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Cayo Sal

Cayo Sal

Cayo Sal
agosto 01
01:08 2014

Cayo Sal es un islote británico en el extremo sur-occidental del Banco Cayo Sal, al norte de Cuba. Este banco está cerca del centro que supone un triángulo dibujado entre la provincia cubana de Villa Clara, las Bahamas y los Cayos de la Florida. Rodeado por las aguas poco profundas del enorme banco, sin embargo, al estar en uno de sus bordes Cayo Sal solo necesita de un canal de un kilómetro de longitud y unos 16 pies de profundidad para que la civilización lo alcance desde el mar.

Dos años antes de que el gobierno cubano rompiera con el mundo exterior, Bahamas rentó Cayo Sal a Gran Bretaña por cinco millones de dólares anuales, en un contrato por 99 años. Los británicos presumieron que los bahameses lo querían para un desarrollo turístico. El acuerdo carecía de impedimentos para subarrendar la estéril islilla, que carecía de agua. Tres meses después de tomar posesión del cayo, las autoridades bahameses lo rentaron a sus amigos cubanos por diez millones de dólares anuales. Siguiendo la tradición, esta última renta nunca se pagó, pero los cubanos se las ingeniaron para que los políticos bahameses aceptaran como compensación el envío a Bahamas de médicos cubanos negros, ron y una medicina llamada Parapingol, que según los científicos cubanos era capaz de mantener la libido varonil más allá de los 100 años. A precio de oro.

Pocos meses después del acuerdo, llegó al islote, en una patana arrastrada por un lento remolcador, un primer equipo de construcción cubano con una planta eléctrica, tanques de combustibles, desalinizadores de agua, equipos de construcción ligeros y materiales. Se levantaron tiendas de campaña y se activaron los planes concebidos en el mayor sigilo en Labana. Tras la primera patana, que “creó condiciones”, según la jerga cubana, siguieron muchas otras que desembarcaron equipos pesados y materiales de construcción. En poco tiempo se trazaron caminos, calles; y se levantaron almacenes, barracas para los empleados, casas para los jefes y una terminal de helicópteros. Pero las principales obras de ingeniería fueron  el canal y el puerto. Se dragó, con ayuda de dinamita, un canal de un kilómetro de largo que comenzaba en la costa sudeste del cayo y ranuraba el lecho hasta las aguas profundas.

En poco menos de dos años, el islote desierto quedó convertido en una fortificación vibrante de actividad, cuyo eje era un atracadero con grúas al que podían arrimarse barcos de carga de pequeño calado, incluidos portacontenedores ligeros, los llamados feeders.

Cuando todo estuvo listo, el general a cargo de la operación, saludando militarmente frente a una cama fowler en Labana, declaró algo probablemente no escuchado y seguramente no entendido por el destinatario: “¡mi comandante, el Plan Patriótico Cayo Sal está listo!”. Una enfermera se acercó discretamente al general y le susurró “es suficiente, él no está en sus mejores días”.

Cayo Sal, equidistante 80 millas de los cayos de La Florida y del Puerto de Matanzas, pronto se convertiría en el aliviadero de Cuba.

-oOo-

Después que todo estuvo dispuesto, el comandante, que no hablaba en público hacía años, para solaz no solo de los micrófonos, desató por decreto una nueva crisis con los Estados Unidos, acusándolo con pruebas irrefutables de conspiración contra la soberanía nacional. Cerró la Oficina de Intereses en Washington y expulsó a los diplomáticos y personal norteamericano de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en Labana. Hizo lo mismo con todas las embajadas que ayudaban o fueran sospechosas de ayudar a los disidentes, excepto la polaca, la más activa, y por una razón confidencial: la necesidad de que un grupo de disidentes oficiales tuviera un lugar desde donde lanzar al exterior sus denuncias contra el gobierno.

Se suspendieron los vuelos desde y hacia los Estados Unidos, las visitas de familiares a la isla grande, y las operaciones internacionales de Internet “punta de lanza de la globalización”, manteniéndose solamente las conexiones para “necesidades nacionales imprescindibles”, como decir las propias. Las comunicaciones telefónicas se vieron fuertemente limitadas. Se acabó el pan de piquito.

El pueblo indefenso quedó con un enfurecimiento pasivo que consistía en protestar verbalmente entre ellos utilizando todas las malas palabras conocidas, mientras se repetía en las escalas superiores “a nosotros no se nos tumba con la lengua”. Sin embargo, un mes después se instaló la alegría general cuando El Gran Hermano anunció el Plan Patriótico Cayo Sal, islote al que comparó turbia y triunfalmente con el asunto aquel de las Malvinas, aunque dio la buena noticia en un terreno más práctico. “Todo el que quiera enviar remesas a sus familiares, en productos o efectivo, podrá hacerlo desde hoy, libremente, a través de Cayo Sal. No hará falta pasaporte ni visado para llegar allí. Ni siquiera es necesario llegar, porque ya están esperando en Miami y Cayo Maratón algunas compañías de carga marítima para dar el servicio. Existe también una red que abarca las principales ciudades donde radican las comunidades cubanas en cualquier parte del mundo, para facilitar los envío a Cuba a través de Cayo Sal”.

Nada había que pagar de aduana, puesto que Cayo Sal funcionaba como zona franca. Las contribuciones destinadas llegadas al islote, serían llevadas en ristras de pontones, halados por remolcadores, hasta el Puerto de Matanzas.

Todo había sido previsto en esta obra de ingeniería política secreta. El Plan Patriótico Cayo Sal comenzaba su marcha indetenible y tenía largos decenios por delante.

Hialeah estaba de plácemes, y esa noche, en el Versailles, Cándido Pena comentó con sus amigos que por fin Cuba estaba entrando en caja y que el cambio hacia la democracia estaba cerca.

Sobre el autor

Kiko Arocha

Kiko Arocha

Modesto Arocha (Kiko). Nació en La Habana en 1937. Ingeniero en Electrónica y doctor en Ciencias Técnicas. Llegó a Estados Unidos en 1995 y decidió reinventarse como traductor y editor de sitios web y de libros, para lo cual fundó la editorial Alexandria Library (www.alexlib.com) en Miami. Es autor del bestseller "Chistes de Cuba", una antología de chistes populares contra el castrismo que recopiló en la Isla.

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