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Cháchara de muertos

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Cháchara de muertos

Cháchara de muertos
abril 02
20:59 2018

Es sábado en la noche. Mi esposa me ha arrastrado aquí, de visita a casa de una amiga suya. Ellas dos, que ya se acercan o han llegado a los cuarentas, y la madre de la anfitriona, que ya pasó hace mucho por el cabo de los sesentas, están concentradas en el minucioso recuento de todos los conocidos comunes que han muerto en los últimos años, o a quienes alguna enfermedad terminal los tiene a un paso de mudarse al cementerio. No puedo decir que sean felices con semejante diálogo, pero no parece afectarles gran cosa. Yo, en cambio, olvidado de las tres mujeres, me encojo cada vez más en el sillón. Me siento volver al pasado, a alguna de las noches de mi niñez, en que desde un sillón inmenso sigo una tertulia semejante…

Cuando era niño mis padres regularmente salían a hacer visitas después de comer. Padres cubanos por antonomasia, nunca me dejaban atrás.

Las visitas se podían dividir en dos tipos básicos: las encantadoras, por lo regular a la casa de alguno de los muchos hermanos o hermanas más jóvenes de mi madre, o las angustiantes, a la de personas algo mayores que mis padres, sobre todo a la de alguna de las muchas solteronas, y algún que otro solterón, a quienes mis padres tenían por costumbre cumplimentar al menos una vez al año.

Recuerdo en particular las visitas a las tías abuelas solteronas que se habían hecho cargo del cuidado y crianza de un condiscípulo y buen amigo de mi hermano. Primas decimoctavas o algo así de mi padre, decimonovenas mías, por tanto. Dos ancianas que en el recuerdo se me antoja conservaban retazos del porte y del vestido de las ancianas de principios del siglo XX. Nos recibían siempre en una sala, que en mi reducido tamaño de entonces, tanto físico como intelectual, me parecía tan vasta como el salón de algún palacio. Solo que el salón de un palacio muy lúgubre, transilvano en la imagen que había dejado en mi memoria una escena del Drácula de Béla Lugosi -escena escamoteada en 24 por Segundo a la estricta censura de “escenas impresionables” a la que me sometían los psicólogos. Y es que por las carencias de los setentas a la sala la iluminaba una única bombilla incandescente de 2 Watts, o por lo menos de una potencia parecida, colgada de una de aquellas arañas de mal vidrio, imitación de las de cristal, que tanto abundaban en las casas que poco antes habían sido de clase media.

Lo que me deprimía no era sin embargo la escasa y amarillenta luz, o lo desolado de aquel espacio en que el techo, como en todo caserón de madera de la época colonial, llegaba a los cinco metros. Me angustiaba el tema invariable de las conversaciones que ocurrían en semejante escenario. No se hablaba en él nunca más que de enfermedad y muerte. Por sobre todo de la enfermedad y la muerte de la gente joven, a quienes la última arrancaba en la flor de la vida. De cánceres fulminantes que eran descubiertos hoy para arrastrar a la tumba, antes del mes, a alguna muchacha a quien recordaba no hacía mucho mi madre había saludado en la calle principal del pueblo. De truculentos accidentes de tránsito, que de improviso arrebataban de la vida a un veinteañero estudiante, guajirito encrucijadense que comenzaba a abrirse paso en La Habana. De inexplicados síntomas que habían terminado por matar allá en Santa Clara, en una cama del hospital provincial, a aquel enorme y vital guajirón, contemporáneo de mi hermano; alguien a quien aún no hacía un mes había visto yo saludar a mi hermano con su enorme vozarrón repleto de gallos, a la hora de coger la guagua para irse a la beca.

Estas experiencias ajenas venían a desbaratar la creencia a la que me había abrazado con desesperación, desde el momento en que comprendí que, como a todo mortal, me esperaba la muerte.

