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Chávez ya no gobierna en Venezuela

Chávez ya no gobierna en Venezuela

abril 09
12:07 2012

1-0_raul-castro-ramiro-valdesHugo Chávez suplicó con lágrimas en los ojos, en 2002, que lo enviaran a Cuba. En su interior, donde no se puede ver, no es tan macho como parece en la televisión. Ahora, con la parca tocándole al oído una flauta andina, suplica con lágrimas en los ojos a Dios que no se lo lleve, pero no pide en la iglesia o privadamente, como hacen los cristianos, sino en la tribuna.

“Estoy dispuesto a cualquier cruz, a cualquier sacrificio, incluso a dejar el poder a cambio de un poco de vida”, anticipa antes de la locución a una oreja íntima que rápidamente muta en trompeta.

“¿Dejar el poder?”, repite Raúl Castro con un gesto de malicia a 2,160 kilómetros al noroeste de Caracas, mientras Ramiro sonríe y un anciano dormita cerca con la boca entreabierta y discordante, por la que asoma una dentadura postiza a punto de caer.

Hábiles en conspiración, secuestro y chantaje, preparan el escenario en varias reuniones ultrasecretas. Una de ellas, con los médicos cubanos que lo atienden. “Traten por todos los medios de que llegue vivo a octubre, no escatimen medios, lo que sea. Prescriban que tiene que pasar gran parte del tiempo que le queda en la Isla, no queremos casualidades”, les dice Raúl.

En otra reunión el segundo manda a redoblar la vigilancia: grabación, filmación —taquigrafiado por si acaso— de las conversaciones de Chávez con todos, especialmente con los que cree íntimos amigos, en realidad expertos en manipulación sicológica. En una tercera reunión de cinco individuos, tres de ellos los más inteligentes y creativos del grupo de extrema confianza, hacen un brainstorm acerca de cuándo, dónde y cómo ocurrirá el deceso. El “cuándo”, admiten, es un parámetro deslizante sobre el que tienen control absoluto de aceleración, pero control relativo de retardo. Todas las variantes son manejadas y para cada una de ellas se planea una acción.

Indefenso, desvalido, apendejado, Chávez realiza su entrega absoluta en una mansión del antiguo Country Club. Cree él que el consentimiento es propio, pero es inducido. Hace renuncia de su pensamiento, voluntad y poder a favor de su verdadero dios —perdón, de sus representantes—. En medio de ese vacío, de la negación de su ego —que ya es mucho renunciar—, al menos tiene el pudor de engañarse con un razonamiento: “Tienen más inteligencia y experiencia que yo, y son gente probada”.

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