo dejó salir al baño porque no le creía.

—Lo siento, pero los chícharos tienen gorgojos

—A Fefa mi amiga le robaron el gato por la ventana de la sala. Va a cundir el pánico y cállate soldado.

Los primeros pantalones, casi largos, que me puse, fueron bombachos, mima se los compraba a un vendedor ambulante que pasaba de vez en cuando, también vendía de montar a caballo. De montar a cualquier caballo menos a uno. El número uno es caballo en la charada, qué verracada.

—Me hace falta una pijama para no pasar frío de noche.

Mima salió con dos cubos de agua para el portal y la tiró a la calle.

— Si me vuelves a sonar ese siquitraque te mato.

—Soy un viejo como tú y ando en cuatro patas comiendo hier­ba.

—Es un pegoste este niño, no se puede tocar por ningún lado.

—Estás muerto.

—Sí, he muerto al fin, entro de cabeza en la tierra. Mima me dice que es sólo un sueño, alucinaciones sin importancia, un desperfecto del subconsciente sin trascendencia. Pero yo saco mi mano del sueño y me toco, sé que estoy ahí.

Capítulo de la novela En Blanco y Trocadero (Neo Club Ediciones, 2015). Para leer el libro completo,

clic aquí.

Sobre el autor

Nicolás Abreu Felippe

Nicolás Abreu Felippe

Nicolás Abreu Felippe (La Habana, 1954) llegó a los Estados Unidos en 1980, a través del puente marítimo Mariel-Cayo Hueso. Es autor de “Al borde de la cerca” (Madrid, 1987), testimonio de sus experiencias como asilado en la embajada de Perú en La Habana; de las novelas “El lago” (Miami, 1991), “Miami en brumas” (Miami, 2000), “La mujer sin tetas” (Santo Domingo, 2005) y “En Blanco y Trocadero” (Miami, 2015). Es coautor, con sus hermanos, de “Habanera fue” (Barcelona, 1998). Reside en Miami.

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