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Castillo del Morro de Santiago de Cuba

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Castillo del Morro de Santiago de Cuba

Castillo del Morro de Santiago de Cuba
abril 09
00:58 2016

 

Uno de los más singulares monumentos cubanos y caribeños es el Castillo del Morro de Santiago de Cuba. Declarado “Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO en 1997, es actualmente un museo de historia. Junto a otros dos castillos emparentados en época, diseño y contexto, el Morro de La Habana y el de San Juan de Puerto Rico, forma la tríada fortificada más emblemática de América.

En 1514, Diego Velázquez fundó Santiago de Cuba, ciudad que sería sede del gobierno de la Isla hasta 1607, cuando La Habana la sustituye.  Entonces Santiago queda como una segunda capital, cuya razón de ser reside en el comercio con tierra firme y las Antillas, además del intrínseco valor estratégico que le confiere controlar el vasto territorio oriental y las colindantes vías marítimas. El castillo está enclavado en el sur oriental de Cuba, de cara al mar Caribe.

Durante distintos períodos bélicos y de constante actividad pirática y contrabandista, el castillo asumió crecientes funciones defensivas, como parte de los planes de la Corona de oponer flotas y fortificaciones a enemigos de consideración, como lo fueron Holanda e Inglaterra. Fue una historia recurrente en los siglos del coloniaje español; las poblaciones costeras sobrevivieron a la sombra de murallas y bastiones originados en la conquista o en las rutas claves del comercio.

El primer Castillo del Morro

Santiago, establecida en el fondo de una gran bahía, con montañas a sus espaldas, tenía un puerto que parecía seguro. Para defenderlo apropiadamente, fue preciso establecer una protección al este de su angosta entrada portuaria. Se seleccionó un promontorio macizo o morro, con un tope elevado de unos 64 metros, ideal para el dominio visual y combativo, a unos ocho kilómetros del centro poblacional.

En este sitio servía un cuerpo de vigías formado por “indios naturales”. No existieron fortificaciones hasta la guerra con Holanda, en el siglo XVII. La ciudad sí contaba desde el siglo anterior con trincheras y un revellín, así como con cañones fundidos en las cercanas minas de cobre de Santiago del Prado. Pero, desde 1606, el obispo Cabezas Altamirano había aconsejado que en la boca de la bahía se construyera “un fortezuelo y plataforma con seis piezas”, a la vez que destacaba: “El puerto es maravilloso, más capaz que el de La Habana…”.

En 1635, el ataque del corsario holandés Cornelio Jol, conocido como “Pie de Palo”, fue rechazado por los santiagueros comandados por su gobernador, Juan Amézquita Quijano. Aun así, este ataque alarmó de tal manera a la Corona que priorizó fortificar adecuadamente la ciudad, preferentemente el Morro. Esta misión se le encarga al ingeniero militar Juan Bautista Antonelli, quien llega a Santiago de Cuba el 26 de julio de 1638, procedente de Puerto Rico.

Entre 1639 y 1643, Antonelli diseña y ejecuta la construcción del Castillo San Pedro de la Roca, en el Morro de Santiago de Cuba. El nombre es escogido en homenaje al capitán Pedro de la Roca de Borja, gobernador de la ciudad, quien impulsó la obra. La idea primaria consistía en dos plataformas escalonadas, integradas a las escarpas naturales del lugar, y una torre en la parte más alta, buscando dominación por mar y tierra y admitiendo 25 piezas de artillería. El costo previsto para un año era de 30 mil ducados.

En agosto de 1639 quedó terminada la plataforma principal, se edificó la torre y el gobernador Roca de Borja propuso agregar un baluarte y vincular las partes de la fortaleza para formar una defensa integral. La Corona también impugnó el concepto táctico-defensivo aplicado por Antonelli y recomendó que se hiciera una obra con “cuatro baluartes”, en un lugar más apropiado en el interior de la bahía, pues tildó de errónea la cercanía de la obra a la boca del puerto.

En 1641, el gobernador se da cuenta de que tiene la fortaleza cerrada, y se construyen un cuartel y un aljibe. Para 1643, la fortaleza constaba de un polígono cerrado con dos baluartes por la parte de tierra, situado en la cúspide rocosa. También se conservó la plataforma baja, llamada El Sacramento, con figura de “punta de diamante”. Su trazado o diseño frontal terrestre configura un hornabeque con su desarrollo irregular de entrantes y salientes. Así es el fuerte que nos legó Antonelli, incluyendo otras mejoras que se practicaron “in situ”, enriqueciendo el plano original.

La invasión inglesa y el nuevo Morro

En 1662, durante el gobierno de don Pedro de Morales, fuerzas inglesas al mando del comodoro Christopher Myngs toman el castillo del Morro  y lo destruyen. Este hecho sirvió para dotar a Santiago de mejores defensas, lo cual se logrará bajo el gobierno de don Pedro de Bayona y Villanueva. Éste inició la reconstrucción del Morro y promovió la construcción de nuevos fuertes y baterías costeros, y en la ciudad se proyectó un fuerte en torno al convento de San Francisco.

La reedificación del Morro se llevó a cabo, a ritmo lento, durante los gobiernos Bayona y Andrés Magaña (1670-1677). En esta etapa estuvo a cargo de las obras el ingeniero madrileño Juan de Síscara Ibañez. En 1678, un terremoto arruina el castillo, cuyas obras no habían concluido por falta de recursos económicos. A partir de 1691, el gobernador Juan de Villalobos impulsó la reedificación del castillo y en ella participó el mulato santiaguero, Arquitecto de las Reales Obras, Francisco Pérez. En 1697, durante la administración de Don Sebastián de Arencibia Ysasi, se finalizaron los trabajos bajo la dirección del ingeniero santiaguero Juan Síscara Ramírez (hijo del anterior Síscara).

