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Conservación del patrimonio, identidad y turismo

Conservación del patrimonio, identidad y turismo

Casa Castro, Varadero, 1917. Foto del autor (2017)

Conservación del patrimonio, identidad y turismo
Julio 27
15:05 2017

“Cargadas de un mensaje espiritual del pasado, las obras monumentales de los pueblos continúan siendo en la vida presente el testimonio vivo de sus tradiciones seculares. La humanidad, que cada día toma conciencia de la unidad de los valores humanos, los considera como un patrimonio común, y de cara a las generaciones futuras, se reconoce solidariamente responsable de su salvaguarda. Debe transmitirlos en toda la riqueza de su autenticidad”. [1]

Hace más de 35 años el lema “No habrá futuro sin pasado”, presidio la Sexta Asamblea General del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), celebrada en Roma en la primavera de 1981. Dicho lema es representativo en la actualidad de los esfuerzos por vincular pasado y futuro mediante la preservación del patrimonio construido, y así mantener la continuidad de la memoria histórica de los pueblos.

El creciente interés por la preservación del patrimonio arquitectónico hace que los monumentos más significativos, en diferentes Centros Históricos de América Latina y el Caribe, hayan sido y sigan siendo objetos de estudio en numerosas investigaciones y se han beneficiado con múltiples acciones de conservación, como es el caso de las labores que se llevan a cabo en los principales centros históricos de Cuba. La Habana Vieja es ejemplo, para la UNESCO, los especialistas y la sociedad, con y por sus aciertos y desaciertos, todos ellos integrados a programas de turismo cultural que se desarrollan en el país desde la visión estatal del desarrollo sostenible.

Desde hace décadas, organizaciones dedicadas a la preservación del patrimonio, vienen planteando la necesidad de dirigir también la atención hacia las edificaciones que representan al patrimonio industrial, la arquitectura vernácula y los sitios de valor paisajístico, en algunos casos verdaderos paisajes culturales. Sin embargo, los planes para la recuperación de este patrimonio no han sido efectivos, ni lo suficientemente abarcadores en nuestro país.

El problema de la recuperación del patrimonio arquitectónico en Cuba ha cobrado auge de manera paulatina desde finales de la década de 1960. Durante la década siguiente, en varias ciudades se comienzan a revisar los planes directores de desarrollo, haciendo énfasis en el pleno reconocimiento del papel de los centros históricos y un análisis de las posibles transiciones hacia los nuevos crecimientos urbanos. Aumenta la sensibilidad hacia el contexto y el rechazo a la arquitectura que rompe con las tramas tradicionales. Se trazan programas de coordinación entre los intereses culturales y turísticos, tanto para asegurar la integridad de las áreas patrimoniales y promover el rescate de antiguas edificaciones vinculadas a este sector, como para proveer a cada una de un sello personal. El concepto de patrimonio se amplía, abarcando mayores áreas urbanas y más diversidad en el reconocimiento de las edificaciones con valores patrimoniales. Los criterios de restauración, tan estrictos desde la Carta de Venecia, se flexibilizan dando cabida, sin menos rigor, a enfoques más dinámicos y acordes a la realidad nacional.

Cabe destacar lo paradójico de este “despertar de la conciencia” sobre la conservación del patrimonio cultural, donde se destaca el arquitectónico, durante una década tan gris para la cultura cubana. En la década de 1970 se desarrolla este movimiento pro valoración patrimonial, aglutinando a profesionales con amor al trabajo y al prójimo, dispuestos a sortear disimiles vicisitudes conceptuales y de procesos, labor casi inconsciente y paralela a los intereses estatales que se centraban en la nueva obra de bien social, lo cual creó a su vez otra paradoja, resolver el problema de la vivienda sin conservar adecuadamente el fondo habitacional construido. Hoy vemos los resultados de esa política errónea, la necesidad de obra nueva es siempre creciente y de igual manera el deterioro del patrimonio construido. También vemos los resultados de aquel loable trabajo, con pocas realizaciones prácticas pero mucho de contribuciones teóricas como simiente de la escuela cubana de conservación del patrimonio de finales del siglo pasado.

