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CiberCuba a la vista

CiberCuba a la vista
enero 08
11:11 2016

 

Un país en el que decenas de miles de individuos se echan –o son echados– a la calle para recibir a un patético ex golpista que canta rancheras y se pasea con una cotorra posada en el hombro. Un país cuya clase gobernante es incapaz de sacar del poder a un anciano decrépito, que le ha hecho padecer el más espantoso ridículo durante la última década. Un país desde el que miles y miles de jóvenes, y no tan jóvenes, son llevados a matar y morir a un lejano país africano por siete pesos al mes. Un país en el que no se puede ser sino como ente colectivo, ilusorio. Un país en el que no se puede ser a escala individual, ciudadana. Todo esto y lo inimaginable.

Un país así solo ha podido subsistir institucionalmente afincado en un nacionalismo complaciente, más concentrado en ensalzar su mitología que en localizar la raíz de sus dificultades y carencias. En definitiva, ¿qué ha sido el castrismo como idea –ya se sabe lo que es como hecho concreto– sino un intento de glorificación de lo nacional sirviéndose, estructuralmente, del totalitarismo?

En cualquier caso, el problema viene de lejos. Durante más de un siglo, el nacionalismo cubano –histriónico, despistado, pretencioso como pocos– ha sido incapaz de fraguar la nación y/o civilizar el país en cualquiera de sus variantes, ya sea como aliado u opositor de Estados Unidos. El hecho de que en ciertos círculos intelectuales de la República se cuestionara la capacidad de los cubanos para gobernarse a sí mismos no constituye más que la excepción de una regla letal en términos históricos: la incapacidad de la mayoría de los cubanos para abordar críticamente, con propósito de enmienda, las anomalías y déficits culturales del proyecto de nación.

Se habla mucho del papel a jugar por la comunidad exiliada en la transformación económica de Cuba durante el poscastrismo, pero muy poco de su responsabilidad en la transformación de la cultura nacional y/o la psicología del nacionalismo acrítico. Probablemente, porque de inmediato surge la pregunta: ¿está capacitado el exilio para tan gigantesca tarea? Castro, ¿es el padre o es el hijo de una cultura política que de alguna manera padecemos y segregamos todos, en el insilio y el exilio?

La refundación cubana será posible –apuesto– desde la asunción de un nacionalismo crítico formalmente estructurado, esto es, un posnacionalismo cibercultural. Un posnacionalismo que deberá empezar por redefinir el propio concepto de nacionalismo, desafío que los creadores de opinión, tanto en la Isla como en el destierro, no han querido, o no han podido, afrontar coordinadamente durante los últimos cincuenta años. Ya no más golpes de pecho ni especulaciones en torno a la supuesta grandeza del país y su gente: La refundación de Cuba solo será posible desde una visión que asuma no solo las virtudes multiculturales de la cubanidad sino que localice y combata las carencias de su cultura sociopolítica, acríticamente asentada en lo superlativo, incluso en lo imaginario.

Pero antes es preciso comenzar por lo evidente: el obstáculo es cultural. Con alrededor de trece millones de cubanos censados, el hecho de que cerca de dos de ellos hayan vivido y trabajado durante décadas en Norteamérica y Europa resulta significativo, prácticamente insólito en el marco de la historia latinoamericana, y tal vez pudiera desembocar en una revolución gradual de las mentes y de la cultura. Y está Internet. CiberCuba. Hace falta vista. Todo pasa por saber utilizar las redes.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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