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Cartas de amor

Cartas de amor

Cartas de amor
junio 25
00:36 2014

Les temo. Parece que les detesto, pero no es así. Solo les temo.

Creen dar mucho. Si dieran mucho siempre seguiría siendo poco para lo que podrían dar. Creen tener dinero, pero en verdad es el dinero quien les tiene a ellos. Este es un razonamiento feo, egoísta, mezquino, sobre todo porque generaliza, pero no puedo evitarlo. Nunca he tenido dinero, así que también es inexacto.

Les tengo tanto miedo que no suelo relacionarme con ellos. Pero ahora se trataba de un trabajo y no podía darme el lujo de rechazar nada.

—¿Quiere tomar algo? —preguntó.

—Tengo prisa. Preferiría que me diga en qué consiste el trabajo.

—Necesito que escriba unas cartas para mí.

—¿Qué cartas son esas? —pregunté.

Dudó.

—¿Seguro que no quiere nada? ¿Un café? —insistió.

—Ya le he dicho que tengo prisa.

—Cartas de amor —dijo en un tono muy bajo.

Confieso que me extrañó, mucho, pero me repuse enseguida.

—¿Por qué baja la voz? ¿Le avergüenza sentir amor?

Era una oportunidad de hacerle saber que éramos distintos. Escribía cartas de amor, por dinero, pero le daba verdadero valor a los sentimientos de los que encargaban y recibían las cartas, un valor que no tenía solo que ver con lo que me pagaban por el trabajo.

El camarero preguntó si deseábamos ordenar ahora. Me miró, negué con la cabeza y no pidió nada tampoco para él.

—Lo que me avergüenza no es el amor, es pedirle que escriba por mí lo que siento.

—Entonces por qué no lo escribe usted.

—No sería igual: no suelo expresar demasiado. No sabría.

—Pruebe, si no lo consigue podría llamarme otra vez.

—Le pagaré el doble. Por adelantado. Pero quiero que las escriba usted.

Le temblaba la mano que tenía sobre la mesa. Milimétricamente colocados en el centro del mantel había una azucarera y un frasco a juego con sobrecitos de crema.

—De acuerdo —dije —. Tendrá que darme algunos detalles para que pueda escribirlas —desde el principio sabía que lo haría, pero no quise aceptar sin parecer que podía no hacerlo.

—Será una carta a la semana. ¿Cree que una semana es mucho o poco tiempo? —preguntó.

—¿Para qué? ¿Para recibir una carta de amor? ¿Conoce a alguien que reciba una carta de amor a la semana? —estaba incómoda. Le había pedido detalles de lo que sentía y él entendía que se trataba de cantidades. No quería hacer este trabajo y me fastidiaba tener que hacerlo porque necesitaba el dinero.

—Trato con mucha gente; hablamos, viajamos y hacemos negocios juntos, pero eso no quiere decir que las conozca. Nunca se conoce del todo a las personas. Por eso quiero que usted escriba esas cartas. Sería conocernos de otro modo —estaba de acuerdo en que es muy difícil conocer a las personas, pero no quise darle la razón, así que retomé lo último que había dicho.

—¿De qué modo? —demandé una explicación.

—¿Necesita saber eso para escribirle? —preguntó despacio. Me pareció.

—Por supuesto. Para escribirle con claridad sobre sus sentimientos, tengo que enterarme de qué siente, y qué espera de ella.

—Supongo —dijo resignado—. Muchos se me acercan, pero no están cerca de mí, usted sabe…

—No, no lo sé —dije.

—No están interesados en mí. Les interesa el dinero, no yo. Otros por el contrario, quieren dejar claro que no les interesa el dinero a tal punto, que tampoco les intereso yo, por tenerlo.

—¿El dinero? —pregunté, aunque un tanto sorprendida, sabía que él tenía mucho dinero, pero pensaba que eso era irrelevante para escribir las cartas.

—Sí, tengo dinero —dijo. Juntó ambas manos poniendo las yemas de los dedos unas contra otras— Bueno, algún dinero, tampoco es que tenga tanto.

