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Compartiendo aclaraciones para mí misma

Obama en el Gran Teatro de La Habana

Compartiendo aclaraciones para mí misma
Marzo 23
11:42 2016

 

Intento mantenerme al tanto de la visita del presidente Barack Obama y su familia a Cuba. Me empeño en actualizarme sobre los comentarios que al respecto van haciendo amigos y desconocidos, sean o no mis connacionales. A veces me sumo, participo con un link, dejo un rápido comentario. Me río. Vibro. Me preocupo.

Todo eso debatiéndome conmigo misma. Voy y vengo en mis cavilaciones, entre expectante y anhelante de dar crédito a algunos de los sucesos que componen ese acontecimiento. Entre una realidad que sigue apabullándonos allende los mares y la asistencia al entusiasmo desmedido de algunos, que no pudiera precisar si son los más o los menos.

No me es difícil mantener en mínimos el entusiasmo, lo que no se iguala con mi alegría, que es mucha. Pero aun estando fuera de Cuba no estoy en condiciones de optimismos delirantes. Quizás cuidándome de eso, aclaro no sé bien si me cuidan del delirio o del optimismo exacerbado, en Brasil se empeñan en aislarme y sofocarme tanto como hacían últimamente en la Isla. Y similares son los métodos, desde la asfixia económica hasta los intentos de paralizarme profesionalmente. Claro, no me evitan la violencia, ni la psicológica ni la emocional. Esa que no deja marcas visibles, pero que es la más difícil de superar.

Días particularmente difíciles estos de la visita de Obama a La Habana. Particularmente difíciles para muchos y muchas. Arreciaron las detenciones, como era de esperar. Personalmente me coinciden con una jornada de mucho trabajo, de agotamiento. Días de repetición de la tortura que nos han impuesto a mi madre y a mí. La visita coincidió con el aniversario de ella y, por segundo año consecutivo, con mi imposibilidad de establecer comunicación con ella, con Cuba, en esta fecha.

Curioso… sí.

Consecuentemente, por segundo año consecutivo he hecho un paréntesis en el cuidado con mi privacidad y aireo mi sentir. He intentado comedidamente expresar en mi página de Facebook parte de ese dolor. Por segundo año consecutivo intento que ese dolor no se transforme en ira. Por segundo año consecutivo dejo públicamente claro algo que tantos saben, la aplicación de la tortura más allá de las fronteras físicas nacionales.

¿Y quién puede ser, es, el máximo responsable? Sólo los gobernantes de nuestro país. Los de cualquier otro apenas muestran permisividad, les consienten, les secundan. Las órdenes en contra de cada cubano que no consienta representar el rol que, en el guión por ellos diseñados, le corresponde, las da el gobierno de la Isla.

Terrorismo de Estado. Ese el calificativo de una práctica que ni siquiera califico. Ya muchos lo han hecho. El terrorismo es de praxis. Y de la exposición a esta no estamos exentos así salgamos de la Isla.

Así, para quienes tan ilusoriamente hablan hoy de borrón y cuenta nueva, valdría observar con detenimiento las detenciones masivas que previas a la visita de Obama a La Habana, y durante esta, han venido ocurriendo. Valdría observar la persecución de la que somos objeto más de uno de nosotros también fuera de nuestro país. Valdría observar los castigos impuestos a nuestros familiares cuando estamos allá e incluso cuando no estamos.

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No. No es cierto que todo disidente, opositor o contestatario al gobierno de los Castro esté ahora, tras la supuesta apertura raulista, en avanzada diplomática por el mundo. No es cierto que todos están comprando casas, carros y sacando a sus familiares del país. ¡No!

Lo cierto es que muchos, que ni siquiera nos hemos etiquetado alguna vez, (o tal vez por eso) seguimos pagando un alto precio. Y con nosotros nuestros familiares. El ensañamiento rebasa las costas y extiende tentáculos.

Esa es una violencia institucionalizada, peor aún, estructural, que muchos parecen querer ignorar. Y eso que sucede con cubanos y cubanas de cualquier color y fisonomía, vemos que arrecia con personas negras. ¿A quién importa un negro más o uno menos? ¿A quién importa una negra menos? Lo que puede importarles es una negra más, y no prostituyéndose sino ejerciendo el derecho natural al pensamiento crítico y a la libertad de expresión.

Pero… borrón y cuenta nueva. Llegó el momento del perdón.

Otra curiosidad. Porque… pareciera que nuevamente tenemos que obedecer por decreto… ya no habrá que gritar que el que no salte es yanqui. Gracias a Dios. Aunque pienso, ¡oh!, pobre Hassam. Ahora tal vez se imponga gritar por el compañero Obama (el machismo nos deja fuera a la que entonces debería ser tenida por la compañera Michelle) o alguna otra de las consignas que salen de creativas mentes.

Qué triste que haya tenido que llegar Obama para decirnos ciertas verdades. Qué bueno que las dijera, que lo hiciera claro, alto y fuerte, como corresponde. Qué pena que los gobernantes que se dicen los más nacionalistas, no permitan a los cubanos, so pena incluso de muerte, decir nuestras verdades.

