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Carta a José Julián Martí y Pérez

Carta a José Julián Martí y Pérez

Carta a José Julián Martí y Pérez
julio 02
15:49 2014

Mi muy querido Maestro:

En la antesala de la celebración del 4 julio, día de la Independencia de Estados Unidos de América, pienso en usted, y no es que pensar en usted sea cosa de un solo día. Bien sabe Dios que usted no se aparta nunca de mi pensamiento y  que me acompañan más sus libros que la misma Biblia. Su obra a mi lado nunca duerme; me habla y en ocasiones no me permite conciliar el sueño.

¡Ah!, querido Maestro, yo siempre lo pienso, pero este 4 de julio su vida y su obra parecieran acercarse más que nunca a la cabecera de mi cama y usted mismo con esa luz que nunca le abandona me abre una vez más las puertas de su Edad de Oro: “Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América…”

Los niños de Norteamérica, querido Maestro, tienen algo muy preciado, La Libertad, que van a celebrar pasado mañana 4 de julio. Nuestros niños de América, o no tienen libertad o la tienen a medias circunscrita a la miseria, a la ignorancia, al abuso para unos, al desgobierno y a la mentira para los nuestros, los suyos y los míos, los niños cubanos, los de Venezuela. Me pregunto qué concepto más allá de aquel con el que han sido adoctrinados, tienen nuestros niños de La Libertad.

En el futuro en que ya es hoy. Para los niños, que son La Edad de Oro. Isla de Mambrú. 07-02-14

¡Ah!, su alma es tan pura, Maestro, su alma es de un cristal finísimo y usted ha podido penetrar un territorio vedado a muchos, el alma de los niños. Yo no puedo entender ciertas cosas y me pregunto qué pasa con nuestros niños en América; marginados, explotados, viviendo en las calles… Todos ellos niños nuestros, más suyos que de nadie, para los que Usted pretendió un futuro mejor, los de su Patria, los de la Patria de Bolívar, los de todas las Patrias, viven en el futuro en que ya es hoy, Maestro; muy desafortunadamente ese hoy está plagado de infelicidad, subdesarrollo, miseria moral, falta de alimentos y enseñanza para millones de nuestros niños, los del mundo, sus niños, nuestros.

En el futuro en que ya es hoy, Maestro, viajando solos, en difíciles –y no por extrañas, ajenas a nosotros– circunstancias, llegan niños a estas tierras invadidos por el miedo de no alcanzar el objetivo de su viaje o lo que es peor, asaltados por el acaso, la terrible incertidumbre de que su viaje y su desventura no tengan fin y se les regrese a sus países de origen sabe Dios en qué circunstancias.

La Edad de Oro“Los niños son los que saben querer”, me dice. Por qué no queremos a los niños como debe de ser. Qué estaría pensando Usted aquí y ahora. Usted nunca se hubiera quedado con los brazos cruzados. Usted hubiera movido el cielo y la tierra por un solo niño. Usted, que sufrió en carne propia el dolor de dejar atrás al suyo para salvar a otros, aún con la esperanza de volver que se le hizo escurridiza.

No creo que para usted habría plena celebración de la mentada fecha. Tenemos aquí en Norteamérica niños felices, niños afortunados, con sueños realizables. Eso es motivo de felicidad y de alegría para Usted y para mí –líbreme Dios de no sentirla; por ellos, por sus padres, por esta tierra–, pero hay en mi país, su país, en nuestros países, una terrible ignorancia, una condición inconcebible que escamotea el sentido de la palabra infancia. Muchísimos niños en el mundo entero mueren de hambre, por abuso, son discriminados, violados, asaltados, muchos viven sin educación, sin libertad, sin derechos, no conocen el justo significado del vocablo niñez.

Querido Maestro, aún tengo fe, esa que dicen mueve a las montañas, fe mía en Usted. Levántese de su tumba, Maestro, sírvanos de guía, esgrima nuevamente la palabra, derribe con ella las barreras de la fecha y toque los corazones que haya que tocar para que los niños todos sean queridos y respetados como debe de ser. Para que, especialmente este 4 de julio, aquellos que han llegado a  Norteamérica en busca del significado capital de la palabra infancia, no se pierdan en el tiempo sin lograrlo.

Suya en la eternidad,

María Eugenia Caseiro

Sobre el autor

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro nació en La Habana. Narradora, poeta, es Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba-Exilio, Miembro Colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Integra la Muestra Permanente de Poesía Siglo XXI de la Asociación Prometeo de Poesía, y el comité editor de La Peregrina Magazín. Es Miembro de la Asociación Caribeña de de Estudios del Caribe, de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe y de la Unión Hispanoamericana de Escritores. Ha publicado “No soy yo” en edición bilingüe (español y rumano), 2005; “Nueve cuentos para recrear el café” en edición bilingüe (español y francés), 2010; “Escaparate, el caos ordenado del poeta”, en 2011, y “Arreciados por el éxodo” en 2013. Reside en Miami.

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5 comentarios

  1. MECaseiro
    MECaseiro julio 02, 16:05

    Gracias, Añel, en nombre de la fe.

  2. Manuel Gayol Mecías
    Manuel Gayol Mecías julio 02, 17:35

    Precioso, simplemente precioso por lo bien escrito y sentido, por lo humanidad que sale de cada una de sus palabras y párrafos. Un abrazo para María Eugenia, Manuel

  3. MECaseiro
    MECaseiro julio 02, 18:19

    Gracias, Manuel.

  4. Armando Añel
    Armando Añel julio 02, 22:29

    Gracias a ti María Eugenia! Nos enorgullecemos de contar con textos tuyos en Neo Club.

  5. MECaseiro
    MECaseiro julio 03, 08:58

    Así sea, Ley. Gracias

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