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Comunión (fragmento)

Comunión (fragmento)

Comunión (fragmento)
enero 27
13:20 2014

Como yo no pensaba morirme en aquel invierno, y como ya no estaba enfermo y era, al fin, un hombre nuevo que conocía mis sentimientos y conocía a los seres humanos, por ultima vez empecé a recordar lo que hice, lo que pensé y lo que fui, el testimonio de mi viaje que, como el de todos los que llegamos aquí, parecía un laberinto disperso en el tiempo del cual muy pocos logramos salir, porque muy pocos comprendimos entonces que el panfleto en el que vivíamos, nuestro pasado subversivo, todas nuestras herejías, siempre opuestas a cualquier cosa que representara poder y autoridad, nos habían impedido alcanzar Comunión.

I

Después de haber pasado la madrugada luchando con los dolores que me atravesaban las vísceras, padeciendo las diarreas sanguinolentas mientras lidiaba con los cerrojos oxidados, cuando conseguí abrir la puerta del vagón del tren de carga donde viajaba y la oscuridad fue vencida por el resplandor de la mañana, escuche aquella voz, diciendo:

–Fucking beaner…

Era una voz ajena, que hablaba en un idioma diferente al idioma de mi voz interior: este policía omnisciente que arrastro desde la isla del diablo donde nací, y que se ha empeñado en joderme la existencia durante los más de veinte años que llevaba mendingando en estas tierras; el sabelotodo, el fiscal interno que me acusa con la severidad de la segunda persona del singular; mi Balzac personal, o más bien mi entrañable Dostoievski que cuenta mi propia vida y unos falsos sueños con la impunidad de una tercera, formando en mi mente un bullicio, una masa de palabras que se empujan unas contra otras, y que en esa ensordecedora lucha por prevalecer, se mezclan en mi cabeza, queriendo asumir el papel principal de mi historia.

Y en el instante en que por fin ya iba a terminar para siempre con todo aquel escándalo interno, cuando iba a perderme en vacío gris de afuera, esa voz exterior que hablaba otro idioma (en el que aún nos resistimos a hablar tú y yo, Abel; aún después de tantos años de tener que usar ese idioma como el papel sanitario o los trapos sucios para limpiar tu enfermo culo), salió interrumpiendo el momento en que me iba a escapar definitivamente de aquí, en el que nos ibas a dejar, otra vez, el final inconcluso. ¿No era lo que siempre habías hecho, Abel?

Yo me había quedado mirando aquella luz de afuera, las interminables pilas de basura. Mis pulmones: las piltrafas de lo que habían sido los pulmones de un buen corredor de fondo, de un obstinado jugador de tenis, inhalaban la podredumbre que entraba en el vagón junto con el frío y la niebla, junto con la bulla de los equipos y máquinas que trabajaban apilando y organizando la basura de la ciudad en este lado del río.

Mientras forcejeaba con los cerrojos pensaba en el éxtasis —que ni las drogas ni el alcohol lograban superar—, en el estado de placer que la pudrición de mi cuerpo me provocaba mientras cagaba mis diarreas. No quería que la imagen de allá fuera me distrajera. Sabía que eso podría ocurrir una vez que abriera la pesada puerta, porque los paisajes de la ciudad me fascinaron desde que llegué a este basurero, hacía ya más de veinte años. Aquellos edificios, sobrios como cajas de conserva, desbordados con las miserias de eternos inmigrantes ilegales, venidos como yo de todos los países del sur, las multitudes de gente anónima, de gente como fantasmas, abarrotaban la ciudad con nombres falsos, con ropas falsas, con falsos oficios, simulando una vida y hasta una muerte falsa en una ciudad gris. Estabas luchando contra ti mismo, Abel. Tú eras uno de aquellos millones de zombies que buscaban desesperados un trozo de carne, un poco de sangre para beber, que les permitiera seguir la embriaguez en que habían convertido la razón de sus cochinas existencias.

Miré hacia donde había salido la voz, y me pareció escuchar un murmullo, una especie de gorjeo somnoliento, pero la luz de afuera encandilaba mis ojos, y el haz que había dejado la abertura de la puerta apenas alcanzaba aquel rincón. Hasta ese momento creía que yo era el único ocupante del vagón. Por eso, cuando por primera vez oíste la voz, la confundiste con esta, la voz que te regaña, que te jode cada intento de escapar: mi horrible voz, como la voz de tu madre: mi alucinada voz que retumba en tu cabeza.

