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Con Elena en la corte

Con Elena en la corte

Con Elena en la corte
enero 25
21:28 2015

A Patricia Rosas Lopategui 

Claro que lo voy a decir todo, Your Honor. Se lo voy a contar desde el principio, sin guardarme nada por dentro. No tengo nada que ocultar. Y aunque lo tuviera tampoco lo ocultaría, ya que según dice acá el licenciado, lo mejor que puedo hacer es decir la verdad. All the truth and nothing but the truth.

Ahora que lo pienso, mis problemas empezaron con la tesis sobre Elena. ¿Usted nunca ha oído hablar de Elena Garro, Your Honor? ¿Tampoco habla español? No, y mire que parece hispano, por la cara y el apellido ese que tiene, Baca con b de burro… Ay, disculpe. No, no quise ofenderlo. Sorry, sir. Mi familia es de Juárez pero vinimos a Albuquerque cuando mi hermana y yo éramos unas escuinclas, así que soy New Mexican. Y ciudadana. De mojadita nada. Terminé mi Bachelor en la universidad de Nuevo México a los veinte años y enseguida empecé a trabajar en INTEL.

Según mi madre, para tener un hogar sólido ni falta que me hacían estudios. Mujer que sabe latín, no puede tener buen fin, repetía machacón mi padre, que en paz descanse. Poco después empecé a noviar con Fernando el Cuban, un cuate del South Valley que desde entonces, (y desde mucho antes, cuando éramos teenagers) se llamaba  a sí mismo el más pingúo, mire si es alardoso. Bah.

Llevaba ya dos años quemándome la vista con componentes electrónicos cuando un buen día me encontré a Patricia, que había sido mi profesora de literatura en la universidad. “Muchacha, ¿qué haces perdiendo tu juventud en un taller cuando tenías tan buenas notas?” me preguntó con las manos en la cabeza. Patricia había sido siempre mi maestra favorita, de la gente que inspira a sus alumnos. Una role model que les dicen. Así que después de hablar con ella, sin encomendarme a Dios ni al diablo, apliqué para el programa de maestría. Me latió hacerlo, vamos. Y me aceptaron.

Mi madre decía que tanto estudio no me iba a servir para nada. Que mejor me casaba, que mejor hombre que Fernando el Cuban alias el más pingúo no iba a encontrar ni buscándolo con un candil. Que la carrera de la mujer es el matrimonio. Nada, que ella seguía viviendo en Juárez, aunque la dirección de nuestra casa dijera Unser Boulevard.

Pero yo me empeciné, a lo mejor nomás que por irle en contra a la jefita. Dejé el trabajo en INTEL y me fui de teaching assistant al departamento de español de UNM. Fernando el Cuban estuvo tres semanas sin hablarme. Cuando lo hizo fue para decir que los estudiantes se iban a enamorar de mí, que mis compañeros de maestría me iban a invitar a Estarbú, y que yo iba a dejarlo plantado porque él a duras penas terminó la high school. En dos años nos peleamos como diez veces y siempre por lo mismo: mis estudios. Cerrado como un mulo él, y obstinado hasta la pared de enfrente.

Al final, en vez de tomar una clase antes de los exámenes, como hace todo el mundo, decidí escribir una tesis, para pasar menos tiempo en la universidad y que el más pingúo no se disgustara. “¿No que no tronabas pistolita?” me soltó mi señora madre, tan metiche que es. Pero estaba contenta porque al fin se había hecho su santa voluntad.

Fernando el Cuban se alegró tanto que me compró el anillo y al otro día vinimos aquí, a esta mera corte, pero al piso noveno. (¿Quién me iba a decir que menos de un año después iba a volver a verme en el mismo lugar, acusada de asesinato?) Nos casamos ante el juez de paz y enseguida quedé embarazada. Yeah, pregnant. Prego, como la salsa.

Ya sé que tanto cuento es andarse por las ramas. Espero que no lo esté aburriendo mucho, Your Honor. Pero quiero que usted entienda por qué hice lo que hice. No es para que no me condene….Por otro lado, ahí está el licenciado que puede explicar las cosas mejor que yo. No más déjeme hacer unas aclaraciones y ya luego me callo.

Calladita te ves más bonita, otra frase de mi mamá.

Después que nos casamos, Fernando el Cuban trató de cambiarme el pensamiento. No sólo se emperraba en que yo cocinara a lo puro cubano —arroz con frijoles negros en todas las comidas y papitas fritas idénticas a las que hace su madre— sino que me quería remodelar completa, como a una casa vieja. Nada, que si fuera posible comprar cabezas, como las que vendía Julián, el Cuban me habría mercado una diferente. Una de esposa buena, silenciosa y sumisa, como le gustaban a él. Y al mismo Octavio Paz, según Elena, le gustaban así también…

¿Que si ese Julián es un criminal del South Valley? Oiga, no. Es un personaje de Elena Garro.

Ahora, no me malinterprete. Yo estaba enamorada de mi marido. Lo quería mucho y él a mí. Cuando estaba de humor, el más pingúo me regalaba flores y me llevaba a comer fuera, al Tacotote, o a visitar a mi madrina en Juárez. Pero resulta que mientras más andaba yo revolviendo papeles de biblioteca en biblioteca, más me perdía en laberintos, decía él. Se quejaba de que no me entendía. Mi laberinto no era de soledad, sino de letras, páginas y libros, cientos de libros sobre el realismo mágico, tan pocos sobre Elena Garro. Y la tesis atascada ahí.

