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China y Rusia, naciones irresponsables

China y Rusia, naciones irresponsables

junio 18
19:51 2012

1-0_aa_Putin_and_bashar_assadEl repetido uso del derecho a veto de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU impide una enérgica acción de la comunidad internacional para el caso de Siria. Allí la matanza es tan abierta y brutal que esta actitud parece una insolente componenda de mezquinos intereses con la dictadura de ese país. Los civiles muertos, desplazados y refugiados en la nación árabe suman más de 300,000. Las unidades del ejército, las fuerzas de la policía política y las milicias o tropas paramilitares están masacrando abiertamente a poblaciones indefensas, con fuego de armas pesadas o pasándolas a cuchillo.

¿Qué argumento puede ser válido para no detener la masacre?

China insiste en una solución política cuando la escalada de violencia del régimen se incrementa por día, precisamente eludiendo el arreglo pacífico al que hipócritamente se comprometieron mediante la aceptación del Plan de Paz del enviado especial de la ONU y La Liga Árabe, Kofi Annan, e imponiendo a sangre y fuego un régimen que ha caducado con los aires de libertad de la Primavera Árabe. Por su parte Rusia se empeña en la posibilidad de un arreglo sin injerencia extranjera cuando está claro que Bashar Al Assad y su grupo de poder eso es lo que pretenden para poner en casa el orden de los cuarteles y el cementerio. A estas alturas de violenta mortandad, las dos visiones ofrecidas como solución del problema dejan cada vez más a las claras el amargo sabor y el deslinde brutal de una complicidad con la dictadura siria.

Los argumentos en contra de la intervención de la comunidad internacional en el conflicto se tornan cada vez menos sostenibles precisamente por la posición global que aspiran para sí ambos emisores. Rusia y China disfrutan de privilegios en el Consejo de Seguridad que no merecen, ni por su peso geopolítico ni por su repetida falta de responsabilidad en los asuntos internacionales. Todavía está fresca la obcecada abstención de ambas naciones en el Consejo de Seguridad a la hora de decidir la adopción de una zona de exclusión aérea para actuar en Libia, mientras el régimen de Gadafi asaltaba a la mayoría de la población del país sumada a la rebeldía frente a su despótico régimen de más de cuarenta años. De haberse actuado más rápido en ese conflicto, cosa a la que estaba dispuesta la comunidad democrática responsable, se habría impedido una vasta destrucción nacional, así como la pérdida de muchos ciudadanos libios.

Sin embargo, lo peor del irresponsable y egoísta uso del poder de veto es que después tanto Rusia como China, a las que se les brinda un estatus de supuestas grandes potencias, no asumen sus responsabilidades con las consecuencias de sus actos y quedan al descubierto intereses de pedestre atalaje, como la venta de helicópteros militares rusos y otros tipos de armamentos a Al Assad, precisamente cuando la escalada de violencia indica que su régimen está dispuesto a utilizarlos contra su mismo pueblo. Y claro, no puede quedar sin mencionar la base de escucha de inteligencia, lo más probable para espiar a Israel, que aún conserva la nación euroasiática en el territorio sirio. Como resultado de formar parte de las naciones del bando vencedor de la contienda de la Segunda Guerra Mundial, China y Rusia fueron premiadas con un poder  supremo de decisión en los asuntos internacionales que ya les queda grande, fruto de una decisión y situación política internacional que ha cambiado radicalmente desde el fin de aquel conflicto global, hace ya más de 60 años.

El orden democrático que con avances lentos y firmes se impone como mayoritario método de gobierno mundial supera los totalitarismos y secuelas coloniales, y deja atrás los parámetros de conducta internacional prohijados por la Guerra Fría. En este nuevo contexto, hace tiempo que China no es una república en vías de establecer una democracia, como parecía en 1945,  sino un modelo de despotismo asiático unipartidista. Rusia, desaparecido el antiguo engendro soviético, aún continúa arrastrando un aura imperial zarista, con su estructura económica de país subdesarrollado y las limitaciones de un desvaído capitalismo de Estado y el concepto de traspaso de poder en círculos muy estrechos, al estilo de una república bananera. Ninguna de estas dos naciones constituye ejemplo de sólido progreso económico y social, donde prime el Estado de Derecho y el espíritu de integración global. ¿Por qué se persiste en concederles el beneplácito de un voto determinante en los asuntos mundiales?