—¿Y eso que tiene que ver con las cartas? —pregunté.

—Si solo nos escribimos cartas, si no nos vemos, para ella no será importante quién soy, ni lo que tengo.

—¿Piensa que le corresponderá sin saber quién es? —quise poner un poco de sal en la llaga.

—¿Debo responder también a eso?

—Pues sí —afirmé.

La conversación me empezaba a resultar violenta.

—Sepa que lo hago solo porque me escriba las cartas —se ladeó. Siguió sin mirarme—. No lo sé. Si no piensa en quién soy, si solo piensa en lo que siento… Me gusta tener dinero, es útil, usted sabe…

—No diga más que sé lo que supone debo saber, no es así. Usted y yo sabemos muchas cosas, pero cosas diferentes, de modos diferentes, porque somos diferentes.

Su mirada se perdió en el centro de la mesa, en el espacio que ocupaba la azucarera. Sonreía.

—No lo crea. Un saber a veces no es muy diferente de otro, igual que el desconocer. Y sí, el dinero es útil para casi todo, para pagar sus cartas por ejemplo —dijo. No me miraba. Sentí un poco de rabia.

—¿Qué pasaría si le digo que no escribiré esas cartas? —pregunté.

—Sería igual, al final encontraría alguien que las escriba. Usted lo sabe —volvió a decirlo. Estaba muy tranquilo, a pesar de que casi todo lo que le decía era desagradable y provocativo.

—Usted ha dicho que quiere que las escriba yo —presumí.

—Pagaría para que se las encargasen —me miró, pero su mirada seguía perdida—. Siempre volveríamos a estar en el mismo punto, no lo dude. Cuando he decidido venir a hablarle de las cartas es porque ya lo he pensado todo —.También parecía querer decir cosas que me provocaran, que confirmaban la imagen que en general se tenía de él, y no parecía importarle mucho.

—¿Seguro que no quiere verla? ¿Por qué está tan asustado? —pregunté.

—No me pregunto ese tipo de cosas. Todos estamos asustados por algo. ¿Cree que tendría menos miedo si supiera por qué lo tengo? No lo creo.

—¿La quiere?

—Por eso le mandaré las cartas, si no la quisiera no estaría aquí hablando de ella. Pero no quiero que nos veamos, ni que el amor sea para nosotros lo que es de común, una atadura, una autorización para juzgar al otro o para aprovecharse de él.

—¿Que le diré para justificar el que no quiera verla?

—Dígale que… estoy enfermo —se encogió de hombros.

—Una mentira —me empeñe en retorcer lo que decía.

—No lo sería del todo. La soledad en que nos dejan el dinero y el miedo es una enfermedad, benigna, no contagiosa, pero crónica.

—Igual sería mentira.

—Quizás. Cree que si le digo que no quiero que me quiera por el dinero, ¿me querría? Lo dudo. Sabría que le doy mucha importancia al dinero y eso la separaría de mí —razonó.

—No lo sabemos. ¿Piensa que nadie le ha querido por usted mismo? —intentaba hacerle sentir mal, pero también me sentía incómoda por ello.

Estábamos otra vez en aquel silencio tenso.

—No lo sé. El dinero no me ha dejado saberlo, siempre se entromete. En algún momento pide un espacio para la duda razonable y esas tonterías —me dejó atónita. No supuse que lo reconocería de forma tan tajante. Sonaba sincero y a la vez triste.

—¿Qué quiere que le diga entonces? —intenté rebajar un poco la tensión.

—Dígale que no importa incluso si contesta o no estas cartas, que lo único que quiero es decirle lo que siento.

La pobreza con la que se expresaba me hizo pensar que en verdad estaba haciendo un esfuerzo grande para estar allí.

—Será muy difícil escribir esas cartas. No consigue describirme su amor, ni qué le hace sentir —insistí.

