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Cartas ajenas

Cartas ajenas

Cartas ajenas
enero 23
01:30 2014

La carta no era para él. Trató de devolverla al día siguiente, pero el cartero, un negro americano canoso que hablaba bastante español, no quiso recibirla. Le explicó que siempre había entregado esa correspondencia allí.

–Pero no es mía, soy el nuevo inquilino –protestó él.

–Señor, a mí nunca me han devuelto esas cartas –repuso el cartero, algo molesto.

No quiso seguir discutiendo. El hombre no parecía entenderle, ni siquiera en inglés. Y aunque le incomodó un poco hacerlo, abrió la carta ajena esa misma noche, cuando regresó del trabajo. Antes de elevar una queja quería averiguar con quién estaba lidiando.

“Los besos por escrito no llegan a su destino; por el camino se los beben los fantasmas”. Franz Kafka.

Había demorado bastante, como toda correspondencia que venía de su país. Casi un mes, pensó, después de ver el matasellos y sacar cuentas. Aquello confirmó su vieja sospecha de que allá el gobierno abría y leía todas las cartas que se enviaban al extranjero. Estaba escrita a mano, en letra un poco torpe y apretadita. Empezaba: Querido hijo…

Antaño, su madre solía escribirle cartas parecidas. Como no conocía el clima tórrido de la Florida, se empeñaba en darle toda clase de consejos absurdos, como que se abrigara bien y tomara cocimientos calientes cada vez que nevara. O le aconsejaba sobre novias que nunca había tenido y le advertía sobre malas compañías en que jamás había andado. De cuando en cuando, le pedía medicinas o alimentos que escaseaban allá, como ciertos ungüentos o las gelatinas de frutas que tanto le gustaban. A veces también, le enviaba plantillas meticulosamente recortadas de páginas de papel periódico, a la medida de algún tío o primo a quien había echado ya en el olvido y ahora necesitaba zapatos nuevos. Nunca dejaba de quejarse de lo poco que le escribía, y sobre todo, de la seca brevedad de sus cartas.

¿Volvería a saber de ella?

Siguió leyendo, cada vez más avergonzado de su intromisión, y al mismo tiempo, cada vez más triste.

Sin proponérselo, la autora de aquella misiva había revuelto para él una lacerante memoria. Y es que su madre ya no le escribía, y no sabía realmente por qué. Un día, sus cartas simplemente cesaron de llegar. Fue un inexplicable silencio del cual todavía no se recuperaba.

“¿Qué se ha hecho de ustedes, por Dios?”, terminaba la carta. “¿Dónde te has metido, que mi voz no te alcanza? Mi único hijo: Dime al menos que te has muerto, para poder enterrarte y dolerme de ti”.

Cómo un difunto podría dar razón de sí para instigar su propio duelo se le antojó un misterio imponderable. Pero podía explicarse muy bien por qué alguien podría exigir tal proeza de un fallecido. El mismo había escrito muchas veces a su madre desaparecida. Las primeras tres o cuatro, con la serena convicción de que tendría respuesta en cuestión de semanas, en todo caso, más o menos al cabo de un mes; pero las siguientes cinco o seis, en rápida y crispada sucesión, casi a sabiendas de que eran mensajes inútiles, arrojados a un silencioso y terco vacío. “¡Háblame! ¡Resucita, carajo!”, parecían gritar.

Fue completamente en vano.

Al día siguiente, volvió a discutir con el cartero.

Esta vez, no se negó de plano a aceptar la carta de vuelta. Hizo incluso un ademán de tomarla, pero no sin antes advertirle de las graves implicaciones legales de devolver un correo abierto sin la autorización de su legítimo destinatario.

–Tendré que reportarlo –dijo– La violación de correspondencia es un delito federal serio, por si no lo sabe. Puede ir a la cárcel por eso.

–¿Me está amenazando?

Se abalanzó sobre el cartero, agitando el sobre abierto en sus narices. ¿Quién se creía? ¿Cómo se atrevía a acusarle así, después de obligarlo prácticamente a quedarse con aquella estúpida misiva? Pronto, los dos estaban increpándose a gritos, manoteándose. Una vecina salió al fin, como de la nada, y se interpuso entre ambos.