Y es que me las había ingeniado para dejar afuera a las contingencias, hasta quedarme al natural envejecimiento como única causa posible de mi muerte. O sea, había hecho mis cálculos en la fe de que a mí no me iba a ocurrir ningún percance en el claro y despejado trayecto de la vida. Que la muerte me esperaba, sí, pero para allá para ese remotísimo y difuso porvenir en que alcanzara la vejez extrema, a los noventa o incluso cien años. Todo un alivio si se tiene en cuenta que, comparativamente, por entonces los años de mi vida que alcanzaba a recordar no pasaban de los tres o cuatro, y que aunque ya sabía de la existencia de cifras tales como noventa, o cien, se me antojaban tan poco concebibles, tan desproporcionadas, como al presente ciertos infinitos numéricos.

De esas conversaciones sobre enfermedades y la consecuente muerte que acarreaban habría de quedarme una singular secuela: Mi recelo ante mi cuerpo. Era él, en última instancia, el enemigo. Del cuerpo, de mi cuerpo, procedía todo lo más temido por mí entonces: La muerte, en primer lugar, resultaba una consecuencia lógica de su naturaleza corruptible, enfermiza, de esa indetenible tendencia suya a envejecer y degradarse; pero también ese dejarme expuesto en medio de las cosas, a merced de sus agresiones, de accidentes y contagios, que no tenían por qué tener una fecha fija para salirme al paso.

Del cuerpo procedía algo quizás más terrible aún, o por lo menos algo más concreto: el dolor. Era él quien dolía, y yo había tenido un nacimiento demasiado traumático, en que el dolor debió haber sido demasiado totalizador como para que todo en mí, en aquel niño asustado que fui, no girara a su alrededor: “La vida es dolor”. Quizás pertenezca yo al reducido número de individuos que han tenido la adecuada experiencia vital para comprender a cabalidad este dicho medieval, al menos a posteriori de la Época Romántica.

Tan compleja interacción de elementos en mi personalidad en formación, escúchenme bien mis muy queridos amigos de la Seguridad del Estado que tanto se preocupan por mi salud (no en balde se la pasan advirtiéndome de la posibilidad de que me pase algo), habría de conducirme al inadaptado que soy. Nacido en una cultura en que lo sensual, lo corporal, imperan de manera absoluta sobre lo racional-espiritual, no podría ser de otro modo. Para el cubano típico es su cuerpo el más firme anclaje a la existencia, más allá de una espiritualidad en que más que perdido, no tarda en sentirse mareado. Cual aquel primo mío a quien le venían vahídos al intentar pensar en lo infinito, pero también en cualquier idea compleja.

Reconozco que no eran solo las tertulias a las que me llevaban mis padres las causantes de todos estos resultados, si no la espuma de una época determinada que arribaba hasta la apartada caleta en que desarrollaba mi vida. Eran tiempos en que había parásitos y microbios amenazantes no solo en cada rincón, sino en cada superficie, en general en cada contacto. Ávidos de llevarnos lo más urgentemente posible a las tumbas, quizás por un contrato de negocios con los gusanos que las habitan; que de alguna manera les pagarían por llevarnos tan tiernos y frescos a sus siempre hambrientas fauces.

Atmósfera de un tiempo asperjado de DDT que mi madre, y el todavía vital régimen revolucionario, se encargaban de mantener vivo con sus campañas contra los niños descalzos, o que no se lavaban las manos cada dos por tres. Niños malos a los cuales las barrigas se les inflaban en esa repulsiva manera en que a los guajiritos de antes de la Revolución. Constantemente mostrados por la televisión o el cine, en ciertos fragmentos de documentales pre-revolucionarios que llegaríamos a aprendernos de memoria.