Oh, sorry again, Your Honor. Entiendo que mi tesis no tiene nada que ver en este proceso. Lo que pasa es que fue a mitad de la misma cuando parí. Nació la niña entre retorcijones, y yo tuve con ella mi semana de colores y mi caballo de cartón.

Pero el más pingúo no me ayudaba en nada. Siempre tenía una excusa. Mi amor, que hoy trabajo hasta tarde. Que tengo chamba en Las Cruces. Que voy a hacer horas extras. Yeah right. Lo que ganaba con las horas extras se le iba por el camino de los bares. Y yo sola en la casa, con una criatura de meses. Y la tesis muerta de la risa.

Lo peor no fue eso. Ni fue tampoco que tuviera que dejar la maestría, casi a punto de terminarla. Porque mi madre estaba ayudando a mi hermana mayor a criar a tres escuincles y decía que si yo no estaba haciendo nada útil, ¿a santo de qué me iba a echar una mano? Que me fregara con mi hija como ella se fregó conmigo, me dijo. Qué desmadre de madre, ¿no?

Lo peor del caso fue cuando a Fernando el Cuban le dio por golpearme. Empezó a acusarme de que andaba con otro, que yo me iba para el mall sola, que tenía amigos por ahí. Que me cuidara porque a él no lo tarreaba ni la Virgen María. Que por gusto no le decían el más pingúo. Que él era un macho cubano y que me cortaría el pescuezo en un decir Jesús.

Cuando llegaba briago, me daba una mano de chingadazos que me dejaba marcas por todo el cuerpo. Y yo pensando que si las cosas seguían así mi madre iba a tener, como Gertrudis, gusto en que yo me hubiera muerto tan pronto. Gertrudis es también un personaje de Elena Garro, Your Honor. Una madre medio parecida a la mía, de las que paren a las hembras por el culo.  Ay, perdón.

Casi recién nacida estaba nuestra hija estaba cuando un día Fernando el Cuban me sacó dos dientes de una cachetada. Mire, míreme la boca, Your Honor. No sé qué me dijo de que si yo andaba puteando por el café de Tacuba. Y yo ni siquiera conocía ese café, sólo lo había oído mentar.

Your Honor, todavía no sé de quién fue la culpa. Yo no tenía ni amigas con quien platicar. Ni eso. Como el marido de la señora Laura (otro personaje de Elena Garro, sí) el mío se enfurecía por cualquier tontería. Pero tampoco era cosa de salir huyendo Lola porque ¿cómo iba yo a dejar mi casa y adónde carajos iba a ir con una niña de meses?

Por otro lado, a veces se me ocurría que si la Garro no había aguantado a Octavio Paz, que era un escritor de renombre y no un cuate analfabeto en dos idiomas como Fernando el Cuban, ¿por qué tenía yo que seguir clavada a mi matrimoñesca cruz?

Una noche llegó el más pingúo oliendo a dos equis. O a tres. O a cinco. Que lo que le salía por la boca eran más equis que las que tiene un filme porno. Y con muy malos modos me pregunta que por qué no estaba lista su comida.

—Estoy preparándola —le contesté, revolviendo la sopa (que era de pollo por más señas) con un cucharón grande, de hierro.

—¿Todavía preparándola? —se encabritó él—. ¿Pues qué has hecho el resto del día, so puta?

Y al decirme eso me soltó un puñetazo que me hizo ver la luna y las estrellas.

No le importó que yo tuviera a la niña en brazos. Me tiró al suelo, y a ella conmigo. Y en los ojitos asustados de mi hija vi a todas las mujeres abusadas y a las muertas de Juárez y a mi propia madre cuando mi papi le pegaba. Allí se me subieron Eva y Madonna al cerebro y agarré el cucharón y se lo zampé al más pingúo por el medio de la cabeza.

Así que usted dirá, Your Honor. Yo ya termino. Que venga Dios y diga si fue culpa mía, de la tesis incompleta, de Elena Garro o de los tlaxcaltecas. Pero lo que es el Cuban, aka el más pingúo, no vuelve a levantarle la mano a ninguna otra mujer en su vida, ni tampoco en su muerte. Amén.

Sobre el autor

Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage nació en La Habana y ahora vive en Estados Unidos. Ha publicado siete novelas: “Muerte de un murciano en La Habana” (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), “La Regenta en La Habana” (Edebé, 2012), “A Girl like Che Guevara” (Soho Press, 2004), “Posesas de La Habana” (PurePlay Press, 2004), “Habanera, A Portrait of a Cuban Family” (Floricanto Press, 2010), “El difunto Fidel”, Premio Rincón de la Victoria 2009 (Renacimiento, 2011), “Orfeo en el Caribe” (Atmósfera Literaria, 2013) y varias colecciones de cuentos. Es profesora de la universidad y periodista.

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3 comentarios

  1. Anita Book
    Anita Book febrero 01, 21:09

    bello y ejemplarizante

  2. Armando Añel
    Armando Añel febrero 02, 05:25

    Magistral.

  3. Manuel Gayol Mecías
    Manuel Gayol Mecías febrero 05, 13:56

    Indudablemente bueno.

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