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Corporativismo monopolista y ley de hierro oligárquica

Corporativismo monopolista y ley de hierro oligárquica

Corporativismo monopolista y ley de hierro oligárquica
julio 02
11:56 2017

Desde la toma del poder por el fascismo en Italia, la economía de ese país devino economía planificada y cerrada con vistas a la guerra. El Duce se inspiró en este modelo cerrado no solamente porque su ideal fuera la autarquía económica –como Franco en España–, sino además porque su credo totalitario era totalmente antagónico con la lógica de la sociedad abierta. La creación de un hombre nuevo, despojado de todas las marcas de la Modernidad, exigía el cierre a cal y canto de la sociedad a fin de evitar que en ella volvieran a germinar las “perniciosas ideas de la democracia liberal”. Tal propósito exigía en primer lugar la demolición de la economía de mercado, ya que, si se dejaba en pie la propiedad privada, una parte no pequeña del pensamiento y de las acciones de los hombres escaparía al control del Estado.

Sin embargo, lo que predicaba la ideología fascista, tanto en Italia, como en Alemania, o sea, la colectivización integral de la economía, para así alcanzar la colectivización integral de las conciencias, no fue llevado a la práctica. Con respecto a este punto, Adolf Hitler fue categórico al expresar: “¿Qué necesidad tenemos de socializar los bancos y las fábricas? Nosotros socializamos a los seres humanos”. Precisamente, al no abolir del todo la propiedad privada, institución fundamental de la sociedad liberal y del paradigma individualista, no resultó coherente con su prédica, ni absolutamente totalitario como el bolchevismo, que es el único que es completamente totalitario pues ha creado varias veces a lo largo de la historia un modelo en que Estado y sociedad civil son una y la misma cosa.

Otro alemán, Robert Michels (1876-1936), formuló en su obra Los partidos políticos la “ley de hierro de la oligarquía”; en la misma afirmaba que “tanto en autocracia como en democracia siempre gobernará una minoría”: la idea básica es que toda organización política se vuelve oligárquica.

Los líderes, aunque en principio se guíen por la voluntad de la masa y se digan revolucionarios, pronto se emancipan de esta y se vuelven corruptos y conservadores. Siempre el líder buscará incrementar o mantener su poder a cualquier precio, incluso olvidando sus viejos ideales. Por eso, las organizaciones políticas pronto dejan de ser un medio para alcanzar determinados objetivos socioeconómicos y se transforman en un fin en sí mismas.

La ley de hierro de la oligarquía se fundamenta en tres argumentos:

– En primer lugar, cuanto más grandes se hacen las organizaciones, más se burocratizan, ya que, por una parte, se especializan, y, por otra, deben tomar decisiones cada vez más complejas y de una forma más rápida. Aquellos individuos que conocen cómo tratar los temas complejos con los que se enfrenta la organización se van volviendo imprescindibles, formando la élite.

– En segundo lugar, se desarrolla una dicotomía entre eficiencia y democracia interna; de modo que para que la organización sea eficiente necesita un liderazgo fuerte, a costa de una menor democracia interna.

– En tercer lugar, la propia psicología de las masas hace deseable el liderazgo, puesto que son apáticas, ineptas para resolver problemas por sí mismas; son agradecidas con el líder y tienden al culto de la personalidad. Su única función sería, pues, la de escoger de vez en cuando a sus líderes.

El parlamentarismo coadyuva a la oligarquización (especialización de faenas, comisiones…); hace que el líder sea imprescindible. La casta de los líderes (oligarquía) se cierra como una falange, pues se ayudan mutuamente para evitar la competencia de nuevos líderes surgidos de la masa (grupo oligárquico).

Resulta asombrosa la actualidad que conserva esta Ley enunciada por Michels en la primera mitad del siglo XX, incluso antes del surgimiento del nazismo alemán. Hoy en día la colonización del Estado por los partidos, la fidelización del votante mediante la intensificación del populismo, la venalidad desatada, el gasto público desaforado, el deterioro de la separación de poderes, etc., forman parte del modus operandi de todos los partidos políticos, no importa que desenvuelvan su actividad en una democracia liberal o en un régimen autoritario. Son muchas las tramas que desde sus responsabilidades ejecutivas, judiciales o parlamentarias practican los políticos, tales como la prevaricación, el cohecho, el tráfico de influencias, la falsedad documental, el aprovechamiento indebido de información privilegiada, el nepotismo, el clientelismo, el blanqueo de capitales, la evasión fiscal y demás figuras delictivas asociadas al manejo ilícito del dinero de sufrido contribuyente. Este ingente volumen de renta detraída alcanza un porcentaje del PIB que no puede ser considerado insignificante, la calificación de sistémica para la corrupción imperante está justificada.

Las llamadas élites extractivas de renta, que no son más que un grupo oligárquico, conformadas por una densa amalgama de políticos, banqueros, grandes empresarios, sobre todo de obra y de servicios públicos, así como gremios sindicales en algunos casos, tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad en su propio beneficio. El férreo dominio de estas elites obstaculiza la creación de los incentivos necesarios para el ahorro, la inversión y la innovación debido a que los agentes del gobierno proveen numerosos privilegios de mercado a un grupo selecto de empresarios con el fin de disfrutar de rentas de monopolio. Los rentistas obtienen beneficios por encima de los que el mercado les podría ofrecer, pero en la dinámica del proceso asignan recursos de forma ineficiente desde el punto de vista de la sociedad.

Detrás de toda esta trama corrupta están las instituciones políticas y económicas extractivas, las cuales bloquean cualquier tipo de actividad económica independiente que pueda representar una amenaza para su grupo oligárquico, con lo cual anulan la competencia.

Resulta evidente que las instituciones extractivas de la sociedad liberal contemporánea socavan el capitalismo de libre mercado, sus incentivos y sus leyes inherentes, creando en algunos casos las premisas para ser sustituidas por otras instituciones incluso peores dentro de un régimen colectivista.

Sobre el autor

Enrique Collazo

Enrique Collazo

Enrique Collazo es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Realizó estudios de Doctorado en la Universidad de Educación a Distancia de Madrid. Ha publicado libros sobre las cuestiones de la banca y el crédito en Cuba, tanto en la Isla como en España, y colaborado asiduamente en publicaciones como la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su página web Encuentro en la Red, la Revista Hispano-Cubana, Cuadernos de Pensamiento Político e Islas, entre otras. Actualmente reside en Madrid.

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