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Chuski

Chuski

Chuski
abril 05
21:27 2014

Todos sabíamos que tenía un amigo invisible.

Hablaba de Chuski a todas horas, se conocieron en el cole y desde entonces era su mejor y más querido amigo. Tenía fotos en su Facebook con etiquetas como ¡El cumple de Chuski! Y salía ella a un lado, una tarta en medio y al  otro lado nada, claro.

Sus amigas, las de verdad, le seguían el rollo. Cuando estábamos en algún garito le preguntaban:

―¿Chuski qué va a tomar?

―Nada, está hasta arriba ya.

Ella insistía en que cuando no le llegó la nota para Medicina, por 0,35, qué putada, el único que estuvo ahí ayudándola fue Chuski. Él la convenció para que empezara enfermería y cuando tras un año de sobresalientes pudo pasarse a Medicina los dos se fueron un fin de semana a un spa para celebrarlo.

Cuando íbamos en el coche se giraba continuamente para hablar con Chuski, que menos mal que algunas veces se dormía en el asiento trasero.

Yo también, como sus amigas, empecé a integrarlo en nuestra relación, de bromilla, para hacerla sonreír. Pregúntale a Chuski si quiere ir al cine mañana, le proponía.

―¡Qué bien nos entiendes! Pues claro, me encanta que os llevéis tan bien, pero ya sabes que a Chuski le gustan las subtituladas.

Un domingo me invitó a su casa.

―Vienes a buscarnos, nos tomamos un café con mis padres y luego nos vamos ¿vale?

A mí lo de conocer ya a su familia no me hacía mucha gracia pero dije que sí. Me abrió con una sonrisa de niña en día de Reyes y en el pasillo de su casa, con sus padres y Chuski en el salón de al lado, se apretó contra mí sensual, acarició mi cuello, el pecho y me agarro fuerte del culo con las dos manos.

―Gracias por venir, mi príncipe, estás muy guapo – susurró mordiéndome el labio.

Cuando notó mi erección empezó a frotarse como nunca lo había hecho, yo  la tenía en brazos y mientras le subía los tirantes mínimos del vestido, no dejaba de mirar hacia la puerta del salón.

―Ya Chuski, ya vamos –dijo de repente. Me dio la mano rápido y entré en el salón empalmao como un semental de feria.

Nadie reparó en mi bragueta. Su madre me dio dos besos y su padre me apretó la mano como si acabase de venderme un coche. Ellas fueron a la cocina, yo hacía carantoñas al perro para no tener que hablar con su padre. Trajeron  cinco tazas y la cafetera. Su madre sirvió café negro muy largo a su padre.

―Yo con leche ―pedí cuando me miró.

―Un cortadito para mi niña y para mí. Y…. uno solo para Chuski.

―¡Mamá! Siempre igual. Lo haces a propósito. Le sirves el último y nunca te acuerdas que él toma descafeinado.

Se levantó enfadada y oímos el portazo mientras gritaba te espero en la calle.

―Así son las cosas en esta casa –dijo su padre–. Es una buena hija, estudiosa, inteligente, será una gran doctora.

―A lo de Chuski ya estamos acostumbrados después de tantos años, es algo que no le hace daño a nadie – añadió la madre.

―Tampoco queríamos perro y aquí está.

―Y es peor – rió ella – porque a este sí que hay que bajarle a que haga pis y caca.

Aparqué lejos y esa noche antes de llevarla a casa me lancé un poco más que otras veces, la verdad es que no habíamos pasado de unos pocos besos y algún magreo por encima de la camiseta. Yo tenía encima el calentón del pasillo pero ella no estaba animada, la notaba fría, como sin ganas… Y no sé cómo se me ocurrió, pero le aparté el pelo del cuello y le dije al oído:

―Sabes que a Chuski le gusta ver cómo nos besamos…

―¿Sí? ―rió relajada.

―Sí, sí, y a mí me pone como una moto pensar que está aquí con nosotros viendo cómo te acaricio – susurré desabrochándole la blusa y apretándole las tetas por debajo del sujetador.

―¿Tú crees que a Chuski le gusta? ―preguntó subiéndose la falda, sentándose encima de mí y buscando en mi bragueta como una gata en celo.

Le aparté las bragas y se la clavé tanto que noté cómo le crecía por el interior del cuerpo, arriba, subiendo por la garganta y asomando por su boca que yo no dejaba de morder. Fue el polvo de mi vida, nos corrimos a la vez mientras Chuski en el asiento de atrás eyaculaba sobre nosotros.

El sexo se convirtió en el centro de nuestras vidas. Bastaba un “a Chuski le gustaría ver cómo te doy un masaje”, “Chuski quiere que te pongas a cuatro patas y que lo hagamos como los perros” o “Chuski se  muere porque me la beses y la muerdas y te la metas entera en la boca”. Ella jadeaba, esas cosas la ponían loquísima y follábamos como leones.