–Basta –les dijo. Los separó y enseguida lo tomó a él de la mano.

Era una mujer joven, trigueña, con un murciélago de alas abiertas tatuado en la muñeca derecha y una argollita, pequeñísima, que le colgaba cómicamente de una ventana de la nariz. Tenía un rostro mofletudo de expresión calma y bonachona, y una de esas siluetas robustas que en estos tiempos llamarían compasivamente “rubenesca”, y que apenas cabía en el ámbito de sus ceñidos bluyines.

El se dejó conducir con desgano, pasillo abajo, cargando la bolsa de compras de la joven mientras echaba miradas fulminantes al cartero, que no acababa de irse.

–Dé-je-lo –susurró ella.

–Es un energúmeno.

–No importa, es el cartero –repuso la joven, en un hilo de voz.

–No me voy a dejar maltratar así.

–¡Usted se acaba de mudar!

–¿Y qué?

–No me grite. ¿Qué más le da quedarse con esa carta?

–¡No me da la gana!

Ella exhaló un suspiro y le soltó la mano de golpe. Así suceden las desgracias, dijo entonces. Por los malentendidos.

–¡Esto es una locura! –contestó él.

–Y usted, ¿se ha tomado el trabajo de leer la carta? ¿Sabe por lo menos lo que dice?

Avanzó un poco más en silencio. Le hubiera dado demasiada vergüenza reconocer que había hecho eso precisamente, y haber impedido también que aquella carta ajena, con toda su angustiosa carga, llegara a quien verdaderamente podía atenderla. Otro llamado que se desperdiciaba, otra súplica inútil lanzada a la nada, como tantas…

–¿Para qué? –dijo al fin, con fingida resignación.

Para entonces, ya se habían detenido ante una puerta de la segunda planta y la joven estaba inclinada, trasteando con el cerrojo. Algo parecía no caber o ajustarse, y le costaba un enorme trabajo. Le pidió que lo dejara probar, pero ella logró abrir al fin, empujando la puerta levemente con un hombro.

El apartamento era idéntico al suyo, pero el exceso de muebles, cuadros, floreros, adornos y cachivaches lo hacía parecer pequeñísimo. En el medio mismo de la sala, inmóvil como una figura de cera en silla de ruedas, un anciano enclenque, de cabello plateado y larguísimo, permanecía con la vista clavada en la pantalla de un enorme televisor. A juzgar por el vacío cuasi desdeñoso de su mirada, no prestaba mucha atención a las imágenes: una vieja comedia de enredos que retrasmitían a esa hora. Algo sobre una estación de policía neoyorquina. Ni las voces de los protagonistas ni las risas enlatadas que debían provocar sus ocurrencias podían escucharse, porque el volumen del aparato había sido aparentemente atenuado hasta el silencio.

–Papá –saludó ella al viejo distraídamente.

Este no pareció darse por enterado. Se ajustó la gorra de los Yankees y siguió mirando al frente, como si nadie hubiera entrado. Pobrecito, hace cinco años que está así, dijo la joven entonces, en un susurro.

–¿Embolia? –preguntó él.

–Un día enmudeció –dijo ella– No habló más, no dijo más, no sé si oye, nunca contesta.

La ayudó a llevar las compras hasta la cocina y después a meterlas en los anaqueles y el refrigerador. La mesa del comedor estaba atiborrada de pomos de medicinas, algunos destapados y vacíos; también de recibos viejos. Miró las etiquetas de reojo: cosas para la ansiedad, la presión, la diabetes…

El viejo había cerrado los ojos y roncaba ahora mansamente, con la barbilla casi hundida en el pecho. La pantalla del televisor se había tornado de un gris claro y graneado. La gorra de los Yankees yacía en el piso. La joven se llevó un dedo índice a la boca y sopló sobre él suavemente: Sssssss… Luego, se agachó y recogió la gorra.

–Hora de la siesta –dijo muy bajito, poniendo la gorra al durmiente con cuidado– A veces no me doy cuenta si está despierto o soñando. Tengo tanto miedo que un día se apague…

–Es una edad difícil.