Se mantuvo tranquilo a pesar de lo insidioso de la observación.

carta-de-amor—Tengo muchas propiedades, más de las que necesito, si las quisiera enumerar, inventariar, tomaría tiempo pero podría hacerlo; decir lo que tengo. Pero decir lo que siento, no es tan fácil —se detuvo y me miró de frente por primera vez—. Usted debería saber de estas cosas; sé lo que siento, pero no cómo decirlo, por eso quiero que lo diga usted.

—Vayamos por partes —traté de incitarle a hablar de ella—. Cuénteme qué ocurre cuando la ve.

Sonrió. De pronto estaba muy sereno.

—La veo poco. Suelo caminar cerca de ella, trato de escuchar lo que habla con otras personas, olvido lo que pensaba hacer. Ella ni lo nota.

—¿Por qué no se le acerca y le habla, o algo así?

—¿Algo así? ¿Está loca? ¿Qué clase de escritora de cartas de amor es usted? Si me acerco a ella, mi dinero se acercaría conmigo y terminaría separándonos.

No supe qué decir, tenía razón.

—¿Cómo es? —pregunté. Por apartarme del tema del dinero, y también por curiosidad.

—¿Quién? —preguntó a su vez.

—Ella —respondí.

—¡Ah! No es —su expresión se volvió dulce—. Todo lo que es, se puede tener, por eso digo que no es. Ella no, no se puede tener, nada la tiene, es como agua en las manos. Está o no. Va y viene. Pero en ningún caso se le puede tener —estaba perdido en sus reflexiones. No quise interrumpirle.

—La he visto comprar cosas, las compra sin tenerlas, no las tiene ni siquiera cuando las ha pagado. He aprendido mirándola que el tener las cosas se relaciona con la actitud que se asume al respecto de lo que se cree es de uno, porque ha pagado por ello. Ella no tiene nada. Quizás por la misma razón tampoco se le puede tener a ella. Por eso digo que no es —ahora era como si se exhibiera, hacía alarde de un pensamiento armónico, creativo, que disgregaba un poco, pero distaba de lo que yo hubiera definido como pobre. Parecía un jeroglífico del que, al final, se podía hacer una lectura obvia, sorprendente y aguda—. Es todo. No sé si podrá comprenderlo —recalcó, irónico. Me habló mirándome directamente, aunque su mirada volvía a estar perdida.

Intenté desviar su atención hacia alguna idea más concreta de la persona a la que le escribiría. No me interesaba tener una charla filosófica con él.

—¿Cómo son sus ojos? ¿Qué es lo que más le gusta de ella?

—¿Dice de qué color? Pardos, quizás —me miró otra vez de frente—. Estoy seguro, pardos —dijo—. Son como un espejo, todo se refleja en ellos y luego se va, dejando espacio para que se llene de lo que va mirando después. Lo que más me gusta de ella es que me hace olvidar quién soy, siento el olvido. Olvido el dinero y todo lo que tiene que ver con él y conmigo. Lo olvido todo. Eso mismo quisiera que ocurra en ella.

—Pero eso no ocurre en ella, sino en usted. ¿Me dice que lo que más le gusta de ella es algo que ocurre en usted?

—Sí, es lo que me hace sentir —se desesperó— ¿Por qué escribe cartas de amor si no entiende el amor? —a veces me ignoraba, otras me atacaba, pero siempre sacaba lo peor de mí.

—Porque como ha dicho antes, y aunque el mundo está muy mal repartido, unas cosas siguen siendo para unos y otras para otros: para mí el poder escribir cartas de amor, para usted el dinero para pagármelas —había un poco de maldad hasta en las palabras que escogíamos. Me molestaba su forma de tener el dinero y de expresarlo. Pensé decirle que definitivamente no escribiría esas cartas, y creo que él supo que lo diría y se adelantó, y dijo aquello, que en alguna forma, era como pedir una tregua.

—Nunca he querido a nadie así. Prefiero saber que no me quiere a seguir en la incertidumbre de no saber. Prefiero estar lejos que hacerle daño. Prefería que no me quiera, a que me quiera por algo que no sea yo mismo, o lo que siento. Alguna vez he estado con alguien que solo esperaba de mí ciertos beneficios, y no me importaba. Esta vez es diferente —la mano le temblaba más que antes, el temblor terminaba en espasmos—. Porque si no me quisiera, no tengo idea de cómo voy a seguir viviendo —terminó.