Yo no recordaba muy bien cuándo ni cómo había quedado encerrado en aquel vagón. Últimamente las crisis me agravaban mi incapacidad de entender el tiempo, de ver la misma realidad que las demás personas veían. Sabía que me había fugado de un hospital, que había robado una buena dosis de aquella droga que me mantenía en un letargo continuo, que aunque no lograban parar la sangre y la mierda, me ayudaban al menos a aliviarme los dolores. Me había vestido con las ropas de otro paciente, unas ropas que apestaban a muerto, a pus, a sudor viejo. Recuerdo, como en un sueño, que caminé toda la tarde, entre las multitudes de la ciudad, y que al llegar al parque del centro, sentí hambre: el ardor de mi estómago vacío. Metí la mano en los bolsillos y hallé unos billetes estrujados. Parecía como si alguien los hubiera puesto ahí para facilitarme las cosas, alguien como un secreto cómplice, una especie de fantasma que siempre me ayudaba, como tu propia madre, Abel; pero tu madre ya había dejado de tirar del cordón que los unió durante más de cuarenta años. Tu madre era un montón de huesos postrados, una loca que no recordaba siquiera la fecha de tu nacimiento, otro pedazo de carne que se pudría en la cama de un hospital especializado en aplazar, con eficiente crueldad, la muerte.

Siempre se las arreglaba para aparecer en tu vida en los momentos en que ya estabas a punto de reventar, para exigirte que aguantaras, que el sentido de esta vida de herejes era ese: aguantar, recuerdo que me lo decía en inglés, un idioma, según él mismo, que se usaba para esconder los sentimientos: “El inglés, Abel, te da cierta impunidad”, me repetía por teléfono con una voz que parecía el eco de mi propia voz.

La última vez que tomé una sopa enlatada que compré en algún mercado del parque, los dolores me hicieron entrar otra vez a los baños. Y mientras cargaba la atmósfera con la peste que salía del mis tripas, calculé que, de los últimos años de mi vida, había pasado la mayor parte de ese tiempo sentado en un inodoro. A eso se había reducido tu existencia, Abel: a una interminable diarrea, a la agonía de ver cómo tu hermoso cuerpo desaparecía lentamente por las cañerías de desagüe, convertido en un agua hedionda y sanguinolenta. Porque de eso se trataba: de tu cuerpo, y, también, del tiempo.

“Del ser y la muerte”, me habría dicho Ezequiel, entre lágrimas, con su engolada voz de maricón enamorado, luego de haber escuchado la lectura de aquel poema: “Hijo de Abraham”, que declamé para él, sólo para él, una tarde en el patio de su casa, a la sombra de un sauce llorón. ¡Qué imagen más tierna la de ustedes aquella tarde! Un poema que había marcado, casi desde el mismo inicio, el ridículo inicio de todo esto. Y como mi cuerpo ya no era más mi cuerpo, sólo me quedaba el tiempo, por eso había decidido prolongarlo, tal vez, eternamente. Por eso estaba esperando, junto a la puerta del vagón, que se abrieran las puertas de aquel vacío: que el tren acelerara o que subiera a uno de los miles de altos puentes de esta ciudad de puentes, para lanzarme al no tiempo. Pero la voz, la otra voz que salía de aquel rincón, insistía con un nuevo plazo, como si algo me negara la posibilidad de dejar mi cuerpo solo.

¿Cuántas veces había escuchado esa misma frase?, incluso, ¿cuántas veces yo se la había dicho a otros que no eran miembros de la unión a la que yo pertenecía, siempre que pagara, a tiempo, mis dues, recordé que pensé, escuchando el chirrido de las ruedas contra los rieles, y, aferrado a los bordes de la puerta, saqué la cabeza y pude ver todo el tren en que viajaba, casi una milla adelante, el pito de la locomotora señalaba la punta. Iba, como siempre, en el último vagón. Pero la lentitud persistía, y el viento frío en mi cara, cargado con las inmundicias de la ciudad, me hizo entrar nuevamente.