Es prácticamente nula la colaboración civil y económica de ambos países para coadyuvar al desarrollo democrático y a la moderna prosperidad del Medio Oriente con la ola libertaria que está derribando en la región primitivas satrapías heredadas. Sin embargo, gozan del privilegio de veto, que impide una solución inmediata de los desafueros de las dictaduras en peligro a la vez que no cargan con las costosas consecuencias de sus decisiones. Son interventores irresponsables de acuerdo a la posición geopolítica de grandes potencias que pretenden asumir. Lo peligroso de este actuar es que intentarán jugar el mismo rol en futuras acciones populares que se esfuercen en cambiar pacíficamente a los gobiernos opresores. Impiden soluciones y luego se lavan las manos y se desentienden, como sucedió con la destructiva guerra que sostuvo Moscú durante años contra Afganistán. ¿Qué imaginan que puede ocurrir con la creciente violencia en el país árabe?

El conflicto en Siria crece en proporciones y pronto será una guerra civil en toda línea que podrá fácilmente sobrepasar las fronteras y arrastrar en la violencia a los países colindantes. La resistencia a la brutalidad estatal va en ascenso como comprensible respuesta al genocidio. El pueblo sirio ha expresado claramente que se pronuncia porque se acabe el régimen dinástico asadita. El derecho internacional y la más elemental sensatez y decencia no pueden aceptar los desaliñados argumentos de “soberanía” y “no injerencia en los asuntos internos” cuando esto significa una patente de corso para matar al soberano, que es el pueblo, manifestando en protestas pacíficas y multitudinarias su clamor por una transición sin derramamientos de sangre. La tolerancia inducida hacia el ya demostrado ilegitimo régimen aborta la oportunidad de encontrar una solución civil y ordenada, al provocar el desplazo de los actores de la resistencia pacífica de la dirección del cambio, sustituidos por militares rebeldes. Esto agrava aún más los posibles efectos de la confrontación.

Hay otros candidatos que pueden utilizar ese poder de veto en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU de manera más justa y ponderada. Por ejemplo, Alemania y Japón, las dos grandes derrotadas del conflicto bélico de hace casi setenta años. Ambas naciones son más representativas del espíritu globalizador que ahora guía el mundo. No sólo son grandes potencias por su desarrollo económico, sino por su pujante ejercicio democrático, su respeto y cumplimiento de los Derechos Humanos, los compromisos internacionales y una enorme responsabilidad e influencia global.

En el escenario internacional, los regímenes despóticos que aún quedan están muy atentos a estas señales. Y ante los reclamos populares que les puedan tocar se disponen a aplicar la misma  rampante mano dura que Siria con su pueblo. Las dictaduras aprenden unas de otras, y de la misma manera que el régimen de Bashar Al Assad sacó lecciones útiles del error táctico del defenestrado Gadafi al atacar a su propio pueblo con la aviación militar, precipitando la intervención internacional, el régimen cubano está observando atentamente lo que se le permite de tropelías a este caduco régimen del Medio Oriente. Su histérica defensa de la no intervención internacional en Siria está motivada menos por solidaridad retrógrada con China y Rusia que por intereses de rampante supervivencia.

El fin del suministro indiscriminado del vital combustible deja cada vez más claro lo que  sobrevendrá en Cuba a la muerte de Chávez, con su sustituto o con el triunfo de la oposición en Venezuela. Y con taimada sospecha, la única dictadura militar en el continente sabe que la crisis anunciada no sólo tendrá clamores y protestas populares. La segunda generación de déspotas que espera su turno para seguir explotando al pueblo cubano perderá toda la poca confianza que le guarda a la vieja pandilla en el poder para garantizarles el traspaso de las gastadas riendas.

Por lo menos para paliarle el costo de un rechazo popular abierto  en el marco internacional, lo que pudiera representar la defenestración de la vieja (y de la aspirante) clase política, el arcaico régimen cubano cuenta con Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU. Espera que sus dos antiguos compinches, otra vez dando muestras de su estrecho criterio de solución de los conflictos globales, que gira en torno a tratar de impedir la influencia de Estados Unidos y Occidente en la consolidación del modelo democrático, lo protejan de una intervención humanitaria mientras aplica el componte criollo de los desmanes que se prepara para llevar a efecto. Los reclamos populares, así como la muy probable lucha interna entre las diversas facciones del poder, los querrá ahogar con brutal represión y el uso indiscriminado de grupos paramilitares que, al igual que en Siria, ya ha ido lanzando a las calles para que se entrenen en aterrorizar a la población.

Si la comunidad internacional continúa impasible, permitiendo la irresponsabilidad y los egoístas intereses de Rusia y China, que estimulan la masacre en Siria, ¿qué podrán esperar los cubanos cuando les toque expresar sus deseos de cambios? En bien de la humanidad, nada de tolerancia ni políticas de apaciguamiento. La intervención humanitaria siempre estará justificada ante hechos de genocidios.

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