Sabía de qué hablaba, alguna vez había sentido lo mismo. Decidí hacer un alto, darle esa tregua.

—¿Cómo sabe que es amor? —en el fondo no aceptaba que aquel hombre sintiera algo tan hondo y especial.

—¿Usted qué cree? Míreme, soy bastante mayorcito como para saber que cuando me tiemblan las manos a 35º C no es de frío.

—Puede. A lo mejor solo es que le pone nervioso —propuse obstinada.

—¿Puede? ¡Nervioso! ¡Qué sabrá usted! Desde luego sabrá de escribir cartas, pero de amor… —hizo un gesto simpático, como si le hiciera gracia decirme que no sabía nada de amor.

No tenía idea de lo que podía saber, incluso sobre cómo herir.

—¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta?

—¿Más preguntas?

—Sí. Ésta en particular no tiene que responderla, puedo escribir las cartas sin saber la respuesta.

—Hágala —dijo. Me pareció que sonreía de nuevo.

—¿Qué haría si tuviera que escoger entre ella y el dinero?

Veía su rostro ladeado, muy a mi pesar reconocí que tenía un perfil hermoso.

—Entiendo que sienta curiosidad. Nunca escogería. Alguno de los dos terminaría por irse, o no. Pero si en definitiva tuviera que escoger me quedaría con el dinero —era sincero, estaba muy claro.

No comprendía, si de verdad la quería tanto, por qué escogía el dinero. Supuse que se trataba de esa mezquindad que siempre he creído caracteriza a los que tienen dinero. Presumo que advirtió mis dudas, porque enseguida continuó.

—No me entienda mal —dijo, todavía sin mirarme—. Podría irse igual aunque yo le ame y ella me ame, incluso por otras razones que quizás tampoco serían el dinero. Podría irse aunque yo no tuviera dinero —su tono seguía siendo conciliador—. El dinero siempre me serviría para pagarle a usted para que me escriba esas cartas. ¿Las escribirá? —la pregunta sonó como un ruego. Apacible.

—No estoy segura. No sé bien qué decirle sobre usted —respondí.

—No le diga nada sobre mí, dígale lo que siento.

—Tampoco me queda muy claro lo que siente —expresé con absoluta desidia.

Por primera vez me pareció vencido. Miró al suelo y habló despacio:

—Le amo. Hace que el dolor desaparezca, que pierda sentido, al menos el sentido que siempre tiene, nada importa excepto ella —casi susurró—. Hoy la he visto. Estaba sentada escuchando esa música de flautas, no han dejado de temblarme las manos desde entonces. La gente se sienta ahí a escuchar, y todos se quedan con la música dentro. Ella no, cuando se levanta la música le sale del cuerpo. Deja la música por todas partes, no se queda nada para sí misma. Pero nunca se vacía del todo, de pronto se va llenando de otras cosas e igual las va dejando por ahí, como si eso fuera normal, cuando todos sabemos que lo normal es quedarse con las cosas, aun las que no se necesitan. No es fácil de comprender, solo se entiende si se le mira amándola. ¿Cómo no amar a alguien que sobrevive sin tener? Solo pensar en ella me hace sentir en paz, aliviado —cuando calló yo estaba asombrada, y reconozco que también enternecida.

El parque era un pequeño espacio de césped, con árboles y unos cuantos bancos de cemento, en el centro había una glorieta en la que se instalaban los músicos, justo frente a la terraza donde nos encontramos. Mientras le esperaba había estado escuchando lo que él llamaba ‘esa música de flautas’. Con seguridad había estado cerca de la persona para la que escribiría las cartas y me esforcé en recordar si alguien allí, tenía unos ojos, unos ademanes parecidos a los que él describía. Estaba convencida de que no había nadie así en el parque. Lo único que podía convertir a cualquiera de todas las mujeres que me venían a la memoria en un ser tan especial, era la forma en que él la veía. Dolorosamente comprendí que me habría gustado que alguien me viera de aquella forma, que sintiera por mí algo tan extraordinario.