En realidad, la construcción en detalles duró hasta 1702. Entre 1695 y 1697, los gastos de la obra sumaron 99,548 reales. Como era usual en la Isla, la construcción de fortificaciones obtenía el mayor financiamiento del “situado” o dinero de Nueva España, y en poca cuantía de aportes del vecindario.

En esta etapa (1691-1697), el castillo adoptó el trazado que lo identifica actualmente: polígono amurallado irregular, de base triangular, revellín, foso, camino cubierto, cuarteles y otras dependencias interiores, sistema de comunicaciones (puertas y rampas), etcétera. En años posteriores, se emprendieron nuevas obras en el foso y la construcción de un puente levadizo (1702), se continuaron los trabajos en la contraescarpa del foso y en el camino cubierto (1741). En estas ampliaciones está presente el ingeniero Antonio Arrendondo. El castillo, además, se apoyó en la red defensiva exterior que formaba un anexo de fuegos costeros escalonados hacia el interior del puerto (baterías de la Punta, La Estrella y Santa Catalina). En 1766, otro terremoto destruyó parcialmente el castillo. A esto se añade la ineludible necesidad de re-fortificación del mismo, devenida de los apremios de modernización defensiva que caracterizó la política de Carlos III después de la toma de La Habana por los ingleses, en 1762.

Fue el mariscal de campo Alejandro O’ Reilly, de acuerdo con el ingeniero militar Beltrán Beaumont, el autor del proyecto para mejorar las defensas de la plaza de Santiago de Cuba (1764). Esta etapa de proyectos y trabajos duró hasta 1784. En los proyectos del Morro santiaguero participaron también los ingenieros militares Agustín Crame, teniente coronel Juan Martín Cermeño, el habanero Francisco Suárez Calderín y Antonio F. Cubero. De 1771 a 1777, la reconstrucción del castillo fue realizada por Antonio de Leyva, Antonio Fernández Trevejo y Ventura Buceta. Este último remodeló el frente de tierra, que toma el aspecto típico de la fortificación del siglo XVIII. Se construyeron nuevas bóvedas, se cambiaron los espesores de los parapetos, se hicieron locales para prisión, etcétera. A fines del siglo, el castillo se sometió a reparaciones bajo la atención del ingeniero jefe Cayetano Paveto y de Fermín Montaño.

Durante el siglo XIX, el Morro comenzó a descartarse como fortaleza efectiva, mientras recibió cambios funcionales y reparaciones. Fue eventualmente prisión política, y durante la guerra contra Estados Unidos (1898) se habilitó para emplazar artillería de costa. Desde 1920 quedó abandonado, hasta que en los años 1958-60 comenzó a restaurarlo el arqueólogo español, residente en la ciudad, Francisco Prat Puig.

De fortaleza a monumento

Técnicamente, el Castillo del Morro santiaguero es un ejemplo de la ingeniería militar española que en el siglo XVII transitaba desde una concepción renacentista italiana tardía, aún vigente en Antonelli hijo, a la tipología que asimilaba patrones franceses, flamencos y españoles, con énfasis en el diseño orgánico y la funcionalidad guerrera. La irregularidad de su trazado, en contraste con su  medio físico envolvente, dejan a esta fortaleza “sin estilo” a la hora de definirla formalmente. Para Roberto Segre es una fortaleza original que se inscribe en las variantes de la fortificación hispanoamericana, lo que le otorga una gran significación tipológica.

El castillo es de una riqueza volumétrica impresionante debido a su aspecto exterior. Éste configura masas irregulares, desplomadas en diferentes alturas sobre la estribación del promontorio, con un frente de tierra bien modelado. La diversidad de sus planos enriquece la organicidad interior, donde se superponen patios, rampas, explanadas y edificios, todo bien ajustado a las necesidades del control visual y la defensa artillera. Su planta es típica del siglo XVII, con rasgos que remiten a la técnica de fortificación irregular italiana. Las imponentes murallas, destacadas sobre altos riscos, también singularizan una visión medieval comúnmente. Para una máquina de combate, como lo es esta fortaleza, el aprovechamiento del terreno, en armonización con los cánones formales de la arquitectura bélica, sintetizan la visión de cómo se concebía la defensa de una frontera marítima en época colonial. La seguridad, codificada en planos, se torna composición de diseño y funcionalidad operativa. Es decir, arte defensivo. Arte, historia, singularidad, belleza expresiva: su arquitectura, como monumento, es uno de los hitos patrimoniales más interesantes de América.

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Sobre el autor

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga es un periodista freelance, además de dedicarse a la arquitectura, la fotografía de viajes y la historia del arte. Actualmente investiga el patrimonio cultural de México, donde reside. Es miembro de la Asociación de Amigos de los Castillos de Puerto Rico y de la junta de editores de la revista Herencia, en Estados Unidos. Ha publicado en periódicos y revistas de varios países y recibido premios por sus trabajos. Es autor de "La ciudad de los castillos" (2006) y de las novelas "Cornatel, el secreto español" (2014) y "Bonos chinos. Todo se sabe en la vida" (2015).

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1 comentario

  1. Bovo Caras-
    Bovo Caras- julio 29, 14:39

    Muy buen artículo historico, que deseariamos publicar en nuestra revista GIRON, organo oficial de la Asociacion de Veteranos de Bahia de Cochinos, Brigada 2506, por lo cual solicitamos de vuiestra autorizacion

    Reply to this comment

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