Casa del Márquez de Arcos, La Habana. Foto durante la restauración (Daphne Rosas, 2007).

En la primera década del presente siglo se aprecian cambios en la forma de pensar y actuar sobre el patrimonio arquitectónico. “Diversas teorías han contribuido a ello: La valorización de la arquitectura vernácula, la promoción para que los pobladores participen en la construcción y recuperación de sus lugares de vida, la tendencia contextualista, entre otras, pudieran considerarse términos de una misma ecuación, aunque bastante larga y contradictoria, donde se mezclan soluciones válidas con manejos demagógicos, posiciones populistas con un elitismo disfrazado de paternalismo.” [2]

En nuestros días, el tema de la preservación y rehabilitación del patrimonio edificado para su incorporación a la vida contemporánea, y los estudios para ahondar en su conocimiento, han derivado en un debate casi cotidiano sobre el problema de la identidad cultural. Problemática estrechamente asociada a la memoria histórica de cada pueblo, cuyo decursar se produce en el ambiente construido, como resultado de la acción acumulativa y decantadora de sucesivas generaciones. La necesidad de búsqueda en las raíces, su continuación en el presente y su proyección hacia el futuro, parece ineludible en el tema de la identidad cultural. En este ámbito sobresale la importancia de la arquitectura vernácula, en la comprensión de los procesos socio-culturales de la nación, partiendo del abarcador significado del término hasta el reconocimiento de la variedad de expresiones existentes de esa arquitectura en la sociedad.

Al enfrentar el problema de la identidad cultural en la arquitectura, en especial la vernácula, se deben analizar múltiples variables, donde se destacan como valores imprescindibles, la adecuación al medio físico y sociocultural donde se desarrollan: la respuesta a determinadas formas de vida y las múltiples necesidades al uso del espacio; la respuesta acertada a los factores bioclimáticos y la correspondencia con los valores del entorno físico; y la relación de las variables económicas que influyen en el empleo de determinadas técnicas y materiales de construcción.

Si partimos de que “el objetivo de la conservación es preservar la significación cultural de un bien, ella debe implicar medidas de seguridad y mantenimiento, así como disposiciones que prevean su futura destinación.” [3] El principal destino actualmente es el de vincular los empeños de salvaguardar el patrimonio edificado con los planes de desarrollo turístico, una ardua tarea que ya tiene resultados en varios países americanos. En el caso cubano, son emblemáticos los centros históricos de La Habana Vieja y Trinidad, cuyos modelos de gestión son reconocidos por la UNESCO, pero donde aún es preponderante la inversión estatal y de manera muy tímida la iniciativa privada.

“Los valores propiamente culturales no se desnaturalizan ni se comprometen al vincularse con los intereses turísticos y, además de eso, la mayor atracción ejercida por los monumentos y la fluencia creciente de visitantes contribuyen a afirmar la conciencia de su importancia y significación nacional. Un monumento restaurado adecuadamente, un conjunto urbano valorizado, constituye no solo una lección viva de historia sino también una muestra de identidad nacional (…)” [4]

Estudios realizados confirman que después de analizar las razones culturales, educativas y sociales que justifican el uso del patrimonio monumental en función del turismo, los beneficios económicos son mucho mayores en las áreas comprometidas con dicha actividad. Destacándose dos puntos de particular interés: a) la afluencia turística determinada por la revalorización adecuada de un monumento asegura la rápida recuperación del capital invertido en ese fin; b) la actividad turística que se origina de la adecuada presentación de un momento y que, abandonada, determinaría su extinción, trae consigo una profunda transformación económica de la región en que ese monumento se haya insertado.