Este hombre podía escribir sus propias cartas de amor. Solo tenía que contarle a esa mujer el modo en que la veía. Hice acopio de fuerzas para decírselo.

—Si escribe eso que me ha dicho, no necesita que yo le escriba esas cartas —ya no estaba enojada. Había olvidado incluso que estaba aquí porque necesitaba dinero.

No contestó. Solo asintió, como si lo supiera, De nuevo me pareció que sonreía.

Estuve un rato en silencio, pensando en cómo expresar lo que me acababa de decir, distraída por completo, confusa.

—¿Por fin va a querer ese café? —preguntó.

—Bien. Negro y sin azúcar —respondí de forma mecánica. En el acto me reproché el haber aceptado su invitación. Me había tomado por sorpresa, con la guardia baja. Pero me sentí mejor pensando que tomaría el café como parte de mis honorarios por las cartas.

Levantó la mano para llamar al camarero que acudió sin demora, pidió también un café para él.

El camarero trajo unas tazas medianas con sus platillos dibujados y colocó las servilletas; eran de tela, muy blancas y ligeramente encartonadas, perfectas al tacto. Puso las cucharillas y empezó a servir con parsimonia el café, oloroso, casi perfumado, humeante. Yo empecé a tomar el mío. Él me observaba.

—¿Las va a escribir? —preguntó cuando el camarero se marchó.

—Sí. Pero no creo que resulte —respondí.

—¿Por qué? —volvió a preguntar, y como en una distracción le puso doble azúcar y crema a su café. Asumí que debería estar asqueroso de tan dulce.

—El amor vive de pequeñas cosas, de códigos, contraseñas, detalles, todo lo que usted no quiere dar. Los amores que no se concretan no están de moda, así que no creo que ella le corresponda —eso era rematar la faena, no dar esperanzas, llover sobre mojado. Me arrepentí de inmediato. Me pareció ver cómo se entristecía.

La mano dejó de temblarle.

—Es posible. Aun así quiero que escriba las cartas. Si no resulta lo dejaremos, pero antes me escribirá una última carta, de esas que se escriben para explicar que no importa y esas falsedades que se dicen. Todos saben que sí importa. ¿Ha escrito algunas de esas cartas de cuando el amor no resulta? —preguntó.

Las había escrito, pero negué con la cabeza con un gesto indefinido, evasivo, mientras tomaba el último sorbo de café. Él no había probado el suyo.

Esta vez el silencio me pareció infinito.

—¿Sabe que me llamo Mauro verdad? —preguntó tímidamente.

—Todo el mundo lo sabe —contesté.

—¿Sí? ¡Vaya! —. De nuevo sentía la ironía, pero por poco tiempo.

—¿Hay algo más que quiera que le diga? —pregunté, dando por terminada la conversación.

—Dígale que la amo. Supongo que sabrá cómo decírselo —me gustaba esa parte del encargo de las cartas donde las personas confesaban su amor. Si bien me parecía cursi, siempre llevaba implícitos una sinceridad y un desgarramiento que pocas veces se veía en la conducta humana. Ahora, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, no sonaba cursi.

Otra vez el silencio.

—¿Sabe o no? —preguntó, implacable.

—Sí. Se lo escribiré como me lo ha dicho, no hay otro modo de decirlo.

—Eso creí —dijo—. Dejaré el dinero de las cartas dentro de un sobre en su buzón. Ponga las cartas en el mío.

Éramos vecinos. Me pareció muy práctica la idea de usar los buzones; me evitaría tener que verlo en lo sucesivo. En esta conversación ya me había sentido bastante incómoda e intranquila como para pensar en repetirla.

—¿Quiere otro café? ¿Algo más? —preguntó. Parecía como si de pronto se sintiera generoso, de buen humor, o como si quisiera encontrar un motivo seguir allí.

Negué otra vez con la cabeza, sin decir nada.

