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Cinco preguntas a Gina Pellón

Cinco preguntas a Gina Pellón

Cinco preguntas a Gina Pellón
marzo 28
13:35 2014

Una de las artistas plásticas cubanas de mayor reconocimiento internacional, y una obra de peso, es Gina Pellón, quien ha hecho de París, a donde llegó en 1959, su casa. Desde allí ha trabajado intensamente en distintas técnicas de expresión pictórica, como el difícil grabado y la litografía, entre otros.

A pesar de su larga estancia fuera de su Cuba natal, siempre ha mantenido un vínculo con su origen y la realidad cubana. Su más reciente exhibición llevaba por título Cuba Libre, y la realizó en la Galerie Moderne, en Silkeborg, Dinamarca. Pero dejemos que sea esta mujer brillante la que nos hable de su vida y su obra.

Luis de la Paz: Usted nace en Cumanayagua, vive un tiempo en Cienfuegos y más tarde va a La Habana. ¿Influyeron de alguna forma esos lugares en su vocación?

Gina Pellón: Nací en una finca llamada El Tamarindo, al pie del Escambray, en la región cubana de Cienfuegos. De modo que hice mis estudios secundarios en Cumanayagua y el bachillerato en Cienfuegos. Desde niña me gustaba recolectar piedras que pintaba con motivos geométricos. Ya en Cienfuegos comencé a codearme de cierta manera con el mundo cultural de esta ciudad. Un pariente mío, Eduardo Torres, era profesor en el Instituto y redactor del periódico local “El Comercio”. Poseía una vasta biblioteca donde consultaba con avidez libros y revistas. También tuve como profesor en esos años al excelente escultor cienfueguero Mateo de la Torriente. Por supuesto, cuando me mudé para La Habana ya llevaba dentro la semilla de mi interés por el arte. En aquella época los cursos de San Alejandro eran libres y gratuitos, así que tomé el curso elemental que duraba dos años y mientras hacía mis estudios me dedicaba en las horas extras a pintar motivos florales para una joyería francesa que había en las calles Galiano y San Rafael o a trabajar en las galerías de arte que había en la Plaza de la Catedral. Aunque mi pintura futura no reflejara en lo absoluto lo que hacía en esos años de aprendizaje, creo que la disciplina y parte de las técnicas de base que aprendí las adquirí en esos años de formación.

Protocolo de plumas (Gina Pellón)

Protocolo de plumas (Gina Pellón)

 LDP. Usted lleva más de cuatro décadas residiendo en París, sin embargo los colores de su paleta conservan un fuerte contenido tropical y caribeño. ¿Cómo ha logrado eso desde una ciudad donde los contrastes de luz son tan diferentes?

GP. En los países sombríos hay más impacto y contraste entre los colores. Aunque parezca paradójico, mientras la luz es más tenue mejor se aprecia la tonalidad de los colores y sus texturas. Digamos que el sol, en abundancia, encandila la vista y quema los colores. Impide que los matices puedan apreciarse y es un verdadero enemigo del claroscuro. En estas condiciones, París fue una revelación como lo fue también el movimiento pictórico danés Cobra, con el cual me identifiqué desde principios de los años setenta. París tiene una luz mágica que va cambiando de tonalidades según la época del año y que nunca se repite.

LDP. Cuba Libre fue el título de su más reciente exhibición en Dinamarca. Cuéntenos un poco de esa muestra… ¿por qué escogió ese título?