Tenía que esperar en el mismo rincón, en el nido de papeles, cartones y trapos cagados (aunque eso ya no te importaba, acostumbrado a tu propia peste no percibías esa pudrición; tanto tiempo luchando contra la mierda, que habías terminado por ser insensible a ella, incluso a los gestos de asco de los demás), otra oportunidad. A eso se resumía mi vida: a una espera cuyo final se postergaba con plazos agónicos, o quizá la otra variante que te inocularon en tu país al sur: dejar que las cosas pasaran, que tus actos fueran controlados, de algún modo, por otros. Hasta donde yo alcanzaba a recordar, nada de mi vida provenía de mi propia voluntad. Todo lo que era: la basura que era, me había sido impuesta.

La misma cantaleta, Abel: una víctima tan perfecta que hasta el nombre te pegaba. A pesar de haber empleado más tiempo y esfuerzo que nadie en alcanzar las pocas cosas que deseé, esto era todo lo que quedada de mí: un charco de mierda. El lamento de siempre, ya sé, ya sé que en lo único que confiabas con absoluta certeza era en tu mala suerte. Pero creías que el tiempo de las lamentaciones y los gemidos había quedado atrás, en los inicios de tu exilio total.

Me gustaba esa frase; la había leído en una de las novelas más alucinadas, escrita por uno de aquel legendario trío de escritores alucinados que también habían sucumbido a la mierda. El libro me lo había mandado Carlos, desde la ciudad fantasma en que vivía, fundada sobre el pantano más grande del mundo, una ciudad construida con el odio de nuestros laboriosos paisanos. El último sobreviviente que alcancé a conocer de aquel famoso trío de escritores famosos, Carlos, el más aplicado de todos, siempre se las arreglaba para aparecer en tu vida en los momentos en que ya estabas a punto de reventar, para exigirte que aguantaras, que el sentido de esta vida de herejes era ese: aguantar, recuerdo que me lo decía en inglés, un idioma, según él mismo, que se usaba para esconder los sentimientos: “El inglés, Abel, te da cierta impunidad”, me repetía por teléfono con una voz que parecía el eco de mi propia voz: el hablar gangoso de tu provincia traslucía, incluso, en su perfecto acento al decirte: Hanging there, bro. Pero Carlos ya se había muerto también podrido de cáncer. Su muerte te había parecido insólita quizás porque se trataba de uno de esos seres que sabemos inmortales… ¡No, no, mentiras!: la muerte de Carlos me pareció una trampa demasiado sucia, fue como el cumplimiento de una macabra venganza, por haber burlado el destino que se le había impuesto. Ellos habían vivido la época en que nuestro exilio aún tenía la certeza del fracaso a flor de piel; el sufrimiento de una turba hundida en los recuerdos del infierno del que habían escapado los hizo geniales. Obligados a la trascendencia, escribieron libros sublimes, como las palabras del reo dichas al pie del patíbulo, ¿como éstas que llevas revolviendo en tus hediondas entrañas, tus cochinas palabras, quizás las últimas que digas, Abel?

Ahora el tren ya había tomado un decidido rumbo sur, y la luz de la mañana, desde el este, llenaba el interior. Creí que era el regreso, el cierre del ciclo, pero cualquier otro suplicio era preferible a tener que andar de nuevo mi propia vida, de quedar atrapado en la estúpida idea del eterno retorno, de convertir tu existencia en una horrible eternidad que se repite, infinitamente, en cada hecho. En ese caso, prefería ser un roble inmóvil que en varias décadas volvería a ser tierra fértil para otro joven roble. Esa sería la inmortalidad perfecta, el perfecto retorno, porque lo otro, esa tan proclamada vida después de la muerte, o esa atroz idea del paraíso junto a un Ser Supremo etcétera, te parecía el acto más ridículo, que la soberbia humana había inventado para creerse superior a ese roble, por ejemplo, cuya eternidad te parecía mejor. ¿De qué te habría servido creer en una nueva vida? ¿Otra? ¿Cuál sería el propósito? ¿Volver a la mierda? O peor aún: ¿Vivir sin aquellos instantes en que tu cuerpo, a través del sufrimiento alcanzaba la perfección del placer? Era angustioso pensar que algo o alguien muy poderoso me hubiera dispuesto otra vida, algo o alguien cuya perversidad era tan grande, como para permitir todo este sufrimiento de ahora, o para ofrecerme, sólo, la esperanza de otra oportunidad.