Se levantó para marcharse. Me tendió la mano. Estaba sudorosa y tembló un poco al contacto con la mía, aun así fue un apretón cálido y breve, aunque a mí me pareció eterno. Cuando dejó mi mano seguí teniendo por un rato la sensación de humedad de su piel en los dedos.

—Gracias —dijo—. Si quiere algo más pídalo, lo dejaré pagado.

No me sentí tentada a decir nada. Él caminó directo a la barra, habló con el camarero, y luego se marchó.

Busqué un calificativo para este encuentro; singular, me dije. Escribiría esas cartas.

Su café seguía intacto del otro lado de la mesa. Lo probé. Estaba frío y dulce, pero en verdad no asquerosamente dulce como había pensado. Lo agregué a la lista de cosas que consideraría mis honorarios. Me lo bebí mientras intentaba escribir recordando lo que acababa de decirme Mauro, que en su gran mayoría era mucho mejor que lo que yo habría podido agregar.

Entregaba las cartas de amor manuscritas y exhortaba a mis clientes a hacer lo mismo. De regreso a casa puse la carta en su buzón. Revisé el mío, pero estaba vacío.

A la mañana siguiente había dos sobres en mi buzón, los recogí y caminé por el pasillo que recorre la zona del jardín hacia el interior de la casa.

Uno estaba abierto: traía el dinero que Mauro me pagaba por mi carta del día anterior, el doble de lo que solía cobrar. Además, como me había prometido, agregaba el dinero que me pagaría por la carta de la semana siguiente, también doble y por adelantado. Estaba bien.

El otro sobre estaba cerrado, tenía mi nombre y mis apellidos escritos con letras mayúsculas, y nada más. Lo abrí, saque la hoja de papel que contenía, estaba doblada cuidadosamente. Empecé a leer. El corazón me dio un vuelco.

Pensé que tenía que haber un error, pero en la parte exterior del sobre y en la primera línea del folio decía con claridad que estaba dirigida a mí. Era la carta que dejé en el buzón de Mauro el día anterior, transcrita en todos sus detalles, sin cambiar un punto, ni una coma. La caligrafía era impecable.

Estaba en el más absoluto desconcierto. Esta lectura la convertía en una carta diferente, como si hubiera sido escrita por otra persona: utilicé las palabras de Mauro, había muy poco mío en ella.

Mientras leía pensaba en que no le había dado las gracias por el café de la tarde anterior. Ni había dicho nada cuando me dio las gracias por aceptar escribir las cartas. Solía, al despedirme, dar algún mensaje de esperanza a todos los que me encargaban cartas de amor, era un ritual de solidaridad con aquellos que todavía creían que amar era legítimo. Pensaba en su mano sudorosa y en la sensación de eternidad que sentí al tocarla. Hasta hacía un instante, cuando revisaba el sobre con lo que me pagaba, solo había pensado en cobrarle. Como él temía no le había visto, su dinero me lo había impedido, o quizás solo fuera mi limitada idea sobre el dinero y los que lo tienen. Ahora daba igual.

Cuando llegué a la última línea estaba llorando. No sabía por qué. No podía decir que le quisiera más a él ahora, pero estaba claro que me quería menos a mí misma.

La carta no estaba firmada. Yo había escrito esa última línea, pero eran las palabras de Mauro: Le amo, se lo digo así, simplemente, porque no hay otro modo de decirlo.

Sobre el autor

Sonia Díaz Corrales

Sonia Díaz Corrales

Sonia Díaz Corrales (Cabaiguán, 1964) es poeta y narradora. Ha publicado, entre otros libros, los poemarios “Diario del Grumete” (poesía 1996 y 1997) y “Noticias del olvido” (2011), y la novela “El hombre del vitral” (2010). Ha recibido, entre otros, el Premio de Poesía América Bobia (1982, Matanzas), y el Bustarviejo (1993, Madrid). En 1998 dejó Cuba y poco después se radicó en Canarias, España.

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2 comentarios

  1. Armando Añel
    Armando Añel julio 02, 00:13

    Una narrativa minuciosa y de innegable belleza.

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