–Qué se va a hacer –repuso ella.

–Es verdad. ¿Y su mamá?

–Hace años nos falta –contestó la joven– ¿La suya vive?

Lo pensó un poco y después se encogió de hombros. Qué sé yo, dijo.

Se sintió obligado a explicarse enseguida, a contarle que su madre había dejado de escribirle, de la misma manera que su padre había perdido el habla, y ahora, atrincherado en su terca mudez, se negaba a darle una mínima señal de vida.

–Ya ve: tenemos algo en común –dijo ella.

–No creo –contestó él.

–Somos los huérfanos, los abandonados, ¿no se da cuenta?

–Mejor que me vaya –dijo él por fin.

Ella lo acompañó hasta la puerta –un corto tramo– revisando distraídamente la correspondencia que había traído con las compras. No mucha, ni poca tampoco. Lo de costumbre: anuncios de tiendas y funerarias, flyers, ofertas de seguros, felicitaciones de un concejal por su cumpleaños, cuentas y más cuentas. Y justo cuando iban a despedirse, se detuvo al tropezar con una de las cartas. Alzó los ojos enseguida.

–Es para usted –dijo la joven, tendiéndole el sobre largo y blanco.

Al día siguiente, el cartero le pidió disculpas. Tocó a su puerta y le tendió la mano.

–La cara se me cae de vergüenza –habrá dicho al menos tres o cuatro veces.

Dado que ponía gran empeño en clasificar rigurosamente el alijo de correspondencia que le tocaba repartir cada día, no podía explicarse cómo su carta se había mezclado con el correo de aquella gordita. Era prácticamente imposible, le aseguró. Conocía perfectamente el semblante de cada vecino y sabía de memoria el número de sus casas y la ubicación exacta de sus buzones, por lo que jamás en su larga carrera en el servicio postal se le había traspapelado una carta.

Hasta ahora, se apresuró a aclarar, sentado a la mesa del comedor, con su carrito de lona rebosante de sobres y cajas a su lado.

Atribuyó el descalabro a la mala costumbre de la mayoría de los vecinos de aquel barrio, de entenderse casi exclusivamente en una lengua foránea, y al hecho de que ostentaban, en general, apellidos impronunciables; pero achacó el extravío, sobre todo, a la avalancha de misivas que se había volcado sobre él casi desde el momento mismo de su mudada.

–No se me vaya a ofender –le dijo, ceñudo– Puedo lidiar con la barrera del idioma, pero no contaba con este trastorno. Es demasiado. No es humanamente posible.

El cartero metió entonces una mano en el carrito y sacó un bulto de sobres de todo tamaño y color, atado por gruesas tiras de goma. Se lo mostró. A todas luces, era pesado. Apenas podía apresarlo entre sus dedos.

–¿Y qué quiere que haga? ¿Pedir disculpas por todas esas cartas ajenas? –preguntó él, exasperado.

–Claro que usted no tiene la culpa de sus cartas, no sea sarcástico –respondió el cartero.

–¿Quién dijo que son mis cartas?

–El que no estén dirigidas a usted no significa que no sean su responsabilidad.

–No me diga.

–Los inquilinos vienen y se van, pero las direcciones no cambian –sentenció el cartero– Las cartas van a seguir llegando.

–Usted las trae –repuso él.

–¿Qué remedio me queda? Mucho antes de que usted soñara con mudarse aquí, yo cubría esta ruta. ¿Sabe cuántas cartas pasaron por su buzón en todo ese tiempo?

No esperó a que le contestara.

–Miles –le dijo– Miles. Usted no es el primero en vivir en ese apartamento ni será el último tampoco.

¿Nadie le había contado aún de aquella familia?

Para ahora, las paredes de su apartamento no conservarían huella de sus sombras ni memoria de sus parloteos; mucho menos el eco de sus tontas peleas domésticas. Nada de su calor seguramente. Pocos recuerdan sus nombres tampoco. Así sucede a menudo. Pero sus vecinos no habían olvidado las horripilantes vistas de sangre, vidrio pulverizado y chatarra retorcida en los noticieros de las seis. Ninguno de los tres –madre, padre, hijo pequeño– sobrevivió al accidente, si es que se puede llamar así a una degollina semejante.