¿Y si eso no fuera más que un engaño para un nuevo sufrimiento? ¿Qué garantías tendrías de que la otra vida fuera mejor que esta?, porque hasta ahora de lo que sí podía estar seguro era de las desgracias. Si algo tenía garantizado era la agonía de existir aquí y ahora, y, también, por supuesto, la abundancia del dolor; de eso nadie parecía escapar. Y, con estos antecedentes penales, ¿cómo creer en ese tal Ser Supremo con el que te habían amenazado siempre? ¿Qué poder tendría un Dios tan parecido a nosotros mismos? Bastaba recordar tus intentos de ofrecer cualquier otra idea diferente, para comprobar que los seres humanos prefieren seguir bajo la protección de un máximo déspota, a la incertidumbre que les provocaría vivir en Comunión.

El título de aquel texto que nunca escribiste. Una utopía oral, como le llamaba David y por la que me habían obligado a escapar de aquella isla, donde habías naufragado, una espléndida mañana de mayo, cincuenta años atrás, al abandonar el confortable vientre de tu madre loca, en el día de la celebración de todas las madres del mundo. En todo caso ya habías estado en el infierno, Abel, y nada podría ser peor que mi propio pasado. ¿Y qué tal aquellos maravillosos recuerdos de tu adolescencia con Isabel? Pero como yo estaba muy bien en aquel presente, revolcado en mis inmundicias, viajando en el último vagón de un tren que iba rumbo sur, tratando de averiguar el origen de unas palabras que habían salido desde la oscuridad, no me interesaba complicarme mi cochina existencia con aquellos felices pasados.

Por fin llegué hasta mi nido de papeles y trapos cagados y me senté. Recosté la espalda contra la fría pared de metal, atento a cualquier sonido diferente del traqueteo de las ruedas contra los rieles. La puerta seguía abierta, y el haz de luz de la mañana empezaba a moverse hacia los rincones más oscuros, hasta que llegó al fondo, desde donde había salido la voz, la otra voz que dijo, otra vez: “Those fucking beaners…”, y lo primero que vi fue a una rubia gorda, denuda, agachada frente a un negro, y a la pinga del negro que entraba y salía de la boca de la rubia, moviéndole sus cachetes y el tatuaje de una bandera confederada que parecía flamear en el cuello de la gorda, quien al verme que yo los estaba mirando, se sacó la pinga del negro de la boca para decir:

Shut that fucking beaner.

Sentí el disparo, un fuego en mi pecho, una patada en mis costillas y un golpe fuerte en mi cabeza al caer sobre las piedras junto a los rieles. Luego, la niña me explicó lo de la pantera que encontraron, lamiendo mis heridas, protegiéndome del frío, de las ratas y los otros animales de la noche. Pero todo eso yo creo que ella lo inventó porque le daba lástima al verme tirado en aquella cama, inmóvil, sin poder hablar siquiera de lo débil que estaba, mirando, cada vez que mis fuerzas me permitían abrir los párpados, unos intensos ojos negros, fijos en mis propios ojos, de una enorme gata negra, echada sobre mi pecho herido.

Sobre el autor

Daniel Morales

Daniel Morales

Daniel Morales (Camagüey, 1962) ganó el Premio Nacional de Talleres Literarios en 1989, en Cuba, con su cuento “Con todo el cielo encima”. Poco después fundó, con el también escritor Rafael Almanza y otros intelectuales de su provincia, la revista literaria independiente Antenas, Segunda Época. Tras la impresión del primer número de la misma, comenzó a ser hostigado por la policía política. En 1993 se exilió en Estados Unidos, donde han aparecido sus libros "Su rastro breve" (cuentos) y “La Casa del Sol Naciente” (novela), ambos con la Editorial Homagno.

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2 comentarios

  1. Trilce
    Trilce enero 30, 16:11

    Excelente !

  2. Armando Añel
    Armando Añel enero 30, 17:23

    estremecedor fragmento, si la novela sostiene ese tono estamos ante un gran libro…

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