GP. A pesar de que mi obra no tiene nada que ver, formalmente hablando ni en su contenido con la pintura que se llama “cubana”, mi país nunca ha estado lejos del ámbito en que me desarrollo. Me he considerado desde siempre una fiel exilada opuesta al régimen totalitario que impera en Cuba y como tal he desarrollado una carrera artística en consecuencia con mis principios. No he vuelto a Cuba desde enero de 1959 y paralelamente a mi trabajo he desarrollado actividades en favor de la democracia ya sea con respecto a Cuba u otros países, en el entorno de Amnistía Internacional, de la cual soy asociada. Esa es mi libertad y mi derecho. El tema de Cuba Libre se le ocurrió al crítico de arte danés Torben Weirup, quien vino a París a entrevistarme y se dio cuenta que parte de mis actividades extraprofesionales tenían que ver con mi voluntad personal de no cesar en el empeño de ver un día a Cuba libre. Dicho crítico vio que desde la primavera del 2003 –fecha en la que el régimen encarceló con condenas alucinantes a 75 disidentes– un movimiento en favor de estos reos, y de tantos otros que se pudren en las prisiones de la dictadura, surgió en París. De dicho movimiento, a través de la Asociación por la Tercera República Cubana, formo parte, de la misma manera que participé en las manifestaciones (más de 60) que se organizaron delante de la embajada cubana en París para clamar por la liberación de los prisioneros políticos cubanos. En ese contexto fue el señor Weirup quien decidió el título de mi última exposición escandinava y yo acepté gustosa de que así fuera en homenaje al dolor de tantas décadas de exilio y de oprobio sufridos por el pueblo de Cuba. Me siento feliz de haber contribuido a que en los confines de Dinamarca haya podido brillar, a través de mi modesta contribución, la luz de los cubanos que vivimos y trabajamos en libertad.

LDP. La Academia San Alejandro ha sido la fuente de formación para muchos y grandes pintores cubanos, entre ellos usted. ¿De qué manera la Academia forja a un artista plástico, y cómo influyó en usted?

Esta entrevista a Gina Pellón, quien falleciera el pasado 26 de marzo en París, apareció originalmente en enero del año 2005 en Diario Las Américas.

GP. Ya lo dije antes. En la Academia aprendí la técnica, sin la cual un artista está perdido. Un artista sin técnica es como un escritor que no conoce las reglas de la puntuación: podrá escribir o pintar mucho pero es el tiempo quien decidirá si queda o no para la historia. Digamos que la técnica es el punto de partida de cada obra. Después cada cual toma el camino personal que desea, pero en la base el punto de partida debe ser sólido para que el edificio no se derrumbe. En esos años de aprendizaje tuve excelentes maestros. Uno de ellos fue Luisa Fernández Morrell, pintora y profesora de Historia del Arte, que nos relataba sus amplios conocimientos pues era una mujer que había viajado todo el mundo y tenía una gran sensibilidad.  En la Academia se aprendía esto y también cosas tan elementales pero tan importantes como montar una tela, escoger los materiales, mezclar los colores, el modelado, el grabado, el dibujo. La Academia es un vivero de talentos del cual salen y sobreviven los que llevan muy dentro la vocación.

LDP. La antología poética Insulas al pairo de William Navarrete abre con poemas suyos. ¿Cómo relacionaría la poesía escrita, y la poesía que se maneja a través de los colores?

GP. La poesía está ya en mi obra. Es palpable en los títulos de mis cuadros y en el mundo de ensueños en que parecen a veces flotar mis personajes. Ya yo había escrito –y publicado– bajo el título de “Cuando los pájaros duermen” los escritos míos de prosa poética. También en revistas especializadas de arte francesas como “Pleine Marge”, algunos poemas míos habían sido publicados y traducidos por el crítico de arte francés José Pierre. Cuando William Navarrete tuvo la excelente idea de concebir una antología poética de voces cubanas contemporánea exiladas en París no tuvo ninguna dificultad para desempolvar viejos textos míos, escritos en exilio, reunidos en el poemario inédito “Vendedor de olvidos”. Sin la poesía la pintura parecería deambular en harapos. Es ella y también la lectura de poemas, la observación y la mirada poética a nuestro alrededor, los que hacen que la pintura se engalane y salga oronda a vislumbrar a los espectadores sensibles ante el arte.

Sobre el autor

Luis de la Paz

Luis de la Paz

Luis de la Paz (La Habana, 1956). Escritor y periodista cubano, ha publicado los libros "Un verano incesante", "El otro lado", "Tiempo vencido" y "Reinaldo Arenas, aunque anochezca", entre otros. Entre 2001 y 2008 editó la revista virtual de literatura cubana El Ateje. Es Premio Museo Cubano de Ensayo por "Dulce María Loynaz, tránsito de una gran dama cubana", y Premio Lydia Cabrera de Periodismo en 2011.

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