El montacargas había girado repentinamente en la esquina donde esperaban una luz verde, en una maniobra que pareció proeza de torpe acrobacia mecánica, y fue entonces que las palas traspasaron su vehículo como un cuchillo afilado, empezando por el parabrisas y abriéndose paso después hasta el fondo, segando todo lo que hallaron a su paso: carne, hueso, cartílago, cristal, plástico, acero…

Decapitados.

La palabra resonó en esos días por las ondas radiales, y se propagó con lacrimosos titulares de prensa, hasta casi perder por completo, en el eco de cada día, su timbre lúgubre.

Hubo misas y procesiones. Lamentos públicos y llamados a modificar las anacrónicas leyes del tránsito. Colocaron una tarja con flores en el lugar de la tragedia. El alcalde en persona despidió el duelo días después ante una muchedumbre convocada al cementerio desde todas partes: dolientes vicarios de los verdaderos parientes que nadie consiguió localizar para el sepelio, porque como los de muchos, vivían allá. En su apartamento no se volvió a encender la luz en largo tiempo, pero el correo que ya nadie recogía colmó pronto el buzón abandonado.

–Debí darme cuenta enseguida, eran demasiadas –dijo el cartero.

Los sobres asomaban por los bordes de la tapa, pugnaban por escapar, caían y se desparramaban por el piso. Y qué cartas: largas, angustiadas, devastadoras. ¿Cómo las hubiera podido devolver al remitente, y menos después de haberlas leído casi todas? Alguien, no se acuerda ya quién, le ayudó a entenderlas. Absorbidas en sucesión, eran como un crescendo de lamentos y reproches. Un grito prolongado con muchos altibajos pero un fin único: ahogar el obtuso silencio del destinatario, y arrancarle, aunque fuese, la más dolorosa de las respuestas. Un clamor, un llamado triste al hijo ausente y desmemoriado.

–Habría que tener el alma muy negra para no hacer caso –dijo el cartero, meneando la cabeza.

–¿Usted le escribió? –preguntó él entonces.

–Ojalá –contestó el cartero–. Pero eso le toca siempre a los nuevos inquilinos, como usted.

–No se haga ilusiones.

–Es su turno, piénselo –repuso el cartero.

Le tendió luego el bulto de cartas ajenas. El las miró, pero no movió un dedo.

–Sin compromiso, mañana me dice –insistió el otro, empujando el bulto más cerca de él, al otro lado de la mesa.

Al día siguiente, lo despertó la algarabía: el ulular de una ambulancia, una mujer sollozando, chasquidos de metal contra metal, pasos sobre el pavimento. Saltó del sofá donde se había quedado dormido la noche antes y corrió hasta la ventana de la sala. Miró entonces, con cautela, por las persianas entreabiertas.

Abajo, el patio principal y su jardín parecían el epicentro de todo el pandemonio. Un raquítico grupo se abría paso en ese momento, con lentitud, por el caminito bordeado de arbustos: una camilla, con su carga humana cubierta de pies a cabeza por una sábana, arrastrada por paramédicos uniformados, y seguida de la gordita de la segunda planta, bañada en lágrimas. Parecía más bien un cortejo fúnebre.

Bostezó y miró a su alrededor.

Le asombró el montón de cartas que había podido leer antes de quedarse dormido. Sobres abiertos y papeles cubrían casi toda la superficie de la mesa del comedor, parte del sofá y hasta se esparcían por el piso. Han de haber sido cientos. Aun así, el bulto que el cartero le encomendó no parecía haber mermado mucho. Se destacaba en medio de todo el reguero. Se prometió devolvérselo esa misma mañana. No tenía sentido seguir hurgando en aquella vieja herida. Para este momento, su madre estaría tan muerta como el padre de aquella muchacha. Muerta y lejos, donde el correo no llega.