Aun hoy soy incapaz de terminar los documentales sobre enfermedades. Sobre todo los documentales sobre parásitos. En lo fundamental sobre gusanos que nos comen por dentro y se introducen en nuestros órganos y hasta en nuestro cerebro… Es tal la incapacidad referida que no bien me he dado cuenta de que ese es precisamente el tema de lo que pasan en Multivisión, el canal escogido para esas gracias, cuando ya me bato en retirada, más bien huyó despavorido de frente al televisor. Al no poder simplemente apagarlo, por resultarle en cambio los dichosos documentales tan interesantes a mi esposa. Además de psicóloga, algo como media médica ella, no sé.

He conseguido superar muchos de mis miedos de infante, subir hasta el piso 14 de Reinaldo y Yoani, nada menos que en un elevador; aplastar a una araña peluda en presencia de alguna de mis amantes, mientras ponía la misma cara de impasibilidad con que San Jorge enfrentaba un dragón para antes del desayuno; entrar en el mar sin que el tema del tiburón en Jaws, que de inmediato empieza a resonar en mi interior con solo oler la espuma del oleaje, no me haga sufrir de los ataques de pánico que me daban de pequeño cuando alguien intentaba meterme en el agua… más todavía soy incapaz de ni tan siquiera escuchar contar historias de sanguijuelas bondadosas.

Quizás sea, digo yo, porque a la larga y en los días grises me asalta la duda de si tras mi muerte, más que el animado café repleto de discutidores que he imaginado siempre el mejor de los paraísos posibles, lo que en cambio se reunirá conmigo será “cierta asamblea de gusanos políticos”. La misma, o de una naturaleza semejante, a la que según Hamlet andaba en tratos con Polonio poco después de su muerte.

¡Dios, el Gran Monstruo Espagueti Volador, la Sacrosanta Tetera de Russell, o el Divino Unicornio Rosa Invisible… así no lo quieran!

Por fortuna todo ello había quedado atrás, más o menos, con la llegada de mi adolescencia. Esa edad en que los sentidos nos embotan hasta el punto de llegar a convertirnos en animales de manada. Si es que no se cuenta de antes con lo antídotos correspondientes, en cuyo caso si cabe asegurar que es esa la edad más maravillosa de nuestra existencia, en que el mundo frente a nosotros no es otra cosa que un injusto mecanismo, como todo mecanismo, de pésimo funcionamiento por demás, al que hemos nacido para destruir, para reemplazar por ese paraíso vivo, repleto de luz… ese que habitaba de antes en nuestra mente, de una forma todavía difusa, desde nuestra infancia, quizás desde antes… y que me perdone Locke, pero que tampoco se embulle Platón.

De ese destino demasiado gregario me salvó el que ya para entonces fuera un inadaptado más que patológico, ontológico. Pero, no obstante, con la adolescencia desapareció mi terror a la muerte y el dolor, y mi absoluto desprecio por el que me parecía el culpable último de la existencia de ambos. Nunca las tendría todas con mi cuerpo, pero comenzaría a verle su lado bueno.

Describiré la evolución de una de mis aristas para que se comprenda a que me refiero: No sé por qué me dio por imaginar en mi infancia que mi pene estaba conformado en su interior por una osamenta a imitación de la de la caja torácica, con costillas que se cerraban sobre sí mismas. Osamenta la cual podría salir despedida si hacía los ejercicios con que el urólogo pretendía, sin necesidad de operación, despegar la piel de mi prepucio. En consecuencia me negué a realizar tales ejercicios, mucho menos a dejármelos realizar, que estaría flacucho y chiquito, pero para conseguir coserme la cabeza, algo que ocurría bastante a menudo por mi predisposición a rompérmela, o a que me la rompieran, se necesitaba de dos hombres bien alimentados para sujetarme. Me recuerdo incluso, ante sugerencias del médico o de mi madre, que de no solucionar mi problema no podría tener contactos con mujeres, manifestando mi criterio de que nada importante se perdía en tal caso.