Qué suerte para el presidente Obama poder pronunciar esas verdades sin ser llevado a prisión. Es lo que ocurriría al cubano que la diga. Peor si es negro o negra. Porque a estos últimos, además, nos lanzarían a la cara que somos personas desagradecidas, que la revolución nos convirtió en personas. Y, en caso de lanzarnos a turbas enardecidas, nos gritarían monos o monas. Porque la injuria racial no es una figura dentro del surrealista código penal vigente en la Isla.

Opositor cubano interrumpe la transmisión de ESPN en La Habana en protesta contra la represión gubernamental

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Cierto es que con nuestra tentación festiva para las confusiones, en estos intensos y memorables días también están interpretándose con rampante rapidez discursos y actitudes entorno a la visita y más. Por ejemplo, tristemente, se ha confundido dignidad con odio y resentimiento, perdón con estupidez, entre tanto más.

Tal vez tendríamos que mantenernos alerta, observarnos siempre y detenidamente, fórmula para no caer en el error de decretar lo que empieza a parecer un optimismo light.

Una cosa es respetar al carcelero honesto que tiene que ganar su pan (no: a todo el mundo no le llega remesa del exterior) y otra al torturador. Este, si no es psiquiátricamente comprobado como enfermo mental, es simple y llanamente un degenerado. Va y hasta merece un piadoso perdón, nunca la comprensión y el respeto.

Recordemos que hablando en términos religiosos, perdonar no es olvidar. Tampoco equivale a no exigir responsabilidades. Criticamos la impunidad en otros espacios, como en la Iglesia católica con su tolerancia a los sacerdotes pedófilos, pero estamos festivamente prestos a aplicarla en nuestro espacio. Claro, siempre que no nos afecte, o mejor, si nos beneficia.

Darse las manos, reconocer la necesidad humanamente civilizada de colaborar y hacerlo, no significa olvidar. Se impone también recordar que error olvidado será, con grandes posibilidades, error reiterado. Y la acumulación de errores pasa a comportarse como horror. Eso no deberíamos tenerlo presente sólo cuando se trata del sujeto individual, que también es merecedor. Apremia tenerlo presente cuando se trata del sujeto colectivo.

La acumulación de errores devenidos horrores, y la acumulación de aquello que siempre clasificó como horrores, ha lacerado el tejido social cubano hasta límites inimaginables. Una fragilidad que tiene en crisis a la nación, al menos, al interior de la Isla. No es casualidad y supongo que ahora tampoco se considere obra del imperio, la constante desbandada migratoria de cubanas y cubanos. No es casualidad que los jóvenes no quieran estar en la Isla.

De la Isla se sale como sea, hay quienes lo intentan a nado y hasta en el tren de fuselaje de un avión. No. No somos suicidas. Somos una sociedad en fuga porque no le han permitido siquiera identificar su propio potencial para hacer por sí misma.

Y sí, se sale de la Isla también porque se teme a la represión. Y porque nos han fragilizado moralmente hasta dejarnos impasibles e inertes para cualquier acción que no sea la búsqueda de salvación individual. Y porque cuando intentamos estimular el pensamiento y/o la acción colectiva, o nos lanzan en prisión o nos obligan a salir del país o nos asesinan social o literalmente, los mismo judicial que extrajudicialmente.

Pero hasta eso tenemos miedo de decir. Porque ese decir tiene, invariablemente y a menos que se sea de los elegidos para pronunciarse, consecuencias: ninguna positiva.

Confieso que sí, otra vez tengo miedo. Terror. Tengo miedo de que se atente contra mi integridad física en un país en el que la violencia es el pan nuestro de cada día. Tengo miedo de que desde mi país se estimule una agresión en mi contra por no coincidir con los nuevos capítulos del teatro ¿”nacional”? Tengo miedo de que se siga castigando a mi madre y física, psicológica y emocionalmente, a sus 73 años, ella no soporte más. Tengo miedo de que a instancias de los gobernantes de nuestro país no me permitan finalmente establecerme en este y que por el mismo motivo, cual falsamente fabricada terrorista, ningún otro se digne a recibirme.

Tengo miedo, sí. Terror. Me aterran las consecuencias que puedan tener discursos distorsionadores de la realidad de la sociedad cubana. Me aterran los asesores que tengan aquellos que hoy tienen en sus manos los hilos del poder. (Ya vimos el qué bola del presidente Obama, expresión contra la que nada tengo, pero que no es un código con el cual comunicar con la generalidad de la sociedad cubana.)

Sí. Me aterra que el futuro de mi país sea una caricatura de democracia, al estilo ruso, por ejemplo. Me aterra la perpetuidad de la dinastía castrista. Me aterra, sí, la permanencia del terrorismo de Estado en contubernio con el neoliberalismo castrista.

Me aterra que cubanas y cubanos quedemos a merced de nuevos horrores y que, utilizando el título del libro de Valladares, hoy como ayer, nadie escuche.

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Sobre el autor

María Ileana Faguaga

María Ileana Faguaga

María Ileana Faguaga (Mimi) es historiadora y antropóloga. Nació en La Habana, Cuba. Investigadora y Profesora-Directora del programa de diálogo cultural e interreligioso de CEHILA-Cuba (para el Estudio de la Historia de la Iglesia en Latinoamérica). Fue corresponsal en LH de Radio Única (Miami). Actualmente reside en Brasil.

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