Nadie al verla salir de la facultad quitándose las gafas y apretando los libros contra su pecho imaginaría su transformación.

Yo acepté a Chuski en nuestra cama, sin él a mí tampoco se me ponía dura, la verdad. Tenía mucho más morbo pensar que nos estaba viendo y  que se excitaba con nosotros.

Empezamos a hacer guarradas. Ella era insaciable.

―Méame, sí, sí, que a Chuski le encanta ―me pedía.

Otras veces tras beber mucho líquido, lo hacíamos con la vejiga tan llena que ella se corría y se meaba a la vez. Una noche acabamos en urgencias porque se metió una botella en la vagina mientras yo la penetraba por detrás y se la tuvieron que sacar en el hospital. A  mí empezó a darme miedo, coincidió con los exámenes de febrero, ella tenía mucho que estudiar y nos dimos una pausa. Esa semana recuperé la vida nocturna con mis amigos.

―¿Qué tal con tu novia, la médico?

―Bien.

―¿Qué, ya le pones inyecciones? O no, parece un poco estrecha, ja, ja..

Era imposible hablarles de Chuski y de nuestros polvos bestiales. Bebimos mucho y acabé en los baños de una discoteca con una rubia muy lanzada.

―¿Qué te pasa? ¿Es que has bebido mucho o que no te gusto?

Y yo sólo tuve que imaginar a Chuski mirando y contándoselo luego a ella para ponerme a cien y follarme a la rubia en tres embestidas.

En casa, tras la resaca, comprendí que tenía un problema.

Fue por teléfono.

―¿Te creías que no me iba a enterar? Pues sí, listo, te vieron mis amigas. ¡Qué cutre! Además en el baño de las tías, vamos que no te grabaron porque no tenían batería en el móvil. ¡Qué fuerte!

―Perdóname, es que bebí mucho y no sabía lo que hacía.

―Ya, pues haberlo pensado antes.

―Si ni siquiera me empalmaba, tuve que pensar en Chuski para ponerme un poco a tono.

―¿Qué? –gritó― ¿Chuski estaba contigo?

―Bueno, ya sabes.

―Eres lo peor, me robas a mi mejor amigo y me engañáis con cualquiera. No quiero volver a veros nunca, a ninguno de los dos.

Y colgó.

Hoy hace tres años de esa conversación.

Sus padres me llamaron para agradecerme que me hubiera quedado con Chuski tras nuestra ruptura.

―Dale un beso de nuestra parte ―rió su madre antes de colgar.

Cuando me encontraba con alguna de sus amigas también hurgaban en la yaga todo lo que podían.

―¿Qué? ¿Cómo te llevas con Chuski? A ver si quedamos todos un día.

Independientemente de estos detalles tontos, yo no estoy bien. No es que la eche de menos, creo que no estaba enamorado, me enganché a su sexo salvaje, eso sí, pero no me siento mal porque ella me dejara. Vivo incómodo, tenso.

Estoy en la sala de espera del psiquiatra y no sé qué le diré.

Al principio quise olvidar a Chuski, pero sentía su compañía todo el tiempo, en el asiento de atrás del coche, en el sofá viendo la tele y sobre todo cuando me masturbaba en la ducha; con él volvía a ser como antes.

Una noche, muy borracho, me senté en un banco con un pakistaní que vendía latas y se lo conté todo.

―¿Quieres dos latas? – me preguntó tras escucharme― ¿Una para ti y otra para Chuski? ¡Precio especial!- sonrió mientras yo le pagaba.

Salí con otras chicas, rollos cortos en los que cuando avanzábamos hasta el ¿tienes condón? Chuski me sonreía y me señalaba el bolsillo de atrás del vaquero.

Por la mañana, lúcido ante el café, poniendo una taza y bebiendo solo en la cocina veía claro esta locura.

―Ni Chuski ni mierdas, no existes ―le gritaba.

Pero él no se iba, esperaba hasta que me dolían los huevos y sonreía mientras eyaculábamos juntos.

La enfermera ha dicho mi nombre. Tiene buenas piernas y seguro que bajo la bata no lleva nada. Me levanto nervioso y dejo que Chuski pase primero.

Sobre el autor

Susana Obrero Tejero

Susana Obrero Tejero

Susana OBRERO Tejero (1968) reside en Madrid. Ha publicado las novelas infantiles “Almudena Rizoslocos” y “Así se aprenden las tablas de multiplicar”. En teatro, ha publicado cinco obras infantiles con la editorial CCS. En el año 2009 obtuvo el Premio Marc Granell de poesía, y en 2013 el primer lugar del Certamen de Poesía "Enrique Segovia Rocaberti", que convocó la Asociación de Amigos de la Biblioteca y del Archivo Histórico de Chinchón.

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