Una posición que cambiaría radicalmente a partir de más o menos mis once o doce años, cuando me descubrí sufriendo erecciones con las amenazas que en cierta novela se le hacían a Susana Pérez, mi afrodita de entonces, y de todavía… de meterla en prisión y dejarla en manos de unos esbirros, actores a quienes evidentemente la libido se les aceleraba tanto como a mí de solo imaginar semejante posibilidad. Fue tan rápido y tan natural el proceso que no mantengo recuerdo de él. Un buen día ya echaba para atrás mi prepucio, solo para comprobar que muchos miedos se me hubieran eliminado si en la educación primaria en Cuba hubiéramos tenido algún curso sencillo de educación sexual.

Incluso padecí por entonces esa enfermedad que tanto afecta a la juventud, el bodybuilding. El querer convertir a mi cuerpo en el centro de mi vida me llevó, lo confieso, a intentar darle esa forma de nube que tipos como Arnold habían puesto de moda. Sin resultados para nada espectaculares, afortunadamente, porque el gimnasio por mi escogido fue el de unos primos, adonde todos los que asistían eran primos paternos de todos lo grados habidos y por haber, indefectiblemente todos con el gen familiar del gusto por agarrarse a discutir. O sea, por aferrarse a una idea, o posición intelectual, y defenderla por el mero gusto de hacerlo, por el orgullo de ganar, más que por la búsqueda desinteresada de la verdad.

Así que yo, el peor ejemplar de la familia, pronto deje de cumplir con mi programa de ejercicios para en su lugar irme al gimnasio a discutir cada tarde de cualquier nimiedad o problema trascendente, que por entonces no tenía distingos.

Debo aclararle a los psicólogos, esos tergiversadores de la realidad humana que me merecen el mismo crédito que los médicos a Woody Allen, que nunca he sido alguien enfermizo. De hecho la primera vez que vine a ponerme penicilinas fue a mis 22 años, en ese 1993 en que todos en esta Isla estábamos como para envidiar a un ratón de ferretería, o al Chaplin que en La Quimera del Oro la emprende a mordiscos contra una bota.

Sin embargo, esa juventud ya ha pasado definitivamente. He comenzado a hacerme viejo. Tengo ahora la edad, años menos, años más, que tenía mi padre cuando a mi pregunta de “adónde vas”, evidentemente con la esperanza de que me llevara a mí también, me respondía que “para viejo”. He comenzado a sentir que ya todo no funciona tan maravillosamente como diez o veinte años atrás, cuando ni me preocupaba el dichoso cuerpo, porque a la larga lo sabía capaz de restablecerse de todos los excesos, o de resistir cualquier epidemia, siempre y cuando mi dieta no volviera a reducirse de la manera drástica en que lo hizo en los noventa.

Lo peor es que han vuelto las chácharas de enfermos y muertos. A mí alrededor mis contemporáneos ya solo me parecen ocuparse de esos temas. Incluso ejemplares mucho más jóvenes recaen en el dichoso tema, como ese treintipicón que hoy se me sentó al lado en la guagua, y le contaba a alguien en el otro extremo del ruidoso vehículo de las cuitas que lo tuvieron a un paso de la muerte.

Trato de engañarme con la idea de que el problema está en que es mi cuerpo quien ha envejecido, no yo mismo. Pero entonces me pregunto: ¿Y qué hago entonces dándole vueltas en mi cabeza al tema de la muerte? ¿Será que más que envejecer en mi interior, regreso a mi niñez? Solo para darme cuenta de que ahora mis contertulias ríen sin sombras entre sus carcajadas, y que mi seriedad parece ser el motivo de esa vitalidad que inunda la sala…

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Sobre el autor

José Gabriel Barrenechea

José Gabriel Barrenechea

Investigador y periodista independiente cubano, durante años ha estado escribiendo artículos sobre cultura, historia y actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre ellas 14ymedio, Convivencia, Cubaencuentro, Cubanet y Voces. También ha pertenecido al equipo editorial de revistas independientes como Cuadernos de Pensamiento Plural. Reside en Santa Clara, Cuba.

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