La tarea de la rehabilitación y conservación del patrimonio construido no es fácil –en Cuba la frase es expresión de lo cotidiano–, en un ámbito que exige ética, profesionalidad y amor para enfrentar los falsos conceptos, el desarraigo y la perdida de valores sociales. “Una de las lecciones esenciales que emergen de la herencia patrimonial cubana precisamente demuestran que la masividad y la escasez de recursos no implican pobreza imaginativa, y la calidad ambiental se supedita más al ingenio que al costo de la espectacularidad.” [5]

Es imprescindible comprender que sin el involucramiento de la población –llámese emprendimiento privado o cooperativo– será prácticamente imposible llevar a vías de hecho un programa de rehabilitación sostenible. Es necesario concientizar a los habitantes de sitios históricos, de los valores del patrimonio construido y de la importancia de su preservación; así como también trabajar en la promoción de tales objetivos. Sin embargo, tal propósito solo será posible incidiendo en la solución de problemas de la población y creando mecanismos para su participación en las tareas de rehabilitación, como uno de los principios del desarrollo sostenible. Si no, sobrevendrá el fracaso una y otra vez, como ciclo recurrente de la realidad cubana, situación enfatizada en las zonas históricas centrales o periféricas de enclaves turísticos como el balneario de Varadero.

En la actualidad, la importancia de los trabajos de rehabilitación y conservación de edificaciones de valor patrimonial está claramente determinada por la creciente necesidad de mantener en buen estado el fondo habitacional con que cuentan nuestros pueblos y ciudades, ya que los esfuerzos se han venido dedicando fundamentalmente a los edificios de altos valores arquitectónicos e históricos y/o vinculados directamente a la actividad turística, sin tomar en consideración que a través de la aplicación de adecuados procedimientos y técnicas de conservación de otras edificaciones de “menor” valor, como es la arquitectura popular o vernácula, o subvalorizadas oficialmente –por razones de dudosa valía cultural– como los ejemplos de movimiento moderno cubano, que representan un número importante dentro del rico patrimonio cubano, se lograría un importante ahorro de recursos económicos  y las inversiones se recuperarían al ser incorporadas a los programas turísticos estatales y a los que se van generando por iniciativa privada.

[1] Cartas Patrimoniais. Cuaderno de Documentos No. 3. IPHAN. Brasilia, Brasil, 1995. Carta de Venecia, parr 1.

[2] Cárdenas, Eliana. “El patrimonio cotidiano, a veces olvidado”. Revista “Arquitectura y Urbanismo”. Vol. XII, No. 2. ISPJAE. Ciudad Habana, Cuba. 1992. pp. 43

[3] Cartas Patrimoniais. Cuaderno de Documentos No. 3. IPHAN. Brasilia, Brasil, 1995. Carta de Burra, Art. 2.

[4] Cartas Patrimoniais. Cuaderno de Documentos No. 3. IPHAN. Brasilia, Brasil, 1995. Carta de Quito, Art. 2.

[5] Lapidus, Luis. “Identidad y arquitectura en Cuba“. Revista “Arquitectura y Urbanismo”. No. 1. ISPJAE. Ciudad Habana, Cuba. 1991. pp. 87

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Sobre el autor

Noriel Santamaría Sánchez

Noriel Santamaría Sánchez

Noriel Santamaría Sánchez (Matanzas, 1970) es arquitecto, Master en Conservación del Patrimonio Edificado (2002). Ha realizado proyectos en todas las escalas del diseño, obteniendo varios premios. Ha sido profesor adjunto de diseño de la Facultad de Arquitectura de La Habana y de varias escuelas de arquitectura y diseño en Ecuador, país donde reside. Alterna su labor profesional con la investigación y la fotografía sobre la arquitectura y el contexto físico-socio-cultural donde se desarrolla. Es miembro de la Cátedra de Arquitectura Vernácula, Fundación Diego de Sagredo España, y de la Cátedra Regional para la Conservación del Patrimonio de la UNESCO.

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