Encendió el televisor después de su primera inyección de café matinal, y sorbo a sorbo, empezó a navegar entre canales, blandiendo el control remoto como si se tratara de una pistola. Las emisoras, enlazadas por alguna razón en una monótona trasmisión en cadena, mostraban imágenes que parecían reiterarse al infinito, como en un loop: un enorme avión de pasajeros estrellándose de cabeza contra un rascacielos, traspasando sus muros, para luego estallar en llamas, una y otra vez. Saltó de canal y vio la multitud aterrada que se desplazaba a tientas por las calles, envuelta en una nube de cenizas grises, sin encontrar su rumbo entre escombros y alaridos, casi en otro planeta. Cambió de canal nuevamente y contempló esta vez las diminutas figuras humanas que salían casi a rastras de las altas ventanas. Brincaban una tras otra, derecho al abismo y lejos del fuego, como hormigas locas. Una se volvió y pareció esbozar con los labios una sola palabra antes de caer al vacío: A-DIOS.

Apagó el televisor enseguida y permaneció un momento con la vista fija en la pantalla oscura. ¿Había visto su rostro acaso? ¿De veras se despedía de él?

“Quieto”, se dijo, contemplando la alfombra de cartas que se tendía a sus pies. Sacó una al alzar del bulto de correspondencia y abrió el sobre. La leyó.

Mi único hijo: Dime al menos que te has muerto, para poder enterrarte y dolerme de ti”.

            La arrojó al piso y leyó otra.

Igual.

Y otra más.

Siempre la misma súplica: “… para poder enterrarte y dolerme de ti”.

En eso, oyó sonar el teléfono. Pero justo cuando iba a levantarse y contestar, alguien tocó a la puerta. Dio un brinco y se deslizó luego en punta de pies hasta la ventana. Contuvo la respiración y miró por una hendija: el cartero.

Aguardaba, impaciente, con la palma abierta de una mano plantada sobre la puerta. Bajo un brazo, sujetaba un paquete de cartas semejante al que antes le había dado, quizás de mayor tamaño y peso. ¿Querría endilgárselo también? ¿O vendría a recoger el otro? Tocó a la puerta de nuevo, pero no le abrió. Permaneció inmóvil, en rígida actitud de expectativa, hasta que vio al cartero dar media vuelta y alejarse.

Corrió entonces a la mesa. Antes de sentarse, dispersó y echó al piso las cartas y sobres abiertos que la cubrían. Enseguida pudo verla: había estado escondida todo el tiempo debajo de aquel reguero. Levantó de golpe la tapa y oprimió el botón de encendido de la laptop. La pantalla se iluminó enseguida. No había otra manera de romper el infernal ciclo de silencio, se dijo. Tendría que contestarle, como si de su propia madre se tratara. Al menos esta vez, quizás una sola vez, para tranquilizarla y hacerle saber que en Miami no cae nieve y no había perecido en aquellos horribles atentados. Después, ¿quién sabe?

Sus dedos empezaron a pulsar las teclas.

“Querida mamá”, escribió.

“Cartas ajenas” forma parte de un libro de relatos en preparación titulado “Malas lenguas”. Prohibida la reproducción en otros medios sin autorización escrita del autor.

Sobre el autor

Manuel Ballagas

Manuel Ballagas

Periodista, crítico y escritor, Manuel Ballagas (La Habana, 1948) formó parte del Consejo de Redacción del grupo El Puente, en 1964. En Cuba su libro “Con temor” fue destruido por el castrismo, que envió al autor a la cárcel en 1973 por “diversionismo ideológico”. En 1980 se exilió en Estados Unidos y desempeñó cargos ejecutivos en publicaciones como The Wall Street Journal, The Miami Herald y The Tampa Tribute. Es fundador de la revista literaria Término, de la cual fue codirector durante cinco años. Es autor de las novelas “Descansa cuando te mueras” y “Pájaro de cuenta”, y del libro de memorias "Newcomer".

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1 comentario

  1. Carvajal
    Carvajal enero 27, 13:35

    Magistral este cuento. Aunque uno presiente desde el principio el final, el detalle de las torres gemelas le da un aire diferente de urgencia y frescura.

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